Crímenes y lecturas de verano Capítulo treinta #2
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Capítulo treinta #2

—Sí. —Porque no quería perder tiempo bajando al camarote. Quería hacer el amor en ese momento, allí bajo las estrellas, en medio del mar, sin pensar en asesinatos, chantajes ni en el mañana.

Sobre todo, era en el mañana en lo que menos quería pensar.

Primero, llevó las manos a mis caderas, después pasó a tocarme el trasero y a recorrerme la espalda como si quisiera tocarme todo el cuerpo a la vez. Llevaba una camiseta que se ceñía a sus músculos definidos; se la levanté, toqué su piel caliente e inhalé su aroma.

Todas las dudas desaparecieron cuando me cubrió el pecho con las manos y ambos gemimos. Nos deseábamos, nos anhelábamos, y eso lo era todo.

—Esto, fuera —dije refiriéndome a su camiseta, y él se la quitó.

Le desabroché el bañador y cayó al suelo. Se quedó completamente desnudo bajo la luz de las estrellas. Si ya antes yo casi no podía respirar, ahora me faltaba el aire.

Jason era perfecto.

Músculos firmes y definidos. Moreno, tanto por genética como por el tiempo que había pasado al sol.

Tenía el pelo más rizado de lo habitual después de haber nadado.

Su expresión era una mezcla de deseo, juego y sinceridad.

Quería hacerme feliz. Lo tenía grabado en el rostro.

Parecía confiado pero cauteloso a la vez, o quizá estaba viendo reflejados en su cara mis propios deseos y miedos.

Jason era perfecto en su imperfección. La cicatriz de cinco centímetros que tenía en el abdomen contaba la historia de una operación antigua en la que le debieron de quitar el apéndice.

No tenía una cara perfectamente simétrica: el ojo derecho se le cerraba un poco más que el izquierdo, y el puente de la nariz era un poco más abultado de lo que debería, a raíz de, al menos, una fractura antigua.

Sin embargo, esas pequeñas imperfecciones le daban carácter y lo hacían aún más atractivo.

Es probable que me pasara demasiado tiempo mirándolo porque me cogió la cara con las manos y me preguntó:

—¿Estás bien?

—Perfectamente —susurré.

Se le dibujó en los labios una media sonrisa, una sonrisa torcida y perfecta, y me besó.

Nos arrodillamos, y me quitó el albornoz, que yo aún llevaba, aunque desabrochado, sobre los hombros. La brisa fresca del mar me hizo temblar, así que me acercó a él.

—Si tienes mucho frío… —empezó a decir, pero entonces su boca encontró mi pecho y deslizó las manos entre mis piernas, y, de no haber sido por él, porque me estaba sujetando, me habría caído al suelo.

El barco se movía debajo de nosotros, y nuestros movimientos no tardaron en sincronizarse con el suave vaivén. Jason murmuró:

—Tú primero.

—No —jadeé mientras sus dedos trabajaban con destreza—. Juntos.

Jadeé cuando un dedo penetró lentamente en mí.

—Tú primero, y luego juntos —insistió.

¿Dos orgasmos? Nunca había experimentado eso en una sola noche. Ninguno de mis novios parecía tener interés después de tener ellos uno, y yo pensaba que tenía suerte si conseguía ya solo uno. A lo mejor me puse tensa, o debió de leerme la mente.

Apartó la mano y yo gemí. Me giró para poder verme y bromeó:

—¿Quieres que vayamos a por tres?

—No…, no creo que pueda.

—Cuatro —contestó.

Me reí. Fue un ruido extraño que no era del todo una risa, sino más bien una risita aullante o una especie de mitad risa, mitad gemido, y me acerqué más a él.

—¿Me estás retando? —preguntó con una sonrisa traviesa.

—Por supuesto que no.

—Sí que lo haces —contestó—. No sé si te lo he dicho, pero soy muy competitivo.

Me besó otra vez, los dos allí arrodillados, pegados el uno al otro.

Entonces volvió a llevar la mano entre mis piernas, y primero me introdujo lentamente un dedo y, luego, un segundo.

Su pulgar encontró mi punto sensible y jadeé e intenté apartarme, del placer tan abrumador que me producían sus dedos, que casi era demasiado.

Pero me sostuvo fuerte. Tenía su boca cálida sobre la mía, una boca con la misma urgencia que sus dedos, mientras el barco se movía y se mecía suavemente. Arqueé la espalda y entonces estallé.

