Crímenes y lecturas de verano Capítulo treinta y tres #2
84%

Capítulo treinta y tres #2

Miró a su alrededor, luego me cogió del brazo y me llevó hacia la barra. Chocó los puños con Charlie y después me llevó al almacén y cerró la puerta tras de sí.

—Georgie no mató a Diana —aseguró—. Se puso en contacto conmigo. Está aterrorizado. Me dijo que te robó una hoja del libro porque Gino se lo pidió.

—¿Dónde está la hoja? —pregunté.

—Se la dio a Gino, y Gino la quemó delante de él.

—Pero Gino está muerto.

—Dicen que fue un accidente —añadió Jason—. Pero tuvieron que retirar el cuerpo por la tormenta, así que, si había alguna prueba en las rocas, ya ha desaparecido.

—¿Tú te lo crees?, ¿qué fue un accidente?

—No lo sé. Pero, incluso si no lo fue, la policía va a centrarse en Georgie, porque Gino ya había emitido una orden de busca y captura contra él. Tiene veinte años, Mia. Su vida entera se ha venido abajo. Y no sé cómo demostrar que no ha hecho nada malo.

—Una de las cosas buenas del sistema legal americano es que eres inocente hasta que se demuestre lo contrario, ¿no? La policía tiene que demostrar que él mató a Diana.

—Gino encontró el móvil de Diana en el apartamento de Georgie y se lo entregó a Tristan.

—Gino dijo que fue allí donde lo encontró —repliqué—. ¿Y si…? ¿Y si Gino le estaba tendiendo una trampa al chico? ¿Y si la muerte de Gino sí que fue un accidente? Si Georgie cuenta la verdad y lo explica todo, tal vez se libre.

—Está asustado y escondido.

—Aun así, te llamó, ¿no?

—Sí —admitió Jason—. Sin embargo, eso no significa que vaya a volver a ponerse en contacto conmigo otra vez. Cuando lo llamé, después de enterarme de lo de Gino, ya no me contestó.

Le toqué suavemente.

—Lo siento.

—Me siento impotente —dijo Jason mientras empezaba a frotarme el brazo, como buscando consuelo y ofreciéndomelo a la vez.

Aquel gesto me enterneció de una forma que no sabía explicar, ni siquiera a mí misma—.

Acababa de empezar a trabajar aquí esta temporada, pero es un chico trabajador.

Nació en Miami y está ahorrando para ir a la universidad.

—Lo peor que puede hacer es esconderse de la policía —contesté—. Eso solo hace que parezca culpable.

—Intentaré encontrarlo. A lo mejor puedo hacerle entrar en razón —respondió Jason—. Gracias por escucharme.

Se inclinó sobre mí y me besó, me acarició la cara con un gesto tan romántico que me hizo tambalear.

En ese momento, entendí perfectamente lo que significaba desmayarse de amor en aquellas novelas románticas históricas que devoraba en la universidad, porque literalmente me fallaron las piernas y quise dejarme caer en sus brazos.

—Por favor, ten cuidado —me dijo—. Aún no tengo claro qué es lo que está pasando aquí, y no estoy listo para asegurar que la muerte de Gino fue un accidente.

—Ten cuidado tú también.

—Pasaré sobre las diez, si no te parece muy tarde.

—Cuando quieras —respondí esperando no sonar demasiado desesperada.

Volvió a besarme y me dijo:

—Será mejor que salgamos antes de que tenga que cerrar la puerta con llave. —Me sonrojé, y Jason rio en voz baja—. Me encanta lo tímida que eres con estas cosas.

—¿Qué cosas? —pregunté intentando que mi cuerpo no se descontrolara.

Me empujó suavemente contra la puerta y pegó su cuerpo al mío. Solté un leve jadeo, y luego murmuré:

—Anoche no fui nada tímida.

—No, no lo fuiste —respondió y me besó el cuello.

Cerré los ojos y dejé que todas esas sensaciones me envolvieran: el ansia. El deseo. La emoción por estar besándonos en el almacén.

¿Y si alguien necesitaba otro barril?

Jason rio contra mi cuello.

—Acabas de darte cuenta de que cualquiera podría pillarnos mientras nos enrollamos aquí, ¿verdad?

—Vale, no soy muy fan de las demostraciones de afecto en público.

—Está bien. Me gusta. Me gustas tú. Nos vemos esta noche.

—Nos vemos esta noche.

Salimos del almacén, y me di cuenta de que estaba totalmente colada por Jason Mallory, y, además, para mi sorpresa, no entré en pánico.

No sabía si eso era bueno o malo.

Brie no había vuelto cuando regresé a nuestra mesa.

Me terminé la copa de champán, aún algo acalorada después de la sesión de besos en el almacén.

Pensé en el pobre Georgie y deseé no haberle contado a Tristan el altercado que tuve con él.

Tristan metió a Gino en el asunto, y entonces Gino acabó muerto.

Me acordé de la hoja que faltaba, la que Georgie había arrancado. No pude leer casi nada después de intentar sacar las marcas de impresión con un lápiz, pero sí se distinguían algunas letras.

Busqué en mi cuaderno hasta encontrar lo que había escrito. Había muchos huecos que marqué con una equis. No obstante, ahora lo volví a escribir sin las letras que faltaban:

77 malv 50 $ 522 car

Sin duda, el «77» era Gino Garmon. El resto de los números codificados encajaban con Andrew, Sherry, Amber, Trevor y los demás. Los únicos números del código para los que no tenía nombre eran los cinco que también estaban en la página desaparecida.

