Capítulo trece #3
Me llevé el libro al escritorio y saqué un lápiz que había en el fondo de la funda de mi portátil, luego encendí la lámpara. Todos los programas de crímenes que veía usaban este truco.
Incliné la página bajo la luz para ver si conseguía detectar alguna marca en el papel. Había algo, pero no podía leerlo. Con cuidado, froté el lápiz sobre el papel, luego volví a ponerlo debajo de la luz y me esforcé por leer lo que Diana había escrito.
Había dos tipos de marcas. Unas, en los márgenes del anverso de la hoja arrancada. Casi no podía diferenciar las letras, faltaban demasiadas y las sustituí por una equis con la esperanza de que algo me llamara la atención. Pero la equis también podía significar un espacio.
Las anoté, pero no tenían sentido.
77 xxx malv 50 $ xxx xx 522 xxx carxxx
Los números estaban mejor definidos que las letras, quizá porque ella escribía con letra inclinada. Los aparté para echarles un ojo más adelante.
En la parte inferior del reverso de la hoja —en lo que habría sido el final del capítulo—, Diana había escrito una lista de números:
11
19
157
52
210
No tenía ni idea de qué significaban. ¿Eran la combinación de una caja fuerte? La caja fuerte de mi habitación se abría con un código de seis dígitos.
¿Quizá había una caja fuerte en el hotel con una combinación tradicional? Todavía no creía que los números llegaran a los cientos. Los números de lotería tampoco suelen ser tan altos.
Podría haber mezclado los números para ocultar su significado, pero había demasiados dígitos como para que fuera un número de la Seguridad Social o un teléfono. A menos que fuera un código internacional, ya que normalmente tienen dos o tres dígitos. En algunos países, encajarían doce dígitos.
Era posible, pero ¿por qué escribirlo en cinco líneas? El número «11» podría ser de Canadá o los Estados Unidos, pero entonces sobraría un número.
La última marca era una cara feliz. Dos líneas para los ojos, una curva para la boca y un círculo que los rodeaba. Era la marca más profunda que había en la página, justo al lado de los números.
Los números tampoco coincidían con ninguno de los otros números escritos en el libro, como el «77» o el «522».
Dejé a un lado el cuaderno. Fuera cual fuera el significado de esos números, era lo último que Diana Harden había escrito en este libro.
La fiesta estaba a punto de empezar, pero no quería llegar la primera, así que cogí un vaso de agua y me senté en la terraza con el portátil. Después de trasnochar y de la caminata de por la tarde, estaba agotada. Podría quedarme aquí dormida escuchando el mar. Tal vez ni siquiera iría al luau .
Abrí el portátil, y casi se me iban los dedos solos para meterme en la cuenta de la oficina únicamente con el fin de asegurarme de que todo estaba yendo bien.
Era responsable del dinero de otras personas, y, aunque confiaba en Braden y le había dejado instrucciones claras para gestionar a todos los clientes, tenía esa sensación molesta de necesitar comprobar dos veces todas las cuentas.
O, mejor dicho, tres veces, porque ya las había revisado dos veces el día antes de irme, cuando debería estar haciendo la maleta.
«Para», me dije a mí misma. En vez de entrar en la página web del trabajo, abrí el buscador y tecleé: Sherry Morrison.
Mala idea. Había muchas Sherry Morrison por ahí.
Escribí: Sherry Morrison Andrew Locke.
Pum. El primer enlace era de una revista de cotilleos deportivos que mostraba una foto de Sherry y Andrew en un partido de fútbol americano el pasado noviembre.
El pie de foto rezaba:
Exlanzador de los Dodgers y los Bravos, Andrew Locke, anima a los Coks, equipo en el que su mejor amigo y antiguo compañero de universidad, Richie Dunn, es el entrenador interino de la línea ofensiva. Locke aparece con su novia, Sherilyn Morrison, decoradora de interiores.
En diez minutos, había reunido un buen listado de artículos en los que se mencionaba a Sherry, o, más bien, a su novio de turno y a ella. Se la había relacionado con nueve deportistas profesionales en los últimos diez años. Cuatro de ellos, entre los que se incluía Andrew, eran jugadores retirados.
Indagué un poco más. Me intrigaba por qué ninguna de esas relaciones había durado.
Fue entonces cuando encontré tres anuncios de compromiso distintos.
El primero fue de su primer matrimonio, cuando ella tenía veintiún años, y acabó en divorcio tres años después.
El segundo compromiso se canceló públicamente cuando su prometido —un jugador profesional de fútbol americano— le fue infiel.
El tercer compromiso se convirtió en su segundo matrimonio…
y él murió. Habían estado casados dos años y dos días cuando él murió de un infarto durante un crucero romántico para parejas en el que celebraban su aniversario.
Sherry se había enfrentado a los hijos adultos y a la exmujer de su segundo marido durante el proceso de herencia, pero el testamento era irrefutable, y ella tan solo recibió una pequeña parte del patrimonio: la casa y un millón de dólares.
No es que un millón fuera poca cosa, pero, si tenemos en cuenta que aquel hombre era un jugador de fútbol americano retirado valorado en más de cien millones, lo que recibió era una fracción diminuta del total.
En una revista de cotilleos entrevistaron a la hija del difunto esposo, la cual despotricó sobre Sherry diciendo que fue la culpable de la muerte de su padre.
No fue un accidente. Fue un asesinato.
Pero no hubo ninguna investigación formal. Un artículo indicaba que la causa de la muerte fue un paro cardiaco súbito. En la autopsia se encontraron indicios de enfermedad cardiaca.
Todos los artículos mencionaban que Sherry era decoradora de interiores y que tenía una sociedad limitada que se llamaba Prestige Design Group, pero la página web estaba vacía y llevaban años sin actualizarla.
Un divorcio y un marido muerto en diez años. El primer matrimonio duró tres años, y el segundo, dos. ¿Sería Andrew Locke el tercero?
No quería contárselo a Brie, pero, al mismo tiempo, ¿no sabría Andrew que su novia estaba divorciada y viuda?
Me parecía un tema que podría salir en una conversación, ya que son cosas que se saben.
Yo no necesariamente querría saber cosas de las exnovias de mi novio, pero sin duda me gustaría saber si se había casado alguna vez. Eso parecía importante.
Quizá Brie lo sabía. Quizá a su padre no le importaba. Pero me llamaba la atención que Diana hubiera escrito sobre Sherry en el libro, y no de manera favorable. Escribía como si conociera los trapos sucios concretos de Sherry.
¿Dinero o amor? Dinero, por supuesto. Él posee una pequeña fortuna ¿Conoce él todos los trapos sucios de la nueva novia que se acaba de echar?
No podía saber a ciencia cierta que aquello que había escrito Diana se refiriese a Sherry, pero ¿qué otro huésped vivía en Arizona y se había traído a su novia a la isla?
Quizá tuviera que investigar un poco más sobre la señorita Sherilyn Morrison, decoradora de interiores.
Me sonó el móvil porque me llegó un mensaje. Aquello me sobresaltó porque estaba totalmente atrapada leyendo cotilleos en internet. Era Brie. Para mi sorpresa, me sentí culpable —y protectora— por lo que había descubierto sobre Sherry.
¿Dónde estás? Tengo un cotilleo.
Solté un suspiro profundo, y se me levantó el flequillo. Supongo que al final sí que iba a ir al luau . Le contesté:
Estoy vistiéndome. Llego en un rato.