Crímenes y lecturas de verano Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

CAPÍTULO VEINTISÉIS

«Un robo exitoso es un acto anónimo. Carece de marca».

V. E. SCHWAB , La vida invisible de Addie LaRue

Llamé al spa para ver si podían darme cita antes de mi encuentro con Jason esa noche.

No tenían ningún hueco, pero la recepcionista me dijo que, si quería hacerme una manicura y pedicura, podía ir a las cinco, hora a la que solían cerrar.

Le di las gracias, pero lo rechacé, pues no quería llegar tarde a la cita con Jason.

En vez de eso, me apunté a una clase de yoga que empezaba dentro de una hora, y luego fui a la tienda de regalos a comprar unos detalles para mis amigas, mi abuela y la persona que cuidaba de mis gatos.

Trina prometió enviarlos a la mañana siguiente.

Doblé la esquina hacia el estudio de yoga. Mi idea era ir con tiempo para estirarme y relajarme, y casi me choco con un Doug visiblemente alterado.

—Hola —dije—. ¿Estás bien?

Parpadeó y suspiró.

—Ha sido un día largo.

No eran ni las once de la mañana.

No me había olvidado de lo amable que había sido Doug cuando llegué. Odiaba ver a alguien tan triste, sobre todo en un sitio tan bonito.

Dejando a un lado mis planes de hacer yoga, le cogí del brazo y le dije:

—¿Un café?

Me miró como un cachorrito triste.

—¿Quizá un bloody mary ?

—Hecho.

Fuimos al bar que estaba al lado de la piscina.

A esa hora no había mucha gente; solo familias jóvenes con niños disfrutando del agua.

Cruzamos el puente que llevaba al bar. En este bar podías sentarte en una plataforma en medio de la piscina o nadar hasta él y pedir tu bebida. Eramos los únicos en la barra.

El camarero, un hombre mayor de piel morena con el pelo blanco muy corto y un bigote perfectamente recortado, se acercó con una sonrisa.

—Hola, Charlie —saludó Doug—. ¿Nos pones dos bloody marys , por favor?

—Marchando, señor Butcher.

—«Doug». Te he dicho que me llames «Doug».

Doug sonrió y se giró hacia mí mientras Charlie preparaba las bebidas.

—No quiero volver a este sitio jamás.

—¿Qué ha pasado?

—Mejor pregúntame qué es lo que no ha pasado. Llevamos viniendo cinco años, y ahora a David le molesta que pasemos demasiado tiempo con nuestros amigos. ¡Precisamente por eso es por lo que venimos! Nunca antes había supuesto un problema para él.

—¿Has hablado con David del tema? ¿Tiene algún motivo concreto por el que esta vez le moleste?

—No, porque a David no le gusta hablar. Le gusta mandar. Informar. Explicar. Y dar las cosas por sentadas.

—¿Qué te ha dicho exactamente, Doug?

—¡Nada!

Esperé a que Charlie nos pusiera los bloody marys delante. El zumo de tomate no es algo que me entusiasme. Saqué el apio del vaso de plástico grande y le di un mordisco para probar la mezcla. No estaba mal. Le di un sorbito.

Doug se bebió un tercio del suyo de un trago y dejó el vaso. Entonces, le dije:

—No estoy casada, y hace tiempo que no tengo una relación seria, pero ¿estás seguro de que David no dijo nada más? Puede que no lo explicara con detalle, pero algo te habrá dicho para que pienses que eso es lo que le molesta.

—Literalmente, me dijo: «¿Por qué estamos a todas horas con Jim y Josh?». Y no es verdad.

—Dime tres cosas que hayáis hecho tú y David solos.

—No entiendo qué quieres decir —respondió con tono algo cortante.

—A lo mejor quiere pasar más tiempo contigo a solas.

—Somos animales sociales. Nos gusta estar con gente.

—¿Quizá tú eres más sociable que David?

—Y por eso me quiere —contestó Doug a la defensiva—. Porque, si no fuera por mí, David solo se dedicaría a trabajar y nunca se divertiría.

—Piensa que quizá él es más introvertido, y las personas introvertidas necesitan tener tiempo para recargarse. Te lo digo por experiencia —añadí—: estar rodeado de gente a todas horas y tener que estar siempre activo es agotador.

