Capítulo treinta
CAPÍTULO TREINTA
«Entonces me doy cuenta de lo que es. Es él. Hay algo en él que me hace sentir que estoy a punto de caer. O de derretirme. O de estallar en llamas».
VERONICA ROTH , Divergente
Jason había pensado en todo.
Hacía un poco de frío, aunque el mar estaba en calma. Preparó la cena en la cabina principal: una mesa para dos, champán, y un bistec con ensalada y panecillos recién hechos. Fue una cena perfecta: sustanciosa, saludable y deliciosa.
Durante la cena le conté todo lo que sabía.
Le hablé de cómo había encontrado el libro, de lo que había leído en aquellas páginas, de por qué creía que era de Diana Harden y que ella estaba chantajeando a al menos una persona.
Le habría enseñado las fotos, pero tenía el móvil en el asiento de la moto de agua.
Le expliqué que uno de los miembros del personal había arrancado una hoja del libro el primer día que estuve allí y por qué pensaba que Amber y Parker habían robado el libro —o contratado al chico para que lo hiciera—.
Estaban buscando documentos que Diana había escondido en algún lugar de la isla, y pensaban que las pistas estaban en el libro; por eso Brie y yo los habíamos seguido el día anterior, y así fue como terminé cayendo en aquel hoyo.
Le dije que no me fiaba de Gino. No le conté que Brie y yo nos habíamos colado en la oficina de Tristan para conseguir información sobre Ethan Valentine; eso sí que era transgredir un límite con el que aún no me sentía cómoda.
Le conté por qué Sherry Morrison me daba mala espina, le hablé de sus problemas económicos, pero también admití que era muy posesiva con Andrew y que quizá, simplemente, yo no le caía bien en general.
Ya le había contado lo del almuerzo de CeeCee con la ex de su novio, y que Tristan me había dicho que se había marchado.
—Cuando desapareció en San Juan, pensé que podía haber sido una víctima, como Diana —le dije—. Me alegra que esté bien, pero sigo creyendo que escondía un secreto.
—¿Como cuál?
—Como que no es exactamente quien dice ser.
Él escuchó todo lo que le conté, me hizo algunas preguntas, y no me desacreditó ni se burló de mis investigaciones de aficionada.
—Y, por todo esto, crees que alguien podría estar saboteando el resort.
—No lo sé. Se me ocurrió esa idea por lo que pasó con tu moto de agua y tu barco.
Pero sigo pensando que a Diana la mataron porque estaba chantajeando a alguien.
Sabía muchas cosas de mucha gente. Descifré quiénes eran la mayoría de ellos porque su sistema de codificación era bastante simple, pero hay algunos que no logré identificar…
Quiero decir, las iniciales no coinciden con las de ninguna persona que yo haya conocido aquí.
Apuntaba el patrimonio neto de los huéspedes, así como el valor de sus propiedades, y hacía comentarios sobre su mal comportamiento.
—Te estás pasando las vacaciones trabajando, ¿no? —dijo sonriendo, y entonces dejé de sentirme incómoda.
—Brie me ha ayudado. Pero no quiero meterla en líos —añadí rápidamente—. Su padre se enfadó por lo que pasó ayer.
—No diré nada —contestó mientras se hacía una cruz en el pecho con un gesto solemne.
—CeeCee no era quien fingía ser, y eso me inquieta bastante. Trevor es un hombre adinerado; se dedica al sector inmobiliario comercial, entre otras cosas. Ahora mismo, el mercado inmobiliario comercial está en crisis, y no es una buena inversión, pero su empresa está trabajando en otros proyectos.
—Este es tu terreno —dijo él.
—La planificación financiera, tal vez. Sé reconocer buenas inversiones a largo plazo. A lo mejor CeeCee estaba compinchada con alguien para robar a Trevor. Entonces, sería una especie de trampa de seducción.
—¿Una trampa de seducción?
—Ya sabes, cuando una mujer seduce a un hombre…
—Sé lo que es una trampa de seducción —dijo con una risita.
—En fin —continué—, quizá por eso se fue. —Pensé en su reunión con la exmujer de él—. Se reunió con su exmujer y luego desapareció.
—Has dicho «trampa de seducción»… ¿Y si eso es exactamente lo que fue? Tal vez la exmujer la contrató para sacarle algo. Dinero o información.
—Sí —contesté pensativa—. Puede que eso sea lo que estaba haciendo.
—Apuesto a que tú podrías averiguarlo bastante rápido.
—¿Cómo?
—Como tú misma has dicho, sabes identificar buenas inversiones a largo plazo. Seguro que podrías investigar su cartera y sus proyectos, y ver qué podría ser valioso para otra persona.
—Podría hacerlo. —Asentí con la cabeza.
—Pero esta noche deja que tu cabecita brillante descanse. Olvídate de todo esto, ¿vale?
Hice otro gesto de asentimiento.
—¿Qué fuiste a hacer a San Juan? —preguntó Jason mientras nos servía más champán.
—¿Me prometes que no vas a pensar que estoy loca?
—No pienso que tengas ni una pizca de loca —contestó, y me cogió la mano y me la besó.
—Pensé que podría obtener información sobre la investigación del asesinato de Diana de parte de la policía, porque creo que Diana estaba chantajeando a Gino. Y, si eso era así, él no debería estar investigando su asesinato —le dije.
