Crímenes y lecturas de verano Capítulo catorce
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Capítulo catorce

CAPÍTULO CATORCE

«Él le hacía sentirse más confiada. La hacía más… ella misma. O, por lo menos, la ella misma que deseaba ser».

JULIA QUINN , Seduciendo a Mr. Bridgerton

El luau caribeño semanal de St. Claire era espectacular y, según el folleto que tenía en la habitación, uno de los eventos de los que más hablaban los huéspedes.

Y podía entender por qué.

El personal había transformado el amplio patio que separaba la piscina de la arena con un sinfín de lucecitas entrelazadas en los árboles y los senderos, y había velas flotando en la piscina, que estaba iluminada desde abajo con un tono turquesa.

Antorchas tiki enmarcaban el camino que llevaba del edificio principal a la fiesta.

El sol estaba bajo, justo sobre la montaña, pero aún no se había puesto y derramaba una hermosa mezcla de rosas, naranjas, púrpuras e índigos por el cielo.

Me imaginé celebrar allí mismo la recepción de mi boda, en la playa, a la luz de cientos de antorchas, con los aromas increíbles de pescado al vapor y filetes a la barbacoa haciéndome salivar.

Obviamente, necesitaba un marido para tener una recepción de boda. Ni siquiera tenía novio.

A causa de la fiesta, todos los restaurantes y bares del resort habían cerrado pronto.

Se habían instalado seis barras temporales, además del bar principal de la piscina, que estaba abierto.

Era un evento para conocer gente, una celebración de la isla.

Comida y bebida sin fin, y una banda en vivo traída de San Juan.

Me quedé apartada porque me sentía un poco desubicada.

La fiesta estaba en pleno apogeo cuando llegué.

Al parecer, todos los huéspedes estaban allí.

Docenas de personas que no conocía se mezclaban entre sí, había grupos de cuatro y seis personas charlando y bebiendo champán o bebidas afrutadas.

Cada vez más personas se unían a los grupos mientras yo lo observaba todo. No reconocí a nadie.

Todos iban vestidos con el estilo isleño chic: los hombres, con camisas blancas, y las mujeres, con bonitos vestidos cruzados, algunos con flores, otros de colores lisos, y en cualquier caso todos les resaltaban la piel bronceada por el sol.

Las joyas brillaban bajo las luces parpadeantes, y eso hacía que volviera a preguntarme cuánto de aquello sería real y cuánto falso.

Busqué a Jason con la mirada y lo vi en una barra temporal que había al otro lado, preparando lo que parecía un martini.

Su sonrisa cálida y sexi; sus movimientos seguros mientras agitaba, servía y colocaba las copas sobre las servilletas; su actitud relajada, incluso cuando atendía rápido a una pareja mayor.

Sentí un cosquilleo en el estómago. Ahora entendía a qué se referían los libros con eso de las «mariposas en el estómago».

Él giró la cabeza, como si supiera que alguien lo observaba.

Atribuí mi rubor a la calidez de la antorcha tiki que tenía al lado.

Cuando se dio cuenta de que le miraba, sonrió todavía más.

¿Estaría pensando en cuando casi nos besamos?

¿Estaría pensando en lo que podría pasar esta noche?

Inconscientemente, me humedecí los labios; cuando me di cuenta, recé para que no lo hubiese percibido.

A fin de cuentas, estaba a casi veinte metros de mí.

Entonces me guiñó un ojo, y supe que me había visto, que sabía exactamente lo que yo estaba pensando y que eso le complacía. Me hizo señas para que me acercara; caminé hacia él como si tirase de mí con un hilo invisible.

Ya casi había llegado cuando una pareja me cortó el paso, y entonces escuché mi nombre.

—¡Mia! Ya estás aquí. Por fin.

Brie me agarró del brazo y me alejó de Jason, me alejó de la copa que tanto necesitaba después de una tarde tan ajetreada.

No tuve ocasión de protestar, pero le cogí una copa de champán a un camarero que pasaba por allí mientras Brie abría paso entre la gente hasta que encontró un sitio libre en el que sentarnos, parcialmente apartadas del resto de la gente, en un sofá.

Tropecé, me dejé caer en aquel enorme sofá, lleno de cojines, y la copa no se derramó de milagro.

—¿Qué? —dije por fin.

—Estaba deseando contarte lo que he descubierto, pero mi padre insistió en que pasáramos tiempo en familia después de la caminata, lo cual estuvo bien, porque Sherry estaba haciéndose un masaje. —Puso los ojos en blanco—. Así que solo estábamos mi padre y yo. ¡Pero esto es importante!

Quise contarle lo que Sherry me había dicho en el spa , pero decidí guardármelo por ahora. Si yo estaba desencaminada en lo que pensaba sobre Sherry, no quería causar problemas a su familia. En vez de contárselo, le pregunté:

—¿Qué has averiguado?

Miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie cerca que pudiera escucharnos.

—Primero —dijo con voz baja pero emocionada—, Trevor Lance está casado.

Es su segundo matrimonio. Dejó a su primera esposa, a la que conoció en la universidad y con la que tuvo dos hijos, hace siete años por Krystal Kline, una modelo de ropa de baño y lencería.

Ella cumple treinta el mes que viene. Él tiene cincuenta y uno.

—Pensaba que estaba casado, pero…

—Y —me interrumpió Brie— Krystal está en Europa esta semana, en la despedida de soltera de su mejor amiga. ¿Y se trae aquí a la amante? —Me miró muy fijamente—. De todos modos, no creo que CeeCee lo sepa, ¿no te parece?

Me costó un segundo seguir lo que estaba pensando.

Intentaba imaginarme a Trevor con una modelo de trajes de baño.

Era guapo para ser un hombre mayor, pero nunca entendí por qué mujeres inteligentes y guapas se casaban con hombres que podían ser sus padres.

Excepto por una motivación financiera evidente.

—No lo sé —contesté—. Puede ser. Es más lista de lo que parece a veces. ¿Cambiaría algo el hecho de que ella supiera que está casado?

—Bueno, sí, si Trevor mató a Diana.

—Eso es mucho decir, y sería un móvil débil —comenté.

—El adulterio es un móvil de peso —replicó Brie.

—Aunque ella lo sepa, supongo que él no querrá que su mujer se entere —me aventuré—. ¿Has averiguado algo más sobre él?

Se encogió de hombros.

—Vive a caballo entre Hilton Head, Carolina del Sur, y Dallas, Texas. Es un gran promotor inmobiliario, Lance las personas que estaban más cerca se encontraban a unos cinco metros. Yo no podía oírlas, así que esperaba que ellas tampoco nos oyeran.

—Shhh —le advertí—. ¿Por qué dices eso?

—Tenías razón en que Gino fue policía. Ocho años en Miami.

Lo investigaron por haberse quedado dinero de las redadas.

Renunció, pero creo que porque lo obligaron a retirarse.

Quizá no pudieron demostrarlo, o no quisieron pasar por un juicio largo, o no sé.

Pero el blog de crímenes en el que leí sobre el tema daba por hecho que robaba.

—¿Y no pudieron demostrarlo?

—Quizá lo usaba para comprar drogas. O tenía una mujer en un apartamento caro, o se compró un Tesla. No sé. Pero, si robaba, tal vez Diana lo sabía.

Eso me parecía un poco exagerado.

—Esa información habría salido a la luz antes de que lo contrataran como jefe de seguridad —comenté.

—Puede ser. —Se encogió de hombros—. Igualmente sigue siendo sospechoso.

No entendía por qué algo que ya se sabía podría ser un motivo para chantajear a Garmon.

—¿Sabes cuándo empezó a trabajar aquí?

Brie pensó un momento.

—Vino a presentarse a mi padre mientras nos registrábamos en recepción hace cuatro años.

—¿Algo más?

—¿No es suficiente?

—La información es pública, y es probable que él diera explicaciones o superase la revisión de antecedentes porque no había pruebas, o quizá su jefe lo recomendó bien. Eso no es suficiente para chantajearlo. Espera. —Se me ocurrió una idea.

—¿Qué? —Brie se inclinó hacia delante.

—Si la policía de Miami no tenía pruebas que demostrasen que él se quedaba con el dinero, pero aun así él tuvo que dejar el puesto, a lo mejor había otra razón. ¿Vino directamente aquí desde Miami?

—No, hay un vacío de dos años.

—¿Qué hizo durante esos dos años?

—Oooh, buena pregunta. Preguntaré…

—No. No le preguntes a nadie. Él está investigando la muerte de Diana.

—Y eso hace que sea doblemente sospechoso.

Brie estaba tan segura de que Gino Garmon era un asesino que empezó a contagiarme. Quizá porque era un imbécil y me daba mala espina. Pero necesitábamos algo más, aparte de que tal vez había sido un corrupto cuando era policía.

—Investiga todo lo que puedas sobre él en redes sociales, pero no hagas preguntas —le dije—. Si él es culpable, ello te podría poner en peligro. —Me bebí el champán de un trago y pregunté—: ¿Has encontrado alguna cosa sobre Parker Briggs?

—No mucho. No me dio tiempo. Su familia tiene una fundación, y Briggs está metido en todo tipo de proyectos, como financiar ideas o algo así.

—¿Es un inversor de capital de riesgo? —sugerí.

—Sí, tal vez.

—Las finanzas son lo mío. Investigaré. —No sería difícil. Me encantaría hacerlo yo misma, pero, como estaba de vacaciones y sin acceso a todos mis recursos, se lo pediría a Braden. No le importaría tener esta tarea extra.

—Entonces, ¿de qué te has enterado tú? —preguntó Brie.