Crímenes y lecturas de verano Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

CAPÍTULO VEINTIDÓS

«A veces tenemos que arriesgarnos mucho si queremos descubrir quiénes somos».

MEG CABOT , Queen of Babble

Árboles frondosos con hojas grandes y pesadas sombreaban el sendero de St. Claire Peak. La tierra húmeda me hizo estornudar, y rápidamente me tapé la boca con la mano, esperando que Amber y Parker no me hubieran oído.

—No te preocupes —susurró Brie—. Están demasiado lejos como para oír nada.

Brie no podía saberlo a ciencia cierta, pensé.

Señaló el sendero de tierra compacta. Como estaba húmedo, era fácil seguir sus huellas.

El sendero serpenteaba montaña arriba en una pendiente constante. Lo notaba en las pantorrillas, todavía doloridas por la caminata del día anterior y por haber recorrido San Juan esta mañana.

A mitad de camino, el sendero se bifurcaba. Ninguno de los dos caminos estaba señalizado.

—¿Por cuál vamos? —preguntó Brie.

Solo habíamos tardado quince minutos en llegar hasta allí, así que todavía había suficiente luz como para ver con claridad. Podíamos seguir hacia el sur o girar a la derecha. El camino de la derecha era más empinado, y el del sur, más estrecho. Ambos parecían algo cubiertos por la vegetación.

—Por el de la derecha —añadió Brie, respondiéndose a sí misma—. ¿Ves? Aquí están las huellas.

En la tierra húmeda se veían claramente las huellas. Parker llevaba puestos unos náuticos. Era fácil ver parte del logo de Sperry en varios puntos del camino. Amber llevaba unas zapatillas Chacos. Reconocí el diseño porque yo misma tenía un par.

Me impresionó.

—Qué buen ojo tienes, Brie.

—Cuando mi padre jugaba al béisbol, me mandaba a campamentos de verano. Aprendí cosas muy útiles.

Aunque todavía faltaban dos horas para que se pusiera el sol, cuanto más avanzábamos, más oscuro se volvía el sendero.

En algunos tramos, una barandilla señalaba un borde particularmente peligroso.

En otros, nos abrimos paso entre densos arbustos.

Las luces del sendero aún no se habían encendido, así que tuvimos que prestar mucha atención para no desviarnos y tomar sin querer un camino sin señalizar.

Las luces exteriores del resort se encendían una hora antes del atardecer, y tenía la esperanza de que estas también.

Si no, tendríamos que usar las linternas de los móviles para volver.

—¿A dónde lleva este sendero? —le pregunté a Brie en voz baja, en parte, por el entorno y, en parte, porque no sabía lo lejos que estaban Amber y Parker.

—Tras recorrer tres cuartas partes del camino, hay un mirador.

Después, hay tres senderos. Uno suele estar cerrado.

Ese va al helipuerto y, más allá, a la casa de Ethan Valentine.

Otro cruza la montaña, deja atrás el lago y luego baja a West Beach.

He ido hasta allí muchas veces, pero normalmente volvemos en barco.

El camino para bajar está bien, pero cuesta mucho subirlo.

—¿Y el tercer sendero?

—Al Sky Bar.

Fruncí el ceño.

—No es por donde subimos la otra noche.

—Es la ruta más larga y tiene las mejores vistas.

—La ruta oscura y aterradora —murmuré.

—Por la mañana es bonita —dijo Brie.

Las voces que oímos delante de nosotras hicieron que nos detuviéramos. Brie se agarró de mi brazo.

Al principio, no pudimos entender lo que decían. Hice un gesto para que Brie se quedara, y yo me fui acercando poco a poco por el sendero teniendo cuidado de dónde ponía los pies, y con la esperanza de poder escuchar algo. En vez de quedarse donde estaba, Brie me siguió.

—Te estás inventando todo esto sobre la marcha, ¿verdad, Amber? —dijo Parker.

—No me lo estoy inventando —replicó Amber con brusquedad—. Ella escribió usando código. Es una suposición fundamentada. ¿Acaso tienes alguna idea mejor?

—De acuerdo, pero Amber, te juro que, si no encontramos esos documentos pronto, me las pagarás.

—Venga, cállate —contestó ella, y su voz se fue alejando a medida que seguían andando.

Quise seguirlos, pero el sendero se ensanchaba y se hacía más empinado. Podrían vernos.

—¿Qué piensas? —le pregunté a Brie.

—Están buscando los documentos de los que los oíste hablar el otro día.

—Claro, pero ¿por qué iba a esconder Diana unos documentos al aire libre? Se estropearían, ¿no?

Brie se encogió de hombros.

Aunque no sabía qué buscaban, me habían robado el libro, y quería ver qué estaban haciendo. Seguimos subiendo hasta llegar a una bifurcación.

—¿Por dónde va el camino que lleva a West Beach? —pregunté.

Ella señaló y añadió:

—Está prohibido pasar por ahí de noche. Es muy peligroso.

—Entonces, ¿por dónde se han ido? Seguro que hacia el Sky Bar, ¿no? —dije—. Si están buscando papeles, allí estarían protegidos de las inclemencias del tiempo.

Tenían que estar bien escondidos si nadie del personal los había encontrado.

