Crímenes y lecturas de verano Capítulo dieciséis #2
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Capítulo dieciséis #2

—Nueva York es demasiado cara, pero sería el lugar ideal —contesté.

No tenía intención de extenderme, pero Jason parecía tan interesado en lo que yo estaba contando que no pude evitarlo—.

Me gustaría ser la propietaria del edificio; quizá vivir arriba.

Me gustaría que fuera un sitio con el ambiente de Tribeca o Greenwich Village, con esos edificios con encanto, con tiendas a pie de calle, ese ambiente de barrio.

Pero no en una zona tan cara. Al entrar, lo primero que veríamos serían libros que la gente quiera leer, nada pretencioso, nada político, sin aires de superioridad.

Quiero libros divertidos, novelas de misterio, romances, biografías que te hagan sentir bien.

Quiero libros de cocina, novelas de aventuras y libros de autoayuda inspiradores.

Y una gran sección infantil con pufs donde los niños puedan sentarse, y donde los padres se sientan cómodos dejando a sus peques mientras ellos hojean libros tranquilamente.

Todas las semanas, habría una hora en la que leer cuentos, quizá con una autora infantil que venga a leer su libro favorito.

Habría también una cafetería donde los amigos puedan charlar tomando un café, una sala privada que parezca una biblioteca de casa, donde puedan reunirse clubes de lectura o grupos de escritores.

Quiero… —Me detuve de golpe al darme cuenta en ese momento de cuánto rato llevaba hablando.

—Sigue —me animó Jason.

Negué con la cabeza.

—No puede ser.

—¿Por qué no?

—Porque tendría que pedir un préstamo e invertir todos mis ahorros, y el negocio fracasaría a los tres años.

Y, entonces, ¿quién cuidaría de mi abuela?

Tendría que empezar desde cero, reconstruirme, y jamás volvería al punto en el que estoy ahora.

Tengo una gran oferta que me garantiza estabilidad económica para el resto de mi vida.

Sería irresponsable y una locura rechazarla por un capricho que está condenado al fracaso.

—¿De verdad lo está?

Quizá no en el mundo de Jason, de ala delta y vida isleña, pero ¿en el mundo real?

—Por supuesto —contesté.

—¿Y si sale bien?

—Es mucho más probable que fracase a que salga bien. No lo entiendes.

Al principio, no dijo nada y me preocupó haber herido sus sentimientos.

—Lo siento —dije, y lo decía de verdad—.

Somos personas que vemos el mundo de forma distinta.

Tú eres valiente y atrevido, y saltas, bueno, planeas, desde montañas por pura diversión.

No tienes a nadie de quien ocuparte, solo de ti mismo.

Yo no soy valiente. Soy…, bueno…, cauta.

Y no pasa nada. Si hiciera algo impulsivo, estaría preocupada a todas horas; probablemente acabaría teniendo una úlcera y mordiéndome las uñas.

—Intenté sonreír, pero me quedó muy forzado.

Jason rellenó nuestras copas de champán y luego dijo:

—Me encanta que seas responsable y que pienses en los demás, como, por ejemplo, en tu abuela.

Me encanta que la cuides y te asegures de que sea feliz en su vejez.

La familia…, bueno…, es importante, ya sea una sola persona o una gran familia.

Pero, Mia, la vida está para vivirla. No hay una única manera correcta de hacerlo.

El mundo necesita a personas como tú, que mantengan el timón firme.

Y el mundo necesita personas como yo para mostrarle a gente como tú todas las posibilidades que existen.

—Me cogió la mano y la besó—. ¿Y si te pareces más a mí de lo que crees?

Quizá por eso tu sueño es tan vívido. A lo mejor tienes dos angelitos sobre los hombros.

No los llamaremos ángel y demonio porque los dos son buenos.

Uno te dice que sigas con lo que ya conoces, lo que has probado y es lo seguro.

Te dice que se te da muy bien ser la capitana de tu barco, manteniéndolo en rumbo, avanzando, navegando con cuidado entre los obstáculos para llegar a buen puerto y sentir que has vivido una vida plena.

Y el otro te dice que saltes del barco, que te subas a un velero hacia aguas desconocidas, y dejes que el viento te lleve de un lado a otro, porque tal vez es el viaje en sí lo que hace que la vida merezca la pena.

