Capítulo veinticuatro #2
Había venido a esta isla en busca de una semana de sol, mar y sexo.
Todo el mundo me había dicho que sería facilísimo encontrar a un chico con el que tener algo sin compromiso.
Y entonces apareció Jason, que dijo que tenía planes para esta noche, que daba unos besos de ensueño, y, en vez de encontrarme con él en un crucero romántico, me había puesto a perseguir a dos personas porque creía que habían entrado en mi habitación y me habían robado el libro.
¿Era posible que estuviera tan insegura y tan poco convencida de mi decisión de dejarme llevar que, inconscientemente, hubiera saboteado la única oportunidad que tenía de disfrutar del momento y no pensar en el futuro?
No obstante…, yo detestaba de verdad a las personas como Diana Harden, personas que usaban los errores de los demás en su contra.
Cuando leí por primera vez sus anotaciones, admiré su atrevimiento y sus observaciones.
Ahora me daba cuenta de que era conflictiva.
Por otra parte, tampoco se podía decir que la mayoría de las personas a las que chantajeaba fueran mejores que ella.
Entonces me acordé de Anja Stockton, que había tomado una decisión difícil, pero a fin de cuentas hizo lo que creyó que era mejor para ella y su bebé.
No merecía ser humillada, chantajeada ni amenazada.
¿Y el resto de las personas a las que Diana estaba chantajeando?
Quizá habían cometido un error. Quizá había algo más en sus historias, igual que había más en la de Anja.
Después, pensé en Sherry, y si la información que Diana tenía sobre ella la había llevado a cometer un asesinato.
¿Diana merecía morir por eso? ¿Por qué me importaba?
Me quedé bajo el marco de las puertas correderas, que estaban abiertas, escuchando las olas.
Oía música a lo lejos, en el Blue Dahlia.
Risas lejanas. Y en ese momento me di cuenta de que sí, me importaba.
No me gustaba lo que sabía sobre Diana Harden, pero no merecía que la estrangularan.
Recordé las notas personales que había escrito, sobre haber sido engañada y traicionada.
Aunque eso no justificara sus acciones, sí explicaba que quisiera desenmascarar a mentirosos y tramposos.
¿Qué secreto podía ser tan oscuro y tan peligroso como para que el asesinato fuera la única forma de mantenerlo guardado?
Llamaron a la puerta y solté un grito. Me regañé a mí misma. Debía de ser el servicio de habitaciones. Estaba muy alterada de tanto pensar en asesinatos. Cerré y eché el pestillo a las puertas de cristal y me acerqué a la mirilla. Tuve que mirar dos veces.
«Jason».
Abrí la puerta.
—Yo… Jason. Hola.
«Tranquila, Mia. Estate tranquila».
—¿Estás bien? Me he enterado de lo que ha pasado esta tarde noche.
—Me levantó la barbilla con la mano y me miró de cerca.
Ese gesto tan íntimo me sorprendió y me reconfortó—.
Tienes rasguños —comentó mientras me tocaba uno de los cortes de la mejilla—.
¿Has ido a ver a la enfermera? Si quieres, puedo pedirle que venga.
—Estoy bien —contesté, aunque la voz me salió aguda. Su forma de tocarme fue más tierna e íntima de lo que me esperaba—. Siento haber cancelado lo de esta noche. Qué bien que hayas venido.
—No puedo quedarme —confesó—. Ojalá pudiera. —Parecía realmente preocupado, como si de verdad le importara lo que me había pasado.
—¿Tienes que trabajar?
—Tristan ha convocado una reunión de todo el personal esta noche. Quiere averiguar cómo quedó al descubierto el agujero y determinar protocolos de seguridad mejores. Podría haber pasado algo mucho peor. ¿Seguro que no necesitas que venga la enfermera?
—No tengo nada roto. Solo me siento torpe y tonta.
—No fue culpa tuya.
Él no había estado allí. No sabía que Brie y yo habíamos estado siguiendo a dos ladrones.
—No sabes cuánto me arrepiento de no haber ido al crucero.
—Te he echado de menos —dijo con una sonrisita.
Me estaba pasando los dedos por la nuca, jugueteando con mi pelo, y, después, me rozó la mandíbula.
Casi me olvidé de respirar. Desde luego, no quería que parase—.
Pasé por la cocina y vi que habías pedido servicio de habitaciones, así que le dije al personal que yo te lo traía.
—Señaló un carrito que había junto a él que yo no había visto.
Porque ¿qué mujer en su sano juicio se fijaría en otra cosa cuando Jason Mallory la tocaba? —. ¿Puedo pasar?
Asentí con la cabeza, sorprendida, conmovida y sintiéndome conquistada.
Jason empujó el carrito hacia el interior y lo colocó junto a las puertas de cristal.
—Puedes dejarlo fuera cuando termines. El personal pasa a recoger entre las doce y la una, y otra vez por la mañana.
—Gracias —contesté.
—Me alegro de que estés bien —añadió—. Feliz cumpleaños.
Me miró como si pudiera verme al cien por cien, por dentro y por fuera. Me dio un vuelco el estómago, entreabrí los labios, y no podía quitarle los ojos de encima.
—En serio, me gustaría quedarme —susurró, mientras me acariciaba la mejilla.
—A mí también me gustaría que pudieras quedarte —dije con un tono de seguridad tranquila.
Había algo en Jason… que despertaba en mí sentimientos que no sabía que tenía. Un anhelo profundo de algo… más. De algo diferente a aquello con lo que me había conformado hasta ese momento.
De alguien que fuera perfecto para mí.
Ese pensamiento me golpeó de lleno, y lo aparté rápidamente, porque lo que teníamos era una aventura de vacaciones, no una relación duradera. No podía serlo.
Su sonrisa, ligeramente ladeada, hizo que esos cosquilleos que tenía en el estómago me subieran hasta la garganta.
Y, entonces, me besó.
Un suspiro de satisfacción me salió de la garganta al tiempo que cerraba los ojos, y, en ese momento, solo estábamos Jason y yo.
Su mano en mi cara, sus labios tocando los míos, y mi cabeza vacía de cualquier pensamiento que hubiera tenido jamás.
Me limité a sentir… Después, ajustó el beso, y se convirtió en un beso más profundo, más cálido, más ardiente.
Se me fueron las manos a sus hombros, luego a su cuello, a las puntas de su pelo, a unos rizos suaves que se enredaban entre mis dedos.
Olía tan bien, a coco, ron especiado y mar.
—Mia —susurró contra mis labios, y luego se apartó. Tenía los ojos vidriosos, la respiración entrecortada, y entonces supe que aquello no era solo cosa mía. Él también lo sentía, esa atracción, esa necesidad que yo deseaba desesperadamente satisfacer—. No quiero irme.
—Yo no quiero que te vayas.
—Pero tengo que irme. Joder.
—El deber te llama.
Entonces, me atrajo hacia sí, y eso no fue solo un beso. Fue… más. Más pasión, más deseo, más intimidad. Pegó su cuerpo al mío, y sentí cada músculo, cada parte firme y sólida de él, y gimió.
—Joder —susurró—. Mañana. —Otro beso—. Te lo prometo.
—Te tomo la palabra —susurré y dejé caer las manos a los lados.
Se miró el reloj, volvió a soltar otra palabrota y me besó de nuevo.
—Si no me voy ya, se va a liar gorda.
—Vete —dije, pero por dentro pensé: «Quédate».
—Dulces sueños, Mia. —Y se fue.
Aflojé el cinturón del albornoz porque tenía demasiado calor. «Joder» era la palabra exacta. Hacía mucho mucho tiempo que no me besaban así. Nunca. Nunca me habían besado con tanta intensidad como para hacerme creer que, durante cada segundo, ese hombre de verdad quería estar conmigo.
Fue aterrador y emocionante en todos los sentidos.
Me serví una copa de vino y le di un buen trago. Me obligué a bajar el ritmo cardiaco. Fardé un minuto en hacerlo. Vale. Mañana. Se suponía que la expectación era algo bueno, ¿no?
La madre que parió a Tristan Dubois por convocar una reunión del personal por la noche.
Si no fuera por eso, Jason y yo estaríamos haciendo el amor en ese mismo momento.
Me senté y me serví más vino, luego levanté las campanas de los platos.
La ensalada de gambas hizo que me rugiera el estómago.
Tenía más hambre de lo que pensaba. El segundo plato era pan con mantequilla.
Y el tercero, una pequeña tarta de frutas con una tarjeta dirigida a mí.
Abrí el sobre.
Querida Mia:
Mañana por la noche libro. Nos vemos en el embarcadero a las seis de la tarde para que disfrutes, aunque sea con retraso, de tu crucero privado al atardecer. No te arrepentirás.
Con cariño,
Jason
No sé por qué no dejaba de mirar ese «Con cariño, Jason».
No teníamos nada en común. Él era un camarero al que le gustaba el riesgo y que no hacía planes de futuro. No tenía planes para casos de posibles desastres.
Yo no corría riesgos. Tenía mi futuro planeado hasta que me muriera. Tenía planes para todos los desastres imaginables.
Él vivía en el paraíso. Yo vivía en Nueva Jersey y tenía que desplazarme a Nueva York cada día para ir a trabajar porque era más barato que alquilar un apartamento allí.
«Con cariño, Jason» no era más que una firma, como la que yo podría escribir en una nota dirigida a una amiga. Era algo informal. No significaba nada.
Pero ese beso, ese beso perfecto y delicioso, sí significaba algo. Ese beso fue… Joder. Fue todo lo que siempre había querido en un beso. Fue «el beso». El beso que había estado esperando toda mi vida.
Ningún hombre me había besado nunca como Jason Mallory.
Y, cuando me marchara de St. Claire, sabía que no volvería a encontrar a un hombre que supiera besar de esa forma.