Capítulo veintiocho
CAPÍTULO VEINTIOCHO
«¡Cada vez más curioso!».
LEWIS GARROLL , Alicia en el País de las Maravillas
Después de darme una ducha, estaba descansando relajada en la terraza cuando Braden me llamó.
—¿Va todo bien? —pregunté de inmediato, y prácticamente pegué un salto de la silla reclinable.
Se me ocurrían cien cosas que podrían haberse torcido en la oficina. Empecé a ponerme nerviosa porque no había estado pendiente de las noticias y no había leído ni un solo periódico financiero desde que llegué a la isla, y ese descuido significaba que les había fallado a todos mis clientes.
—Bien, sí —respondió con un tono extraño—. ¿Estás bien?
—Como me llamas un viernes por la tarde, lo primero que he pensado ha sido que el mercado de valores se había desplomado o algo así.
Se rio.
—Mia, el mundo va sorprendentemente bien ahora mismo. No ha habido grandes ni pequeños trastornos en el mercado. Revisé todas las cuentas de los clientes siguiendo tus instrucciones, y no hay problemas. Ajusté la cartera de la señora Grossman como indicaste y le envié un estado actualizado.
—Gracias —contesté mientras me relajaba—. Sé que lo tienes todo bajo control. Es solo que me preocupo.
—No serías tú si no lo hicieras —comentó él—. Te llamo porque querías información.
—Es verdad. —Se me había olvidado—. De Sherry Morrison.
—Te envié un montón de cosas por correo, pero el resumen es que tiene problemas económicos graves.
El año pasado presentó una solicitud de bancarrota del capítulo 13 [12] Saqué el expediente y te lo envié, pero, en pocas palabras, digamos que la están obligando a vender su casa para pagar sus deudas.
El problema es que no tiene mucha plusvalía, pues firmó una segunda hipoteca en unas condiciones bastante malas poco después de que muriera su marido.
En mi opinión, la única razón por la que ella aceptaría unas condiciones semejantes sería por no ser solvente y tener ingresos irregulares. Podría revisar su saldo…
—No, no quiero rebasar un límite como ese. Estoy haciendo todo esto por una amiga, pero no quiero que tú o yo tengamos problemas. ¿Estás seguro de que es su capítulo 13?
—Sí. Mucha deuda de tarjetas de crédito, las dos hipotecas y gravámenes fiscales.
—¿Has descubierto algo sobre su empleo? Tiene un negocio.
—No creo que gane mucho con eso. No se anuncia. La página web se actualizó por última vez hace tres años. ¿Sabías que se la ha visto acompañada de varios jugadores profesionales de distintos deportes?
—Estoy al tanto —dije.
—¿Qué es lo que está pasando? —preguntó Braden.
—Te lo contaré todo cuando llegue a casa.
—¿Estás segura de que estás bien? Pareces preocupada.
—Estoy fenomenal. Estoy relajándome en mi playa privada. Esta noche tengo unos planes que me hacen mucha ilusión. —Tal vez le contara que me caí en un hoyo, o tal vez no.
—Bueno, pues nos vemos la semana que viene.
Cuando colgué, me di cuenta de que ya estaba en el ecuador del viaje.
No obstante…, el resort me había ofrecido tres días gratis por haber encontrado un cadáver.
Dependiendo de cómo fueran las cosas con Jason esta noche, tal vez debería pedir que me prolongaran las vacaciones tres días más.
Si teníamos en cuenta que apenas había tenido tiempo libre en los últimos cinco años, sabía que a Stuart no le importaría.
Lo más probable era que estuviera encantado.
Me invadió una oleada de ansiedad. Tenía que regresar a la oficina la semana que viene. Confiaba en Braden, por supuesto, pero tenía obligaciones, responsabilidades y clientes que dependían de mí. Si yo les había dicho que volvería de vacaciones el miércoles, debía volver el miércoles.
La idea de regresar a la oficina estuvo a punto de deprimirme.
Dejé todo eso a un lado y me di cuenta de que tenía hambre.
No me había terminado el sándwich porque estaba demasiado nerviosa después de que Tristan nos llamara la atención.
No sabía qué había planeado Jason, pero no quería estar muerta de hambre y enfadada cuando nos viéramos.
Me dirigí al Blue Dahlia a tomar un aperitivo y una segunda bebida para relajarme.
No es que estuviera nerviosa, sino que experimentaba la adrenalina de la emoción de la expectativa mientras dejaba que mi mente volviera al beso de la noche anterior.
Sorprendentemente, cuando llegué, el ambiente del bar era bastante tranquilo.
No había niños jugando, sino solo unas pocas personas descansando en la playa.
No había barullo en la piscina. Dos personas sentadas en el bar de la piscina y cuatro mujeres vestidas con ropa de yoga eran los únicos huéspedes que había en el Blue Dahlia, y estaban bebiendo y comiendo aperitivos del bufé permanente.