Doug frunció el ceño, le dio un mordisco a una loncha de beicon gruesa y masticó.

—No has respondido a mi pregunta. ¿Me estás diciendo que tú y David no habéis hecho nada solos?

—Claro que sí. —Puso morros.

—¿Por ejemplo?

—Anoche estuvimos en el jacuzzi . Solos.

—Esa es una cosa.

Doug arrugó la nariz y añadió:

—Nos fuimos de excursión el miércoles por la tarde. Fue precioso. Después… —Se detuvo.

—¿Después qué?

—Bueno, Jim y Josh iban al gimnasio y fuimos con ellos.

—¿Lo teníais planeado?

—No, y ni siquiera me gusta ir al gimnasio. Lo sugerí porque David se queja si no entrena todos los días.

—Hasta ahora es una cosa y media —aclaré.

—¿Por qué no puede hablarlo conmigo?

—Deberías hablar tú con él —contesté.

Pensé en todos los malentendidos que surgían entre personas que conocía, malentendidos que se resolverían simplemente con que alguien se atreviera a hacer una pregunta.

—No debería tener que hacerlo —murmuró.

—Nadie dijo que el matrimonio fuera fácil —le dije.

Me acordé de Anja y Nelson, y de lo mucho que se apoyaban en los momentos difíciles. Pensé en Henry y su mujer, que se habían labrado una nueva vida trabajando en la isla tras criar a sus hijos. Y en Braden y Amanda, los cuales se complementaban el uno al otro.

Pero yo no estaba casada y nunca había tenido una relación seria del todo. La mayoría de lo que sabía lo había aprendido leyendo novelas románticas, y eran de ficción, por lo que distaban mucho de ser manuales para tener una relación duradera y satisfactoria.

—Solo digo —continué— que tú podrías tener razón y David también, o los dos podríais tener parte de razón.

Sin embargo, si no resolvéis el problema cuando aparece, iréis acumulando frustración.

Dicho de otro modo, no deberías estar aquí hablando conmigo, sino que es con tu marido con quien deberías hablar.

No podía creerme que estuviera dando consejos sobre relaciones. Yo, Mia Crawford, cuya última relación solo duró un año porque nos veíamos, como mucho, dos veces al mes.

Aun así, no era un mal consejo.

—Tienes razón —contestó Doug.

—Ve —le dije.

Se acabó el bloody mary de un trago y me dio un abrazo.

—Eres buena persona, Mia.

—Tú también.

Cuando me quedé sola, le di un sorbo a mi bebida y disfruté del ambiente: los niños chapoteando en la piscina, las risas, el sol…

Me había perdido la clase de yoga por ese encuentro improvisado con Doug, pero me encantaba observar a la gente desde el bar de la piscina, sobre todo cuando no estaba abarrotado.

—¿Otro más? —preguntó Charlie señalando mi bloody mary vacío.

—Por ahora voy bien —dije, y me comí el último trozo de apio.

Pensé en Adam. ¿Por qué no me había afectado la ruptura? ¿Porque no me importaba de verdad? Me caía bien…, pero no sentía nada profundo por él. Nunca hubo verdadero peligro de que me rompiera el corazón, porque no me importaba lo que pasara con la relación.

Con Jason, sí que me importaba lo que sucediera. Aunque sabía que era algo temporal, sentía una cosa dentro de mí que no podía explicar.

Le di las gracias a Charlie y me levanté del asiento.

Entonces vi a Amber Jones caminando deprisa por la playa desde la orilla norte, cerca de donde apareció el cuerpo de Diana.

Estaba hecha un desastre, muy distinta de la actriz elegante que había conocido en el ferri hacía tres días.

De hecho, llevaba la misma ropa que la noche anterior, cuando Brie y yo la seguimos.

Para regresar desde el norte habría tenido que rodear prácticamente toda la isla.

¿Había pasado la noche en la selva? ¿Dónde estaba Parker Briggs?

Tenía intención de contarle a alguien que Brie y yo los habíamos visto al otro lado del lago, pero se me olvidó por completo después de caerme en el agujero.

Me dirigí directamente hacia Amber. Al principio no me vio y casi se choca conmigo. Se detuvo en seco, como si acabara de darse cuenta de que me acercaba.

—Amber, ¿qué te ha pasado? —pregunté.

