Capítulo veintitrés
CAPÍTULO VEINTITRÉS
«Todos hacemos cosas de las que nos arrepentimos. Forma parte de crecer».
SUE GRAFTON , F de fugitivo
Me caí de golpe sobre un lecho de hojas húmedas, que por suerte amortiguaron la caída, pero me cubrieron de barro.
Miré hacia arriba y al principio no veía nada. Después, el cielo dejó de estar borroso y tenía un color azul que se fue oscureciendo conforme se iba poniendo el sol rápidamente.
Sentí que me quedaba sin aire. Intenté llamar a Brie, pero no pude emitir sonido alguno, sino solo un jadeo ahogado.
Me zumbaban los oídos. Evalué las posibles lesiones.
Podía mover los brazos sin que me dolieran.
Bien. ¿Las piernas? Perfectas. ¿El cuello?
Lo moví despacio hacia delante y hacia atrás.
Sentí un pequeño pinchazo, pero nada grave.
Me estiré y me toqué las costillas y no sentía un dolor fuerte que avisara de que tuviera una costilla rota o fisurada.
—¿Mia? ¡Mia!
—Estoy bien —dije con un susurro. Tosí, me aclaré la garganta y grité hacia arriba—: ¿Brie? ¡Estoy bien!
Me puse de pie, y se me hundieron los pies en el barro y me pesaban las piernas. Puag.
—¿Puedes salir de ahí? —preguntó Brie.
—Quizá —dije.
El agujero tenía unos tres metros y medio de profundidad, pero era demasiado ancho como para trepar por los lados. Incluso aunque Brie me tendiera la mano, yo no iba a poder agarrarla, y había muchas probabilidades de que acabara cayendo ella también al agarrarme.
Saqué el móvil y encendí la linterna. Tuve que intentarlo dos veces porque tenía los dedos mojados y resbaladizos. Busqué una escalera, algún apoyo o cualquier cosa con la que subir y salir de ahí.
Nada.
Estaba atrapada.
No quería quedarme atrapada. Tenía que haber una solución.
—¿Ves alguna escalera por ahí arriba? ¿Te acuerdas de la obra que hemos visto? Echa un vistazo por allí.
—Ahora mismo vuelvo.
Brie se alejó. Yo me quedé de pie en medio del barro sintiéndome absoluta, total y completamente tonta.
—¿Mia? —me llamó Brie unos minutos después.
—No te acerques mucho —contesté—. No quiero que te caigas tú también.
—No hay escalera ni cuerda. A lo mejor si me tumbo puedo sacarte.
—No —dije—. Está demasiado hondo.
Era el agujero que habían hecho para la base de la torre de telefonía móvil. Había una malla naranja de advertencia alrededor de las herramientas, pero la malla que debía cubrir este agujero… estaba abajo, en el fondo, donde no servía de nada.
—Tienes que buscar ayuda —dije—. No le digas a nadie que estábamos siguiendo a Amber.
—Claro que no. Seré lo más discreta posible. Íbamos de excursión y ya se estaba haciendo tarde, así que acortamos el camino por aquí. Un accidente en toda regla. ¿Estás segura de que estás bien?
—No tengo nada roto, salvo mi orgullo.
—No tardaré mucho —dijo Brie—. Intentaré pillar cobertura en el Sky Bar. ¿Tienes el móvil? ¿Y linterna?
—Sí. Está al cincuenta por ciento de batería. Ve.
Cuanto más rápido fuera a buscar ayuda, antes saldría yo de allí.
—Vale —contestó Brie, y después solo oí el ruido de sus pasos alejándose hasta desaparecer.
Tenía ganas de llorar. Era mi trigésimo cumpleaños y estaba atrapada en un hoyo lleno de barro en la cima de una montaña, cuando, en cambio, debería estar en un crucero con el hombre más sexi de la isla.
Miré al cielo, que ya estaba oscuro. Las estrellas brillaban intensamente. Si no hubiera estado atrapada en el fondo de un hoyo de tres metros y medio de profundidad, las habría disfrutado.
¿Cómo había sido tan tonta? Había seguido a Amber y Parker hasta lo más profundo de la isla, dos personas que no se llevaban bien y que habían entrado a mi habitación y me habían robado el libro.
Fui a San Juan a hablar con la policía como si yo fuese una detective.
Me subí a un bicitaxi con un chico que no conocía para seguir a Sherry por toda la isla.
Él podría haberme dejado en medio de la nada, o algo peor.
Había arrastrado a una chica universitaria de dieciocho años al meollo de este misterio y también la había puesto en peligro.
Literalmente ¿había visto un cadáver y me creía que podía resolver el crimen?
¿Por qué estaba yo más interesada en descubrir qué le había pasado a Diana —y qué era lo que estaba haciendo en la isla— que en explorar lo que sentía por Jason Mallory?
La imaginación no solo se me había disparado, sino que había aterrizado en Marte y luego había hecho una excursión a Júpiter.
Gino Garmon no era un asesino. Era el jefe de seguridad.
Había sido policía en Miami y estaba más que capacitado para llevar a cabo la investigación de un asesinato.
