Crímenes y lecturas de verano Capítulo veintinueve
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Capítulo veintinueve

CAPÍTULO VEINTINUEVE

«La vida es una aventura que vivir, no una serie de días repetitivos a los que sobrevivir».

LUCY SCORE , The Dead Guy Next Door

Tenía un moratón en la espinilla, justo donde ese joven cretino me había dado una patada. Enseguida se convirtió en una mancha púrpura oscura.

No quería hablar con Gino, pero alguien tenía que saber lo que había pasado. Pensé en contárselo a Jason y preguntarle qué hacer, pero no quería meterlo en todo esto. Me dirigí a la oficina de administración y encontré a Tristan y Kalise trabajando.

—Hola, ¿tenéis un momento? —pregunté.

—Claro —dijo Kalise con una sonrisa—. Está usted estupenda esta tarde.

—Gracias —respondí—. He tenido un problema con uno de vuestros empleados. —Había pensado bien cómo quería plantear la situación: si le daba miedo perder el trabajo, a lo mejor ese chico le contaría la verdad a su jefe.

Kalise y Tristan se miraron. Entonces, Tristan dijo:

—Por favor, venga a mi oficina. Lamento cualquier problema que el personal haya podido causarle.

Tristan cerró la puerta tras de sí y me indicó que me sentara en una silla de mimbre que había frente a su escritorio. Me dio un poco de vergüenza cuando recordé cómo me había colado allí antes e invadido su privacidad.

—No quiero meter a nadie en líos —dije, aunque eso no era del todo cierto, pues me seguía doliendo la espinilla—. Pero, quizá si hablas con él, podrías descubrir por qué estaba rebuscando entre mis cosas.

Tristan se sentó y mostró preocupación.

—¿Un empleado ha rebuscado entre sus pertenencias personales?

—Sí —respondí—. Un trabajador joven de unos veinte años, de piel morena clara, con el pelo corto y oscuro.

De mi estatura. El primer día que llegué, lo vi hurgando en mi bolso mientras yo estaba en el agua.

Cuando llegué a la orilla, ya se había ido.

Al día siguiente, descubrí que le faltaba una hoja a mi libro y recordé que ese joven había estado rebuscando entre mis cosas.

Hoy lo he visto, se lo he preguntado y ha salido corriendo.

—¿Cree que se llevó su libro?

Por cómo lo dijo, pensé que me estaba tomando el pelo, y me di cuenta de lo absurdo que sonaba todo. Estábamos hablando de un libro de bolsillo que costaba doce dólares y que yo había cogido de la tienda gratis, y me estaba comportando como si se tratara de un ladrón de joyas.

—No —contesté. Sabía que había sido Amber quien me había robado el libro, pero ¿y si ella le había contratado?

El chico había dicho «él», así que quizá Parker lo contrató para arrancar la hoja…

Cuanto más lo pensaba, más me arrepentía de haber venido a contárselo—.

Quizá —maticé—. Pero salió corriendo cuando se lo pregunté.

No quiso decirme por qué había estado rebuscando en mi bolso en la playa.

—Estuve a punto de decirle a Tristan que el empleado me había dado una patada en la espinilla, pero no lo hice porque no quería que se quedara sin trabajo. Solo quería saber qué estaba pasando.

—¿Faltaba algo más? —preguntó Tristan.

—No. Y no quiero que le castiguen. Solo me gustaría hablar con él para conocer su versión de los hechos.

—¿Y no sabe quién es?

—Esta tarde estaba trabajando, reponiendo suministros en el bar, y puede que estuviera en el ferri cuando llegué. —Seguro que Tristan podría revisar los registros de empleados y averiguar quién era el chico que había visto.

—Déjeme ver qué puedo hacer —contestó Tristan—. No puedo prometerle que no habrá ninguna medida disciplinaria contra él. En St. Claire nos enorgullecemos de nuestro personal y de nuestra hospitalidad, y ningún huésped debería sentirse inseguro, ni temer que corre peligro.

«Una huésped asesinada me hace sentir mucho menos segura que un ladrón de libros», pensé.

—Solo quiero hablar con él —dije.

—No le prometo nada, pero intentaré identificarlo y, si es posible, concertaré una reunión entre usted y él.

—Estaría genial. —Le di las gracias y me fui.

No sabía qué iba a hacer de verdad. Miré el reloj y vi que ya casi eran las seis. Tendría que ir corriendo al muelle para llegar a tiempo a mi cita con Jason.

Empecé a andar rápido cuando escuché que me llamaban.

—¡Señorita Crawford!

Me giré y vi a Henry junto a una de las lanzaderas. Me acerqué y él dijo, con una sonrisa cómplice:

—Su carruaje le espera.

Él lo sabía. Sabía lo de mi cita con Jason.

Yo no lo había mantenido en secreto —Brie lo sabía, por ejemplo—, pero tampoco lo había gritado a los cuatro vientos.

Y Jason me había besado en el bar, y cualquiera podía haberlo visto.

¿Estaba poniéndome roja? Sí, en efecto. Quizá Henry pensaría que ese día había tomado el sol demasiado.

—Esto…, gracias —dije y me subí al vehículo.

Él se rio y empezamos a bajar por el camino estrecho hacia el muelle.

—Jason es un buen hombre. Se lo pasarán bien esta noche.

Mi rubor se intensificó al recordar lo bien que me sentí cuando Jason me besó la noche anterior, y al pensar en todas esas promesas no dichas detrás del beso.

