Capítulo trece #2
—Por esa puerta —señaló a la izquierda— está el vestuario.
Deje la ropa en un armario y póngase una de las batas que están colgadas en la pared.
Por esa puerta —señaló recto— están los aseos y las duchas privadas.
Puede darse un baño si quiere. Cuando esté lista, el gabinete de Ginger se encuentra justo enfrente, en la habitación cuatro. Ella la estará esperando.
—Gracias —contesté.
Me serví un vaso de agua con limón y bebí con avidez.
Después entré en el baño. Era un baño que tenía de todo: tenía dos duchas de tipo lluvia separadas por una pared de bloques de vidrio translúcido para dar privacidad.
Había plantas por todas partes, y la claraboya proporcionaba la suficiente claridad natural como para no tener que encender la luz.
Me di una ducha rápida porque me sentía pegajosa, luego usé una de las toallas enormes para secarme. Entré en el vestuario y casi grité.
Sherry Morrison estaba allí vistiéndose.
—Lo siento. No sabía que hubiera nadie aquí.
Me regaló una media sonrisa que parecía falsa.
—Acabo de salir de un masaje —dijo.
—¿Qué tal? —pregunté intentando sonar amigable. Quería ser educada, aunque no podía evitar pensar en los comentarios negativos de Diana que sospechaba que iban dirigidos a Sherry.
—Increíble. Vine el primer día y fue para morirse. Volveré el viernes para un cambio de imagen completo. —Me miró de arriba abajo, de la cabeza a los pies. Me sentí superincómoda, envuelta en la toalla.
—Fue divertido hacer la caminata contigo y Brie —contesté.
—Vamos al grano —dijo Sherry clavándome una mirada fría—. Sé perfectamente lo que estás tramando.
—¿Lo que yo qué? —Estaba totalmente perdida.
—Esa imagen de niña inocente no me la trago. Te has hecho amiga de Brie pensando que eso te daría ventaja con Andrew. Es mío, y tienes que apartarte.
Me quedé sin palabras. ¿De dónde se habría sacado la idea de que me interesaba Andrew Locke? ¿Porque habíamos hablado? ¿O porque Brie y yo nos llevábamos bien?
No me esperaba esta confrontación y no supe cómo contestar. Recordé la caminata. Es cierto que Brie ignoró un poco a Sherry, pero ¿pensaba Sherry que yo tenía algo que ver con eso?
—Conozco a las mujeres como tú, Mia —añadió con brusquedad—. Solteras que vienen a St. Claire con toda la intención de encontrar a un sugar daddy . Eso no lo vas a conseguir con mi novio.
—No quiero a tu novio.
—Necesito crear un vínculo con Brie, y tú te estás interponiendo.
—No es mi intención —dije intentando que no me temblara la voz—. Brie y yo nos llevamos menos años, y…
—Ay, por favor. No eres tan joven. Mantente alejada de Brie, y de Andrew también. Lo digo en serio.
Aquel atisbo de rabia fría en su rostro me desconcertó. Antes de que pudiera responderle, se marchó.
Temía que mi percepción de Sherry Morrison estuviera influenciada por los sentimientos que Brie tenía hacia la novia de su padre, pero estaba claro que Brie tenía motivos para no soportarla, independientemente de que saliera con su padre o no.
Puse a Sherry en la lista de personas sobre las que buscar información en Google cuando volviera a mi cabaña.
Alguien que se sentía tan amenazado por una desconocida podría tener la ira suficiente como para matar a una persona.
Tardé un minuto en relajarme después de la confrontación con Sherry antes de cruzar el pasillo hacia el gabinete de Ginger.
—Disculpa por llegar tarde —le dije a la menuda morena de ojos claros—. Me he duchado porque me notaba pegajosa tras la caminata.
—No se preocupe —respondió con una voz suave y tranquilizadora. Hizo un gesto para que me desnudara y me tumbara en la camilla—. Cuando reservó el masaje, indicó no tener alergias a ningún aroma, ¿cierto?
—Correcto.
—¿Tiene alguna preferencia? ¿O prefiere aceites sin perfume?
No había pensado en los aromas. No sabía qué decir. ¿Se suponía que tenía que probar una muestra, como cuando eliges un color de esmalte para la pedicura? Casi nunca usaba perfume.
—¿Tiene planes para esta noche? —preguntó Ginger al ser consciente de mi indecisión.
—El luau … y después he quedado con una persona en la playa. —Me pregunté qué le gustaría a Jason.
—¿Un momento romántico? —preguntó.
—Eso espero —contesté antes de poder callarme—. Bueno, no sé, algo… ¿quizá ligero y fresco?
