Crímenes y lecturas de verano Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

CAPÍTULO VEINTIUNO

«Si hay una explicación para lo que estoy haciendo ahora mismo, es esta: me he vuelto completamente loca».

VERONICA MARS

Brie estaba sentada en una tumbona en el borde del patio, bebiendo un líquido rosa. Me senté en la silla de al lado.

—Lo siento. Estaba hablando con la oficina y se me fue el santo al cielo. —Miré el reloj—. Vale, tengo veinte minutos antes de que salga la lanzadera hacia el ferri.

—¿Vas al crucero?

—Sí. Jason está trabajando, y es mi cumpleaños, así que…

—Ay, feliz cumpleaños.

—Gracias. Treinta ya. No me siento distinta. —Creía que me sentía y comportaba como si tuviera treinta desde el momento en que empecé a trabajar en McMann al menos, parte de él. «112» es Andrew Locke. «2012», Trevor Lance. «77», Gino Garmon. «1419», Nelson Stockton. Hay más, pero no puedo descifrar algunos sin una lista de huéspedes y empleados.

—¿Crees que estaba chantajeando a todas estas personas? —preguntó Brie.

Asentí con la cabeza.

—O, al menos, planeaba hacerlo.

—Y ahora está muerta. —Brie se reclinó y se terminó el daiquiri—.

Leí lo que escribió sobre mi padre y Sherry.

Diana creía que Sherry está con mi padre por su dinero.

Yo siempre he pensado que es una interesada.

Quizá se le están acabando las reservas, o está a punto de perder su casa.

Nada de eso es importante si se casa con mi padre y se lleva la mitad de todo lo que tiene.

Lo usará. Mi padre es un tipo estupendo, generoso y la mejor persona que conozco.

Pero es demasiado confiado. Está perdidamente enamorado de ella.

Va a proponerle matrimonio. Y no sé qué hacer. Si le pasara algo, me moriría.

Brie estaba a punto de romper a llorar. Me conmovió y entendí por qué había entrado en mi habitación para hojear el libro. Si mi padre estuviera vivo, yo también querría asegurarme de que la persona que entrara en su vida le quisiera de verdad.

—Ya pensaremos algo —dije.

—¿Me ayudarías? ¿Aunque haya traicionado tu confianza?

No me caía bien Sherry; en cambio, Brie sí.

—Por supuesto que te ayudaré. —Miré el reloj—. La lanzadera sale en dos minutos. ¿Te vienes conmigo? Quiero enseñarte una cosa.

Caminamos hacia la rotonda que había a la salida del vestíbulo. Le enseñé la foto que le había hecho a CeeCee y a la mujer que estaba con ella almorzando.

—Creo que conozco a esta mujer. La he visto, pero no sé quién es.

Le pasé mi móvil a Brie.

—Ah, sí. Creo que… sí. Esa es la primera mujer de Trevor Lance. ¿Te acuerdas? Te enseñé un artículo en el que hablaban de su nueva mujer, la modelo que ahora está en Europa, y había una foto de su primera mujer, pero de cuando era mucho más joven.

Ahora sí me acordaba. Entrecerré los ojos mirando la imagen.

—¿Estás segura?

—Al noventa y nueve por ciento —dijo devolviéndome el móvil.

Pensé que tenía razón. También había visto una foto de la ex en uno de los artículos sobre Trevor que había leído la noche anterior.

—¿Para qué iba a reunirse su amante con la exmujer? —me pregunté en voz alta.

—No entiendo a nadie. Son todos unos idiotas —contestó Brie.

No podía estar más de acuerdo.

Se subió una última persona a la lanzadera. Henry me saludó, y levanté un dedo para pedirle que esperase un momento.

—Mañana por la mañana repasemos estas páginas y mis anotaciones. Tal vez, entre las dos descubramos a quién más chantajeaba Diana y qué sabía sobre Sherry, ¿de acuerdo?

—Si la empujas por la borda, no me enfadaría —bromeó Brie.

Me reí, aunque no debería haberme reído.

—Por cieno, mira —dijo Brie, señalando el lugar donde arrancaba un sendero señalizado como «St. Claire Peak».

Amber Jones —ataviada con unos pantalones chinos, camiseta y zapatillas deportivas— estaba ahí golpeando el suelo con el pie y con los labios apretados.

No podía verle los ojos, pues estaban ocultos tras las gafas oscuras, pero sin duda estaba esperando a alguien.

Mientras la observábamos, Parker Briggs se acercó a ella, la cogió del brazo, y ella le apartó la mano.

Él también vestía con ropa informal y calzado adecuado para caminar.

No daban la sensación de ir a dar un paseo romántico.

—¿No me habías dicho que pensabas que Amber estaba buscando el libro de Diana? —preguntó Brie—. Quizá se lo llevó ella.

Mientras los observábamos, Amber rebuscó en el bolso y se adentraron en el sendero. Los tenía demasiado lejos como para ver qué sacaba del bolso, pero parecía un libro. Del tamaño de uno de bolsillo, como el que me habían robado.

—Están tramando algo —comenté—. Creo que ese es mi libro.

Henry tocó la bocina e hizo un gesto hacia su reloj. Doug me hacía señas desde la lanzadera para que me diera prisa.

—Me tengo que ir —dije, todavía indecisa sobre qué hacer. Jason estaba en ese crucero. Quería pasar tiempo con él y ya le había dicho que iba a ir—. Vigílalos cuando vuelvan, ¿de acuerdo?

—Los seguiré.

—No. Eso es demasiado peligroso. No sabemos qué planean. —Pero estaba claro que Amber quería el libro por una razón. ¿Qué tenía ese libro para que fuera tan valioso? ¿Por qué subían a la montaña a última hora del día? ¿Qué había allá arriba?

—Ven conmigo —dijo Brie.

Henry tocó la bocina otra vez y gritó:

—¡Diez segundos, señorita Crawford!

—Creía que querías que empujara a Sherry por la borda —bromeé.

—No quiero que te echen de la isla.

Me mordí el labio. Bueno, en el crucero, Jason estaría trabajando y probablemente no tendría mucho tiempo para mí. Y todos los demás iban en pareja. Yo me quedaría sentada en la barra mirándolo, sin acabar de encajar, sin nada que hacer y sin ningún libro que leer.

—De acuerdo —contesté. Debía de haberme vuelto completamente loca ya que iba a renunciar a pasar tiempo con Jason para subir una montaña siguiendo a dos posibles ladrones—. Vamos.

Me dirigí a Henry:

—Lo siento, no puedo ir. Me ha surgido un imprevisto.

Parece que le molestó. Intenté disculparme otra vez, pero Brie me arrastró del brazo. Ya habíamos perdido de vista a Amber y Parker.

Mientras la lanzadera se alejaba sin mí, le mandé un mensaje a Jason.

«Me ha surgido un imprevisto. Lo siento mucho. Luego te llamo».

No esperé su respuesta y guardé el móvil.

Por alguna extraña razón, seguir a Amber y Parker no me daba miedo ni me intimidaba.

No le había mentido a mi abuela ni a Amanda: estaba pasándomelo bien.

Odiaba admitirlo porque probablemente era lo más arriesgado que había hecho nunca, pero desentrañar este misterio era lo más divertido que había acometido en años, más aún ahora que tenía una compañera.

Nos dirigimos hacia el sendero.