Me dio un empujón en el pecho con el dedo.

—¡Tú!

—¿Yo?

—No creas que no sé lo que estás haciendo, Mia. —Pronunció mi nombre como si fuera un insulto.

—¿Qué he hecho?

Entrecerró los ojos.

—¿Dónde está?

¿Se refería al libro? Estaba segura de que ella y Parker habían sido quienes se lo llevaron de mi habitación. ¿Estaba equivocada?

—¿Dónde está qué?

—¡Ya sabes de qué hablo! No te hagas la tonta.

—De verdad que no. —Sentí frío y calor a la vez. Si no habían sido ellos, ¿quién se había llevado el libro?

—Encontraste el archivo, ¿verdad? Te juro que, si no lo devuelves, te voy a…

—¿Archivo? ¿Qué archivo? —pregunté, más enfadada que intimidada.

Y totalmente confundida. Ni siquiera sabía qué documentos había escondido Diana. ¿Por qué demonios Amber pensaba que los tenía yo?

Gruñó, apretó los puños y dio un pisotón con fuerza en la arena, pero se quejó de dolor. Fue entonces cuando me di cuenta de que iba descalza y tenía los pies llenos de cortes.

—Amber, no tengo lo que crees que tengo —aclaré.

—No te creo —susurró.

—Tú me robaste el libro —contesté decidida a poner las cartas sobre la mesa.

Hice una pausa, esperando que lo negara o que diera alguna explicación; no hizo ninguna de las dos cosas—.

Las dos sabemos que Diana estaba chantajeando a gente de la isla —añadí—, pero no encontré nada.

Fuera lo que fuera lo que estaba haciendo, no dejó pistas muy claras.

Así que adelante, quédate con el libro, me da igual.

Pero deberías pensar en qué fue lo que le pasó, porque alguien la mató.

Y, por si no habías caído en la cuenta, todas las personas que estaban en la isla el domingo siguen estando registradas como huéspedes.

Menos CeeCee, pensé de repente, como si me hubiera picado una avispa. CeeCee había desaparecido el día anterior. Igual que Diana. ¿Estaba muerta…, o estaba huyendo? ¿Huyendo de Trevor…, o escapando de la ley porque era la asesina?

Amber me miró con un destello de preocupación. Luego dijo:

—Mantente al margen. Esto no es asunto tuyo. —Vaciló un momento, y luego suavizó la voz—. Y, si encuentras el archivo, te compensaré bien si me lo devuelves.

—¿Por qué es tan importante ese archivo?

—Digamos que Diana se llevó algo cuyo valor ni ella ni yo comprendimos del todo. Y necesito recuperarlo cuanto antes.

«Para dárselo a Parker», pensé, aunque no lo dije.

Diana se había llevado un archivo de Parker, y él lo necesitaba antes de encontrarse con su padre el lunes, deduje.

Diana y Amber estaban metidas en todo esto desde el principio, pero no calcularon las consecuencias de sus actos.

¿Pretendían chantajear a Parker? Mi apuesta era que sí.

O… tal vez querían chantajear a otra persona con el contenido del archivo de Parker.

Sin embargo, al estar Diana muerta, y el archivo, extraviado, Amber estaba en el punto de mira.

—Como ya te he dicho, no tengo ningún archivo. Buena suerte.

Amber se marchó a paso firme.

—¿Qué ha sido todo eso? —Brie apareció detrás de mí y me hizo saltar del susto.

Le conté lo que me había dicho Amber y lo que yo creía que significaba.

—Creo que ha pasado la noche fuera.

—Eso parecía —contestó Brie—. Vamos, no tenemos mucho tiempo.

—¿Para qué?

—¿Quieres saber cómo encontrar a Ethan Valentine? Tenemos que hacerlo ahora. Hay una reunión de personal dentro de cinco minutos. Es nuestra mejor oportunidad para entrar en la oficina de Tristan y encontrar los datos de contacto de Valentine.

Vacilé al darme cuenta de que todo esto se nos estaba yendo de las manos muy rápido.

—¿Qué? —preguntó Brie—. Creía que este era el plan.

—Sí, pero…

—No hay peros. Lo haremos. —Luego se dio la vuelta y empezó a andar como si supiera que la seguiría.

Y eso fue lo que hice.