Me sostuvo fuerte mientras la ola de calor me atravesaba y me deshice por completo. Miré hacia las estrellas, pero veía borroso. Él me besaba el cuello con suavidad. Después, me lamió el punto sensible que había detrás de la oreja, y un escalofrío me recorrió el cuerpo.

—Oh, Dios. Oh, Jason. No. Me. Esperaba. Esto.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, me puso bocarriba, e improvisó una almohada con mi albornoz.

Lo miré, las estrellas rodeaban su silueta y supe que no bromeaba con eso de un segundo orgasmo.

Lo quería todo de él, y en ese momento haría cualquier cosa que me pidiera.

Abrí los labios y él se inclinó sobre mí.

—Eres preciosa, Mia.

Podría haber sido una frase hecha, pero ya había tenido un orgasmo, y, si con eso conseguía otro, podía soltarme todas las frases hechas que quisiera.

—Estás incómoda —advirtió.

—¿Eh?

No sentía prácticamente otra cosa que no fuera el cuerpo de Jason sobre el mío. El techo de la cabina tenía el tamaño aproximado de una cama doble. Me besó y luego se dio la vuelta, con mi cuerpo pegado al suyo, de manera que yo quedé encima.

—¿Así mejor? —preguntó.

Tener acceso a todo su cuerpo era embriagador. No sabía qué tocar primero, así que lo toqué por todas partes, deslicé las manos poco a poco por el pecho hasta los muslos, y pasé a acariciarle el pene cálido y duro. Empezó a mover frenéticamente la mano por la cubierta.

—¿Qué pasa? ¿Te he hecho daño?

—Condón. Bolsillo. Ahora.

Encontré su bañador y el condón. Lo abrí de un tirón. Él intentó quitármelo, pero lo aparté.

—Déjame —dije.

—Dios, Mia —susurró, con los músculos del cuello tensos mientras yo tomaba la iniciativa.

En mi vida, nunca había sido tan audaz, tan valiente.

Nunca me había sentido tan sexi ni tan deseada.

Y, entonces, me deslicé sobre él, conteniendo la respiración con cada centímetro. Las manos de Jason me sujetaban firmemente las caderas.

—No te muevas —dijo—. Dame un segundo.

Se movió dentro de mí, y yo apreté los músculos sin querer. Él gimió, respiró hondo y soltó el aire poco a poco. Sus manos, aún en mis caderas, me empujaron hacia arriba y luego hacia abajo.

No hizo falta que me lo repitiera.

Me acomodé para poder agarrarme mejor, puse las rodillas a los lados de su cuerpo, y me agarré con fuerza a la barandilla que había sobre su cabeza.

Nos movíamos juntos, primero despacio, luego más rápido, perfectamente sincronizados.

¿Nuestros cuerpos se habrían conocido en otra vida?

Sentía que estaba con un desconocido… y, a la vez, con alguien que conocía desde siempre.

Estaba a punto de tener otro orgasmo. Quería dejarme llevar, gritar por el deseo abrumador que fluía inesperadamente dentro de mí.

—Jason —jadeé.

—Ahora —contestó.

Me hundí en él, una última embestida, y grité en la noche. Su cuerpo convulsionó bajo el mío mientras caía encima de él.

Nos quedamos así cinco, diez o quince minutos. No estaba segura. El tiempo se detuvo. Entonces, una brisa me recorrió y temblé, y recordé que estaba desnuda y sudorosa. Nos movimos, Jason se puso cómodo, y nos recostamos en la barandilla, descansé la cabeza sobre su pecho.

—Guau —dije, con la boca seca.

—Desde luego —respondió.

El mar parecía más claro a nuestro alrededor, y me incorporé de golpe.

—¿Viene alguien?

—No —dijo, y volvió a atraerme hacia sí—. Mira. —Señaló hacia la isla, que parecía brillar.

Mientras observábamos la escena, apareció la luna. Faltaban dos días para que hubiera luna llena y esta proyectaba un tinte azul grisáceo sobre el mundo que nos rodeaba.

—Tienes frío —observó.

—No quiero moverme.

—Te prometí otro orgasmo. —Sonrió—. Probemos en la cama.

—De hecho, me prometiste dos más —bromeé, y le besé—. No te los voy a reclamar.

—¿Eso es un desafío?

—Puede que sí.

—Acepto el reto, Mia Crawford.

Me ayudó a levantarme y bajamos a la cabina.

Jason cumplió el desafío para mi completa y total satisfacción.