Crímenes y lecturas de verano Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

CAPÍTULO DIECISÉIS

«Habrá momentos en tu vida en que tus instintos te dirán que hagas algo que desafíe la lógica, trastoque tus planes y pueda parecerles una locura a los demás.

Cuando eso suceda, hazlo. Escucha tus instintos e ignora todo lo demás.

Ignora la lógica, ignora las probabilidades, ignora las complicaciones y simplemente ve a por ello».

JUDITH MCNAUGHT , La orquídea blanca

No sé por qué estaba tan nerviosa.

Era una mujer profesional de (casi) treinta años, inteligente, guapa y con buena conversación. Era lo bastante madura como para tomar mis propias decisiones, coquetear con hombres atractivos e incluso tener un lío de una noche.

Nunca en mi vida había tenido un lío de una noche.

Pero mi intuición me decía que me dejara llevar con Jason, porque él era justo lo que necesitaba. Esta era mi primera y última aventura antes de quedarme encadenada a un escritorio durante el resto de mi vida.

Entonces me recordé a mí misma que en realidad no había aceptado el ascenso. No tenía por qué aceptarlo. Podía seguir haciendo lo que hacía para la empresa, esto es, ocuparme de las cuentas que ya llevaba sin asumir cuentas más grandes ni más responsabilidades.

Aunque ¿a quién pretendía engañar? Ya había visto el nuevo logo.

Por supuesto que aceptaría. Me merecía ese ascenso.

Rechazarlo sería no solo descabellado, sino también propio de alguien que tuviera pocas luces.

¿Cuándo volvería a tener otra oportunidad como esa?

Nunca. Sería socia de pleno derecho, con todo el prestigio, el reconocimiento y la relevancia que conlleva que tu nombre esté no solo en la puerta, sino también en el encabezado del membrete. A los treinta años.

Volví a recordarme a mí misma que me lo había ganado.

Me había deslomado trabajando durante cinco años, no solo porque me gustara mi trabajo —que me gustaba de verdad—, sino también porque quería ascender hasta este puesto precisamente.

Cohn y McMann ya tenían cincuenta años. Se jubilarían dentro de los próximos diez años, y yo dirigiría toda la empresa e incorporaría a socios júniores, tal y como Stuart Cohn me había fichado a mí hacía cinco años.

¿Me casaría? ¿Tendría algún niño? ¿Me vería obligada a vivir de forma indirecta a través de Amanda y Jane porque no tendría tiempo para salir, enamorarme y tener una vida fuera del trabajo?

Todos esos pensamientos volvieron a pasárseme por la cabeza mientras me sentaba en el borde de la laguna, mientras el agua me rozaba los pies y me hacía cosquillas. Pensé que tal vez me estaba poniendo melancólica porque dentro de trece minutos iba a cumplir treinta años.

No me sentía como una treintañera. A veces, me sentía como si tuviera veintiún años e intentase averiguar qué quería hacer con mi vida, y otras veces como si tuviera cuarenta e ideas fijas y ganas de decirle a todo el mundo que se apartara de mi camino.

Aunque tenía un sueño, casi nunca pensaba en él y nunca se lo había contado a nadie. Era una idea absurda, totalmente irresponsable, impracticable, imposible. No era un sueño propio de una planificadora financiera austera en lo económico a la que personas adineradas confiaban su dinero.

Poco a poco la luna empezó a salir de entre las nubes que había sobre la laguna.

Las lentas olas brillaban. Durante una fracción de segundo, me sentí completamente en paz, lo cual era muy extraño, dado que, por una parte, estaba a punto de tomar una decisión vital importante y, por otra, la noche anterior había encontrado un cadáver.

Este sitio era más mágico que cualquier otro en el que hubiera estado jamás, con la cueva abierta, el agua en calma y, sobre todo, la belleza sobrecogedora de la laguna a la luz de la luna.

Este era exactamente el sitio en el que tenía que estar en ese momento. Allí sentía que podía reconocer de verdad mi sueño, un sueño que nunca podría hacerse realidad. Me dieron ganas de lanzar una moneda al agua y pedir un deseo. Pero no sabía qué desear.

En vez de eso, cogí una concha, una concha rosa inusualmente bonita de unos siete centímetros de largo, ancha y abierta en un extremo, en espiral terminada en punta en el otro.

Era única e imperfecta. Mientras la observaba, me imaginé lo que de verdad quería: mi sueño imposible y alocado que nunca perseguiría ni podría perseguir.

A regañadientes, lancé la concha al agua, y con ella el sueño.

Los dejé marchar. Sabía quién era y lo que debía hacer con mi vida.

—¿En qué estás pensando?

Grité y me levanté de un salto, tropecé y acabé cayéndome de culo. Jason tenía una expresión de disculpa, aunque se esforzaba por no reírse.

—Lo siento. Pensé que me habías oído acercarme.

Mi nivel de adrenalina se disparó.

—¡Me cago en…! —exclamé, y casi no me salían las palabras porque todavía estaba recuperando el aliento.

Ahora sí que se echó a reír, se agachó y me ayudó a levantarme.

No me soltó las manos.

—En serio, lo siento —dijo en voz baja—. Estabas tan guapa sentada aquí, a la luz de la luna, que me dejaste sin aliento.

