Capítulo veintisiete
CAPÍTULO VEINTISIETE
«Estar muerto significa no tener que hacer nunca nada furtivo».
LAWRENCE BLOCK , Los ladrones no pueden elegir
Estaba nerviosa. Nunca había entrado sin permiso en una oficina.
Brie me guio por el edificio principal. Las oficinas de administración estaban en un bloque de una sola planta situado al sur del edificio principal y conectado a este por unos soportales. Había dos carritos de golf aparcados bajo el techo.
—¿Las reuniones de personal no deberían ser en las oficinas?
—Hay demasiado personal. Están en la biblioteca, en el segundo piso.
Aquello hizo que me parase en seco.
—¿Hay una biblioteca? ¿Con estanterías llenas de libros, sillones cómodos y música relajante?
—Sííí. —Brie me miró con desconfianza—. Está abierta para los huéspedes, menos cuando tienen reuniones de personal.
—Guau.
—Ahora no, pero, si quieres, te la enseño después.
—Ojalá lo hubiera sabido antes.
—Concéntrate, Mia.
Volví a prestarle atención al edificio de administración. Parecía cerrado.
—¿Cómo vamos a entrar? —Miré a mi alrededor. La puerta principal estaba a la vista de cualquiera que pasara por allí, tanto desde la rotonda como desde las ventanas orientadas al sur—. Cualquiera podría vernos entrar.
—¡Deja de señalar lo evidente! —respondió Brie con brusquedad—. Tranquila. Hay más de una entrada. Vamos a pasar por delante y luego cogeremos el sendero que está al otro lado del edificio y que lleva a la parte de atrás.
—La oficina de seguridad está por ese lado.
—Ellos también están en la reunión de personal, menos un chico. Mientras no llamemos la atención, ni se dará cuenta de que estamos aquí.
—¿Y si se da cuenta?
—El camino rodea la parte trasera del resort. Solo estamos dando un paseo en un día precioso como el de hoy.
Brie enlazó su brazo con el mío y yo me quejé.
—Odio este plan.
—Confía en mí.
A estas alturas no tenía otra opción.
—¿Dónde está todo el mundo? —pregunté al darme cuenta de que no escuchaba voces, ni risas, ni chapoteos en la piscina.
—En la reunión del personal. Ya te lo he dicho.
—No, me refiero a los demás.
—Ah. Pues hay una clase de buceo en el muelle, y Kalise llevó un grupo de excursión al lago St. Claire. Pero sí, está todo tranquilo.
—Parece que te enteras de todo lo que pasa.
Brie se encogió de hombros.
—Como te dije, venimos todos los años y la isla no es muy grande.
En la oficina de seguridad, una persona estaba sentada en un escritorio. Levantó la vista cuando pasamos. Me quedé paralizada. Brie sonrió y le saludó con la mano, y seguimos andando.
Él le devolvió el saludo, casi sonrojado. Era joven, no tendría más de veinte años, pensé, y me di cuenta de que Brie se puso recta y se metió un mechón de la melena detrás de la oreja mientras pasábamos.
Brie tenía más encanto natural que yo para coquetear.
—¿Vas a quedar con él? —susurré.
—No —respondió cortante, pero lo miró.
Yo también. Él bajó la mirada a su escritorio, fingiendo estar ocupado.
—Es mono.
Ella se encogió de hombros y luego me guio hacia un patio pegado al edificio de administración. Bajo las ventanas crecían setos con flores bien cuidados y las enredaderas trepaban por celosías sujetas al estuco.
Brie enseguida agarró el pomo y abrió la puerta lateral.
—¿No la tienen cerrada con llave? —pregunté.
—Shhh —dijo, y entramos.
La puerta se cerró detrás de nosotras.
Estábamos en lo que parecía ser una sala de descanso para el personal. Había un par de mesas, un sofá, una nevera y una encimera. Mientras mis ojos se acostumbraban al cambio de la luz del sol a la iluminación interior, escuché atentamente.
Aparte del zumbido de los electrodomésticos, no había ningún ruido.
Brie atravesó rápido la sala y se adentró en el pasillo.
El edificio de administración prácticamente no tenía paredes, había mucho espacio alrededor de cada escritorio enorme y una mesa de conferencias central con capacidad para ocho personas.
Al fondo, había una oficina con puerta, y allí fue donde me llevó Brie.
La puerta estaba abierta, pero la luz apagada.
—Tú consigue la información. Yo vigilaré por si vuelve alguien —mandó Brie.
—¿Y si aquí hay cámaras y ya nos han pillado? —susurré.
—He comprobado que no hay. No sé cuánto tiempo tenemos, así que vamos.
