Capítulo veintinueve #2
Jason abrió el asiento y guardó mi vestido y bolso, y luego cerró y aseguró la tapa. Se subió al frente de la moto acuática y me hizo señas para que me sentara detrás.
—Agárrate —dijo mientras arrancaba el motor.
Apoyé las manos suavemente en sus caderas.
—Más fuerte —ordenó. Y entonces empezó a acelerar—. No voy a dejar que te caigas, pero tienes que agarrarte bien.
Me aferré a él para no salir volando por detrás.
—¡Jason! —grité.
No podía oírlo, pero estábamos tan cerca que sentí cómo su risa vibraba contra mi cuerpo. Salió rápido de la pequeña bahía y puso rumbo mar adentro.
Cerré los ojos y abracé a Jason con fuerza, muerta de miedo por si me caía al agua y me ahogaba.
Sabía nadar y llevaba el chaleco salvavidas, pero, cuando vas a ciento cincuenta kilómetros por hora (bueno, probablemente iríamos a unos treinta, pero parecían ciento cincuenta), ves tu vida pasar por delante de tus ojos.
Lo único que vi fue mi escritorio ordenado en el trabajo, con mis archivos perfectamente organizados y notas codificadas por colores.
A mis dos gatos, Nick y Nora, maullando en la puerta del apartamento al escuchar cómo giraba la llave en la cerradura.
Después, vi a mi abuela junto a mi ataúd, negando con la cabeza, con Jane y Amanda a cada lado, las tres con cara triste.
No porque estuviera muerta (aunque estoy segura de que estarían tristes), sino porque mi abuela, mientras acariciaba a mis gatos, decía: «Pobre Mia, nunca vivió».
«¡Sí que viví!», quería gritar, pero esa pesadilla con mi abuela tenía razón. Me daba miedo vivir.
De repente, la moto acuática se detuvo.
—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Nos estamos hundiendo? ¿Se ha roto? ¿Tienes radio? ¿Qué distancia hay hasta la orilla? ¿Podemos volver nadando?
—Abre los ojos —dijo Jason.
—No.
—Mia —me pidió, suavemente—. Ábrelos.
Poco a poco, y a regañadientes, abrí los ojos.
Estábamos bastante lejos, en mar abierto. Podía ver toda la isla delante de mí. El resort parecía una casita de muñecas. El sol apenas empezaba a ocultarse detrás de la isla, había unos colores gloriosos que enmarcaban las cumbres de las montañas como un halo.
Era tan precioso y romántico que me quedé sin palabras.
Jason puso sus manos sobre las mías, las cuales todavía estaban apretadas alrededor de su cintura.
—A veces —dijo, casi tan bajo que casi no lo oí—, vengo aquí y me siento hasta que casi oscurece.
Hace que me sienta pequeño, pero en el buen sentido.
Mis problemas se vuelven más pequeños, mis preocupaciones desaparecen…
Es liberador. Cuando vuelvo a la isla, las soluciones a mis problemas aparecen como por arte de magia.
—Se rio—. Porque me tomé mi tiempo para despejar la mente y no pensar de más.
Ahí fue cuando me di cuenta de que, en realidad, no conocía a Jason.
No sabía quién era por dentro ni qué inquietudes tenía.
Era amable e inteligente, y tenía opiniones sobre cosas como deportes extremos, asumir riesgos e incluso sobre mi propio sueño de tener una librería.
Un sueño que nunca le había contado a nadie hasta que conocí a Jason.
Tal vez porque era un desconocido…, o tal vez porque nunca volvería a verlo cuando acabara la semana.
Pero no sabía cuáles eran los sueños de Jason, ni sus miedos, ni cómo había crecido o dónde. No sabía si tenía hermanos, a qué se dedicaba antes de trabajar en St. Claire, ni si tenía planes de futuro.
—Puedo entender por qué adoras esta isla —comenté—. Por qué trabajas aquí.
—No durará para siempre —respondió él.
—¿Por qué? Henry parece muy feliz. Me habló de cuánto les gusta a él y a su esposa trabajar en el resort y de lo bien que los trata la dirección. Tienen casa y un mes de vacaciones pagadas.
Más que oír la risa de Jason, la sentí.
—Henry y Millie son unos padres con el nido vacío.
¿Sabías que Henry solía dar clases de Biología en un instituto en los Estados Unidos?
Y Millie tenía su propio negocio de arreglos y tintorería.
Uno de sus hijos pasó a hacerse cargo de él, Henry no tardó en jubilarse porque ya no le gustaba dar clase, y empezaron a trabajar aquí.
Él dice que nunca se jubilará del resort porque tiene la sensación de que en realidad es como si no estuviera trabajando.
No me había dado cuenta de que Henry no solo había cambiado por completo de carrera, sino que eligió hacer algo más sencillo, probablemente por menos dinero.
No obstante, con los hijos fuera de casa y la vivienda gratis en la isla, quizá no necesitaban tanto dinero para tener una vida cómoda.
Siempre había pensado en mi carrera como un trayecto en el que tenía que seguir subiendo peldaños, ganando más dinero, ahorrando más para la jubilación para poder mantenerme cuando dejara de trabajar.
Nunca había sopesado la posibilidad de hacer algo diferente, algo que me encantara, una vez terminada mi carrera.