Me serví un plato pequeño de comida y me senté en la barra, donde Callie todavía trabajaba, y le pedí otro de sus deliciosos spritzers .
Repasé las fotos del libro de Diana que tenía en el móvil y las analicé desde todos los ángulos.
Había muchos motivos por los que chantajear a alguien: adulterio, robo a un socio comercial y algún delito desconocido, entre otras cosas.
O, como le estaba pasando a Anja, se podía desvelar un secreto bien guardado que perjudicaría a muchas personas, pero que no era un delito.
Secretos… A fin de cuentas, el chantaje se reducía a un secreto por el que alguien estaba dispuesto a pagar para que siguiera bien guardado.
Pero ¿hasta qué cantidad estaría dispuesto a pagar alguien?
En algún momento, la verdad saldría a la luz…
, a menos que el chantajista estuviera seguro de que Diana era la única que sabía el secreto.
Pensé en Gino, y luego me acordé de las fotos que hice del ordenador de Tristan. Era difícil leer la información de las fotos porque no tuve tiempo de hacer zoom y enfocar bien, y al principio no vi nada que fuera relevante. Pero la última línea del informe de rendimiento era interesante:
«Se habló sobre los repetidos viajes a Santa Cruz. Gino me aseguró que ya no participaba en apuestas».
Lo de las apuestas explicaría muchas cosas.
Podría explicar por qué dejó la policía —tal vez se estaba quedando con el dinero de las incautaciones y se lo gastaba jugando a las cartas—.
También explicaría qué podría saber Diana sobre él.
La gran pregunta era: ¿cómo sabía Diana todas esas cosas sobre Gino Garmon?
¿Se lo había contado alguien? ¿Había investigado a los miembros del personal antes de llegar?
La mayoría de los huéspedes era gente adinerada, así que podría haber estado en sus mismos círculos, o haber leído revistas de cotilleos, o haber llamado a amigos para obtener información.
En cambio, sin duda, investigar al personal era harina de otro costal.
Con el rabillo del ojo, vi movimiento de algo que se acercaba a la barra. Era un empleado que entró con suministros. Era de complexión delgada, un adolescente mayor. Había algo en él que me sonaba, y ese algo era su manera de moverse.
Me vino el recuerdo de cuando estuve nadando después de meterme en el mar el primer día… y la persona que había estado rebuscando entre mis cosas. Tuve la sensación de que era un chico o un hombre, pero no muy corpulento. Alguien que se movía como un adolescente…
—¡Oye, tú…! —Me fijé en su pecho. Llevaba una chaqueta fina y no podía ver la placa con el nombre.
Me miró con los ojos abiertos de par en par, y supe que era el chico que había arrancado la hoja del libro.
Entonces se dio la vuelta y se alejó como si no le hubiera hablado.
Busqué a Callie con la vista, pero estaba hablando con unas señoras mayores. Seguí al chico. Caminaba rápido por el centro del resort. No corría, pero avanzaba a paso firme. Se le veía decidido a evitar a toda costa tener que hablar conmigo.
—¡Oye! —grité.
No había nadie en la recepción y no vi a ningún empleado cerca que pudiera ayudarme. El chico entró en el spa y fui tras él.
No estaba en el vestíbulo. Abrí la puerta que daba a las salas de tratamiento. Tampoco se encontraba en el pasillo. Entonces, me acordé de que cuando me di el masaje vi que había otra salida.
Salí y corrí hacia la parte de atrás y lo alcancé justo cuando él salía del edificio. Lo agarré del brazo.
—Para —dije con la voz más firme que pude—. ¿Acaso debería avisar a seguridad? Con los ojos bien abiertos, negó con la cabeza rápidamente de un lado a otro.
—¿Cómo? No he hecho nada.
—Arrancaste una hoja de mi libro. ¿Por qué?
—¿Yo? No.
Pero desvió la mirada. Era innegable que estaba mintiendo. A mí no se me daba bien mentir, pero a este chico se le daba todavía peor.
—Sí, tú. Luego otra persona me robó el libro de la habitación. ¿O también fuiste tú? ¿Robaste la hoja equivocada y por eso más tarde te llevaste el libro entero?
—¡Yo no fui! Lo juro. Por favor, me quedaré sin trabajo. —Su mirada iba de un lado a otro buscando escapatoria.
—No hablaré con seguridad si me dices por qué te llevaste esa hoja.
Le temblaban los labios. Parecía asustado de verdad.
—No puedo. Él… Mire, señora, lo siento. No tengo la hoja. Yo… yo… se la di a otra persona. Y yo… yo no me llevé el libro. Lo juro. No me llevé el libro, sino solo una hoja.
—¿A quién se la diste?
—No puedo decírselo. —Entonces me dio una patada en la espinilla y salió corriendo.