Capítulo diecisiete
CAPÍTULO DIECISIETE
«Todos los secretos del mundo están contenidos en los libros. Lee por tu cuenta y riesgo».
LEMONY SNICKET
Jason se sentó conmigo en la terraza mientras Gino y su equipo de seguridad hacían fotos y recogían pruebas. Encontraron algunas huellas dactilares, que mandaron a San Juan. Probablemente fueran mías. Si hubiera decidido destrozar una habitación, habría usado guantes.
Jason se mantuvo fuerte. Tras el susto inicial de que el libro hubiera desaparecido, lloré hasta darme cuenta de que no habían destrozado ninguna de mis pertenencias.
Después, me sentí confundida. ¿Cómo sabía alguien que yo tenía ese libro o por qué era importante?
Para cuando Gino y su equipo llegaron, estaba frustrada y enfadada por la violación de mi espacio.
Les dije que no faltaba nada, salvo un libro de bolsillo usado que me había llevado gratis de la tienda de regalos.
No les conté que lo había escondido detrás del tocador.
Tampoco mencioné que el libro pertenecía a Diana Harden, ni que ella había escrito notas sospechosas en los márgenes y que pensaba que estaba chantajeando a gente de la isla.
No confiaba en Gino. Tenía secretos, y uno de esos secretos podía ser el asesinato.
Además, él no me creyó. Me preguntó por qué iba nadie a robarme un libro de bolsillo barato, en lugar del portátil. Así que me callé mi teoría de que alguien me había visto con el libro, sabía que contenía información para llevar a cabo chantajes y me lo había robado.
Tristan llegó poco después que Gino. El gerente parecía desconcertado y llevaba puestos unos pantalones de pijama, junto con una camisa mal abotonada que se había puesto a toda prisa.
—No sé qué decir —empezó a explicarse Tristan cuando salió a la terraza, donde estábamos sentados Jason y yo—. Nunca ha pasado nada igual en St. Claire.
El asesinato era peor que un allanamiento, pero no lo dije, ya que la versión que daban todos los empleados de St. Claire era que «Diana Harden desapareció en San Juan».
Tristan siguió diciendo:
—Esta misma noche vendrá mi mejor equipo de limpieza para ordenar esto. —Miró por encima del hombro hacia el espejo roto y frunció el ceño.
Jason preguntó:
—Tristan, ¿no hay otra habitación en la que podáis alojar a la señorita Crawford?
—Por supuesto. Si le resulta más cómodo alojarse en el edificio principal, puedo prepararle una habitación…
—Me quedaré aquí —contesté—. Gracias.
—¿Está segura? —Tristan parecía preocupado. ¿Le daba miedo que alguien con malas intenciones volviera o que yo pusiera una mala reseña en Trip Advisor?
—Sí —respondí—. Le agradezco que envíe personal para ayudarme a limpiar.
—Usted no hará nada —sentenció mientras me ponía una mano en el brazo—. Me siento fatal. Simplemente… no sé cómo, ni quién, ni…
—Tristan —dije—, no pasa nada. —Parecía realmente afectado y quise tranquilizarlo—. No le culpo a usted, sino solo a la persona que entró aquí.
—Es usted demasiado comprensiva —contestó—. Deme una hora. No notará que alguien estuvo aquí. Ahora mismo, Kalise le está creando una nueva tarjeta de acceso para que se sienta segura. Jason, ¿puedes quedarte con la señorita Crawford hasta que terminemos?
—Por supuesto —respondió Jason con la mano en mi codo.
Cuando Tristan volvió adentro a hablar con Gino, Jason dijo:
—¿Por qué no te vienes a mi casa? Dormiré en el sofá, si así estás más cómoda.
La oferta me agradó, pero la rechacé.
—Estoy bien. Solo muy enfadada. —Muy muy muy enfadada. Y un poquitito preocupada. ¿Quién sabía que ese libro era importante?
—Puedo quedarme aquí —sugirió.