«Malv» era la abreviatura de «malversación».

No podía ver todas las letras, pero lo deduje por el contexto.

Y pensé que «car», más las otras tres letras que faltaban, era «cartas», lo que significaba que estaba robando dinero, que estaba malversando, porque era adicto al juego, es decir, ludópata.

Tristan sabía que tenía un problema; por eso le hizo preguntas relacionadas con sus viajes a Santa Cruz en la evaluación de empleados.

Cuadraba mucho más todo si había perdido su trabajo como policía en Miami por culpa del juego.

Tenía deudas, estaba robando, y Diana lo sabía todo y lo estaba chantajeando.

El «522» era Ethan Valentine. Entonces, Diana podría haber amenazado a Gino Garmon con contarle al dueño del resort lo de su adicción a las apuestas, cosa que habría provocado una auditoría en toda regla.

El móvil y la oportunidad, pensé, orgullosa de mí misma.

¿Cómo se había enterado Diana de los problemas de Gino? ¿Había tenido relación con él en el pasado? ¿O conocía a alguien que sí?

¿Dónde encajaba Georgie Arendt en todo esto?

Reconoció haber arrancado la hoja de mi libro, y llamó a Jason para contarle que lo hizo por Gino.

Quizá Georgie no era el chico transparente y honesto que Jason creía.

Tal vez estaba metido en algo con Gino. Algo que podría haberle llevado a matar a su compañero.

No iba a resolver todo esto limitándome a mirar mis notas. Así que decidí centrarme en algo más divertido y menos peligroso, como encontrar los documentos que Diana había escondido en algún lugar de la isla.

Llevaba dándole vueltas a esto desde que Brie y yo seguimos a Parker y Amber hasta el St. Claire Peak.

Estaban usando el libro para descubrir dónde había escondido Diana los documentos que le había robado a Parker, pero no entendían el código que usaba Diana en sus notas.

En la hoja que habían arrancado, figuraba una lista de números en los márgenes, junto con las pruebas sobre las apuestas de Gino, pero yo la había reconstruido gracias a las marcas que los apuntes de Diana dejaron en la página de debajo.

Y me pregunté si, tal vez, en lugar de ser nombres de huéspedes y del personal, no se trataría más bien de un código diferente, uno que llevaba al tesoro; es decir, al archivo que Diana le había robado a Parker.

11

19

157

52

210

Mientras estudiaba estos números, me di cuenta de que no eran códigos numéricos de las personas a las que chantajeaba.

Eran números de páginas.

Revisé las imágenes que me había enviado Brie, y, en cada una de esas páginas, solo había una palabra rodeada. Las apunté en orden:

«score»

«child»

«rice»

«king»

«jewel»

No tenía ni idea de por qué ella había rodeado esas palabras, pero estaba segura de que, con esta reflexión, iba bien encaminada.

Leí los párrafos que había alrededor de esas palabras, y contaban una historia sobre la búsqueda del tesoro que había perdido la heroína.

Ojalá tuviera el libro para saber dónde se había encontrado realmente el tesoro en la historia.

Me reprendí a mí misma y fui a la aplicación de lectura que tenía en el móvil —que casi nunca usaba— y compré una copia del libro.

Tardó varios minutos en descargarse porque la conexión era lenta.

Cuando, terminó de descargarse, fui directamente a los últimos capítulos y los leí tan deprisa como pude.

Los personajes habían encontrado el tesoro en un barco, donde estaba guardado en una caja. Los malos habían matado al mentor de Gabrielle, la persona que encontró el tesoro, pero no pudieron sacarlo de la isla, así que lo escondieron en una caja, en un ferri público.

Había varias cajas en el ferri de St. Claire que podrían ser un lugar seguro, seco y semioculto donde guardar los documentos que Diana planeaba sacar de la isla dentro de uno o dos días. No debió de costarle esconderlos allí la mañana que se fue a San Juan.

Pero ya era de noche. Estaba lloviendo. Ahora no había forma de acceder a las cajas. Tendría que esperar hasta el día siguiente por la mañana.

Brie me saludó con la mano y me acerqué a ella.

—Creo que sé dónde están los documentos —le comenté.

—Bien. Tengo el número de habitación de Amber.

—No le digas nada porque quiero encontrarlos antes. Quiero decir, si se trata de algo ilegal, tenemos que entregárselo a las autoridades. No obstante, podemos usarlo como ventaja para que nos dé la información que tenga sobre Sherry.

El edificio principal tenía cuatro plantas. Subimos por las escaleras hasta la segunda. Le eché un vistazo a la biblioteca y suspiré.

—Qué preciosidad —dije.

Brie asintió con la cabeza.

—Sí, lo es. Pero el personal dormirá allí esta noche. Volveremos mañana.

Amber estaba al final del amplio pasillo. Toqué a la puerta. Escuché a alguien maldiciendo en voz alta detrás de la puerta tan enorme, y entonces se abrió de golpe.

—¿Sí? Ah, sois vosotras.

Amber no parecía la mujer preciosa y arreglada de siempre. Tenía el pelo sin brillo, los ojos cansados y el rostro pálido.

—¿Estás bien? —pregunté.