Capítulo quince
CAPÍTULO QUINCE
«Sé que la forma más astuta de mentir es decir la cantidad justa de verdad… y luego quedarse callado».
ROBERT A. HEINLEIN , Forastero en tierra extraña
Antes de salir para la laguna, anoté lo que me había contado Brie; después, le mandé un correo a Braden, mi ayudante, y le pedí que investigara las empresas y los informes financieros públicos de Trevor Lance y Parker Briggs.
Hice una búsqueda rápida sobre ambos, pero había demasiada información como para procesarla a lo largo de la noche.
Guardé algunos artículos para leerlos más adelante; entre ellos, uno sobre el divorcio y el segundo matrimonio de Trevor Lance.
Su exmujer, mayor que él, era atractiva y tenía clase.
Su mujer actual era guapísima y tenía una carrera que iba viento en popa como imagen de una importante línea de productos cosméticos.
Y, a pesar de todo eso, él estaba en la isla con otra mujer.
No entendía a los hombres. A veces, tampoco quería entenderlos.
Estaba a punto de apagar el portátil cuando vi un mensaje de mi jefe, así que lo abrí.
En realidad, leer el mensaje no contaba como trabajar, me dije a mí misma.
Probablemente sería una nota para desearme que me divirtiera, o un mensaje grupal sobre una nueva ley que influiría en nuestra industria.
Hola, Mia:
Acabo de recibir el borrador de nuestro nuevo membrete. Ron y yo también hemos decidido que era hora de actualizar nuestro logotipo, y ¿qué mejor momento para hacerlo que al incorporar a una nueva socia? ¿Qué te parece? Por supuesto, no lo aprobaremos sin tu visto bueno.
Espero que estés disfrutando mucho en St. Claire. Gayle y yo estuvimos allí hace dos años por nuestro trigésimo aniversario y fue ideal.
Stuart
En el mensaje había un archivo JPEG adjunto. Tardó un par de segundos en cargarse, pero después vi la nueva imagen corporativa de McMann & Cohn.
Era un diseño más contemporáneo que el logotipo anterior, aunque seguía transmitiendo esa imagen sobria de «Nosotros cuidaremos de su dinero». La clásica tipografía con serifas había sido sustituida por una fuente igual de elegante, pero menos rígida.
McMann Cohn
C r a w f o r d
Una línea fina separaba a los socios originales de mi nombre, pero el mío estaba espaciado de manera que aportaba equilibrio a ambos lados de la línea.
En una segunda imagen aparecía la página de inicio de nuestra web, que incorporaba el nuevo membrete, además de nuestras áreas de especialización: Asesoría financiera, Planificación patrimonial y Preparación de impuestos.
La paleta de colores era la misma: el típico verde y negro de los bancos, pero le habían añadido un toque dorado que destacaba de forma profesional.
Me quedé boquiabierta. Ya estaba decidido. ¿Acaso podía decir que no ahora?
Me quedé atónita al ver mi futuro tan claramente definido. Cerré el mensaje sin responder.
Me vibró el móvil y me hizo volver de golpe al presente. El número fijo de Amanda apareció iluminado en la pantalla.
—¿Amanda? —contesté, confusa y sorprendida.
—Braden —dijo mi ayudante—. ¿Por qué te sorprendes? Me acabas de mandar un correo.
—Son las once pasadas. No esperaba que lo vieras hasta mañana.
—Aquí en la húmeda y lluviosa ciudad de Nueva York son las diez —respondió él.
No había tenido en cuenta la diferencia horaria.
—¿Por qué estás mandando correos de trabajo mientras estás de vacaciones? —preguntó.
Al fondo, Amanda gritó:
—¿Por qué estás trabajando, Mia?
—No estoy trabajando —respondí antes de que Braden pudiera repetir la pregunta de Amanda.
Cuando contraté a Braden hace tres años, supe que no solo era mi ayudante ideal, sino que también era perfecto para mi mejor amiga.
Habíamos desarrollado una relación simbiótica porque compartíamos una base de inversión fiscalmente conservadora, y confiaba en él de forma plena.
Y, si me convertían en socia, Braden recibiría un ascenso y un aumento de sueldo, lo cual les beneficiaría tanto a él como a Amanda, ya que querían formar una familia.
Debía tener en cuenta el destino y el sustento de otra persona, además del mío. Tenía que aceptar el ascenso.
—El señor Cohn dijo que nada de trabajar mientras estés en St. Claire —recordó Braden.
—No estoy trabajando.
—Entonces, ¿qué es esto de Trevor Lance y su empresa, Lance & Wong? ¿Y Parker Briggs?. Creo que me suena ese nombre.
—No es trabajo —insistí—. No puedo explicártelo en detalle. Es una especie de proyecto personal. —Lo dije con un tinte de duda porque no sabía muy bien qué decir. Mi idea era enviar el correo, que Braden llevara a cabo la investigación y me mandara los datos. No quería tener que dar explicaciones.
¿Me ayudaría Braden si le dijera «Creo que han matado a una mujer porque estaba chantajeando a alguien, y Lance y Briggs son dos de mis sospechosos»?
