Crímenes y lecturas de verano Capítulo treinta y cuatro
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Capítulo treinta y cuatro

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

«La amistad es una combinación de arte y oficio. La parte del oficio consiste en saber cómo dar y cómo recibir. La parte del arte está en saber cuándo, y todo el proceso solo funciona cuando nadie está llevando la cuenta».

E. L. KONIGSBURG , The Mysterious Edge of the Heroic World

Me sonó la alarma a las seis. Gruñí, pero la apagué rápidamente por miedo a despertar a Jason.

Me di la vuelta, pero lo único que encontré fueron unas sábanas cálidas y húmedas.

Encendí la luz, y Jason no estaba allí. En su lugar, había una nota sobre la mesita de noche.

Lejos de preocuparme de que fuera una carta de ruptura, sonreí. Después de lo de la noche pasada, no había duda de que entre nosotros estaba surgiendo algo especial.

Desdoblé el papel.

Querida Mia:

Hoy lo único que me apetece es quedarme en la cama contigo. O en la ducha. O dar un paseo hasta nuestra laguna y hacer el amor contigo a la luz de la luna esta noche.

Pero el deber me llama, y hacen falta todas las manos posibles para ayudar a limpiar después de la tormenta.

Por favor, quédate tres días más. Moveré cielo y tierra para asegurarme de que tengas un sitio desde el que trabajar si lo necesitas, pero no quiero tener que renunciar a ti por las noches. Hay muchas cosas que quiero contarte, cosas que nunca he querido compartir con nadie más. Quédate.

Con amor,

Jason

Pasé el dedo sobre el «Con amor, Jason» y sonreí. ¿Estaba enamorándome? ¿O era solo la alegría residual de una noche de sexo desenfrenado? ¿No era ese mi objetivo, tener sexo irracional con un chico atractivo, luego volver a casa, aceptar el ascenso y seguir con una vida normal y estable?

Sin embargo…, el sexo con Jason no era irracional. Era alucinante. Nunca había tenido líos de una sola noche. Siempre empezaba una relación pensando que ese chico era el indicado, que las cosas buenas pesaban más que las malas. Y siempre siempre acababa decepcionándome, sobre todo en la cama.

En dos días con Jason, había tenido más orgasmos que en los últimos dos años. No sabía si eso era un reflejo de mi propia falta de habilidad sexual o de la poca destreza de los chicos con los que había salido.

Quizá el sexo era más que limitarse a juntar A con B.

Me atraía Jason, tanto física como intelectualmente.

No sé por qué eso me sorprendía, solo porque fuera camarero no quería decir que no pudiera ser inteligente.

Jason no solo era listo, sino también atento, reflexivo y filosófico.

Quería escucharlo, hablar con él y tener conversaciones profundas sobre la vida.

Y sí, también quería hacerlo con él tantas veces como fuera físicamente posible.

Quizá esto era amor, porque nunca había sentido algo tan intenso con ningún hombre con el que hubiera estado, ni después de cinco días, ni después de cinco meses.

Cuando entré al baño, me sorprendió lo desastrosa que iba.

El pelo, que no me había secado la noche anterior, estaba enredado y aplastado por un lado.

Tenía una ligera marca roja en el pecho donde Jason me había dado un pequeño mordisco, y un moratón en el brazo porque me había dado un golpe sin querer con la mesita de noche al coger el móvil para buscar qué era exactamente la posición de la vaquera inversa —lo había leído en varios libros y decidimos probarla, pero quería hacerlo bien—.

No me había dado cuenta de que hay muchas maneras correctas, y también incorrectas, de hacerlo.

De todas maneras, creo que nuestro orgasmo más potente juntos lo tuvimos cuando bordamos esa postura.

Después, dormimos abrazados haciendo la cucharita durante una hora antes de que me despertara con Jason pegado a mí con una erección.

«Contigo siempre necesito más —había dicho, y me besó—. Me queda un condón».

Se puso encima de mí, e hicimos el amor despacio, con ternura, porque todas nuestras travesuras me habían dejado un poco dolorida.

Él sabía ser delicado, y, de alguna manera, esas caricias, esos besos, ligeros y urgentes a la vez, me dijeron todo lo que necesitaba saber sobre Jason —y sobre mí— y lo que podríamos tener juntos.

Me di una ducha rápida, sobre todo para poder hacer algo con mi pelo. No creía que pudiera ducharme otra vez en este baño sin pensar en Jason y en mí contra la pared.

Estaba secándome el pelo, en un estado de felicidad nebulosa, cuando alguien empezó a golpear la puerta con fuerza.

Abrí y era Brie.

—¡Dijiste a las seis y media! —Entró. Solo con mirar la cama, añadió—: Dios mío, no seguirá aquí, ¿verdad?

Me sonrojé y me mordí el labio para no reírme.

—No, tenía que trabajar. Necesito cinco minutos.

Brie preparó café para las dos. Terminé de secarme el pelo, me lo recogí en una cola de caballo y me puse unos pantalones cortos para caminar y una camiseta de tirantes.

—¿Qué tiempo hace? —pregunté mirando por las puertas de vidrio.

—Hace un poco de frío, pero el cielo está despejado. Se supone que luego hará más calor. Todo está un poco desastroso; hay muchas ramas y hojas por todos lados. Ahora mismo hay seis personas limpiando la piscina. Dijeron que estaría lista para las ocho. No hay daños serios.