Me di cuenta de que, en parte, me pasaba el día buscando pistas sobre el asesinato de Diana para no pensar en los nervios que sentía por la cita de esa tarde.

Un cosquilleo me recorrió la columna e intenté que no me doliera la barriga.

—Anoche no pude ir al crucero, y me dijo que haríamos algo parecido. —Qué tontería acababa de decir. Podría llevar un cartel de neón anunciando que esa noche iba a acostarme con Jason Mallory.

—Qué horror lo que le pasó en la montaña.

Ahora está todo acordonado. Nadie más resultará herido.

El señor Dubois habló con los contratistas —dijo—, y van a volver la semana que viene, cuando llegue el equipo.

Investigarán qué pasó, pero creen que la malla naranja no estaba bien instalada.

Los hombres que contrataron la pusieron entre los árboles sin clavarla bien.

El lunes por la mañana, el día antes de que llegara usted, llovió y hubo vientos fuertes.

—Negó con la cabeza—. Me alegro de que no se hiciera ningún daño, la verdad.

No se me había pasado por la cabeza que hubieran quitado la malla de forma intencionada porque nadie podría haber sabido con antelación que Brie y yo íbamos a recorrer ese sendero de la cima de la montaña. Aun así, me tranquilizaba que hubieran averiguado que fue un trabajo mal hecho.

—Creo que Jason siente pena por mí porque me pasé mi cumpleaños en un lodazal —dije intentando quitarle hierro al asunto.

—Oh, no —respondió Henry como si lo hubiera dicho en serio—. Nunca he visto a Jason tan emocionado. Está eufórico. Y, si le soy sincero, sé un poco sobre lo que tiene planeado.

Se me aceleró el corazón.

—¿Qué?

—Es una sorpresa —contestó sonriendo.

—No me gustan las sorpresas.

—Esta le gustará.

¿Es que toda la isla sabía que esta noche iba a salir con Jason?

—No se ponga nerviosa —bromeó—. Se lo va a pasar bien, se lo prometo. No recuerdo la última vez que Jason tuvo una cita, ni dentro, ni fuera de la isla, y esta vez está poniendo todo de su parte.

No tenía nada que decir. ¿Qué podía decir? Toda esta semana estaba teniendo un toque surrealista. Era como si me estuviera viendo a mí misma comer, beber y divertirme sin llegar de verdad a formar parte de la vida de la isla.

Henry se detuvo en el muelle.

—No hay barco —señalé.

—El ferri salió hace diez minutos con los trabajadores del día que vuelven a San Juan —respondió.

—Entonces, ¿por qué me pidió Jason que viniera aquí?

—Hay más de una embarcación en la isla —contestó.

Escuché un motor antes de verlo. Pero lo que llegó a la orilla no era un barco; era una moto acuática Jet Ski.

—No. —No me di cuenta de que había hablado en voz alta hasta que escuché mi propia voz.

Henry se rio y saludó a Jason con la mano, luego se encaminó al resort, y allí me dejó. Con Jason y la moto acuática.

Jason corrió por la playa y me cogió de la mano.

—¿Preparada?

—No. Para nada. —Necesitaba una excusa. Me miré la ropa—. Me he puesto un vestido.

—Pero debajo llevas un bikini, ¿no?

Asentí con la cabeza.

—Lo sé, Mia. No te gustan los helicópteros, ni los avioncitos pequeños, ni los globos aerostáticos, ni el ala delta. Entendido. La moto acuática va por el agua. Funciona con gasolina. Te va a encantar, te lo prometo.

Aquello me aterrorizaba. Pero la sonrisa de oreja a oreja de Jason era contagiosa. Él estaba emocionado, y eso me hizo estar un poco (un poquito) emocionada también.

Despacio, le contesté:

—Vaaaale.

Abrió una caja metálica que estaba en el borde del muelle y me entregó un chaleco salvavidas. Lo cogí torpemente.

—¿Nunca te has puesto uno?

—Nunca he tenido la necesidad.

Se rio, me lo quitó de las manos.

—Quítate el vestido.

Parpadeé y nos imaginé a los dos desnudos en la arena.

—¿Qué? —Me salió una voz entrecortada.

—Tengo una caja impermeable para guardarlo. Ahí dentro estará a salvo.

Con recelo, me quité el bolso y luego el vestido.

Llevaba un bikini de color rosa neón y de repente me sentí cohibida.

Pero Jason se echó mi vestido al hombro y luego me colocó el chaleco salvavidas como si fuera un esmoquin.

Me lo abrochó con destreza por delante, y ajustó bien todas las correas.

Estaba muy cerca de mí y, cuando lo miré, me besó.

—Sonríe, Mia.

Y sonreí. Una sonrisa pequeña. Luego me hizo cosquillas y empecé a reírme a carcajadas.

—¡Para!

Me dio un último pellizquito y luego un beso rápido. Cogió mi bolso con la mano izquierda y mi mano con la derecha. Caminamos por la playa hacia la moto acuática.

—¿No vamos a cenar? —No me había terminado el plato de aperitivos. Me daría hambre antes de que se hiciera de noche.

—Sí, claro que sí.

Miré alrededor. Henry ya se había ido y no vi ni escuché a nadie más.

Me miró.

—No te gusta perder el control, ¿verdad?

—No —admití—. Me gusta tener un plan.

—Eso es una buena característica para una planificadora financiera. Pero esta noche confía en mí, ¿vale?

—Eso hago. —Era verdad. Aunque me daba miedo dejar la noche completamente en manos de Jason, también era emocionante.