—En cualquier otra circunstancia, me encantaría, pero no sería buena compañía ahora mismo. —Le cogí de las manos.
Maldita sea, con lo cerca que había estado de tener lo que sabía que habría sido el mejor encuentro sexual de mi vida, por la forma en que me besaba y por cómo usaba las manos, y ahora ese momento se había esfumado.
Quizá pudiéramos recrear la magia de la laguna antes de que me marchara, pero en esos instantes estaba muy cabreada.
La idea de que alguien hubiera asaltado mi espacio y hubiera estado rebuscando entre mis cosas tal vez debería haberme asustado, pero en vez de miedo lo único que sentía era rabia.
—¿Estás segura de que no faltaba nada más? ¿Por qué alguien iba a llevarse un libro y no tus joyas o el ordenador?
Porque el libro contenía información, información que podría apuntar al asesino de Diana. Pero no lo dije.
—No lo sé —murmuré, me sentí un poco culpable por no contarle la verdad a Jason.
Nos sentamos en la terraza y vimos cómo Tristan le daba instrucciones al equipo de limpieza. El equipo de seguridad se fue con Tristan, pero Gino se quedó en medio de la habitación observándolo todo. Lo miré. No mostró ninguna señal de haber estado aquí antes, pero no me fiaba de él.
Me entró un escalofrío, y Jason me rodeó con el brazo al interpretarlo como señal de que tenía frío y no de que me diera miedo Gino.
—Siento mucho que haya pasado esto —comentó.
En ese momento, vi un destello de ira en la expresión de Jason.
Hasta ahora no había mostrado nada más que calma y preocupación.
Le toqué el hombro. Tenía los músculos tensos.
La rabia no había desaparecido; simplemente estaba enterrada.
Era una faceta de Jason que no me esperaba.
Estaba el Jason divertido, el romántico, el apasionado, el preocupado, y ahora, el Jason enfadado.
Jason Mallory era mucho más que un camarero sexi, temerario y amante de la diversión.
Estuve a punto de contarle todo sobre el libro de Diana, incluida mi teoría de que el chantaje siempre es un buen móvil para el asesinato. Pero… me quité la idea de la cabeza. Porque lo cierto es que no tenía pruebas de nada, ni siquiera de que Diana hubiera escrito algo en ese libro.
Aun así, quería contarle algo, así que, tras pensármelo un par de veces, acabé diciéndole:
—Cogí el libro de la tienda de regalos, y alguien había escrito en los márgenes. Quizá las notas eran importantes para quien las escribió.
Frunció el ceño.
—¿Qué tipo de notas?
Me encogí de hombros porque me sentía mal por mentirle.
—Parecían una especie de código personal en clave. Números, letras y garabatos que no tenían sentido.
—¿Y lo compraste aquí, en nuestra tienda de regalos?
—Estaba en la mesa de libros gratuitos. Dejé el que había leído en el avión y escogí ese.
Al menos, sí le conté una cosa que era verdad.
—Y ¿por qué esa persona no te pide simplemente que le devuelvas el libro? —preguntó Jason.
«Porque está muerta», pensé. Pero me limité a encogerme de hombros.
—Deberías contárselo a Gino —continuó Jason—. Ello podría ayudarle a averiguar quién lo hizo.
—No me cree.
—Sí te cree. Antes era policía y ahora desconfía de todo el mundo. —Jason me cogió de la mano y la besó, y luego se inclinó y me besó—. ¿De verdad estás bien? —susurró.
—Sí. —Lo estaría cuando todo el mundo se largase de mi habitación—. Sigue siendo mi cumpleaños, así que estaba pensando en ir al crucero mañana al atardecer, si es que vas a estar trabajando ahí.
—Sí, estaré trabajando. —Sonrió. Todavía parecía preocupado, pero había recuperado un poco su ánimo habitual—. Terminaré media hora después de que amarren el barco. Se me ocurre una idea de lo que podemos hacer después del crucero.
—A mí también —dije.
Sonrió con picardía.