—Espera —contestó Brie, y desapareció por el camino que llevaba a la playa.

Volvió al cabo de un minuto.

—No vuelvas a hacer eso —le dije.

—Se han ido por ahí. Tenemos que seguirlos.

Me mordí el labio y miré a mi alrededor, tratando de inventarme una excusa para volver.

—Vamos —insistió Brie—. Tenemos más de una hora antes de que se ponga el sol, y casi dos antes de que oscurezca del todo.

—Vale —contesté con reticencia—. Pero volvemos antes de que empiece el atardecer oficialmente. No quiero perderme aquí arriba, ni caerme por un acantilado. —Y quizá aún podría salvar la noche con Jason.

Brie se llevó la mano a la sien, en forma de saludo militar, y se puso en marcha.

—¿Qué será tan importante —me pregunté en voz alta— como para que Parker haya venido hasta St. Claire a buscarlo?

Brie se encogió de hombros.

—¿Dinero? ¿Documentos financieros? A Diana le gusta chantajear a la gente. Quizá ella tenía algo con lo que chantajearle a él.

Parker y Amber no estaban en la isla cuando Diana desapareció, así que no eran los asesinos, pero ¿matarían por esos papeles?

En mi mente, di vueltas a todas las posibilidades.

Quince minutos después, aún no los habíamos alcanzado, no podíamos oírlos, y empezaron a aparecer señales de advertencia a lo largo del camino.

SENDERO ST. CLAIRE CERRADO AL ATARDECER

¡PELIGRO! CAÍDAS PRONUNCIADAS MAS ADELANTE

¡PELIGRO! NO HAY BARRERAS DE SEGURIDAD

ACCESO AL LAGO SOLO APTO PARA EL PERSONAL DE ST. CLAIRE

—Tenemos que volver —dije.

—Todavía no —respondió Brie.

¿Acaso Brie quería matarse? Yo no. Por eso no practico ala delta, hago caso a todas las normas de tráfico y presto atención a las señales que advierten de los peligros.

Brie se paró en seco y casi me choco con ella.

—¿Q-qué…? —Entonces casi me quedo sin respiración.

Debajo de nosotras estaba el lago de montaña del que hablaban las señales de advertencia. Era el sitio más bonito de una isla llena de lugares preciosos.

El volcán estaba inactivo desde hacía miles —quizá cientos de miles— de años (solo tuve una clase de geología en la universidad y no presté mucha atención).

Parecido al lago del Cráter de Oregón, pero mucho mucho más pequeño.

Al este había una pared de roca lisa y empinada que terminaba en el punto más alto de la isla.

Al oeste, una cascada; de ahí venía el sonido del agua que llevaba tiempo escuchando.

En las frondosas orillas del lago, había árboles y arbustos de todos los tamaños, intactos. Era como retroceder en el tiempo.

Con todo, lo que hacía que esta escena fuera especialmente bonita era la puesta de sol, que iluminaba los acantilados con colores espectaculares, tan brillantes y relucientes que casi me cegaba, sobre todo si lo comparaba con el oscuro sendero por el que habíamos llegado.

—Solo hay una forma de franquear el lago —dijo Brie con solemnidad, tan fascinada como yo por el paisaje que teníamos ante nosotras.

Señaló hacia la orilla sur, donde había una pequeña cala—.

He nadado por esa zona. Hay allí una laguna genial.

Desde aquí no se ve muy bien. Pero está prohibido nadar prácticamente en todo el lago porque la cascada es peligrosa, sobre todo después de una tormenta. El agua cae directa al mar.

Miré fijamente y vi un cable que cruzaba el lago. Parpadeé. ¿No sería una tirolina?

Seguí con la vista el cable grueso hasta que vi un claro que se encontraba a tan solo quince metros de nosotras, donde había una estructura de metal y madera en la que el cable estaba sujeto en varios puntos, y acababa convirtiéndose en un único cable enrollado más grueso.

—Ni de coña —dije.

Brie siguió mi mirada y luego sonrió y exclamó:

—¡La tirolina! A mí también me daba miedo la primera vez, pero es muy divertido. Solo tienes que acordarte de soltar el arnés y saltar cuando queden entre unos seis y quince metros para llegar a la orilla. Si no, tocarás tierra y podrías romperte algún hueso. Pero es una pasada.

—Jamás —respondí. Calculé que de un lado a otro habría, al menos, una distancia de unos doscientos setenta metros, o quizá más.

—Las vistas son increíbles —comentó Brie—. Tienes que probarlo. Aterrizas en esa laguna. Desde ahí, solo hay que hacer una caminata corta hasta West Beach, y allí un barco nos llevará de vuelta al resort.

—Por encima de mi cadáver —murmuré, luego entrecerré los ojos y me protegí del sol—. Espera…, ¿hay gente por allí?

Brie se puso la mano en la frente como visera y entrecerró los ojos.

—Han dado toda la vuelta andando. ¡Imbéciles! No van a poder subir de noche, no sin jugarse el cuello. Tendrán que ir por el camino largo.

El destello de un recuerdo me sobresaltó. Saqué el móvil, pero las imágenes que me había enviado Brie no se habían descargado todas.

—Brie, deja que vea tu móvil. Lo del libro.