Crímenes y lecturas de verano Capítulo treinta y cuatro #2
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Capítulo treinta y cuatro #2

—Sí, claro, señorita Locke. Dos minutos.

—Está bien, esperaré.

—Hablaré con Benji. Ahora vuelvo.

Cerró la puerta.

—Gino, la has liado pero bien —murmuró Tristan.

Cerré los ojos deseando desaparecer. Casi me entra la risa al pensar en lo absurdo que era todo. ¿En qué estaba pensando? Cometiendo un delito solo para ayudar a Brie a separar a Sherry y a su padre.

Se escuchó que removía uno de los archivadores del armario.

—Maldito Gino… Aquí está.

El cajón archivador se cerró y después se activó una trituradora. Una. Dos. Tres hojas. La puerta se abrió y se cerró.

No respiré hasta que no pude oírlo más.

Esperé hasta que Brie me enviara el emoji del pulgar hacia arriba para indicarme que todo estaba despejado, y entonces salí.

Cargamos el móvil de Diana en mi habitación hasta que la batería llegó al veinte por ciento, luego fuimos a encontrarnos con Amber. Llegamos tarde, pero Amber no estaba. Subimos a su habitación y tocamos a la puerta. Ella justo se estaba vistiendo y le dije:

—¿Preparada?

—Dios, me encuentro fatal.

Vi dos botellas de vino vacías y una tercera medio vacía. Yo también me encontraría fatal.

Miré a Brie y ella asintió con la cabeza. Guie a Amber por el pasillo. Brie se quedó en la puerta, puso el pie para impedir que se cerrara, y, en cuanto Amber dejó de mirar, se coló dentro.

Le mostré a Amber las palabras que había encontrado y cómo cada párrafo hacía referencia a la búsqueda del tesoro en el libro. Al final, en la novela, encontraban el tesoro en un ferri público, así que sospechaba que los documentos estaban escondidos en el ferri de St. Claire.

Ella dijo:

—Eso es. Diana siempre está metida en cosas así. Debería haberlo sabido. Pero… esos números no estaban en el libro. ¿Dónde los encontraste?

—En una hoja que arranqué —mentí.

—¡Sabía que faltaba algo!

Amber y yo caminamos hacia el ferri y luego repetimos todo lo que Brie y yo habíamos hecho: buscamos en cada caja, en cada rincón. Los documentos no aparecieron por arte de magia.

—Alguien se los ha llevado ya —se quejó Amber.

—O tal vez ella los recogió el domingo cuando fue a San Juan —sugerí—. Podría haber hecho cualquier cosa con ellos. —Se pasó todo el día en San Juan. Me preguntaba dónde más podría haberlos escondido.

—Estoy bien jodida —gimió Amber.

Diana podría haber ocultado los documentos, o haber planeado esconderlos, pero llevarlos encima al final cuando la mataron, y que ahora los papeles estuvieran en manos de su asesino.

Si Amber decía la verdad, esos documentos podrían haberle causado la muerte a Diana. Y que no fuese Parker Briggs quien la matara, sino la persona a quien planeaba vendérselos.

—Amber —dije mientras volvíamos al resort—, te lo he contado todo. Necesitamos ese vídeo de Sherry.

—No lo tengo. Está en el móvil de Diana y no sé dónde diablos está.

—Si consigo su móvil, ¿puedes recuperarlo?

—Claro, pero eso no me sirve de mucho —respondió.

—No me rendiré, pero tenemos que impedir que Sherry se case con Andrew.

Me miró con desconfianza.

—¿Tienes el móvil de Diana?

—Sé dónde está.

—Dámelo.

—Quiero el vídeo.

—¡No hasta que consiga los documentos!

Subimos las escaleras hasta el segundo piso.

El equipo de limpieza estaba ordenando la biblioteca después de que el personal hubiera pasado allí toda la noche.

Eché un vistazo por las puertas dobles y vi estanterías que iban desde el suelo al techo y una gran exposición náutica de un barco antiguo.

Muchas sillas y sofás cómodos, y una zona con ordenadores en la pared del fondo.

Las ventanas daban a un balcón y al mar.

Y algo hizo clic.

Pensé en las palabras que había rodeado Diana.