Cruzó la oficina y se colocó a un lado de la puerta principal para que no la vieran si alguien se acercaba.
Ahora o nunca, pensé. Había suficiente luz ambiental como para no tener que encender la luz, algo que tal vez podría llamar la atención.
La oficina de Tristan estaba impecable: había en ella un escritorio con carpetas ordenadas, un ordenador y un teléfono.
Una impresora encima de un mueblecito archivador cerrado con llave.
La silla era ergonómica. No me senté en ella.
El corazón me palpitaba tan fuerte que notaba el latido en los oídos hasta tal punto que pensé que, si Brie se ponía a gritar, a lo mejor ni la oiría.
La pantalla del ordenador se encendió cuando toqué el ratón. Gracias a Dios no estaba protegido con una contraseña, pues dudaba que cualquier persona menor de cincuenta años usara ya un archivador de tarjetas rotativo.
Me apresuré a abrir la pestaña de contactos y busqué a Ethan Valentine. Le hice una foto a la pantalla, en la cual aparecieron su nombre, una dirección de Miami, la dirección de St. Claire, un número de teléfono con el prefijo de Miami y un correo electrónico. Eso era todo.
Cerré esa pestaña y abrí el calendario de Tristan con la esperanza de encontrar información sobre la agenda de Valentine.
No había nada que mencionase a Valentine.
Me sentí como una intrusa y cerré el calendario.
Eché un vistazo hacia la puerta y vi que Brie seguía de guardia con una actitud despreocupada, como si estuviera esperando a que volviera Tristan para poder hablar con él.
¿Cómo podría saber si Valentine estaba en la isla sin tener que ir hasta su casa? Hice clic en el buscador y repasé lo que creía que sería su agenda. No había nada que me llamara la atención. Entonces, me dirigí al correo electrónico de Tristan y…
Estaba protegido con una contraseña.
Estaba a punto de dejarlo cuando vi una carpeta llamada «Empleados». Aunque dudé, al final, la abrí. Dentro había archivos relacionados con todos los empleados, ordenados por apellido y nombre. No debería hacerlo… pero lo hice. Encontré el expediente titulado «Garmon, Gino» y lo abrí.
Había varios documentos, entre los que se incluían la solicitud de empleo, referencias e informes sobre su rendimiento.
Abrí su solicitud y la repasé. Había estado en Miami dos años antes de comenzar a trabajar aquí.
Había sido investigador privado durante esos dos años…
¿Sería un trabajo real o una tapadera? Porque ¿acaso no necesitaría un tiempo para sacarse la licencia y conseguir clientes?
¿No le gustó ser investigador, o solo se trató de un empleo temporal mientras encontraba algo mejor?
Les hice una foto a las referencias, cerré el documento y abrí el informe de rendimiento más reciente.
—Mia Mia Mia. —Escuché a Brie susurrar mi nombre varias veces.
Levanté la vista y me hizo una señal para que me acercara.
Hice una foto solo de la primera página que apareció, cerré el programa y salí corriendo de la oficina, nerviosa.
—Por aquí —susurró Brie, y giramos hacia la sala de descanso justo cuando dos personas entraban por la puerta principal charlando.
Brie abrió la puerta trasera y salimos. Giró a la derecha y nos alejamos de los edificios por el sendero que rodeaba la parte de atrás del resort.
—Mierda —murmuré—. No ha durado nada.
—Habrá sido una reunión rápida de personal —dijo ella—. ¿Encontraste su agenda?
—No, pero ya tengo los datos de contacto de Valentine. Y estaba leyendo el expediente de Gino Garmon cuando diste la voz de alarma.
—¿Y hay algo?
—Fue investigador privado durante dos años antes de conseguir este trabajo. Tengo sus referencias. A lo mejor me pongo en contacto con esas personas para ver si alguien sabe por qué dejó la policía.
En cuanto perdimos de vista los dos edificios respiré más tranquila.
—Por los pelos —dije.
Brie se rio.
—Ha sido divertido —comentó.
—Quizá para ti —respondí intentando no reírme—. Todavía me va el corazón a mil.
—A mí también.
Accedimos por la entrada trasera del resort, y cogí un sándwich preparado del bufé. Parecía que había comida disponible las veinticuatro horas del día.
—Me ha entrado hambre —dije y me reí en voz alta.
—Señorita Crawford, señorita Locke —nos llamó Tristan, que se acercaba a nosotras.
Me quedé petrificada.
Nos había pillado. Tenía cámaras en la oficina. Alguien nos había visto. Él nos había visto. Me iban a expulsar de la isla antes de resolver este misterio o antes de acostarme con Jason. Una tragedia doble.