—Disculpas aceptadas —respondí con el corazón todavía acelerado, aunque ya no por el susto.

Él metió la mano en la cesta de pícnic que tenía a sus pies y sacó una magdalena.

—Feliz cumpleaños.

Me quedé mirándola y parpadeé para contener las lágrimas. Lo último que me esperaba era una celebración de cumpleaños. Se sacó una vela pequeña del bolsillo, la clavó en la magdalena y la encendió.

—Son las doce y cinco. Pide un deseo —añadió.

No sabía qué desear. Acababa de dejar que mi sueño se adentrara en el mar, pero quizá…

podía desear olvidarme del mundo exterior durante el resto de la semana.

Tal vez podía olvidarme de Diana Harden y de las personas que podrían haberla matado, olvidarme del drama con Sherry Morrison, olvidarme de todo lo que estaba pasando con esas personas a las que no volvería a ver jamás.

Quería limitarme a dejarme llevar y pasarlo bien hasta que volviera a la realidad el martes siguiente.

Soplé la vela.

Él me besó.

Un beso delicado, prometedor. Y luego otro. Sonreí cuando se apartó, y no me sonrojé. Sabía lo que quería.

Jason extendió una manta sobre la arena y luego empezó a sacar cosas de la cesta. Dio una palmadita en la manta para indicarme que me sentase allí.

—Come —me dijo señalando mi magdalena.

Sacó otra magdalena y le dio un buen mordisco.

Uno pensaría que después de todo lo que había comido en el luau no tendría sitio para una magdalena, pero sí que lo tenía. Era de un chocolate intenso, con un toque de ron y cereza.

—Está increíble —dije con la boca llena.

—Soborné al pastelero.

De alguna manera, aquello me hizo feliz. Que Jason, el camarero, hubiera sobornado a un compañero para que me hiciera una magdalena de cumpleaños.

—Tengo diez más en mi apartamento —comentó—. Todas para ti.

Algo se removió en mi interior. Sabía exactamente lo que quería decir. Al menos, eso esperaba.

Sirvió dos copas de champán y luego chocó su copa con la mía.

—Feliz cumpleaños, Mia Crawford.

Bebí un sorbo, reconfortada, emocionada y eufórica.

—Bueno, ¿en qué pensabas a la luz de la luna con esa expresión tan melancólica en la cara?

—No es importante.

—Parecías triste. Nadie debería estar triste en St. Claire.

—Me han ofrecido ser socia. Soy asesora financiera, ya sabes, y es una gran oportunidad.

—¿Y eso te pone triste? ¿Que tu empresa haya reconocido tu talento y quiera recompensarte?

—No. Claro que no. Es lo que he querido desde que empecé. Me gustan los socios, la gente que trabaja allí. Es una gran empresa. Y se me da bien mi trabajo. Muy bien.

—¿Pero? —insistió.

Miré al agua y pensé en la concha que había lanzado allí. Así me despedí de mis sueños.

—¿Alguna vez has tenido muchas ganas de hacer algo, pero sabías que era poco práctico e irresponsable siquiera intentarlo porque nunca funcionará? —pregunté.

—Me estás confundiendo, así que tú también debes de estar confundida.

—No sé cómo explicarlo. Probablemente tú no te lo pensarías dos veces, igual que cuando saltaste por el acantilado.

—Planeé —me corrigió—. Saltar sería peligroso. Abajo hay rocas.

Intentaba hacerme sonreír, quitarle hierro al asunto, pero no lo consiguió.

—Desahógate —añadió—. A lo mejor eso te ayuda a hacer las paces con lo que sea que te está atormentando.

—Estar aquí me ha ayudado —contesté. No quería contárselo a Jason, ni a nadie. Pero… Jason era la persona más segura a quien contárselo. Después de esta semana, no volvería a verlo jamás—. Este lugar es mágico.

—Abracadabra —dijo mientras me tocaba los labios con dos dedos—. Cuéntame tu sueño. Será nuestro secreto.

No tenía intención de decir nada, pero entonces empezaron a salirme muchas palabras de la boca, y ello me sorprendió.

—Quiero tener una librería. —Ahora que las palabras estaban fuera, no podía hacerlas desaparecer—.

Siempre he adorado los libros. Mi primer recuerdo es de mi padre leyéndome.

Me pasaba horas en la biblioteca y me gastaba todo el dinero de mis cumpleaños en libros, en una pequeña librería de Connecticut, donde me crie.

Me encanta hablar de libros y compartir mis historias favoritas con todo el que quiera escucharme.

Estoy en dos clubes de lectura y grabo reseñas de libros en vídeo, y, cuando no estoy trabajando, estoy leyendo.

»Pero las pequeñas empresas fracasan en una proporción altísima —continué—.

Las librerías son incluso más complicadas.

Solo el alquiler ya es prohibitivo porque el margen de beneficio es bajo o inexistente.

La mayoría de los negocios nuevos fracasan en tres años.

Me quedaría sin ahorros, acabaría endeudada, y todo desaparecería.

Nunca me recuperaría. —Me encogí de hombros—. Así que no es más que un sueño.

—Ningún sueño es solo un sueño —dijo Jason—. Dime cómo sería tu tienda. ¿Dónde estaría?