Y solo porque Diana Harden le hubiera pagado a un chico para que la llevara al muelle de Ethan Valen tiñe no significaba que este último la hubiera matado.
Probablemente, ni siquiera estaba en la isla.
¿Y toda esa gente a la que Diana podría haber estado chantajeando?
¿Y si yo estaba equivocada? ¿Y si el código de sus anotaciones y sus abreviaturas no tenían nada que ver con chantajes y solo eran cotilleos de mal gusto?
CeeCee era la típica novia trofeo de un idiota de cincuenta años en plena crisis de la mediana edad.
Me había montado una película a raíz de su comentario casual sobre la contabilidad.
¿A quién le importaba que ella se hubiera reunido con la exmujer de Trevor Lance?
Quizá la ex solo le estaba dando una advertencia a CeeCee.
¡Y yo estaba haciendo que mi asistente en Nueva York investigara a Trevor Lance y Parker Briggs!
Le estaba haciendo perder el tiempo, y el mío también.
¿Quién me creía yo que era? ¿ Miss Marple? ¿Verónica Mars? Más bien era como el torpe del inspector Clouseau, pues tropecé y caí en un hoyo.
Pero, a diferencia del torpe detective francés adorable, yo no estaba preparada para resolver un crimen.
Era una mujer adulta con un trabajo de adulta. No tenía tiempo para mai tais , ni para camareros sexis, ni para resolver crímenes. Yo no era esa persona.
Yo era Mia Crawford, contable pública certificada, asesora financiera, inteligente, responsable y diligente.
Iban a poner mi nombre en la puñetera puerta.
No paraba de llorar y lo único que podía hacer era sentir pena de mí misma.
No quería que mi nombre estuviera en esa puerta. Dejaría de tener vida. Pero, si no aceptaba el ascenso, ¿quién sería?
No saber mi futuro me daba mucho más miedo que seguir el camino que ya había trazado. Era más seguro hacer lo que siempre había planeado.
Tenía la sensación de que había pasado una hora desde que me caí en el hoyo, literalmente, desde que toqué fondo, pero cuando miré el móvil solo habían pasado quince minutos desde que Brie se había ido a buscar ayuda.
Había una buena caminata de veinte minutos cuesta abajo hasta el resort, y a oscuras tardaría más.
Así que iluminé el hoyo e intenté no sentir asco.
Empujé un montón de hojas caídas a un rincón y me senté encima de ellas.
Las hojas y yo nos fuimos hundiendo poco a poco en el barro.
Cuando saliera de allí, le contaría a seguridad lo del libro de Diana, que Amber lo robó de mi habitación y lo que creía que Diana Harden había estado haciendo.
Les enseñaría las páginas que Brie fotografió y les hablaría del chico que trajo a Diana de vuelta a la isla.
De esa manera, dejaría de jugar a ser Nancy Drew.
Me quedaban cinco días más en esta isla.
Al día siguiente por la mañana iba a olvidarme de todo lo relacionado con Diana Harden, de los chantajes, de Amber y del infiel de Trevor Lance.
Iba a nadar, beber, comer y tirarme a Jason Mallory.
Quizá pudiera tener un lío de cinco noches.
Quería tener encuentros sexuales en la playa, en el mar y en mi jacuzzi .
Quería emborracharme, divertirme y dejar de pensar en Diana Harden.
Después, volvería al mundo real, aceptaría mi ascenso y me olvidaría por completo de St. Claire.
— ¡MIA! ¡MIA!
Habían pasado cuarenta y dos minutos desde que Brie bajó hasta el resort y volvió con ayuda.
—Sigo aquí —contesté desde el pozo.
Las luces del sendero de arriba proyectaban sombras extrañas a mi alrededor. Luego las luces se hicieron más intensas y alguien iluminó con un foco el fondo del hoyo. Me tapé los ojos con la mano.
Escuché a Brie hablar, pero no entendí lo que decía. Después, varias personas se acercaron al borde.
—Aguante, señorita Crawford.
No pude verle la cara, pero, por la voz, parecía Henry, el chico para todo que hacía de chófer de la lanzadera, recepcionista y guía turístico.
—No puedo hacer mucho más —murmuré—, pero gracias.
—Vamos a bajar una escalera. ¿Está herida? ¿Necesita ayuda para subir?
—Estoy bien. Solo sucia —dije, y, aunque tenía frío y hambre, no lo mencioné.
Al cabo de un minuto, dos hombres bajaron una escalera y la apoyaron contra el borde del hoyo.
—Está bien —dijo Henry—, puedo bajar y ayudarle.
—Estoy bien —respondí, y empecé a subir la escalera. Dolorida y magullada, pero no tenía nada roto.
Cuando llegué arriba, dos hombres que no reconocía me tendieron las manos y me ayudaron a salir.
Tristan se acercó rápidamente y dijo:
—¡Había una malla de seguridad bloqueando toda esta zona! ¿Qué ha pasado?
