Crímenes y lecturas de verano Capítulo diecinueve #2
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Capítulo diecinueve #2

—¡Mira por dónde vas, idiota! —le gritó a Jorge.

—Lo siento, lo siento mucho —respondió él.

—No ha sido culpa tuya —le dije automáticamente, aunque no sé si me escuchó.

Miré por encima del asiento y vi cómo Sherry se subía a un taxi. Giraron en la siguiente esquina.

—¿Señorita? —preguntó Jorge—. Señorita, ¿está bien?

—¿Puedes seguir a ese taxi?

¿Lo había dicho en voz alta? Casi me da la risa.

—Sí, ¿ese? —Señaló hacia donde el taxi de Sherry se había metido.

—Sí, por favor. Te pagaré. —Tenía que haber algún cajero automático en la isla.

Él accedió.

Luego pensé: «¿Cómo voy a volver a tiempo antes de que salga el ferri?».

Debería haberlo pensado mejor. Cuanto más nos alejábamos de las zonas turísticas, más dudaba de mi juicio. ¿Por qué quería seguir a Sherry?

«Porque ha estado actuando de forma sospechosa, además de por la llamada de anoche».

Miré el reloj. Eran las 12:30. La reunión había terminado. Pero parecía enfadada y el taxi no volvía al muelle.

Seguramente no fuera nada.

O podría ser algo.

¿Qué estaba haciendo? Yo no era policía. Ni investigadora privada. Ni siquiera era Miss Marple, que seguramente tendría la sensatez de no andar paseando en bicicleta por la otra punta de una isla extranjera con un desconocido, siguiendo taxis a sitios aislados donde no se le había perdido nada.

Yo era una planificadora financiera que leía demasiados misterios. Estaba dándole demasiadas vueltas a la desaparición de Diana. Podría haber sido un accidente.

«Claro, murió estrangulada “accidentalmente” con su propio pañuelo».

Quizá sus notas no tenían nada que ver con chantajes.

«Pero alguien me ha robado el libro».

Ya era demasiado tarde para echarse atrás. Quería saber qué estaba haciendo Sherry.

Y, si soy sincera, me lo estaba pasando bien.

Lo bueno de San Juan —al menos desde mi perspectiva, en la parte trasera de una bici impulsada por pedales siguiendo a un vehículo que funcionaba con gasolina— era que las carreteras eran estrechas y concurridas, y nadie conducía rápido porque había curvas cerradas.

Jorge perdió de vista el taxi un par de veces, pero no se desanimó en nuestra persecución, y siempre lo volvía a ver; normalmente, porque el taxi se quedaba atascado en el tráfico.

Ahora estábamos en una zona natural, cerca de la cima de una colina, donde se juntaban tres caminos. Alrededor había árboles y arbustos verdes y frondosos, y no se veía el mar.

El taxi había aparcado cerca de un camión de comida, pero Sherry no estaba dentro. ¡Mierda! ¿Qué podría estar haciendo allí? No había ningún comercio cerca al que pudiera haber ido, aparte del camión de comida.

—Lo siento —le dije a Jorge—. No debería haberte hecho venir hasta aquí.

—No pasa nada —contestó, aunque parecía cansado.

—Ahora probablemente estemos demasiado lejos de Fish Bay —comenté.

—No, es por ahí —señaló—, todo cuesta abajo hasta Fish Bay. ¿Preparada?

—Sí, ¡ay, espera!

Sherry salió por la parte de atrás del camión de comida. Junto a ella había un hombre delgado, de cabello oscuro, que llevaba gafas de sol y tenía bigote. Parecía enfadado y nervioso, ¿o eso era solo lo que me decía mi intuición al intentar rellenar el vacío de información?

Sherry le extendió un sobre, él lo cogió e inmediatamente se lo metió en el bolsillo.

No, no era nada sospechoso darle un sobre a un desconocido en medio de la isla de San Juan.

Ella le gritó. Tenía una expresión firme, de enfado y decisión.

Él se quedó allí de pie, escuchándola, y no le cambió la cara.

Asintió con la cabeza mientras ella seguía diciéndole cosas y después él le dijo algo.

No podía leerle los labios, lo cual habría sido una habilidad muy útil.

Sherry volvió andando al taxi, entró en el vehículo, el conductor arrancó y salieron de allí.

—¿Ya hemos terminado? —preguntó Jorge.

—Sí —respondí.

De la forma más discreta posible, le hice una foto al desconocido.

Él se sacó el sobre del bolsillo y sacó un fajo grueso de dinero en efectivo.

Lo contó, hizo un gesto de asentimiento para sí mismo y guardó el dinero.

Tiró el sobre en el bidón de basura que había afuera del camión de comida, luego entró en el camión, bajó las persianas y, al cabo de un minuto, se marchó.

—¿Lo conoces? —le pregunté a Jorge mientras él empezaba a pedalear en dirección contraria.

Se encogió de hombros.

—No, señora. ¿El camión? Sí [9] . Es… de un negocio que tiene muchos camiones de comida.

Me recosté y me pregunté qué estaría tramando Sherry Morrison… y si eso iba a hacerle daño a Brie.

Quince minutos después, Jorge salió de un camino sinuoso y de bajada hacia una zona plana con vistas a una bahía pequeña y estrecha. Se detuvo bajo un gran árbol frente a un comercio que parecía una casa con un cartel en el que podía leerse «Fish Bay Fish Tacos».

—Aquí está Crusty —dijo—. Comida riquísima y barata.

—Mmm, ¿puedes esperarme? Te pago cuando vuelva a casa de tu abuela.

—Hay cajero automático —contestó a la vez que señalaba un cartel en la cristalera de un restaurante en el que se podía leer «cajero automático» en color rojo.

—De acuerdo, sacaré dinero. ¿Puedes esperarme?

Él sonrió, puso los pies encima del manillar y se recostó en el asiento.

Entré al restaurante. No había aire acondicionado. Una barra larga separaba la cocina de la zona de comedor en la que había varias mesas pequeñas y desparejadas. Había varias personas comiendo y ninguna parecía ser turista.

—¿Quéquierecomer? —La joven habló tan rápido que unió las palabras y me costó entenderla.