Capítulo diecinueve
CAPÍTULO DIECINUEVE
«El problema de juntar dos más dos es que a veces da cuatro, y a veces da veintidós».
DASHIELL HAMMETT , El hombre delgado
No era la única persona en el ferri.
Sherry Morrison estaba bebiéndose una mimosa en la cabina.
Miraba por el ojo de buey opuesto, distraída.
Nuestra conversación —o, mejor dicho, su conversación— en el spa me había puesto nerviosa.
Mientras caminaba con cuidado por la cubierta para evitar que Sherry me viera, vi a CeeCee corriendo por el muelle, con su bolso gigante rebotándole en la cadera.
—¡Esperadme!
Llegó sin aliento y se desplomó en una silla de cubierta.
Me escabullí rápidamente hacia la proa del barco con la esperanza de que ninguna de las dos me viera. Lo último que quería era quedarme atrapada en un grupo social. Por suerte, había otra pareja a bordo, y CeeCee se puso a hablar con ellos.
El viaje a San Juan duró menos de media hora en mar abierto, y, cuando atracamos, dejé que todo el mundo desembarcara antes de subir la corta y empinada colina que llevaba a la comisaría de policía.
Primero lo importante: averiguar qué sabía la policía de San Juan sobre la muerte de Diana.
No tardé en darme cuenta de que la ficción policiaca no siempre es fehaciente.
¿Cuántos libros había leído en los que la heroína entra en la comisaría y con su encanto consigue la información? ¿O en los que espera a que el sargento se aleje y echa un vistazo rápido al ordenador para tener todas las respuestas?
Fui educada. Amable. Incluso coqueteé.
No conseguí nada. Nada [8] . Cero.
El jefe de policía, responsable de la investigación, no se encontraba en ese momento en la comisaría. El policía que estaba sentado tras el escritorio —que parecía más joven que Brie— ni siquiera quiso admitir que Diana había sido asesinada.
—Si necesita información, hable con el jefe de seguridad de St. Claire, el señor Garmon. ¿Quiere que le dé su contacto? —me dijo en un inglés muy limitado.
No, no quería su contacto. Pero no dije nada de eso. Sonreí, le di las gracias por su tiempo y salí de allí.
El intento con la policía de San Juan había sido un fracaso.
Pero no me vine abajo. ¿Qué hizo Diana cuando vino a San Juan? Debía de tener un propósito aquí. ¿Con quién habló? Alguien tenía que haberla visto.
Volví al muelle y le enseñé la foto de Diana a la gente que trabajaba en los puestos.
Todos fueron amables; bueno…, todos querían venderme algo.
Rechacé educadamente sus ofrecimientos y volví a preguntar.
Cuando nadie reconoció haber visto a Diana en tiendas o restaurantes, pregunté por taxis acuáticos privados.
¿La policía ya había investigado eso el lunes y martes, justo después de su desaparición?
¿Empezarían a sospechar de mí por estar haciendo preguntas?
Estaba segura de que encontraría respuestas en San Juan; sin embargo, después de dos horas hablando con casi toda la gente que encontraba en el distrito comercial, no tenía nada.
Estaba exhausta. Las cuestas me estaban destrozando las pantorrillas, y lo único que quería era sentarme en mi jacuzzi con una botella grande de vino.
Me encontraba sola el día de mi cumpleaños, centrada en el último día de vida de una mujer muerta. ¿Dónde estaba mi determinación de la noche anterior de dejar todo a un lado esta semana para dedicarme únicamente a mi placer y felicidad?
«Han entrado en tu habitación y te han robado el libro», me recordé a mí misma.
Recorrí una calle estrecha sintiéndome realmente triste, mientras me preguntaba a la vez cuál debería ser mi siguiente paso. Alguien tenía que haber visto a Diana en esta isla. Era una rubia estadounidense guapa. No pasaría desapercibida.
Me detuve en la esquina y vi un restaurante en la colina con unas vistas increíbles de la bahía. Estaba muerta de hambre. Empecé a subir la cuesta, pero dudé al ver a una mujer que me sonaba sentada en la terraza del restaurante.
CeeCee. Aunque solo la veía de perfil, no había duda: tenía esa abundante melena de color rubio platino, el pelo recogido en una alta coleta saltarina, y los grandes pechos enmarcados por un ajustado vestido de verano.
Almorzaba con una mujer mayor que ella bajo una amplia sombrilla.
El restaurante quedaba bastante lejos del muelle y fuera de la principal zona turística.
¿A lo mejor tenía una amiga que vivía allí?
¿O de forma espontánea había invitado a una desconocida a almorzar?
Me parecía algo propio de ella. Sin embargo…
, su forma de comportarse era diferente.
No estaba usando las manos de la manera exagerada con que solía comunicarse.
La observé reclinarse con una copa de vino y una sonrisa relajada.
La otra mujer tenía cincuenta y tantos, llevaba un corte bob y tenía el pelo de color rubio ceniza, el rostro alargado y estrecho, y llevaba un vestido de verano elegante. Parecía una mujer adinerada.
Saqué el móvil e hice una foto porque ella me resultaba conocida, aunque no recordaba haberla visto en St. Claire.
CeeCee se giró hacia la calle como si hubiera notado que alguien la observaba. Inmediatamente me metí en una pequeña tienda llena de gente para que no me viera.