—Aquí no había nada —dije. Miré a Brie. ¿Qué les habría contado exactamente?—. La red terminaba por allá —señalé—. Lo siento, no vi el hoyo. Estábamos haciendo fotos y…
¿Por qué me estaba disculpando? No era culpa mía. De acuerdo, fui una torpe y no miré por dónde pisaba, pero la red terminaba unos seis metros más allá.
—Me alegro mucho de que no se haya hecho nada grave.
Brie dijo:
—Habíamos salido a andar, ya estaba oscureciendo, y me conozco este sendero como la palma de la mano, así que dije: «Acortemos por aquí y volvamos por el camino del Sky Bar».
—El resort está instalando una torre de telefonía móvil. En teoría, ya debería estar lista, pero hemos tenido algunos…, bueno…, eso no viene al caso. En nombre de St. Claire, lo siento mucho.
Fue entonces cuando vi a Gino Garmon.
—La pregunta es ¿qué hacen aquí arriba? —dijo Gino—. Se suponía que debían estar en el crucero al atardecer.
Me sorprendió su tono áspero.
—Mmm, cambié de opinión —respondí débilmente.
Él entrecerró los ojos.
—Gino —dijo Tristan—, cuidado con el tono, ¿vale? La señorita Crawford acaba de pasar por una experiencia traumática. No ha sido culpa suya.
Brie añadió:
—Además, en el crucero todo eran parejas. Mia y yo pensamos que sería más divertido quedarnos aquí.
—Por supuesto, lo entendemos perfectamente. No hay razón para disculparse, y esta noche bloquearemos este camino. Me alegra mucho que no haya resultado herida.
Pensé que la razón por la que podía estar molesto tenía más que ver con la responsabilidad legal que con mi accidente. Me había regalado tres días gratis por encontrar un cadáver; ¿qué me daría ahora por caerme a un hoyo que no estaba señalizado?
Caminé de forma rígida hacia los tres carritos de golf que estaban al principio del sendero; Estábamos mucho más cerca del Sky Bar de lo que había pensado.
Henry dijo:
—Señor Dubois, Tim y yo cerraremos el sendero y pondremos la red esta noche.
—Gracias —respondió Tristan—. Llamadme antes de marcharos, por favor.
Gino me cogió del brazo.
—Déjeme ayudarla, señorita Crawford —dijo con lo que solo podía describirse como un gruñido.
—Estoy bien —contesté. Pero no me soltó y me condujo rápidamente hacia un carrito.
—Tristan, voy a llevar a la señorita Crawford con la enfermera para que la examinen —dijo Gino.
—Gracias, Gino —respondió Tristan—. Señorita Crawford, por favor, avíseme si necesita algo.
—No necesito ver a ninguna enfermera —comenté mientras Gino, con no demasiada delicadeza, me escoltaba hasta el carrito.
Él se subió al lado del conductor y yo miré hacia atrás, a Brie.
Tenía los ojos abiertos de par en par, sin saber muy bien qué pasaba.
Le dije que se diera prisa, pero Gino arrancó antes de que ella pudiera alcanzarnos.
—Dígame qué estaban haciendo en realidad aquí arriba —dijo Gino.
—Ya se lo he dicho.
Él bajaba la montaña demasiado rápido. Sin duda, el camino estaba construido para un vehículo más ancho, pero el carrito de golf era pequeño, no contaba con cinturones de seguridad, y yo podía imaginarme perfectamente cayendo por el borde.
No pensé que fuéramos a morir…, pero, sin duda, estaba más empinado que una caída de casi cuatro metros en un pozo lleno de barro.
—Hoy recibí una llamada de mi buen amigo Juan Diego, el jefe de policía de San Juan.
Me sorprendió saber que una de las huéspedes de St. Claire estuvo preguntando por la muerte de Diana Harden.
No registraron su nombre, pues tienen cosas más importantes que atender que complacer a estadounidenses entrometidas, pero todos los hombres allí presentes se fijaron en esa mujer guapa de pelo rubio color miel y grandes ojos marrones.
Y usted fue una de las únicas cinco personas que viajaron hoy a San Juan.
El estómago se me retorció como el envoltorio de un caramelo mientras mi vida entera me pasaba por delante de los ojos por tercera vez en el mismo día.
Mi padre, mi abuela y Jason, con quien se suponía que tendría un lío en la isla antes de volver a mi vida normal.
¿Iba a morirme antes de acostarme con él?
—No se entrometa en mi investigación —gruñó Gino interrumpiendo mi fantasía inducida por el miedo—. Esto no es asunto suyo, y, si descubro que me ha mentido en algo, no hay nada, absolutamente nada, que yo vaya a dejar de hacer para descubrir qué es lo que está tramando en realidad.
Llegó al resort y detuvo el carrito.
No me gustaba tener miedo, pero tampoco me gustaban los hombres que se esforzaban por intimidar a las mujeres. Tuve que usar todas mis fuerzas para mirarlo a los ojos cuando dije:
—No sé de qué está hablando, señor Garmon. Iré sola, andando, hasta mi cabaña.
Salí del carrito, me sorprendió que me funcionaran las rodillas y me fui directa a mi habitación.
Sentí que Gino me clavaba la mirada en la espalda durante largo largo rato.