Se inclinó hacia mí, dudó un instante, tenía los labios a apenas un centímetro de los míos.

Contuve la respiración, hipnotizada por sus palabras, por cómo me miraba, por sus ojos oscuros fijos en los míos…

y entonces me besó, con un ligero sabor a chocolate y champán.

Tenía unos labios cálidos, resueltos y absolutamente deliciosos.

—Quizá —susurró a la altura de mis labios— tu camino no te permite arriesgarte con alguien como yo. —Volvió a besarme.

—O quizá —dije con la voz ronca mientras mi cuerpo se inclinaba hacia él— tú eres el riesgo que necesito.

Dejé la copa sobre la arena; se volcó, pero me dio igual.

Él también dejó la suya. Lentamente, me recostó sobre la manta, tenía sus labios sobre los míos, y sus manos se deslizaban por los laterales de mi vestido veraniego.

Las bajó más hasta rodearme el trasero, lo cual me provocó un gemido de anticipación por lo que sabía que sería el mejor encuentro sexual de mi vida.

—No llevas nada debajo del vestido —dijo con un tono de ligera sorpresa.

—Tú me dijiste que fuera valiente —susurré.

Llevé las manos a su rostro. Tenía la barba áspera porque no se había afeitado.

Esta vez, cuando nos besamos, algo cambió en mi interior, como si hubiese tomado una decisión sin saber que la estaba tomando.

Todos mis músculos se relajaron al rodearle el cuello con los brazos, y su cuerpo se amoldó al mío como si lo hubieran hecho para encajar justo ahí, conmigo.

La sensación era embriagadora, hipnótica, familiar y completamente nueva a la vez.

Sin apresurarse, Jason fue desabrochándome el vestido, una de sus manos me cubría un pecho, me hizo jadear y luego suspirar.

Me besó el cuello, bajó por la garganta hasta alcanzar el otro pecho.

El calor de su aliento, la humedad de su lengua, el sonido de mi propio pulso resonando en mis oídos me hicieron susurrar su nombre, para mi sorpresa.

Animado por mí, Jason siguió rindiendo homenaje a mis pechos, bajando delicadamente los tirantes del vestido hasta dejarme libre.

Si me levantaba, se me caería el vestido y me quedaría completamente desnuda.

Pero él no tenía prisa. Su cuerpo estaba esculpido con músculos tensos, definidos, y, mientras me exploraba, yo también lo hacía.

Su piel, su pelo, sus hombros. Con la lengua me recorrió el pecho, subió hasta la piel tan sensible que está debajo del cuello, hasta detrás de la oreja.

Me mordisqueó suavemente el lóbulo, y un calor abrasador me recorrió todo el cuerpo.

—Dios mío —jadeé.

—Esto no ha hecho más que empezar —dijo él con una sonrisa en la voz. Me miró, me besó y me observó—. Eres preciosa e inteligente. Mi combinación favorita.

Me sonrojé. O quizá me ruboricé por completo, porque, si en ese momento me hubiera sugerido hacer el amor en la playa, no habría dudado ni un segundo en complacerle.

—Te estás sonrojando —dijo con asombro—. Eres perfecta.

—¿Perfecta? —Tragué saliva—. Parece una frase ensayada.

—No es una frase ensayada. —Volvió a besarme el cuello—. La belleza está en los ojos del que mira, y yo veo que eres perfecta.

Posó sus labios sobre los míos, deslizando la lengua apenas lo justo para provocarme. Mientras su boca libraba una guerra juguetona con la mía, con las manos me recorría la espalda hasta llegar al trasero y me atrajo contra su cuerpo, todavía vestido.

Ahora fue él quien gimió, y yo sonreí. No era la única que estaba preparada del todo para algo más que unos besos.

Separó su boca de la mía, pero yo lo acerqué de nuevo, pues no quería que se apartara.

—Mia —dijo, y mi nombre sonó como una melodía.

Miré hacia arriba. La luna estaba justo encima de nosotros, bañando nuestros cuerpos como si fuera plena luz del día. Nunca había sido exhibicionista, pero en ese momento no quería irme. Sin duda, no quería alejarme de Jason.

—Quiero que sepas que no suelo hacer esto —añadió.

—¿Humm?

—No tengo relaciones con las huéspedes.