Como abrir una librería dentro de treinta años.
—Podría pasarme horas aquí —confesó—, pero tengo hambre, y seguro que tú también. El sol se está yendo, y estar en una moto acuática por la noche es peligroso.
—¿Incluso para ti, señor Amante del Riesgo?
—Asumo riesgos, pero no hago tonterías.
—Qué pena que no podamos cenar aquí —dije en broma.
—Vamos a dar la vuelta a la isla. Tengo preparado un pícnic en el otro lado. ¿Lista?
Lo apreté contra mí y él condujo hacia el sur, en paralelo a la isla.
Esta vez no cerré los ojos. El parabrisas delantero ayudaba a mantener la mayor parte del agua lejos de mi cara, y podía ver la isla en todo su esplendor.
Las playas vírgenes, los barcos amarrados en orden, las calas y las montañas verdes con destellos de color allá donde las flores se habían apoderado de algunas zonas.
La punta sur de la isla era un paraíso dentro del paraíso.
Una playa se extendía desde la base de un acantilado que debía de tener una altura de diez pisos.
Aquí también había un muelle igual de grande que el que daba servicio al resort, y con una casa para botes.
En el acantilado se habían construido unas escaleras.
Me daría miedo utilizarlas para subir. ¿De verdad eran seguras?
Al final de las escaleras, había una terraza con una panorámica de ciento ochenta grados.
Debía de ser espectacular. La casa era de madera y cristal, sin luces encendidas, salvo unas guirnaldas blancas enganchadas por los bordes de la terraza y en los árboles.
Detrás de la casa, la montaña ascendía suavemente hacia la cima, pero, según los mapas que había visto de la isla, había un camino estrecho que iba desde la casa hasta el resort.
La casa de Ethan Valentine.
Quise preguntarle a Jason por él, pero hablar era imposible con el ruido de la moto acuática. Jason sorteó unas rocas que sobresalían un poco, luego se dirigió al lado oeste de la isla y nos dirigimos a un canal artificial.
La mitad sur de la isla era más estrecha que la norte. Jason redujo la velocidad y se detuvo al acercarnos a un barco anclado a unos doscientos metros de la playa. El barco estaba iluminado, visible a pesar de que el sol empezaba ya a hundirse en el mar, lo cual me hizo pensar que había una fiesta.
—¿Hay alguien más aquí? —pregunté cuando se detuvo, intentando no mostrar mi decepción porque no íbamos a cenar solos.
—Yo he venido con el barco antes, luego volví al resort para recogerte.
—¿Por qué?
—Tenía que traer la comida. Además, no sé si recuerdas que no se puede usar la moto acuática por la noche.
—Y ¿cómo vamos a volver?
Él se rio.
—En barco. Cuando queramos. No tenemos horario.
Nadie nos espera ni a ti ni a mí. —Me pasó la mano por la pierna.
Se me aceleró el corazón al pensar en la laguna la otra noche y en lo cerca que estuvimos de acostarnos antes de que nos interrumpieran—.
¿Puedes esperar unos minutos para comer?
—Hablaba con un tono de voz bajo, sexi y provocador.
—Claro —respondí, sonando mucho más segura de lo que me sentía. Me imaginé cómo sería hacer el amor en la moto acuática, y no tenía ni idea de cómo funcionaría. Supuse que podría sentarme delante, mirándolo a él, y rezar para que no nos cayéramos…
—Quiero enseñarte una cosa, y no tenemos mucho tiempo antes de que oscurezca.
Jason giró la moto hacia la cala y se detuvo en una pequeña playa estrecha. Me ayudó a desmontar. Me tambaleé como si acabara de bajarme de un caballo. Para evitar que me cayera de culo en la arena, me sujetó, y me besó.
—Un segundo.
Arrastró la moto unos metros adentrándola en la arena de la playa, sacó mis sandalias del compartimento seco y me las puso en los pies.
—Me siento como Cenicienta —dije.
—Es un honor ser tu Príncipe Azul. —Se inclinó muchísimo, luego me cogió de la mano y me guio hacia el acantilado.
Parecía que no había por dónde ir, hasta que rodeamos una roca enorme, y se reveló la entrada de una cueva.
Me quedé paralizada. No había nada de luz y daba miedo, y no era un sitio que me apeteciera explorar.
Jason se giró hacia mí y me cogió de las manos.
—Confía en mí —me pidió.
—¿A dónde lleva esto? —pregunté.
No me respondió. Tan solo me miró con una expresión que decía que me decidiera.
Esa expresión facial también decía que ahora mi decisión no solo era si entrar o no en la cueva. Era también sobre confiar en él y confiar en mí misma. Sobre si iba a jugar siempre a lo seguro, o si iba a arriesgarme…, aunque solo fuera un poquito.
Jason estaba conmigo. El riesgo no parecía tan grande con él a mi lado.
Me incliné y lo besé. Pareció sorprendido, y entonces me di cuenta de que había sido él quien había iniciado todos y cada uno de nuestros acercamientos. Yo siempre le había correspondido con ganas, pero hasta ese momento no lo había besado de forma espontánea.
Me alegré de haberlo hecho. Algo cambió entre nosotros. Me sentí más cerca de él, como si compartiéramos algo sin necesidad de palabras.
Nos adentramos en la cueva cogidos de la mano.