«score»

«child»

«rice»

«king»

«jewel»

No había escondido los documentos en el ferri; esas palabras no eran pistas dentro de la historia. Las había rodeado intencionadamente como pistas de los sitios concretos donde había ocultado los documentos.

Lucy Score. Lee Child. Anne Rice. Stephen King.

Lisa Jewell. Todos eran escritores conocidos que muy probablemente estarían en esa biblioteca.

Los documentos estarían a buen recaudo en una biblioteca.

Pero ¿dónde? Amber estaba hablando sin parar, y me di cuenta de que me había quedado atrás cuando me detuve a mirar por la puerta.

Corrí para alcanzarla. Brie estaba en la puerta de su habitación.

Me hizo un gesto discreto con el pulgar hacia arriba.

Valía la pena tener una amiga adolescente lista y experta en tecnología.

Dejamos a Amber en la puerta de su habitación y luego cogimos algo de comida de camino a mi habitación. En cuanto entramos, Brie dijo:

—Tenías razón. Ella tenía el vídeo en el ordenador. Me lo he enviado a mí misma.

—Es una mentirosa —añadí—, así que no nos podemos fiar de nada que nos diga. Pero supuse que debía de tenerlo porque Diana lo habría compartido con ella. ¿No estaba protegido con contraseña?

—Sí, pero se rellenó automáticamente porque el ordenador estaba en modo suspensión, no apagado.

—¿Borraste el archivo enviado?

—Por supuesto. Amber tendría que ser un genio de la informática para saber que accedí al ordenador, y no lo es, así que no hay de qué preocuparse. Y, aunque lo supiera, ¿qué podría hacer?

—¿No le echaste un vistazo al vídeo?

Brie negó con la cabeza.

—Empecé a verlo, pero me eché atrás. ¿Y si no es tan incriminatorio como Amber dijo? ¿Y si es peor?

—Veámoslo juntas.

Brie lo reprodujo en su móvil. La imagen del vídeo era un poco borrosa, pero se veía bastante bien.

Una Sherry Morrison más joven estaba sentada en un ático con el skyline de Nueva York detrás.

Había botellas de champán y vino por todas partes.

En el vídeo se veían cuatro jóvenes, pero se oían más voces de fondo.

Sherry llevaba una sudadera de Delta Gamma.

Era muy guapa —eso no admitía discusión—: tenía la piel perfecta, los ojos grandes, buena estructura ósea y la melena de color castaño claro y brillante.

La típica vecina lista, esa era la impresión que daba —ahora me daba cuenta de ello—.

—¿Cuándo se grabó esto? —susurré, aunque no sabía por qué susurraba.

—El 31 de diciembre de hace cinco años y medio.

Así que Amber no había mentido en eso.

Sherry estaba diciendo:

—Fue un buen acuerdo, no genial. Lo suficiente como para aguantar hasta que atrape a Tom.

—¿Tom? —preguntó una voz fuera de cámara.

—Tom Jorgenson.

—¿El exjugador de fútbol americano?

—Tenía interés en mí cuando yo estaba casada con Bruce, pero tuve que mantener la calma. Coquetear, pero no lo suficiente como para que Bruce pensara que iba a dejarlo. No podía arriesgarme con el acuerdo prematrimonial.

Risas. La chica que estaba con Sherry dijo:

—Me aseguré de que mi acuerdo prematrimonial tuviera las lagunas suficientes como para no perder tanto como tú.

Una mueca cruzó el rostro de Sherry. Luego sonrió con malicia y dijo:

—Siempre fuiste la chica más lista de la hermandad, Liz.

Se escuchaba la risa de quien grababa. Probablemente fuera Diana, porque no la veía en la grabación y ella le había enviado el vídeo a Amber.

—La verdad es que me estoy divirtiendo —contestó Liz—. Igual sigo con él un tiempo, siempre que siga satisfaciéndome en la cama y mantenga una cuenta del banco abierta.

Las carcajadas eran estruendosas.

Sherry añadió:

—Yo no. Después de que Monroe cancelara nuestro compromiso para poder casarse con la zorra que me lo robó, me di cuenta de que siempre hay algo mejor esperándote.

—¿Por qué Tom? —preguntó una mujer—. Te dobla la edad.