Capítulo treinta y tres #3
—¡Estoy fenomenal! —exclamó sarcásticamente a la vez que levantaba las manos al aire.
Cogió una copa de vino y la vació, luego se sirvió otra, aunque la botella casi estaba vacía. Se la bebió de todos modos y la dejó bruscamente sobre la mesa.
Brie y yo nos miramos, entramos y cerramos la puerta tras de nosotras.
Las suites del edificio principal eran habitaciones de hotel grandes, con una zona de estar lujosa separada del dormitorio y un pequeño rincón habilitado como despacho. Había un balcón con vistas al mar, pero las persianas estaban bajadas por la tormenta.
—Siento mucho lo de Diana —dije preguntándome si Amber estaba de duelo.
—Diana —dijo. Amber se estaba emborrachando, pero creo que aún no lo estaba del todo—. La quiero y la odio. ¡Ojalá estuviera aquí para decirle lo tonta que es!
—Cuéntanos qué pasó —le pedí.
—¡Ya sabes! —Amber se desplomó en un sofá.
Me senté enfrente y le hice un gesto a Brie para que se quedara cerca de la puerta. No sabía si Amber era peligrosa o inestable, pero no quería que Brie corriera ningún riesgo.
—Vino aquí con unos documentos que le robó a Parker —afirmé.
—Dijo que para darle una lección por haberme engañado.
Aquello me dejó confundida.
—Pensaba que tú y Diana estabais unidas.
—Lo estamos. Lo estuvimos. Todo el mundo me traicionó menos Diana. Ella siempre siempre estuvo de mi lado, y por eso la quería. ¡Y se mató!
A Amber se le llenaron los ojos de lágrimas. Se levantó, fue al minibar y abrió una botella nueva de vino.
—O sea que robó algo que Parker quiere recuperar, pero lo escondió —dije.
—Al principio, yo estaba totalmente de acuerdo, pero luego… Parker se enteró. El domingo vino a mi casa y me dijo que iba a por Diana.
Debí de jadear en voz alta, porque Amber entonces añadió:
—Él no la mató. Ni siquiera pudo llegar aquí hasta el lunes. No se atrevería a hacerle daño hasta recuperar esos documentos. Entonces sí podría haberla empujado por un acantilado.
—¿Qué hay en esos documentos? —pregunté.
—¡No lo sé! Diana los buscó, por supuesto.
Me llamó y dijo que teníamos todo lo que hacía falta para hundir a Parker.
Que Parker iba a pagar por todo, y que brindaríamos con champán y lo celebraríamos.
Ni siquiera se suponía que fuéramos a venir a St. Claire.
Teníamos un viaje planeado a Europa, pero ella dijo que a alguien de aquí le interesarían los documentos.
¡Ni siquiera sé qué quería decir con eso!
Pero, cuando Parker se enteró de que Diana había venido hasta aquí, se volvió loco.
—Entonces Parker sabía a quién quería darle los documentos Diana —dije intentando seguirle el ritmo a Amber, pero no me lo ponía fácil. Quizá me equivoqué al calcular su sobriedad.
—¡Qué sé yo! Pero sí, claro. Probablemente. Eso de dárselos a alguien, no. Diana no hacía nada sin obtener algo a cambio.
—¿Se te ocurre por qué son tan importantes?
—Tienen que ver con Ethan Valentine; sin embargo, ni siquiera creo que exista. Hace años que nadie lo ha visto.
Valentine. Diana había ido a la casa de Ethan Valentine la noche que desapareció. Luis dijo que él no estaba, y tal vez el plan de ella era venderle los documentos.
—Al parecer… —dijo Amber para luego beberse la mitad del vino, y se le derramó un poco sin que se diera cuenta—, Ethan tuvo un enfrentamiento con el padre de Parker hace unos años; por eso compró la isla, para lamerse las heridas. Diana lo sabía todo. Lo sabe todo. Es por su negocio.
—¿Antigüedades?
Amber me miró sorprendida y luego se echó a reír.
—¿Qué te ha hecho pensar eso?