—¿Crees que Gino la mató? —Sonó sorprendido, pero no como si pensara que yo estaba completamente loca.
—Creo —dije despacio y con cuidado— que ha hecho muchas cosas que me hacen pensar que es culpable.
Algunas de las notas de Diana lo mencionan: el número «77» es Gino Garmon.
El día que llegué, me preguntó por el artículo que estaba leyendo, en el que se contaba la desaparición de Diana.
Me dijo que no me preocupara, pero su forma de decirlo me hizo sospechar.
Él se está encargando de la investigación, y luego me amenazó cuando me trajo de vuelta al resort anoche.
La espalda de Jason se enderezó.
—¿Te amenazó? —Su voz fue grave, y por primera vez vi algo más en Jason que su actitud despreocupada. Vi una firmeza que no esperaba.
—Sabía que había ido a San Juan y que había hablado con la policía, y se aseguró de decirme que me convenía mantenerme al margen de la investigación. Fue su forma de decirlo lo que sonó amenazante.
—Tenemos que contárselo a Tristan —afirmó Jason—. Él es el gerente. Está a cargo del personal, y eso incluye el de seguridad.
—No tengo pruebas de nada.
—Da igual —dijo Jason—. No debería haberte intimidado así.
Tenía razón, pero ¿y si yo estaba equivocada?
—No quiero arruinarle la carrera solo porque dejé volar mi imaginación.
Jason se rio.
—Mia, eres la persona más sensata y lógica que he conocido en mucho mucho tiempo.
No sé por qué, pero eso me hizo feliz. Quizá porque lo dijo como si mi forma de ser le encantara. Quizá porque me creyó lo que le conté de Diana y no despreció todas mis teorías.
—Lo intento —dije con ligereza.
—Me gusta que seas directa y sincera. Es refrescante.
Se me puso casi una sonrisa de oreja a oreja. Me aclaré la garganta y dije:
—La cena estaba riquísima. ¿La has hecho tú?
—En realidad, no.
—¿Qué significa eso?
—Pedí a la cocina que lo elaboraran todo. Solo preparé las ensaladas.
—Pues has preparado las ensaladas muy bien —dije con una sonrisa.
Él me cogió de las manos y me preguntó:
—¿Estás segura de que te parece bien quedarte aquí varada esta noche? Te prometo que vendrán a buscarnos por la mañana.
—Estoy bien —respondí—. No estoy sola, ¿verdad?
Estaba nerviosa. No se me daba bien coquetear. Y, aunque ya nos habíamos besado —Dios mío, cómo nos habíamos besado—, aún me sentía incómoda con mi objetivo final: tener sexo sin compromiso con uno de los hombres más atractivos que había conocido.
Entonces se llevó mi mano a sus labios y me besó la palma, y mis nervios desaparecieron. Solté un leve gemido al sentir cómo su lengua lamía mis dedos.
—Quiero enseñarte una cosa —dijo Jason, y casi dejé de respirar.
Se levantó, recogió rápidamente los platos, los puso en una bandeja y me llevó a la cubierta. Subimos hasta lo más alto de la cabina, donde había una plataforma ancha. Presionó un botón y todas las luces del barco se apagaron.
—Mira —me ordenó, señalando al cielo.
Estaba tan oscuro que me era imposible ver la isla, salvo por una tenue hilera de luces en lo alto, parpadeando en rojo, probablemente para avisar a los aviones de que ahí había una montaña.
El cielo era un espectáculo luminoso. Había millones de estrellas, más de las que había visto jamás en un solo lugar. Estaba en medio del mar y tenía la sensación de que Jason y yo estábamos completamente solos en el mundo.
—Oh. Dios. Mío —susurré, sin saber si lo había dicho en voz alta hasta que Jason me besó la oreja.
—Te hace pensar, ¿verdad? —susurró.
—Apenas puedo pensar, y eso que no he bebido tanto.
—Nada de lo que hagamos cambia a las estrellas.
Miro hacia arriba y pienso en toda la gente que nunca mira más allá de sí misma, que nunca se detiene lo suficiente como para contemplar este espectáculo milenario.
Las estrellas que vemos ya no existen, sino que ya se extinguieron, se apagaron, pero su luz sigue ahí.
Por eso creo que todo el mundo debería vivir su sueño, porque, si disfrutas de lo que haces, entonces, cuando ya no estés, en tu lugar dejarás una luz que todos los que vengan después podrán ver. Igual que las estrellas.
Me di la vuelta para mirarle cara a cara. La luna aún no había salido, pero las estrellas daban la luz suficiente como para que pudiera verle los ojos mientras me miraba fijamente. Lo besé.
Jason me rodeó la cintura con los brazos y me atrajo hacia sí, y el beso se fue haciendo cada vez más intenso, y el champán se mezclaba con el aire salado.
Todo el rato quería más; en ningún momento tenía suficiente, y no quería tener suficiente.
Las delicadas olas del mar se mecían debajo de nosotros.
El barco se movía arriba y abajo, balanceándose poco a poco, seduciéndonos a ambos.
—¿Aquí? —susurró justo cuando me desataba el lazo del albornoz, dejando al descubierto mi cuerpo desnudo.