Capítulo dieciséis #3
—Shhh —susurré, temiendo de pronto que quisiera echarse atrás.
—Pero te deseo.
Me dio un vuelco el corazón.
—Solo quería que supieras que esto es nuevo para mí.
—¿No me digas que eres virgen? —bromeé.
Profirió una carcajada profunda y contagiosa, y se dejó caer sobre mí.
—No, no lo soy. —Entonces me hizo rodar para ponerme encima de él y atrajo mi boca hacia la suya.
Me incorporé y me senté a horcajadas sobre él.
La luz de la luna y el sudor hacían que la piel de Jason brillara y resultara aún más sexi que la primera vez que lo vi.
Tenía el vestido subido hasta la cintura, y él aún llevaba puestos los pantalones cortos, pero esperaba que no los llevase mucho más tiempo.
Me puso las manos sobre los pechos, y yo me eché hacia atrás para disfrutar de este momento.
Me merecía dejarme llevar. Me merecía ser libre y no pensar en el mañana, ni en mi trabajo, ni en las decisiones que tenía que tomar. Me merecía disfrutar de que me amasen y me mimasen y…
Y deslizó los dedos por debajo de mi vestido y me tocó entre las piernas. Fue muy íntimo y atrevido.
—Oh. Dios. Mío.
No recordaba haber sentido nunca olas de deseo tan abrumadoras. Cada caricia me generaba una nueva sensación, y quería más.
—¿Puedo…? —empezó a decir Jason.
—Sí. Lo que quieras. Ya.
¿Le había contestado? No estaba segura. Esperaba que pudiera leerme la mente.
Jason me tumbó, sentí su peso sobre mí, sus labios y cómo hacía magia con los dedos dentro de mí hasta el punto de que pensé que iba a perder la cabeza por completo antes de que tuviera la oportunidad de desabrocharse los pantalones cortos.
Entonces, dejó de mover los dedos.
—No. No pares.
Me moví para recuperar la conexión con él. Pero sus dedos ya los había retirado. Acercó la boca a mi oído.
—Hay alguien aquí.
Me quedé helada.
Poco a poco, Jason fue bajándome la falda del vestido y subiéndome la parte de arriba, me ajustó los tirantes sobre los hombros y me besó.
—No pasa nada —dijo—. No he acabado contigo, pero no queremos tener público.
Me abotonó el vestido y sentí un escalofrío. No sabía si era por el deseo que aún persistía en mi interior, por la promesa de más, o por miedo a que nos descubrieran.
Entonces escuché voces y reconocí al hombre.
Nelson Stockton.
Jason me ayudó a sentarme y Nelson y su mujer, Anja, salieron del sendero y llegaron al claro.
—Lo sentimos —dijo Nelson en voz baja, una voz que rebotó ligeramente contra las rocas—. No podíamos dormir.
—No pasa nada —respondió Jason con tono áspero.
Me puse colorada. Sí, ahora me encontraba vestida gracias a Jason, pero estaba claro lo que habíamos estado haciendo y lo que habíamos estado a punto de hacer. ¿Cuánto tiempo llevaban allí?
—Nos iremos —dijo Nelson.
Anja me sonrió.
—Lamentamos mucho haberos molestado.
—Solo estamos hablando —dije débilmente.
Jason me rodeó la cintura con el brazo y dejó claro que eso no era lo único que estábamos haciendo. Seguro que llevaba el pelo hecho un desastre. Me notaba el vestido raro, como si los botones estuvieran mal puestos.
—Seguid con vuestra conversación —añadió Anja con humor—. Vamos, Nelson. —Lo cogió de la mano y se fueron por donde habían venido.
En cuanto desaparecieron de nuestro campo de visión, Jason rio y enterró la cara en mi cuello.
—Por los pelos.
—¿Y si volvemos a mi cabaña? —propuse sin reírme.
Me miró fijamente.
—¿Estás segura?
—Deja de preguntármelo. Estoy segura. Al menos, allí nadie nos pillará.
Dio un salto, me ayudó a levantarme y recogió rápidamente el pícnic, sin importarle si se metía arena en la cesta junto con los restos de champán y las migas de la magdalena. Cogió la cesta con una mano y la mía con la otra, y recorrimos a paso rápido el sendero. Entonces, tomó un desvío.
—Por aquí iremos más rápido —me dijo.
No puse pegas.
Al cabo de unos minutos, llegamos a mi cabaña.
—Nunca te pierdes, ¿verdad? —pregunté.
—Nunca —contestó—. Lo he intentado, pero mi sentido de la orientación nunca falla.
Tenía un tono triste, como si a veces quisiera perderse.
—Es divertido —añadió.
—¿El qué? —pregunté mientras sacaba la llave de mi bolso de playa.
—Intentar perderse.
—¿Lo dices en serio?
—Conduzco a algún sitio donde nunca he estado y simplemente me quedo observándolo todo. Sin destino, sin mapa. Recorro caminos sinuosos. Me he quedado atrapado un par de veces, pero nunca me he perdido.
—Pero siempre puedes sacar el móvil y saber dónde estás.
—Hay que tener disciplina para resistirse. Es parte del viaje.
Empujé la puerta para abrirla.
—Lo admito —dijo Jason—: no tengo la disciplina suficiente como para resistirme a ti ahora mismo. —Me besó justo cuando cerraba la puerta.
—Me alegro —contesté, y lo llevé de la zona de estar a la habitación principal.
Ahogué un grito.
Mi habitación estaba hecha un desastre. La cama no tenía sábanas, los cajones se encontraban abiertos, los cojines del sofá estaban por ahí tirados. La puerta corredera de cristal estaba entreabierta. El espejo que había sobre el tocador estaba hecho añicos.
Corrí hacia el tocador y miré detrás de él.
El libro había desaparecido.