Crímenes y lecturas de verano Capítulo catorce #2
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Capítulo catorce #2

Decidí hablarle de mi encuentro con Sherry en el spa , pero restándole importancia.

—Me encontré con Sherry cuando terminó su masaje —dije.

Brie puso los ojos en blanco.

—Cree que intento interponerme entre ella y tú porque me gusta tu padre.

Al decirlo, me di cuenta de lo absurdo que sonaba y empecé a reírme.

—Y ¿te gusta? —preguntó Brie en serio.

—¡No! —Miré a Jason.

Brie sonrió y me dio un golpe juguetón en el brazo.

—Estoy de broma —añadió—. Sherry no para de decirme «Deberíamos ir de compras, hacernos la manipedi y todo eso». ¿Acaso parezco una chica que se hace la manipedi ? Y yo compro por internet, que no se entera… Solo lo dice para contentar a mi padre. Está deseando que me vaya a la universidad.

—También presencié una discusión entre Amber y Gino. No sé de qué hablaban, pero Amber buscaba un libro. Creo que era el libro.

—¿Lo ves? Otra vez Gino. Tiene que estar metido en el ajo. —Frunció el ceño—. ¿Amber sabe lo del libro?

—Diana debió de contárselo, pero no sabe qué libro es, pues, cuando me vio con él en la playa, ni se inmutó.

—Debes tenerlo bajo llave.

—Lo tengo en la caja fuerte.

—Gino está en seguridad y, si se entera de que tienes el libro, ese es el primer sitio en el que lo buscará. Escóndelo donde a nadie se le ocurriría buscarlo.

—No hay muchos sitios.

Las dos nos pusimos a pensar.

—Lo sé —dijo Brie—. Entonces, pégalo con cinta adhesiva detrás del tocador. La gente mira en los cajones e incluso debajo, pero no creo que a nadie se le pase por la cabeza mirar detrás del tocador.

No pude evitar sonreír.

—Parece que ves muchas series policiacas.

Ella se encogió de hombros y respondió:

—Es sentido común, nada más.

Era buena idea. Si alguien se empeñaba, podría encontrarlo, pero, salvo llevar el libro conmigo a todas partes, era la siguiente mejor opción.

Miré hacia donde estaba Jason trabajando. Tenía un pequeño grupo a su alrededor y parecía que disfrutaba de su trabajo.

—¿Sabes algo de Luis? —le pregunté a Brie.

—Sí, es genial.

—¿Vive en la isla todo el año? Parece demasiado mayor para trabajar.

—Es un anciano. No trabaja aquí, aunque a veces echa una mano. Tiene libre acceso a todo porque es el tío abuelo de Ethan Valentine. Al menos, eso es lo que dicen por ahí. Luis nunca ha comentado nada, y, si le preguntas por Ethan, solo sonríe, asiente con la cabeza y te ignora.

Aquello me sorprendió.

—Luis vive en la casa de Ethan —continuó Brie—, la casa grande que hay en los acantilados, al sur.

Nunca he estado allí. Está prohibido. Escuché que una pareja una vez caminó hasta allí, y, cuando regresaron, les dijeron que ya no eran bienvenidos en la isla.

Les devolvieron todo el dinero y los echaron de aquí el mismo día.

—Me parece un poco excesivo.

—Ethan Valentine vive totalmente recluido, como un ermitaño friki.

Si te digo la verdad, no creo que esté allí casi nunca.

Viene y va sin que nadie sepa cuándo. Tiene un yate y un helicóptero, y Kalise dijo que es piloto, así que pilota él mismo.

Luis vive allí a tiempo completo, tiene un carrito de golf con el que va de aquí para allá.

Al menos, eso es lo que he averiguado en los últimos años desde que Ethan compró la isla.

—Y ¿Ethan nunca viene aquí, aunque sea su resort?

—No —contestó Brie—. Está en su casa o fuera de la isla. Dirige una megaempresa. Quizá no tan grande como las de Elon Musk o Jeff Bezos, pero grande.

En realidad, no había pensado mucho sobre Ethan Valentine y en que era dueño de la isla. No parecía importante, pero era extraño.

—Se rumorea que, cuando compró la isla, quería cerrar el resort —dijo Brie—.

Kalise y Tristan, que llevan aquí toda la vida, prepararon una propuesta para revitalizar el lugar y se la presentaron a su equipo.