Cogí una sudadera fina y me la puse.

—Bien, primero revisaremos las cajas de seguridad que hay en el ferri.

Cogí el vaso de café para llevar que me dio Brie. Salimos por la playa para evitar a la gente. Lo último que quería era que Amber nos viera caminando hacia el muelle justo en ese momento. Ojalá estuviera tan resacosa como para seguir durmiendo.

Hacía una mañana estupenda. El aire era fresco y vigorizante, muy necesario después de haber dormido poco la noche anterior. No es que me quejara, teniendo en cuenta cómo había pasado esas horas.

Había una cantidad inusual de algas que la tormenta había arrastrado hasta la orilla, y el personal las estaba limpiando.

—No me había dado cuenta de que trabajaba tanta gente aquí —comenté.

Brie se encogió de hombros.

—Escuché a Kalise decir que hoy llamaron a todo el mundo, y, justo antes de subir a tu habitación, vi que el ferri llegó desde San Juan y se bajaron decenas de empleados.

Tardamos quince minutos en llegar al muelle. Por suerte, estaba vacío: el ferri estaba atracado, pero no había nadie a bordo. Aun así, subimos rápido y entramos en la cabina.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Brie mientras mirábamos a nuestro alrededor.

—Por cualquier sitio donde puedan caber varios documentos, supongo. Cajas, cajones, la cocina, debajo de los asientos, rincones a los que no se accede normalmente. Tú te encargas de la cabina, y yo, del timón y la cocina.

—Se llama «cambusa» —dijo Brie.

—«Cambusa» —repetí, y subí al timón.

Había muchos armarios y algunos estaban cerrados con llave. No se me ocurría cómo Diana podría abrir un armario cerrado, pero, como no encontré los documentos, pensé que quizá tendría una llave.

—¿Brie? —La llamé.

Se asomó por las escaleras y me miró desde arriba del timón.

—¿Nada? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Algunos armarios están cerrados con llave.

Brie sonrió y se sacó un juego de llaves del bolsillo.

—¿Le has cogido las llaves a alguien?

—A lo mejor. Cuando Eli estaba tomando café en el restaurante, lo distraje y cogí sus llaves. Las llevaremos a la oficina de seguridad cuando volvamos. Diremos que nos las encontramos paseando o algo así.

—Vas a hacer que nos metamos en un lío —dije, pero cogí las llaves que me ofreció.

Abrimos todos los armarios cerrados con llave. Herramientas, mapas, equipo, y en la cambusa, comida, champán, cristalería.

No había ningún documento por ninguna parte.

—Hay que pasar al plan B —dijo Brie.

—¿Cuál es?

—Encontramos el móvil de Diana, o robamos el de Amber.

Ya casi eran las nueve. Lo cierto es que no teníamos otra opción.

Esta vez, yo tenía el plan. Ya había dicho que nada más de colarnos en sitios y registrar…, pero los planes cambian.

Brie entró en la oficina de seguridad. El chico joven que había coqueteado con ella el otro día estaba allí, en el escritorio. Como sospechábamos, todos los demás estaban trabajando en las labores de limpieza.

En cuanto Brie me dio la señal, entré en la oficina de seguridad por la parte de atrás. La puerta estaba sin cerrar con llave. Si no lo hubiera estado, la excursión habría sido muy corta.

Me colé en el edificio de seguridad y fui directamente a la oficina de Gino.

Cerré la puerta, pero no encendí ninguna luz. La luz de la mañana que entraba por la ventana, que daba a un jardín frondoso, era suficiente para ver bien.

Me incomodaba estar en la oficina de un fallecido, así que mi intención era ser rápida.

El móvil no estaba en ningún lugar obvio, pero el cajón inferior del escritorio estaba cerrado con llave.

El escritorio metálico se parecía a mi primer escritorio de cuando hice prácticas en una oficina de contabilidad.

Eran las cerraduras más fáciles de abrir.

Me tumbé en el suelo, me metí debajo del escritorio y usé un abridor de cartas para forzar el mecanismo de la cerradura del cajón. Se abrió con un clic.

Dentro estaba justo lo que buscaba: un smartphone en una bolsa de plástico sellada. Ahora sí que estaba cometiendo un delito. Era una prueba de una investigación por homicidio.

Bueno…, técnicamente no. No había ninguna etiqueta en la bolsa que indicara que fuera una prueba. No podía saber con seguridad que fuera el móvil de Diana.

El móvil estaba apagado y no tenía el código de acceso, pero tenía un plan para eso.

Hacer que Amber lo desbloqueara por mí. Pero primero teníamos que cargar la batería.

Me guardé el móvil en el bolsillo y estaba a punto de salir cuando escuché voces.

Brie hablaba en voz alta, aunque no pude entender qué decía exactamente.

Maldita sea, alguien se estaba acercando.

Estaba a punto de levantarme, pero las voces estaban justo detrás de la puerta de Gino. Brie y Tristan.

Volví a meterme debajo del escritorio de Gino arrastrándome y me encogí todo lo que pude. Si él rodeaba el escritorio, me vería.

«Por favor, no entres. Por favor, no entres».

La puerta se abrió. Tristan dijo: