Capítulo veinticuatro
CAPÍTULO VEINTICUATRO
«Un día besarás al hombre de tu vida, y descubrirás que esta es algo que importa poco».
KAREN MARIE MONING , Fiebre sangrienta
Cuando puse el móvil, que estaba casi muerto, a cargar, vi que tenía cuatro mensajes de Brie. Cada frase iba en un mensaje separado.
madre mía ¿estás bien?
en serio menudo capullo
no puedo ir mi padre ESTÁ enfadado
luego hablamos
Los dos primeros los había mandado hacía media hora, cuando Gino me apartó de los demás.
Los dos últimos, hacía apenas un par de minutos.
Sobre todo, me sentí mal por poner a Brie en esta situación, pero estaba demasiado abrumada por los acontecimientos de la noche y de los últimos dos días, como para pensar en otra cosa que no fuera una ducha con agua caliente. Necesitaba desconectar de verdad.
El espejo del baño no era mi amigo. Barro seco por todas partes, hojas en el pelo, y mi vestido —que acababa de estrenar— era una causa perdida, pues estaba manchado y rasgado. ¿Por qué no me había cambiado cuando Brie y yo decidimos seguir a Amber y Parker? Me encantaba ese vestido.
Abrí la llave de la maravillosa ducha de lluvia, me quité la ropa y, casi llorando, lo tiré todo a la basura.
Me metí bajo el chorro de agua caliente e hice una mueca cuando el agua entró en contacto con docenas de pequeños cortes, pero no me moví hasta que el agua no corrió clara.
Me lavé despacio el cuerpo y el pelo mientras le daba vueltas a lo que había dicho Gino y a cómo su sutil amenaza me había asustado y enfadado a la vez.
Cuando estaba atrapada en el fondo de ese maldito agujero, estaba decidida a contarles todo lo que sabía a Gino y Tristan, con el fin de acabar con ello.
Sin embargo, ¿cómo podía contarles lo que sabía del libro de Diana si Gino era quien la había matado?
En realidad, no podía asegurar que él la hubiera matado.
Quizá solo era imbécil. Pero ¿por qué defendía tan firmemente la teoría de que la habían asesinado en San Juan?
, ¿para que no pusieran el foco sobre él?
Y, si le hablaba del joven que había llevado a Diana de vuelta a la isla, ¿se convencería de que Diana murió en St. Claire, o, por el contrario, pondría yo al chico en peligro al contárselo?
Él tenía un motivo y tenía la posibilidad de hacerlo, y su comportamiento era bastante sospechoso.
Me había intimidado a propósito, y no podía ignorar la acalorada conversación que tuvo con Amber, ni la discusión que Brie presenció entre él y Diana.
Además, estaba la amenaza. Sobre todo, estaba la amenaza, la amenaza de que haría cualquier cosa para descubrir «lo que estaba tramando».
Aquello podía ser simplemente el berrinche de un machote, pero la forma en que lo dijo dejaba claro que quería asustarme.
Y, sin duda, no me podía fiar de su buen amigo Juan Diego, el jefe de policía de San Juan.
¿Escucharía Tristan lo que yo tenía que contarle?
No había mostrado otra cosa que preocupación por mi bienestar y por el de su personal y sus huéspedes.
Mi miedo inicial de que pudiera estar dispuesto a encubrir un asesinato porque sería mala publicidad para su negocio me parecía ahora endeble.
Era más lógico pensar que querría que las cosas se solucionaran rápida y silenciosamente para evitar esa mala publicidad.
Necesitaba pensar cómo acercarme a él con lo que sabía.
Luego estaba Sherry. ¿Dónde encajaba su extraño comportamiento?
Entendía su inseguridad y su actitud sobreprotectora hacia su novio.
Hay personas que son posesivas por naturaleza.
Sin embargo, en el spa se había pasado conmigo, y luego me intimidó en el ferri.
Estaba metida en algo y la pregunta era si se trataba de algo peligroso.
¿La había chantajeado Diana y por eso contrató a ese tipo siniestro en San Juan para matarla?
Aunque no sabía bien qué debía hacer, al menos sí sabía lo que no debía hacer, y eso ya era un avance, ¿no?
Comería. Dormiría. Quizá por la mañana se me ocurriría una solución.
Me arrepentía, para empezar, de haber cogido ese maldito libro. Si nunca hubiera leído los pensamientos de Diana, si nunca hubiera sospechado que chantajeaba y si no hubiera seguido a Amber y Parker montaña arriba, en ese mismo momento estaría desnuda con Jason Mallory.
Cuando salí de la ducha, me sentía más humana. Me sequé, me unté el cuerpo con una loción corporal de lavanda y karité , y luego me cepillé el cabello y me lo dejé suelto, dejé que me cayera mojado sobre la espalda tras envolverme en uno de los mullidos albornoces del resort.
Un golpe seco en la puerta hizo que diera un brinco.
Apreté el albornoz contra mi cuerpo y miré por la mirilla.
«¿Andrew Locke?».
Abrí la puerta.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Tenemos que hablar sobre mi hija —dijo. Hizo un ademán de entrar, luego dudó y preguntó—: ¿Puedo pasar?
Asentí con la cabeza. Entró y se quedó de pie en la pequeña sala de estar. Se le veía incómodo. Le hice una ofrenda de paz.
—Brie es genial —afirmé—. Me cae muy bien. Supongo que conectamos porque a las dos nos ha criado nuestro padre.
Estaba nerviosa, así que empecé a irme por las ramas. Entendía que estuviera molesto al enterarse de que su hija había tenido problemas con la seguridad del resort a raíz de pasar tiempo conmigo.
—No quiero dramatizar, pero estoy muy preocupado por lo que ha pasado esta noche.
Mi hija me dijo que estabais dando una caminata, pero no me contó que iba a salir del complejo del resort, y yo no sabía dónde estaba.
Podría haberse hecho daño, podríais haberos hecho daño las dos.
He hablado con Tristan de este asunto. Él asume que la culpa de lo que ha pasado ha sido suya y del resto del personal por no haber señalizado de forma clara el hoyo.
No te estoy echando la culpa. Ha sido un accidente, y a Brie no le ha pasado nada.
Aun así, creo que deberíais pasar menos tiempo juntas.
Parpadeé, pues no sabía qué responder. Me estaba reprendiendo de la forma más amable posible, así que en realidad no había nada que decir.
Si se hubiera enfadado de forma desproporcionada, podría haberle dicho sin problemas que Brie era una persona adulta capaz de tomar sus propias decisiones sobre con quién se relacionaba, pero estaba actuando como un padre, y pensé en mi propio padre y en lo mucho que se había preocupado siempre por mí.
Él habría hecho exactamente lo mismo que Andrew.
Por eso, asentí con la cabeza, dándole la razón.
—Gracias, Mia.
Abrí la puerta para que saliera y luego dije:
—Lo cierto es que disfruto pasando tiempo con Brie. Estas vacaciones son poco habituales para mí, y he venido sola. Ella es una de las pocas personas que se han tomado la molestia de integrarme. No era mi intención excederme.
—Te lo agradezco —respondió, y luego sonrió—.
Brie es una chica estupenda, ¿verdad? Sé que ya tiene dieciocho años y que pronto irá a la universidad, pero sigue siendo mi niñita.
No le hizo mucha gracia que trajera a Sherry al viaje, pero espero que, ahora que nos vamos a casar, acabe aceptándola.
Sherry no puede sustituir a su madre, eso ya lo sé, y Brie también lo sabe. Es un nuevo comienzo para los dos.
Los temores de Brie eran ciertos: Andrew le había propuesto matrimonio a Sherry.
—Enhorabuena —contesté automáticamente—. No sabía que estabais prometidos.
—Desde esta noche. Ha sido algo espontáneo, pero hace semanas que tengo el anillo, y parecía el momento adecuado. Espero que Brie logre forjar una relación con Sherry como la que ha tenido contigo. —Me extendió la mano, y yo se la estreché—. Me alegro de que estés bien, Mia.
Se marchó, y yo cerré la puerta y eché el cerrojo. Vale, había mucho que procesar de una conversación tan breve. «Aléjate de mi hija, que es una chica estupenda; por cierto, me voy a casar».
Un poco raro, pero lo dijo todo de forma muy amable. ¿Pensaría que yo era una mala influencia? Se me escapó una risita. Yo, Mia Crawford, estaba haciendo algo incorrecto, ilegal e inapropiado. Ni siquiera era capaz de tener un lío de una noche sin problemas.
No, simplemente estaba preocupado por Brie y por todas las cosas malas que podrían haberle pasado en una isla que ya había escupido un cadáver.
Me dolía la cabeza. Mañana sería buen momento para tomar decisiones.
Me quedaban cinco minutos para pedir algo de comer al servicio de habitaciones antes de que cerraran la cocina.
Debería tener un hambre atroz, pero seguía teniendo el estómago revuelto, hecho un nudo, entre la intimidación deliberada de Gino, Andrew Locke actuando como padre protector, y el haber estado atrapada en un agujero lleno de barro durante lo que parecieron horas, aunque solo transcurrieron cuarenta y dos minutos.
Pedí una ensalada de gambas y una botella de pinot gris porque no quería ir a un restaurante ni a un bar para comer sola, y, menos aún, que se acercara alguien a preguntarme qué había pasado.
Tenía un mensaje de voz en el móvil. Rompí a llorar mientras escuchaba a Amanda, Braden, Jane y su prometido cantándome el cumpleaños feliz. Al final se echaron a reír, y yo sonreí entre lágrimas.
—¡Menos mal que no has contestado porque, de haberlo hecho, habríamos cogido el próximo avión rumbo a St. Claire! —dijo Jane.
—¡Te queremos, Mia! —vociferó Amanda—. Haz fotos. Queremos saber todos los detalles.
—¡Adiós! —dijeron los cuatro al unísono, y luego se hizo el silencio.
Me invadió una oleada de emociones complejas e inesperadas y me quedé mirando el móvil.