Crímenes y lecturas de verano Capítulo catorce #3
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Capítulo catorce #3

—Si te prometo averiguarlo mañana, ¿al menos intentarás disfrutar del luau esta noche? —Me apretó la mano—. ¿Por favor?

—Me lo estoy pasando bien. —Sonreí para demostrarle que sí, que me lo estaba pasando genial. No sé si se lo creyó—. Me gusta observar a la gente —admití—. No me van mucho las multitudes, pero te prometo que estoy disfrutando y tengo muchas ganas de ir a la laguna esta noche.

Él sonrió, se inclinó hacia delante hasta que sus labios casi tocaron los míos. Si me movía un centímetro, se rozarían. Contuve la respiración.

Jason susurró:

—Puede que llegue un poco tarde por el luau , pero no más allá de la medianoche. Te lo prometo.

—¿Debería llevar algo?

Qué pregunta tan tonta.

—El bañador es opcional.

Entonces me besó. Sus labios eran cálidos, sabían a la sal de la brisa marina, con un toque de coco. Eran perfectos.

Oh, Dios, absolutamente perfectos.

Puede que incluso llegara yo a gemir en voz alta. Le toqué el hombro, quizá para asegurarme de que no me lo estaba imaginando. Tal vez para no caerme. Era cálido y musculoso, y, si no hubiera cien personas al otro lado de la carpa, no sé lo que habría hecho.

Entonces se levantó y dijo, con sinceridad:

—Ojalá tuviera más tiempo, pero tengo que volver al trabajo. Te veo esta noche.

Me guiñó un ojo y se marchó. No dije ni una palabra. No podía. Me había dejado sin aliento.

Maldita sea. Me gustaba el camarero temerario. Mucho.

Jason regresó a la barra y relevó a Callie. Se giró y me miró, me dedicó su media sonrisa ganadora, y yo le devolví el saludo. Luego volvió a estar ocupado sirviendo a los demás.

A regañadientes, aparté la mirada y volví a centrarme en la multitud.

Jane y Amanda me dirían que saliera a la pista de baile, que hablara y que socializara.

En cambio, me quedé allí sentada, bebiendo champán y observando a la gente.

No estaba triste, ni me sentía excluida.

No mentí cuando le dije a Jason que no me gustaban las multitudes. Lo que me gustaba era observar.

No tardé en darme cuenta de que no todos estaban felices o socializando.

Anja y Nelson estaban de pie a un lado, distantes, ella con vino, él con cerveza, sin hablar con nadie ni entre ellos.

Aquello me pareció extraño, teniendo en cuenta que habían estado todo el tiempo pegados (aunque no tanto como los recién casados) desde que llegamos.

Recordé el comentario sobre el error de Anja y, al rememorar las anotaciones de Diana, me pregunté si ella podría haberlos chantajeado, incluso aunque hubiera desaparecido antes de que llegaran.

Alguien como Nelson Stockton podría aparecer en las revistas del corazón.

Quizá Diana sabía que estaban planeando ese viaje.

David y Doug estaban sentados juntos en el borde del luau con un grupo grande de personas, y todas ellas bebían y reían.

CeeCee y Trevor estaban sentados con los recién casados, con quienes, según me pareció, formaban un cuarteto extraño. Por primera vez, los Kent no se estaban manoseando.

No veía a ningún miembro del personal de seguridad, ni siquiera a Gino Garmon.

Kalise se movía con fluidez de grupo en grupo, como la coordinadora de ocio y tiempo libre perfecta que se aseguraba de que todo el mundo lo pasara bien.

Tristan ayudaba al personal en la abarrotada barra de la piscina.

Los camareros se deslizaban con gracia entre la multitud, que parecía no prestarles atención cuando cogían copas de champán o comida de las bandejas.

No veía a Amber ni a Parker. No había visto a Amber desde esta tarde, cuando se marchó tras discutir con Gino, y no había visto a Parker desde la tarde del día anterior, antes de ir al Sky Bar. El resto de las personas a las que había conocido, y muchas a las que no, estaban allí.

Me acerqué al bufé y me serví un poco de todo, luego me dirigí hacia donde estaban David y Doug.

Ellos eran agradables, y no tendría que hablar.

Podría limitarme a escuchar al numeroso grupo.

En vez de cruzar por la abarrotada pista de baile, rodeé la fiesta por el borde. Entonces escuché una voz conocida.

Sherry.

«Hoy no he podido escaparme», decía. No la vi, ni tampoco a la persona con la que hablaba.

Hizo una pausa de unos segundos y luego añadió: «Yo te contraté.

Harás lo que yo te diga». Estaba hablando por teléfono con alguien.

Aún no podía verla; estaba detrás de una celosía cubierta de enredaderas.

«A mediodía, mañana, en el mismo sitio».

Seguí caminando antes de que acabara viéndome y me perdí el final de la conversación.

Su tono había sido…, bueno…, frío. Frío y completamente profesional. Me preocupaban Brie y su padre, porque Sherry estaba tramando algo.

O tal vez la llamada no tenía nada de malo. Quizá hablaba con un proveedor de su empresa de diseño de interiores. Sin duda, tenía la imaginación desatada. Había un asesino en la isla, así que veía —y escuchaba— maldad en todas las conversaciones.

Eso no significaba que Sherry estuviera tramando algo.

Tampoco significaba lo contrario.