Capítulo diecinueve #3
Miré el menú escrito a mano en una pizarra. Dos platos del día ya se habían agotado.
—¿Cuatro tacos especiales? Y, mmm, ¿dos botellas de agua?
No sabía qué llevaban los tacos, pero aquel sitio, aunque hacía mucho calor, olía genial.
La chica anunció el pedido, me cobró y colocó dos botellas de agua pequeñas en el mostrador. El agua costaba más que los tacos.
—Necesito hablar con Crusty.
Deseaba con todas mis fuerzas que Crusty no fuera el hombre de aspecto intimidante que estaba detrás del mostrador preparándome los tacos.
—Vale. —No dijo nada más.
—Y ¿está aquí?
—No.
—¿Dónde puedo encontrarlo? La abuela de Jorge… —dije, y me di cuenta de que no le había preguntado su nombre— me comentó que podría encontrarlo aquí.
—Sí. —Me devolvió la tarjeta de crédito.
—¿Cuándo? —pregunté, ya un poco exasperada.
Se encogió de hombros.
—Ahora está en el barco. ¿En veinte minutos? ¿Quiere que lo llame?
—Estaría fenomenal —contesté.
El cocinero tocó una campana, y la chica recogió una canasta con mis tacos sin mirarlos.
Me los llevé hasta el cajero automático y saqué doscientos dólares.
Tal vez Crusty me pediría dinero a cambio de la información.
Después salí. Sin duda, hacía mucho más fresco que dentro.
Trepé hasta el asiento de la bicicleta y le entregué a Jorge una de las botellas de agua, dos tacos y dos billetes de veinte dólares. Se merecía cada centavo.
—Gracias [10] —dijo.
Me comí los tacos. Estaban recién hechos y deliciosos.
Habíamos aparcado sobre la base irregular de un mampoo enorme, el tronco grueso y las raíces resquebrajaban la tierra en varios sitios entre nosotros y la ensenada.
Era bastante agradable, pensé mientras observaba los barcos.
Jorge se bebió el agua, se recostó y cerró los ojos. El sombrero le cubría parte del rostro.
No sabía qué hacer, aparte de esperar y reflexionar sobre lo que había descubierto, que, para ser sinceros, no era mucho.
Había venido aquí para seguir los pasos de Diana Harden…
y solo había descubierto que CeeCee estaba almorzando con una amiga, y que Sherry Morrison le había dado dinero a un hombre que tenía un aspecto sospechoso.
Seguía sin saber por qué Diana había venido a San Juan ni qué había hecho cuando estuvo aquí.
Esperaba poder regresar a St. Claire con tiempo suficiente para ducharme y cambiarme para el crucero al atardecer, y detener toda esta investigación poco productiva y disfrutar de la noche con Jason.
Se me pusieron los pelos de punta al recordar cómo hacía que me sintiera…
Me lo merecía, ¿no? Merecía una noche en la que soltarme y no pensar tanto en todo.
—Ahí está —dijo Jorge, interrumpiendo mi ensoñación.
Señaló hacia la ensenada. Un chico trepaba las rocas desde la orilla abajo. Una caña de pescar le sobresalía de la mochila y cargaba con esfuerzo una nevera grande.
—Ese es Crusty —añadió Jorge.
Crusty entró en el restaurante. Al cabo de un minuto, el chico salió sin la nevera y se subió junto a mí en el bicitaxi, invadiendo mi espacio personal. No debía de tener más de doce años.
—Soy Crusty —dijo—. ¿Y usted?
—Mia —respondí automáticamente.
—¿Necesita que la lleve?
Saqué el móvil y le enseñé la foto que tenía de Diana Harden.
—¿Sabes si alguien la llevó a St. Claire el domingo?
Miró la foto y no supe cómo interpretar su expresión facial.
Luego dijo:
—Cincuenta.
—¿Cincuenta qué?
—Cincuenta pavos.
—¿Por qué?
—Le diré quién la llevó de vuelta.
Podría estar estafándome, y sería culpa mía si perdía el dinero, pero tenía un presentimiento…
Solo tenía billetes de veinte. Le di dos y dije:
—Cuarenta. Nada de mentiras, ¿vale?
Se guardó los billetes en el bolsillo y dijo:
—La llevé yo.
Entrecerré los ojos.
—¿Me estás mintiendo?
—No —respondió—. Me pagó doscientos por llevarla, y cincuenta para que no se lo contara a nadie. No he dicho nada, pero me he enterado de que ha muerto.
—Deberías habérselo dicho a la policía.
Se encogió de hombros.
—Yo no la maté.
—Y la llevaste a St. Claire.
—Sí.
—¿A qué hora?
Volvió a encogerse de hombros.
—No sé. ¿Al atardecer? Mi madre se enfadó porque llegué a casa cuando ya era de noche. No me dejan estar en el agua de noche. Pero, uf, por doscientos cincuenta dólares, mereció la pena la paliza que me pegaron.
—¿Y la dejaste en el muelle?
Vaciló.
—Crusty, esto es importante. ¿La llevaste al muelle principal o la dejaste en otro sitio? ¿Tal vez quedasteis con otro barco?
Estaba mirándome el bolso pequeño que llevaba cruzado.
—No más dinero —dije tajante—. ¿Quieres que le cuente a la policía que hay un niño llamado Crusty que estafa a turistas?
Frunció el ceño, pero Jorge se rio.
—Es buena tía, Crusty —dijo.
—Por favor, cuéntamelo —añadí firme.
Crusty suspiró.
—Quería ir al muelle privado de Ethan Valentine, en el lado sur de la isla.
No me esperaba esa respuesta.
—¿En serio?
—Sí, digo la verdad. La dejé justo ahí, en el muelle. Lo juro por Dios. Es la verdad. —Se hizo la señal de la cruz.
Le creí. No tenía motivos para mentir.