—¿El artículo del periódico de San Juan? —dije intentando recordar exactamente lo que decía.
—Ese es el negocio de su familia. A veces trabaja para ellos, pues tiene muy buen ojo, pero Diana no necesita un empleo. Está forrada. Va a fiestas y bailes benéficos por todo el país y conoce a todo el mundo.
—Es por eso mismo —intervine— por lo que sabía secretos de tantas personas que están en St. Claire.
—Diana es, o, mejor dicho, era, la persona más inteligente que he conocido. La voy a echar muchísimo de menos. —Amber se desplomó en el sofá, y las lágrimas inundaron su rostro.
No estaba segura de lo inteligente que era chantajear a la gente. Sin duda, a Diana no le había salido bien. Continúe diciendo:
—Diana y Sherry Morrison pertenecen a la misma hermandad.
—Delta Gamma. Y yo también, aunque dejé la universidad cuando conseguí un papel recurrente en una serie policiaca. —Sonrió—. Fue así como conocí a Diana.
—Pero Sherry y Diana no fueron a la misma universidad.
—No, pero nos conocíamos a través de la sede nacional de la hermandad.
—¿Conoces a Sherry? —preguntó Brie dando un paso adelante.
Amber puso los ojos en blanco.
—La temible Sherry. Mantened a vuestros hombres lejos de esa tipa.
—¿Por qué? —preguntó Brie con fuerza.
Yo hice una mueca, pero Amber no pareció darse cuenta del cambio de tono.
—Porque Sherry solo busca una cosa: casarse con tíos ricos. Lo hizo una vez, consiguió un buen acuerdo de divorcio, lo volvió a hacer y el tipo murió. ¡Ahora se va a casar otra vez! Pobre hombre. Menudo idiota.
Brie abrió la boca para hablar, y la interrumpí antes de que dijera lo que fuera que estaba pensando.
—Sherry ha convencido a Andrew Locke para adelantar la boda a mañana —comenté—.
Queremos evitarlo a toda costa. ¿Hay algo que puedas contarnos sobre ella?
Quiero decir, leí el libro. Sé que Diana estaba esperando a chantajearla después de la boda, para que Sherry pudiera pagar el chantaje. ¿Qué es lo que mantiene en secreto?
Amber abrió la boca y la cerró. Me miró a mí y luego a Brie.
—¿Por qué?
—Ese hombre es mi padre —respondió Brie con brusquedad.
—Ah. Lo siento.
—Cuéntame —contestó Brie—. ¡No puedes dejar que lo manipule así!
—Él ya es mayorcito. Si cae en sus jueguecitos, será culpa suya.
—¡Sabes algo! Por favor, cuéntamelo.
—¿Por qué? Vosotras dos no me habéis ayudado en nada. No tengo ni puta idea de dónde escondió los documentos Diana, y, si no los encuentro antes de que llegue mañana, Parker acabará conmigo.
Pensé que esas personas se merecían los unos a los otros. Sin embargo, si salía de allí ahora, Brie saldría perjudicada. Y, aunque Andrew pudiera ser un ingenuo, no se merecía que Sherry lo manipulara.
—Tengo una idea sobre dónde podrían estar los documentos —dije.
Amber se levantó de un salto, pero luego se tambaleó y se agarró al sofá.
—¡Dímelo! ¿Dónde?
—Necesitamos saber qué sabes sobre Sherry.
—¿Para que sepáis la información, encontréis los documentos y me la juguéis? No, gracias.
—Puedes venir con nosotras. Mañana por la mañana. Con esta tormenta no podemos ir ahora.
—¿Me estás tomando el pelo?
—No.
Esperaba que me creyera.
—Os contaré una cosa —dijo Amber un momento después—.
Tengo un vídeo de Sherry de hace cinco años, cuando celebramos Nochevieja en grupo en Nueva York.
Se había divorciado de su primer marido y ya tenía en el punto de mira al segundo.
Estaba borracha y muy parlanchína. Solo os diré que cualquier hombre que lo vea jamás se casaría con ella.
—Tienes que mandármelo —rogó Brie.