Crímenes y lecturas de verano Capítulo veinte
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Capítulo veinte

CAPÍTULO VEINTE

«¿Fue una amenaza o una advertencia con buenas intenciones?».

CAROLYN KEENE , El rancho Shadow

CeeCee no estaba en el ferri que volvía a St. Claire, pero Sherry Morrison, sí. No debió de verme por la mañana, porque pareció sorprendida cuando subí a bordo justo antes de que el barco zarpara.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con un tinte de acusación en la voz.

Sonreí y levanté la bolsa con la nueva camiseta para mi abuela.

—De compras. Quería alejarme un rato y ver los paisajes. ¿Y tú? —Intenté mantener un tono de voz despreocupado y solo ligeramente interesado. No creía que me hubiera visto siguiéndola por la montaña, pero no estaba segura.

—Igual —contestó con una mirada helada.

No vi ninguna bolsa en la cabina, pero no hice ningún comentario.

El capitán bajó del puente de mando y dijo:

—¿Ustedes son las únicas huéspedes que regresan? —Miró hacia el muelle como si esperase a alguien más.

—¿Tenemos que esperar a los demás? —soltó Sherry—. Tengo que prepararme para el crucero de esta noche.

—Por supuesto que no —respondió él con calma—. Hay otro ferri dentro de dos horas.

—Podemos esperar —contesté, sobre todo para irritar a Sherry—. Quiero decir, después de lo que le pasó a Diana Harden, quizá deberíamos hacerlo.

El capitán sonrió y negó con la cabeza.

—No, no hace falta. Volveré dentro de dos horas. Zarparemos en unos minutos, y Gregory bajará con los refrescos.

Volvió al puesto de mando, y Sherry me miró fijamente.

—No tenías por qué ofrecerte a esperar. Tengo planes esta noche, joder.

—¿No te preocupa que hayan asesinado a una mujer?

—Para nada. Seguramente cabreó a la persona equivocada.

Esta mujer no me gustaba ni un pelo, pero me mordí la lengua. Podía no caerme bien, pero también desconfiaba de sus acciones. Me pregunté si Diana habría intentado chantajear a Sherry. Quizá para eso era el dinero…, para pagar un asesinato por encargo.

Un escalofrío me recorrió la espalda solo de pensarlo.

Los motores arrancaron y, un momento después, nos alejábamos del muelle. Gregory, el camarero, bajó con copas de champán y una bandeja de aperitivos. Servían el champán como si fuera agua.

Me disculpé, salí a la cubierta y observé cómo San Juan se iba haciendo cada vez más pequeño mientras nos alejábamos de la bahía y cogíamos velocidad.

Esa vez no había llevado ningún libro. Nunca salía de casa sin uno, y, aun así, esa mañana ni se me había pasado por la cabeza.

La desaparición y el asesinato de Diana me tenían absorbida, y quienquiera que robó el libro me había arrastrado aún más dentro del misterio.

Pero esa noche… esa noche era para Jason y para mí.

Estaba emocionada… y un poco asustada. Había química entre nosotros —los dos lo sentíamos—.

Sonreí, me apoyé en la barandilla y cerré los ojos.

El viento me revolvía el pelo. Ojalá Jason estuviera allí y estuviéramos los dos solos.

Escuché algo —metal contra metal, tal vez—, abrí los ojos y me di la vuelta.

Grité y solté la copa. Se hizo añicos sobre la cubierta de madera. Sherry estaba justo detrás de mí, tan cerca que podría haberme empujado por la borda.

—No quería asustarte —dijo con un tono que transmitía justo lo contrario.

Gregory salió de la cabina, vio el cristal roto y soltó:

—Señorita Crawford, señorita Morrison, tengan cuidado. Voy a por la escoba.

Y se fue deprisa.

Sherry me miró fijamente.

—No te metas en mis asuntos. Aléjate de mi familia. —Hablaba en voz baja y con un tono amenazante.

—¿Familia? —repetí, aunque pensaba en sus «asuntos». Me había visto seguirla. Sentí un nudo en la garganta. ¿Dónde estaba Gregory con la escoba?

Sonrió. Fue una sonrisa falsa y cruel.

—Futura familia.

Luego volvió a la cabina. Me dejó desconcertada y bastante preocupada.

Andrew nos esperaba en el muelle cuando el ferri atracó. Desde la cubierta observé cómo Sherry corría hacia él y lo besaba con la pasión de los Kent, los recién casados. Él respondió del mismo modo, le pasó un brazo por la cintura y caminaron por la playa hacia el resort.

Tenía mucho en lo que pensar.

Me subí a la lanzadera y, cuando me dejó en la rotonda, fui directamente a mi cabaña, no sin esquivar tres conversaciones.

Doug estaba tan hablador como siempre, pero rechacé la invitación de tomar algo junto a la piscina con la excusa de tener «dolor de cabeza».

Brie intentó hacerme señas para que me detuviera, pero le hice un gesto con la mano, ya que todavía no tenía ganas de entablar esa conversación, aunque sabía que tarde o temprano tendría que preguntarle si había cogido el libro.

Y la señora Kent, la mitad femenina de los recién casados salidos, que, para mi sorpresa, no estaba con su marido. En tres días no los había visto separados ni una sola vez.

