Crímenes y lecturas de verano Capítulo veintinueve #3
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Capítulo veintinueve #3

La arena del suelo era más pedregosa y había conchas enormes esparcidas por la entrada de la cueva. Detrás de nosotros, un arroyo fluía hacia el mar. En el interior, todo se volvió completamente oscuro durante un minuto, pero superé el miedo apretando la mano de Jason.

Y, de repente, estábamos al aire libre.

No era una cueva casi cerrada, como la de la laguna del lado norte de la isla; era un parque abierto al cielo, con una fina cascada que caía por la pared rocosa.

De los acantilados brotaban arbustos, y nos rodeaban árboles enormes.

En el centro, justo debajo del punto donde caía el agua, se formaba un pequeño lago.

Observé cómo el agua fluía por donde habíamos entrado.

El sol poniente se reflejaba en los acantilados, lo cual proyectaba un resplandor surrealista con tonos dorados por todas partes.

—Es… —No encontraba las palabras.

Para una amante de los libros como yo, ¿cómo no se me ocurría otra palabra que no fuera «precioso»? Era como estar dentro de una de esas esferas de cristal en las que, al agitarlas, parece nevar. Pero sin nieve. O como estar en el jardín del Edén.

—Lo sé —susurró él.

Me apoyé contra Jason; apoyé la espalda contra su pecho.

Me rodeó con los brazos, y su barbilla descansaba sobre mi cabeza.

Permanecimos juntos en ese lugar increíble, viendo cómo la luz cambiaba con el sol que caía.

Justo cuando pensaba que no podía ser más bonito, otra cresta o árbol se iluminaba al cambiar el ángulo del sol.

Los pájaros dejaron de cantar y se resguardaron en su refugio para pasar la noche.

No quería irme de allí. Este lugar tenía algo espiritual. Era como si me hiciera formar parte de la isla en sí.

Jason me dio la vuelta poco a poco para que le mirara y me besó.

Fue un beso suave, largo. Un beso sin prisa, pero lleno de deseo.

Separé los labios. Él me puso las manos en la espalda, y me atrajo más hacia sí, pero, a pesar de ello, sentí que sus labios eran ligeros, juguetones y cariñosos a la vez.

—Tenemos que irnos —dijo con un tono triste.

—Mmm.

—Lo he planeado todo con mucho detalle para que sea una velada inolvidable.

—Mmm… —Le abracé con fuerza y le puse una mano en el pecho—. Si no hay más remedio… —Entonces pensé en la cueva—. ¿Tenemos que preocuparnos por la marea? —pregunté de repente al pensar que podríamos quedarnos atrapados si subía el agua.

—La marea sube, pero no inunda la cueva, a menos que haya tormenta. Estamos a salvo.

Tras admirar por última vez la belleza de aquel lugar, nos dimos la vuelta y volvimos a atravesar la cueva, y salimos a la playa justo cuando el sol terminaba de ponerse.

Nos detuvimos un momento a ver cómo se derretía en el mar.

Un montón de colores estalló en el cielo.

Había visto muchas puestas de sol preciosas, pero esta no la olvidaría jamás.

Jason empujó la moto de agua de nuevo al mar y nos montamos. Escuché una lancha a motor, pero no vi a nadie.

—¿Qué demonios…? —empezó a decir Jason cuando una lancha pequeña se alejó a toda velocidad de su barco. Había estado oculta tras el yate.

—¿Quién es? —pregunté.

Había una figura al volante, pero iba toda vestida de negro y llevaba casco.

—No lo sé, pero esto no me gusta ni un pelo —respondió. Giró la llave de contacto. La moto de agua hizo un ruido raro y se apagó. Volvió a intentarlo, frunció el ceño y respiró hondo—. ¿No huele como a gasolina?

—Sí —respondí.

Nos bajamos y Jason revisó el depósito.

—Mierda, alguien ha vaciado el depósito. Está completamente seco.

—¿Por qué iba a hacer nadie una cosa así? —pregunté. Pregunta tonta. Él sabía lo mismo que yo.

—No podemos quedarnos aquí —contestó—. La marea sube hasta el borde del acantilado.

Miró hacia la cueva.

—Podríamos volver a entrar, pero nos quedaríamos atrapados dentro con la marea alta. ¿Puedes nadar hasta el barco?

—Sí —contesté—. No está muy lejos.

Él tenía un aspecto desolado, como si todos sus planes se hubieran venido abajo. Yo estaba más bien enfadada, y un poco asustada, preguntándome por qué querría nadie sabotear la moto de agua de Jason.

Y¿quién sabía que estábamos aquí?

Cualquiera podía saberlo. Al menos, cualquiera que hubiese ayudado a Jason a organizar todo esto.

—Tengo que llevar la moto detrás de las rocas, hasta la entrada de la cueva —dijo—. Ahí podría estar resguardada para pasar la noche. Espérame aquí.

Cuando volvió, dijo:

—Lo siento muchísimo.

—No es culpa tuya. Es de quien nos saboteó.

—Cuando lleguemos al barco, avisaré por radio a seguridad para contarles lo que ha pasado. No quiero que esto nos arruine la noche.

Me pregunté si quien había manipulado la moto sabía que yo había estado haciendo preguntas sobre Diana Harden.

No había sido precisamente discreta. Pero ¿por qué?

Yo no sabía quién la había matado. Solo tenía sospechas.