—Eso también, pero me refería a otra cosa más. Te encantará. Te lo prometo. —Me besó otra vez. Y otra vez. Ya no estaba tensa.
—Haré que cumplas con tu palabra —contesté.
Cuando el equipo de limpieza terminó, les di las gracias y se fueron. Jason y Gino también se marcharon. Cerré la puerta con doble llave y eché el pestillo de seguridad. Seguidamente, comprobé que las puertas de cristal estuvieran cerradas, bajé las persianas y me dejé caer de bruces sobre la cama.
Estaba agotada.
Cogí el móvil que estaba en la mesita para enviarle un mensaje a Brie.
Pero me detuve.
Brie sabía que yo iba a esconder el libro detrás del tocador —ella misma me lo había sugerido—. Quizá había entrado a robarlo y lo había dejado todo patas arriba para que pareciera que lo había hecho otra persona, y así yo no sospechara de ella.
No quería creerlo. No le había dejado ver el libro porque no quería que leyera la información que podría tener que ver con su padre y Sherry, así que tenía un motivo para no enseñárselo.
Pero ¿habría roto ella el espejo? No me parecía tan violenta.
El ladrón de la playa que arrancó la hoja no tenía motivo, pues ya había conseguido lo que quería.
A menos que pensara que el libro contenía más información sobre lo que Diana había escrito acerca de él.
No obstante, cualquier persona sobre la que Diana hubiera escrito podría haberme visto leyendo el libro en la playa y haber ido a la habitación a buscarlo. Quizá Amber se dio cuenta de que lo tenía yo.
Dejé el móvil a un lado. La decisión sobre Brie estaba pendiente. Prefería hablar con ella cara a cara antes que por mensaje.
Me desnudé y me duché. No sentía que corriese peligro. El ladrón —o la ladrona— se había llevado lo que quería. Seguía teniendo mis apuntes, aunque no había anotado todo.
Me envolví en un albornoz, me recosté en el montón de almohadas de la cama y repasé mi cuaderno.
Las primeras páginas eran listas de libros que estábamos tanteando usar para el club de lectura y notas sobre libros que había leído para mis reseñas en vídeo.
No fue hasta la mitad del cuaderno cuando copié lo que Diana había escrito, junto con mis preguntas e impresiones.
Brie sabía dónde había escondido el libro, pero también sabía que tenía un cuaderno.
Amber sabía del libro de Diana, pero no sabía que lo tenía yo, a menos que alguien le hubiera contado que lo cogí de la tienda de regalos…
, o que me hubiera visto con él. Quizá Amber le había pedido ayuda a Gino, y eso era de lo que hablaban antes.
Tal vez él reconoció el libro. A lo mejor la persona que arrancó la hoja en la playa decidió más tarde que quería el libro entero.
O también pudo ser alguien que tuviera más que perder. Alguien que me había visto con el libro y sabía el valor que tenía.
Al final, apagué las luces e intenté dormir.
Ojalá hubiera aceptado la propuesta de Jason de quedarse a pasar la noche en mi habitación.
Cerré los ojos e intenté recordar la laguna, la manta sobre la arena, los besos a la luz de la luna, cómo me había tocado Jason, haciéndome sentir como si fuera la única persona en el mundo…
«Alguien me había robado el libro».
Joder. Ni siquiera podía preparar bien mi subconsciente para disfrutar de un sueño satisfactorio.
Me levanté, encendí las luces, comprobé todas las puertas (otra vez) y volví a la cama con mi cuaderno.
Miré los números de la página que el ladrón de la playa había robado. Seguía sin saber qué significaban, pero, si el ladrón había conseguido la hoja que quería, ¿por qué volver y llevarse todo el libro?
Diana Harden estuvo chantajeando no a una, sino a varias personas. Y el libro era la clave para saber quién era su objetivo. Y yo lo había perdido.