—¿No quieres contármelo?
Parecía un poco dolido.
—Estoy ayudando a una amiga. ¿Me echas una mano, por favor?
—Por supuesto —contestó él—. Te conseguiré la información antes de mañana a mediodía. Según mi huso horario.
—Ya que te tengo al teléfono, ¿puedo consultarte otra cosa?
—¿Qué necesitas?
—Hipotéticamente —dije—, si un policía estuviera desviando dinero de redadas antidroga, pero nunca encontraran el dinero y no tuviera un problema de drogas, ¿cómo podría ocultarlo?
He pensado en algunas opciones, como guardar el dinero en una caja de seguridad a nombre de un amigo o familiar, invertirlo a través de una empresa fantasma, mantener a una amante que nadie conozca…
—¿Esto es por un libro que estás leyendo?
Vacilé.
—Eh…, sí —mentí.
No se me da bien mentir. No sé si Braden lo notó en mi tono de voz, pero me alegré de que no pudiera verme la cara.
—Todas esas opciones son posibles —dijo—. Pero supongo que, si un policía está robándoles a delincuentes, es porque tiene algún vicio. Si no son las drogas… ¿Estás segura?
—Bastante segura.
—Entonces, debe de necesitar el dinero para otra cosa que no sea fácil de rastrear.
—Algo ilegal —contesté.
—Eso supongo. Ya ha cometido un delito, ¿no? ¿Qué más da uno más?
—Como prostitutas —pensé, y no me di cuenta de que lo había dicho en voz alta.
—¿Por qué estás leyendo? —dijo Amanda de fondo, esta vez más cerca—. ¿Hace falta que llame a Jane?
—No —respondí, dándome cuenta de que Braden me había puesto en altavoz.
—Hablo en serio, Mia. Te lo dije: nada de libros. Se supone que debes divertirte. Conocer gente. ¿Qué pasó con ese adonis maya buenorro del que hablabas el otro día?
—No quiero escuchar esto —dijo Braden.
—¿Te lo estás pasando bien, o estás escondida en tu habitación leyendo? —exigió saber Amanda.
—Me lo estoy pasando bien —contesté—. Esta noche he ido a una fiesta en la playa y he hablado con mucha gente.
—¿Y el semidiós? —preguntó.
—Sabes perfectamente que os lo contaré todo cuando vuelva. De hecho, tengo una cita para bañarme en la playa de noche dentro de unos minutos.
—¡Madre mía! —chilló—. Sí que tengo que llamar a Jane.
Nos despedimos y suspiré. Mis amigas podían llegar a ser agotadoras. Esperaba tener algo que contarles sobre Jason cuando volviera.
«¡Hola, chicas! Me tiré a un camarero guapísimo y resolví un asesinato».
Pensé en todas las formas ilegales en las que Gino Garmon podría haberse gastado el dinero que había robado.
Presuntamente robado.
Ojalá supiera de cuánto dinero estábamos hablando, pero Brie dijo que no se mencionaban cantidades en los artículos de prensa.
Si se llevaban el dinero antes de que se registrase como prueba, no cabía hacer otra cosa que especular.
Mi suposición era que se quedaba con lo que fuera fácil.
Unos cientos de dólares de cada escena…, quizá unos miles.
Drogas, prostitución, apuestas…
Apuestas.
Cogí el libro de Diana y hojeé los primeros capítulos hasta que encontré lo que recordaba haber leído el día anterior.
Totalmente arruinado. Él ayudará.
El número «77» estaba subrayado. ¿Qué significaba? ¿Quizá una cantidad de dinero?
¿Se refería Diana a Gino Garmon? Si era cierto que se llevaba el dinero de las redadas de drogas, ¿por qué no tenía un duro? ¿En qué se lo había gastado? ¿Podría haberlo perdido todo apostando? Eso tenía mucho más sentido que el que se lo hubiera gastado en prostitutas y drogas.
¿Ayudaba a Diana? ¿Formaba parte de su plan de chantaje?
Quizá… quizá los dos chantajearon a alguien juntos y él no quería compartir el dinero. ¿Alguna de las personas a las que Diana había estado siguiendo le pagó a ella y —quizá— Gino la mató por el dinero?
Pero ¿quién iba a tener cien mil dólares en efectivo por ahí tirados en una isla? Lo más probable era que fuera una transferencia electrónica o algo de valor. Como joyas.
«77»… ¿Esa era la forma abreviada que usaba Diana para referirse a Gino?
Estaba a punto de descubrir algo. Tal vez los números sí se referían a personas. Si descubría quién era una de ellas —si suponía que el «77» era Gino—, quizá podría descifrar quiénes eran las demás.
Eché un vistazo rápido a mis notas. Había nueve números diferentes sin el símbolo del dólar. ¿Había chantajeado Diana —o planeado chantajear— a nueve personas?
Los apunté en una hoja aparte. Entonces me vibró el móvil.
Las doce menos cuarto de la noche. Hora de encontrarme con Jason. Escondí el libro, metí el bloc de notas en la funda del portátil y me marché.