—¿Has oído algo sobre lo que le pasó a esa pobre mujer? —me preguntó al cruzarnos, cuando ella salía del estudio de yoga con la piel brillante por haber hecho ejercicio.

Vale, esquivé dos conversaciones y media.

—No —respondí sin dejar de caminar.

Ella se giró y se puso a andar a mi lado.

—Hablé con una de las limpiadoras y me dijo que a la mujer la asesinaron. —Susurró «asesinaron» como algunos susurran la palabra «cáncer».

—Eso dicen —contesté intentando transmitir que estaba ocupada sin parecer maleducada.

—He oído que esa mujer se había alojado en tu habitación —añadió la señora Kent.

Aquello hizo que me detuviera en seco. Me giré hacia ella.

—¿En serio?

—¿No te parece inquietante? —preguntó.

Si ella había descubierto que Diana había estado en mi suite , tal vez fuese algo que ya se sabía. Información de la que disponía el personal.

Quizá Brie no fue la persona que se llevó el libro. Quizá fue Sherry, ya que no le habría costado averiguar en qué cabaña se alojaba Diana. O alguien que supiera lo que Diana estaba escribiendo en el libro y estuviera buscándolo en su habitación.

Pero ¿por qué en la habitación y no en el equipaje guardado?

Recordé que el personal, la primera noche que estuve en el Sky Bar, comentó que el servicio de limpieza había recogido la habitación de Diana porque no había hecho el check-out .

Pensé que quizá Amber le había pedido a Gino que revisara la maleta…

, o que Gino le permitió hacerlo. Si ella no encontró el libro allí, el siguiente paso lógico sería registrar la habitación.

Muchas teorías, pero pocas pruebas que las sostuvieran.

—Inquietante, sí —coincidí—. ¿Estás bien después de lo de la otra noche?

La señora Kent suspiró.

—Sí, gracias. Me llevé un buen susto.

—Y con razón —contesté mientras miraba hacia el camino que llevaba a mi puerta—. Me tengo que ir, pero ¿quizá os vea en el crucero esta noche?

—Allí estaremos —respondió, y me saludó con la mano mientras yo me dirigía a mi cabaña.

Me senté en el escritorio y encendí el portátil. Tenía pensado investigar sobre Ethan Valentine y profundizar más sobre Sherry Morrison, pero dudé mientras pensaba en lo que implicaba que Diana Harden se hubiera alojado en mi suite antes que yo.

Cualquiera podría haberme visto leer el libro de Diana en la playa —como Sherry Morrison—, pero eso no significaba que todo el mundo me hubiera visto leyéndolo, ni que supieran qué era, en caso de que me hubieran visto.

Si el culpable sabía que Diana había escrito en ese libro y no lo encontraba entre sus pertenencias, podría haber pensado que estaba en la habitación.

Lo cual, en ese caso, exculparía a Brie.

Había pensado que quizá Brie se lo había llevado simplemente porque fue ella quien me dijo dónde esconderlo.

No tenía por qué pegarlo en la parte trasera del tocador, pero era buena idea, teniendo en cuenta mis sospechas sobre Gino.

¿Le estaba dando yo a Brie el beneficio de la duda solo porque me caía bien?

No podía evitar pensar en todos esos misterios que he leído en los que el compañero traiciona al protagonista. Brie ya se había autodenominado «doctora Watson». No he leído todos los relatos de sir Arthur Conan Doyle, pero no creo que Watson haya traicionado nunca a Sherlock Holmes.

Yo no soy Sherlock. Aun así, me costaba creer que Brie hubiera destrozado de esa forma mi habitación y roto el espejo. Fue una acción mezquina que rozaba la amenaza.

El ladrón o la ladrona, al no encontrar el libro entre el equipaje de Diana, pudo pensar que ella lo había escondido. Eso ponía a Gino y Amber en los primeros puestos de mi lista de sospechosos.

Estaba a punto de escribirle a Brie para preguntarle si podíamos vernos antes del crucero al atardecer, cuando vi que me había enviado un mensaje hacía veinte minutos:

¿Estás enfadada? Tenemos que hablar.

Le contesté que nos veríamos dentro de una hora en el Blue Dahlia. Así me daría tiempo suficiente para prepararme antes del crucero. Me respondió con el emoji del pulgar hacia arriba.

Brie podría haberse llevado el libro, pero ahora me parecía poco probable. Me había proporcionado información sobre Gino Garmon, sobre la relación entre Diana y Amber, y sobre la situación matrimonial de Trevor Lance. Si hubiera querido verlo, me lo habría pedido.

Después de mi experiencia con la policía de San Juan, me planteé contactar directamente con Ethan Valentine.

Pero ¿y si él estaba implicado? Crusty dijo que había llevado a Diana al embarcadero privado de Valentine la noche en la que ella desapareció.

Tal vez debería hablar con Tristan. Él sabría decirme si Valentine había estado en la isla el domingo.

Si no estuvo, entonces no podía tener nada que ver con el asesinato.

O podría hablar con Luis, el tío de Valentine.

Dudaba que un octogenario hubiera estrangulado a nadie.

Me giré hacia el ordenador y busqué a Ethan Valentine.