—La mayoría de los taxis acuáticos privados no salen del área del muelle —dijo una voz femenina grave con un fuerte acento extranjero.
Me sobresalté al ver a una mujer corpulenta sentada en un banco en el balcón de la tienda de regalos. Tenía sesenta y tantos años y la piel arrugada y bronceada.
—¿Cómo dice?
—Bertha, la mujer de la calle de abajo, me ha dicho que está usted buscando un taxi privado. La vio venir hacia aquí. Ella sabe inglés, pero no habla mucho. Así que supuse que vendría a preguntarme.
Le enseñé la foto que tenía de Diana en el móvil.
—¿Vio a esta mujer el domingo?
No respondió a mi pregunta. En vez de eso, me dijo:
—Los chicos jóvenes que quieren ganar dinero rápido con los turistas no trabajan en los muelles. La policía y las empresas de flete los ahuyentarían.
—¿Dónde están entonces? ¿En otro muelle?
La mujer se rio.
—No tienen licencia. Van de aquí para allá.
—Necesito saber quién llevó a esta mujer a St. Claire el domingo.
La desconocida me miró tanto tiempo que me puse incómoda. ¿Me estaría mintiendo? ¿Intentaba estafarme? ¿Hacerme pagar por la información? A estas alturas, prácticamente le daría cualquier cosa.
—¿Hay algo que le guste? —me preguntó mientras extendía la mano para abarcar su pequeña y abarrotada tienda.
Efectivamente, quería dinero.
Caminé por la tienda llena de gente. La mayoría de las cosas eran baratijas: cositas sueltas y con precios el triple de caros que su valor real. Lo cierto es que me pongo de los nervios cuando pago de más por algo.
Pero el dinero manda.
Vi una camiseta turquesa brillante con una sirena recostada en una roca que llevaba gafas de sol. «Nadé con sirenas en San Juan, Islas Vírgenes, EE. UU.».
A mi abuela le encantaría y se la pondría. En realidad, no estaba tirando el dinero a la basura al comprar esa camiseta hortera si mi abuela le iba a sacar partido, ¿verdad?
La mujer sonrió y sacó un lector de tarjetas portátil. Le entregué mi tarjeta de crédito. Registró la compra, metió la camiseta en una bolsa y me la devolvió.
—En Fish Bay, Crusty organiza viajes especiales —comentó.
—¿Dónde queda Fish Bay?
—Al bajar la cuesta, gire a la izquierda en la señal de ceda el paso, ande un kilómetro y medio, luego suba la colina, la carretera hace una curva, y después…
—¿Hay Uber en la isla?
—Algo mejor.
Dio un silbido tan fuerte que me zumbaron los oídos; luego levantó el brazo bien alto. Estaba apoyada tan al borde del balcón que pensé que se iba a caer por la barandilla.
Un chico alto y flaco que iba en un bicitaxi, con un asiento que se caía a cachos, llegó hasta la puerta. El asiento del pasajero no tenía cinturón de seguridad. Me imaginé que saldría volando por un acantilado si él perdía el control.
—Mi nieto, Jorge. Veinte dólares.
Le volví a dar la tarjeta. La pasó por el lector. Pensaba que sería más seguro no llevar efectivo, pero ahora ya no estaba tan segura.
Convencida de que iba a despeñarme por una carretera estrecha y serpenteante, me subí al asiento a regañadientes y me agarré fuerte mientras Jorge bajaba la colina hacia la zona comercial principal.
Me agaché para evitar que me viera CeeCee; sin embargo, cuando miré hacia el restaurante, ni ella ni su acompañante estaban bajo la colorida sombrilla.
Me incorporé y miré alrededor.
—Sabes que vamos a Fish Bay, ¿verdad? —le dije al chico, porque no íbamos por la dirección que me había indicado su abuela.
—Sí —contestó—. Este camino es más rápido.
Lo de «rápido» era relativo. Nos quedamos atrapados detrás de coches que sorteaban peatones, bicicletas y otros vehículos en el centro del pueblo.
Me di cuenta de que había dado un gran rodeo, ya que la comisaría estaba a mi izquierda y el muelle en el que me había dejado el ferri estaba a la derecha.
Saqué una visera que llevaba en el bolso porque el sol me estaba dando en toda la cara; lo único que evitaba que me diera un golpe de calor era la brisa fresca del mar.
Jorge condujo rápido por algunas curvas que hicieron que viera mi vida pasar ante mis ojos, pero enseguida llegamos a una carretera flanqueada por árboles y arbustos, salpicada de casitas, restaurantes y claros desde donde se veía el agua.
El sitio era bonito y más auténtico que el lujoso St. Claire, pero con un aire más áspero.
Volvimos a reducir la velocidad cuando delante de nosotros se cruzaron unos peatones rumbo a la playa. El sol brillaba en la bahía en calma, donde los veleros iban y venían.
Sherry se plantó justo delante de la bicicleta de Jorge, y yo me agaché rápidamente en el asiento.
Sherry parecía molesta, y yo no quería que me viera.
Podría pensar que la estaba siguiendo, y, después de su comportamiento tan exagerado de la tarde anterior en el spa , no quería tener un enfrentamiento con ella allí.