Gino Garmon encabezaba mi lista, pero Sherry Morrison se estaba comportando de forma igual de extraña, y no había dudas de que tenía secretos, aunque yo no los hubiese descubierto todavía.

Y luego me acordé de Amber y Parker. Sabían que yo había tenido el libro. Podrían pensar que estaba buscando los documentos que Diana escondió en algún lugar de la isla. Tal vez por eso nos habían saboteado, para impedir que los encontrara, sin saber que ese no era mi plan para esta noche.

Quería contarle a Jason todo lo que sabía sobre la vida de Diana Harden… y sobre su muerte. Y sobre el libro, y por qué creía que Amber y Parker lo habían robado, y quería contarle también que sabía que Diana chantajeó a varias personas, una de las cuales probablemente la mató.

Jason dijo:

—Tenemos que nadar hasta el barco antes de que no quede luz. ¿Preparada?

—Vamos.

El agua estaba fresca cuando entramos.

—Aquí enseguida cubre —dijo Jason—. No es como en el otro lado de la isla. Así que ten cuidado.

Él empezó a nadar y yo lo seguí. No paraba de girarse para asegurarse de que yo iba detrás.

Íbamos en contra de la corriente, que empujaba con fuerza, así que, para cuando llegué al barco, estaba agotada. Jason ya estaba allí agarrado a una escalera. Cuando lo alcancé, tiró de mí, para ayudarme a subir, pues yo estaba sin aliento y temblando.

—Aquí tengo toallas y albornoces —dijo mientras me guiaba al interior de la cabina.

En el centro había una mesa con flores y velas sin encender, y una botella de champán se enfriaba en una cubitera sujeta a un rincón. Abrió un armario y sacó dos toallas esponjosas. Nos secamos y luego me dio un albornoz.

—Puedes quitarte el bañador si quieres, y estarás más cómoda.

Aunque la situación no era precisamente ideal, sentí una punzada de expectación al pensar en estar desnuda debajo del albornoz.

—Voy a avisar por radio y a explicar lo que ha pasado. Y luego, si aún te apetece, había planeado una cena. —Sonrió—. Te prometí que te daría de comer.

—Más te vale cumplirlo —contesté—. Después de ese baño, me muero de hambre.

Diez minutos después, salí del camarote con el albornoz puesto y sin nada debajo. Dentro había un dormitorio y un baño, e intenté no pensar demasiado en lo que podríamos hacer más adelante en esa cama. Encontré un peine en el baño y me arreglé un poco para quitarme los peores enredos del pelo.

Jason no estaba. Durante un segundo, me invadió el pánico, pues pensé que quien había saboteado la moto de agua había vuelto y le había hecho algo a Jason.

Escuché pasos en la cubierta superior, así que subí las escaleras y dije:

—¿Jason?

Se volvió hacia mí.

—La radio está rota. No exagero, alguien ha arrancado todos los cables y los ha destrozado.

He intentado volver a conectarlos, pero me he dado cuenta de que también han cortado los conductos.

He revisado el barco: no entra agua, el ancla está asegurada y tenemos generador para las luces, pero el depósito de gasolina también está vacío. Lo siento muchísimo.

—No te disculpes —contesté—. Esto no es culpa tuya. Estaba pensando: ¿podría ser que alguien esté intentando sabotear el resort?

Puso cara de sorpresa.

—¿Por qué?

—No lo sé, pero primero matan a una de las huéspedes. Después, me caigo en el agujero porque había desaparecido la red de seguridad. Y ahora tu moto de agua y el barco están inutilizados. ¿Ha habido otros accidentes en las últimas semanas?

Él negó con la cabeza.

—Nada que yo recuerde.

—¿Estamos seguros aquí?

—Sí. Te lo prometo. Revisé la previsión del tiempo antes de planear esta excursión, y no se espera ninguna tormenta en las próximas veinticuatro horas.

—¿Tienes móvil?

—Aunque lo tuviera, no tendría cobertura en esta parte de la isla. Es una de las razones por las que el resort va a instalar una torre de telefonía móvil junto al Sky Bar, para que haya mejor comunicación tanto en la costa del lado este como en la del oeste.

—Si no podemos contactar con nadie, ¿cómo vamos a volver?

—Henry sabe a dónde planeaba ir esta noche, y Kalise…, pues tuve que pedir permiso para coger el barco. Si no aparecemos por la mañana, vendrán a buscarnos.

—Vale —dije, empezando a sentirme cómoda con la idea de pasar la noche en el barco. Si tenía que quedarme tirada en algún sitio, me alegraba de que fuera con Jason—. Vamos a cenar.

—¿No estás asustada?

—No. —Hice una pausa, lo pensé bien, y me di cuenta de que era verdad—. Estoy bien. De verdad. Tengo mucha hambre, y además tengo cosas que contarte.

—¿Sobre qué?

—Creo que sé parte de lo que está pasando. No le conté todo lo que sabía a Gino Garmon sobre Diana Harden cuando me preguntó.

Jason me miró con tanta intensidad que me empecé a sentir incómoda.

—¿La conocías?

Negué con la cabeza.

—No la vi en mi vida, pero siento como si la conociera. —Ahora o nunca, pensé—. Diana Harden estaba chantajeando a gente de esta isla. Encontré sus notas. Estaban escritas en el libro que me robaron, el que se llevaron cuando entraron en mi cabaña el miércoles por la noche.