Capítulo treinta y tres #4
—Cuando tenga los documentos. Parker vuelve el domingo. Si no los consigue, acabará con mi carrera.
—Quizá deberías descubrir qué son y destruirlo tú misma a él —me sorprendí a mí misma diciendo.
—¿Destrucción mutua asegurada? No, gracias. Me gusta mi carrera. La única razón por la que no estuve con Diana el fin de semana pasado fue porque tenía una audición.
—Mañana a las nueve en punto —dictaminé—. Nos vemos abajo, en el restaurante.
—Más os vale estar ahí.
Brie casi se pone a llorar, pero la tranquilicé.
—Podríamos haber esperado a que se quedara dormida y mandarnos el vídeo desde su móvil —comentó Brie.
—Vamos a encontrar los documentos al amanecer, mucho antes de reunirnos con ella. Quiero saber qué son y por qué Parker Briggs tiene tanto interés en esos papeles antes de entregarlos.
—Y ¿qué pasa con mi padre?
—El móvil de Diana apareció en el apartamento de Georgie. La policía no pudo venir por la tormenta, así que el teléfono debe de estar en la oficina de seguridad, ¿no crees?
—¡Entramos y lo cogemos!
—No, ya estoy harta de colarme en sitios.
Me sigue preocupando que alguien descubra que estuvimos en la oficina de Tristan.
Aun así, igual podemos entrar si somos listas.
Deja que lo piense, ¿vale? —Miré el reloj.
Ya eran las diez pasadas—. Tengo que irme.
Mañana a las seis y media tendremos las respuestas.
La lluvia me arrulló hasta quedarme dormida. Cuando sonó el móvil, me desperté de golpe al recordar que Jason venía a verme.
—¿Hola? —respondí aún medio dormida.
—Soy yo —dijo Jason—. Estoy en tu puerta. ¿Te he despertado?
—No. Sí. Bueno…, un momento.
Colgué y fui a la puerta. Jason estaba empapado. Seguía lloviendo, aunque no tan fuerte como antes.
—Pasa —le invité.
—Siento llegar tarde. Hubo un pequeño percance: se cayó un árbol y bloqueó la carretera que va del muelle al resort. Tuvimos que moverlo, ya que en caso de emergencia necesitamos utilizar esa carretera. Todo lo que queda por limpiar puede esperar hasta mañana.
—¿Quieres darte una ducha caliente? —le pregunté.
Sonrió con picardía.
—¿Me acompañarás? —Se acercó y me besó. Tenía los labios frescos y mojados. Su pelo goteaba sobre el mío—. ¿Por favor?
Este chico me hacía sentir tan… deseada. Especial. Era una buena sensación, muy buena, y nunca antes había sentido algo así, como si encajáramos perfectamente, dos piezas distintas que se acoplaban a la perfección.
Jason me llevó con delicadeza hacia el baño y continuó besándome de camino, y tiró de mi bata hasta que se cayó al suelo y dejó al descubierto el sexi camisón transparente que me había comprado solo para este viaje.
—Guau —dijo mirándome de arriba abajo varias veces—. Eres preciosa, Mia.
Inspiré hondo y me sorprendió no sentirme cohibida ni avergonzada.
—Tú también eres precioso —le dije, y seguidamente sonreí y a continuación me reí—. Tú ya me entiendes.
Jason abrió el grifo, se quitó la ropa mojada y la dejó colgada en un toallero. Me quitó el camisón sacándomelo por la cabeza y lo dejó en el lavabo.
—Esta noche no te hará falta.
Me metió dentro de la ducha empujándome suavemente, haciéndome caminar hacia atrás, hasta quedar bajo el chorro de agua, y me sujetó contra la pared, con nuestros cuerpos firmemente pegados con el agua tibia cubriéndonos.
Solo una vez en mi vida había tenido relaciones sexuales en la ducha. Fue incómodo y poco satisfactorio.
Esto era todo lo contrario; cuando Jason se arrodilló para concentrarse primero en mi placer, no solo fue satisfactorio, sino inesperadamente salvaje y ardiente.
Quería estar con él otra vez.
La noche anterior fue romántica y sexi. Fue una noche para explorar y aprender sobre el cuerpo del otro, de forma un poco torpe, pero divertida y especial.
Y ¿esta noche? Era como si lleváramos semanas sin vernos y tuviéramos un deseo acumulado que solo el otro podía satisfacer.
Después de que Jason me provocara un orgasmo intenso e inesperado, buscó a tientas un preservativo que había dejado en el lavabo.
Hizo el amor conmigo colocada contra la pared, sujetando una de mis piernas con la mano derecha y agarrándose a la barra de apoyo con la izquierda.
No podía moverme, pues estaba atrapada entre el azulejo frío y duro y el cuerpo caliente y duro de Jason.
Cuando le rodeé con las manos para agarrarle el trasero, a fin de no resbalarme y de no perder la conexión, él gimió, se liberó y suspiró en mi cuello.
—Ha sido demasiado rápido —dijo—. No pude evitarlo. Llevo todo el día pensando en ti, pensando en esto, en hacer el amor contigo, y he eyaculado como un adolescente cachondo.
—¿Quieres decir que ya has terminado por hoy? —le pregunté en tono de broma.
—Para nada —respondió, y sentí cómo se endurecía contra mi estómago. Me miró con la sonrisa más sexi que había visto nunca, con un brillo en los ojos—. ¿Y tú?
Negué con la cabeza.
Apagó el agua, me levantó en brazos y me llevó a la cama, sin importarnos estar empapados.
Nos comportamos como dos adolescentes cachondos. No sabía lo divertido que podía llegar a ser el sexo.