Valentine vio el vídeo y dijo que adelante.

Así que Kalise y Tristan gestionan el resort.

Kalise dice que es lo mejor de ambos mundos: siente que es su resort porque Valentine no se mete en la gestión del día a día.

Cuando ella quiere algo, hace una propuesta, se la manda a él, y él responde con un pulgar arriba o abajo. Ni siquiera se han conocido en persona.

—Me pregunto si le contaron a Valentine lo del asesinato —reflexioné.

Brie se encogió de hombros y preguntó:

—¿Qué es lo que miras tanto? —Estiró el cuello para ver mejor.

—No estoy mirando nada —mentí, y prácticamente me puse colorada.

Sí, estaba mirando a Jason, que estaba al otro lado. No lo veía todo el rato entre la multitud, pero de vez en cuando la gente se apartaba y podía verlo trabajar.

Era muy entretenido verlo.

—Dios mío. Estás colada por Jason.

—¡No! —Ahora sí que me sonrojé.

—Sí que lo estás. No puedes dejar de mirarlo. —Brie asintió con la cabeza—. Es guapo. Dale caña.

—Para ya.

Sonrió y añadió:

—¿Cuántos años tienes, treinta? ¿Y eres una mojigata?

—No, y no.

Levantó una ceja.

—Cumplo treinta años mañana y no soy una mojigata. Solo soy selectiva.

—Has elegido bien. Lo apruebo.

—No necesito tu aprobación.

No quería hablar de mi vida sexual con una adolescente.

—¿Cuál es nuestro siguiente paso? —preguntó Brie.

—¡Hola, señoritas!

Di un pequeño grito cuando Jason apareció desde detrás del toldo. ¿Habría oído lo que Brie y yo decíamos? Imposible, hacía dos minutos estaba al otro lado de la playa, en la barra.

Brie se rio y dijo:

—¿Eso es para nosotras?

Jason llevaba dos copas de champán en una mano y un plato de aperitivos en la otra. Los dejó en la mesita: gambas, champiñones rellenos, trocitos de bistec, queso y galletas.

—Gracias —dije.

Brie cogió su copa mientras se levantaba.

—Voy a buscar a mi padre. Nos vemos. —Se despidió moviendo los dedos hacia nosotros, y me dejó a solas con Jason.

Justo lo que yo quería. Pero no con tanta gente delante.

«¿Qué piensas hacer? ¿Saltar encima de él aquí, en el sofá?».

Quizá.

—¿No estás trabajando?

Se sentó donde había estado Brie y luego se acercó a mí. Nuestras rodillas se rozaron.

—Tengo derecho a un descanso de diez minutos de vez en cuando.

—Ah. Gracias. —Bebí un sorbo y cogí un trozo de queso sobre una delicada galleta—. Fui a hacer senderismo por los acantilados de los que saltaste ayer.

—No salté. Volé. O, técnicamente, planeé.

Sin querer, me estremecí al recordar el miedo que había pasado, aunque entonces no sabía quién era él.

—¿Hablaste con la policía sobre el cadáver? —pregunté sin querer ser tan directa.

—Aquí se está encargando Gino Garmon de la investigación. Pero estoy seguro de que algo pasó en San Juan. Nadie la trajo de vuelta a la isla.

—¿No te parece raro que la seguridad de St. Claire lleve la investigación de un asesinato?

Pareció sorprendido.

—¿Asesinato? No saben qué le pasó a Diana. ¿Por qué crees que la mataron?

Había olvidado que yo había hecho esa suposición, pero Trina había escuchado que a Diana la estrangularon. Quizá Gino no le había trasladado esa información al resto del personal.

—Bueno…, era joven. Doy por hecho que estaba sana. Se fue, desapareció y la encontraron muerta. Y… escuché que la policía cree que la estrangularon. —Ya estaba, conseguí decirlo sin delatar a Trina.

—He oído ese rumor —contestó él—, pero la policía no lo ha confirmado. Pudo haber sido un accidente. En San Juan hay problemas de delincuencia, aunque la policía hace un buen trabajo manteniendo la violencia fuera de las zonas turísticas. ¿No te preocupa que pueda pasar algo aquí?

Me cogió de la mano y pareció preocupado de verdad.

—No, solo tengo curiosidad. Realmente quiero saber qué le pasó. —Miré nuestras manos entrelazadas y deseé que no tuviera que volver al trabajo.