—Hola, Tristan —contestó Brie con una sonrisa casual—. ¿Qué pasa?
¿Cómo podía estar tan tranquila?
—Buscaba a la señorita Crawford —dijo Tristan.
—¿A mí?
—Primero quería disculparme por las molestias que le ha causado otro huésped esta mañana. Hablé con el señor Lance, y mañana se marchará de la isla.
—No tenía que echarlo —dije. Gracias a Dios, no sabía que habíamos entrado en la oficina y accedido a su ordenador—. Solo estaba preocupado por CeeCee.
—Puede ser —contestó Tristan—, pero, de todas formas, se va por voluntad propia.
Y, para que se quede tranquila, la señorita Tremaine está a salvo.
Volvió a los Estados Unidos ayer por la tarde.
No he hablado con ella personalmente, pero desde San Juan me han informado de que se subió a un ferri hacia Santo Tomás y después cogió un vuelo directo a Miami.
—Y ¿no se lo ha contado a su novio? —preguntó Brie—. Qué frialdad.
—Voy a darle seguimiento para asegurarme de que de verdad está bien, pero sé que usted, señorita Crawford, estaba preocupada por ella y espero que ahora se haya quedado más tranquila.
—Sí, gracias —contesté, aunque todavía me parecía raro que CeeCee se hubiera marchado de una manera tan abrupta—. Fue un poco inquietante, teniendo en cuenta lo que le pasó a Diana.
Él negó con la cabeza y dijo:
—Una verdadera tragedia.
—¿La policía o el equipo de seguridad ya están más cerca de descubrir qué le pasó?
—Aún están intentando rastrear sus movimientos —contestó—.
No quiero adelantarme porque no tengo confirmación directa de San Juan, pero la vieron en la otra punta de San Juan, en Coral Bay.
No voy a especular sobre los motivos. La policía encontrará las respuestas.
Trabajan bien, aunque son un poco más lentos de lo que nos gustaría.
Parecía confiar en ellos más que yo.
—He de reconocer que, cuando me enteré de que CeeCee había desaparecido ayer, pensé que podría haberle pasado algo —confesé.
Tristan extendió la mano y me dio una palmada en el brazo.
—Lo siento mucho. Le aseguro que aquí, en St. Claire, está usted a salvo del todo. De todo corazón espero que la policía descubra qué fue lo que le pasó exactamente para que nuestros huéspedes puedan estar tranquilos.
Brie dijo:
—Tenemos que irnos, Tristan. Gracias.
Caminamos hacia mi cabaña, y hasta que no entramos en ella no me relajé.
—Guau, estaba convencida de que nos había pillado.
—Yo pensé que ibas a contárselo todo —dijo Brie—. No se te da bien mentir, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—O sea que CeeCee volvió a casa. Mmm.
—Estás pensando en algo.
—En el almuerzo con la exmujer de Trevor —comenté—. Y en un par de detalles que dijo que me hicieron pensar que no es la cabeza de chorlito que todo el mundo cree que es.
—No sé. Hay algo raro ahí. —Me encogí de hombros y luego añadí—: Por un momento pensé que a lo mejor CeeCee mató a Diana.
—¿En serio? ¿Por qué?
—Por chantaje. Pero no tiene sentido porque no he leído nada que indique que Diana hubiera chantajeado a CeeCee. Es Trevor el que está engañando a su mujer. El código de CeeCee sería «320», y no recuerdo haberlo visto en el libro.
Me quité a CeeCee y a Trevor de la cabeza y miré los datos de contacto de Ethan Valentine.
—¿Qué crees que deberíamos hacer? —le pregunté a Brie.
—Supongo que la pregunta es ¿qué crees que puede hacer Valentine? —contestó Brie. Buena pregunta. No lo sabía.
Como la agenda de Valentine no aparecía en el ordenador de Tristan, no sabíamos si aquel había estado en la isla el domingo, aunque Luis dijo que no estaba en casa cuando Diana se presentó allí aquel día.
—Esta noche lo consultaré con la almohada —dije.
Brie levantó una ceja.
—¿Eso es lo que vas a hacer? ¿Dormir?
En mi cara pudieron verse varias tonalidades de rojo por la vergüenza que me estaba dando.
—Antes o después tendré que dormir —balbuceé.
Brie se rio.
—Ve a prepararte para tu cita pasional. Yo voy a ver si consigo convencer a mi padre para que pase un rato a solas con su hija favorita. A lo mejor encuentro la forma de separarlos. No te olvides del esnórquel de mañana. El ferri sale a las diez.