Ella había ido a San Juan por alguna razón. Yo necesitaba saber qué razón era esa. ¿Había ido porque había quedado con alguien en San Juan? De ser así, ¿con quién? Alguien debió de verla y de hablar con ella. Alguien debía de saber qué hizo en la isla grande.
Saqué el portátil y miré los horarios del ferri. Salía de St. Claire cada tres horas a partir de las siete de la mañana. Obviamente, no iba a subirme a ese ferri, pues eran ya más de las tres de la madrugada. Me apunté para el siguiente.
No sabía si descubriría algo en San Juan, pero me parecía lógico que la aventura de Diana ese domingo tuviera algo que ver con su desaparición y posterior asesinato.
Pasé a la última página que había escrito. Yo había rodeado el número «77» y escrito: «¿Es el “77” la abreviatura que utilizó Diana para referirse a Gino Garmon?».
¿Por qué me parecía que estaba en lo cierto? Por los comentarios… o porque…
Pasé la página de mi cuaderno y escribí el alfabeto. Luego anoté números junto a las letras correspondientes, del uno al veintiséis.
G = 7.
Gino Garmon = 77.
¿Funcionaría así con todos los números?
Cogí los dos números que más aparecían, el «112» y el «2012». «112» podría ser «KB» o «AL». «AL»: Andrew Locke. Ese número también estaba en la página que tenía las notas de Diana sobre una casa en Arizona y los trapos sucios de su novia.
Entonces, «2012» sería «TL». Trevor Lance, lo cual encajaba con lo que ella había escrito sobre un acuerdo futuro, si es que de verdad había hecho negocios con él o quería hacerlos, según lo que CeeCee había dicho.
Otro número era el «522». Si había descifrado bien el código, ¿sería Ethan Valentine?
Se me aceleró el corazón. Había descifrado el código de Diana. Todavía tenía mucho que analizar, y, sin tener el libro para consultarlo, sería difícil hacerlo únicamente con mis notas y lo que recordaba.
Volví a la lista de cinco números que me había desconcertado. Quizá también se referían a personas.
11 = AA
19 = AI
157 = OG
52 = EB
210 = BJ
No se me ocurría nadie que hubiera conocido o de quien hubiera oído hablar en la isla con esas iniciales, pero era un punto de partida. Quizá podría encontrar la manera de acceder a la lista de huéspedes registrados o a la lista del personal.
Me sonó el móvil y reprimí un pequeño grito.
Lo cogí. No reconocía el número. Las llamadas basura llegaban a la isla. Estuve a punto de no contestar, pero normalmente no había llamadas basura a esas horas de la noche.
—¿Hola?
—¿Cómo estás?
Era Jason. Sonreí en la penumbra.
—Durmiendo con las luces encendidas. O, mejor dicho, sin dormir.
—Si quieres, en diez minutos estoy ahí.
Me dio un vuelco el corazón y casi le digo que sí. Pero estaba cansada y tenía planes para el día siguiente: averiguar quiénes eran esas personas y si alguna tenía motivos para matar a Diana.
—Estaré bien —contesté—. Pero gracias de todos modos.
—He hablado con Tristan. Cree que solo han querido intimidarte, y que tal vez sea una broma pesada.
—Creo que… —vacilé, volví a desear haberle contado más cosas sobre el libro— quizá quien dejó el libro en la tienda solo quería recuperarlo. —No tenía mucho sentido.
—Le he contado lo del libro. Tristan hablará con Trina mañana.
Por un momento me habría gustado que no lo hubiera hecho, pero quizá así descubriría si Trina le había contado lo del libro a alguien.
—Me lo he pasado bien esta noche —dije—. Tengo muchas ganas de que llegue mañana por la noche.
—¿Quieres decir esta noche? —Rio suavemente—. El crucero al atardecer es una de mis cosas favoritas de aquí. Espero que lo recuerdes siempre.
—Quizá si estuviéramos solos tú y yo —comenté.
—A lo mejor antes de que te vayas puedo hacer que eso pase.
El corazón me dio un brinco.
—Buenas noches, Jason.
—Buenas noches, Mia.