—Justo tengo ese aceite —dijo—. Es mi mezcla especial. Lo llamo jazmín marino. No es demasiado fuerte, pero es maravillosamente calmante cuando le añado un toque de lavanda. Es fresco y romántico.
—Confío en ti —dije, con la esperanza de no equivocarme al confiar.
—Tal vez esté más cómoda con una toalla —sugirió Ginger mientras señalaba una pila de toallas blancas y esponjosas que había en una estantería.
Me di cuenta de que esperaba que me tumbara. Hacía años que no me daban un masaje, pero me alegraba que la masajista fuera una mujer. Respiré hondo y sonreí.
—Estoy bien —dije. Me quité la bata y me tumbé bocabajo en la camilla, que tenía un hueco abierto para la cara, de modo que la columna permanecía recta.
En cuanto las manos pequeñas y fuertes de Ginger empezaron a frotarme los músculos, solté un gemido.
—Está tensa —comentó Ginger—. Relájese, despeje la mente. Piense en el mar, en el suave vaivén de las olas.
Mientras hablaba, movía las manos despacio y con firmeza sobre los músculos de la parte superior del cuerpo. Era increíble. Y el aceite era perfecto, floral y salado, no demasiado fuerte y muy relajante. Casi se me olvida el objetivo principal de la cita.
Quince minutos después, cuando Ginger me dijo que seguía tensa, encontré la oportunidad para preguntarle por Diana.
—Supongo que estoy tensa por lo de anoche.
—Ah, ¿sí?
—Estaba en la playa cuando los Kent encontraron el cuerpo de Diana Harden.
Dejó de mover las manos. Después, se aclaró la garganta y dijo:
—Debió de ser horrible.
—Y estoy intentando olvidarlo, pero no puedo.
—Me lo imagino —dijo Ginger mientras pasaba de mis hombros a mi brazo derecho—. Relájese, señorita Crawford.
—Ella vino aquí antes de desaparecer —contesté.
—Mmmm —respondió Ginger de forma vaga.
—¿La atendiste tú?
—Ajá —afirmó Ginger—. Si quiere relajarse, debe vaciar la mente.
Subió tanto el volumen de los sonidos de la naturaleza que para hacerle preguntas prácticamente habría tenido que ponerme a gritar. Al final de la hora, no me había contado nada que yo no supiera ya. No tenía ni idea de qué había dicho o hecho Diana para hacer llorar a esa mujer tan dulce.
Por fin me relajé, como si me estuviera derritiendo sobre la camilla. Cuando Ginger terminó, estaba medio dormida. Con un tono suave y tranquilizador, dijo:
—Quédese aquí unos minutos. Volveré enseguida con un batido refrescante.
—Mmm… —musité, pues no era capaz de hablar.
Pensé en lo que habían dicho los recién casados sobre un masaje en pareja, y entonces me imaginé a Jason en la camilla de al lado, con una sonrisa en los labios, los ojos entrecerrados y desnudo.
En vez de sentir nervios o inseguridad, sonreí al recordar que la noche anterior casi nos besamos, y cómo hizo que me sintiese cómoda y deseada.
Quizá era por la isla, quizá por la libertad de poder hacer algo espontáneo sin pensar en todas las formas en que podría salir mal.
Ni siquiera me molestaba demasiado el hecho de no haber conseguido cotillear con Ginger sobre Diana.
Mi mente decidió pensar en Amber y la conversación que tuvo con Trina, en la que le exigía información sobre un libro.
Recordé con claridad que en el Sky Bar las tres empleadas habían hablado sobre recoger las cosas de la habitación de Diana tras su desaparición.
Si el libro hubiera estado en su habitación, lo habrían guardado junto a sus pertenencias.
Eso sugería que el libro había aparecido en otro sitio. Tal vez, en la playa. Aquello tenía sentido por las páginas dañadas y la arena. Pero ¿por qué Amber pensaba que debería estar en la tienda de regalos?
Al ser jefe de seguridad, Gino tendría acceso a las pertenencias de Diana.
Quizá por eso Amber habló con él. ¿Le habría dejado revisar los objetos personales de Diana?
Al no encontrar el libro, quizá habló con el personal de limpieza, luego fue a la tienda y después volvió a quejarse a Gino porque seguía sin aparecer.
Era yo quien tenía el libro de Diana.
Debía tener más cuidado con él.
Volví a mi habitación para prepararme para el luau caribeño.
En realidad, no sabía casi nada acerca de lo que Diana estuvo haciendo aquí, aparte de que era probable que estuviera chantajeando a gente de la isla.
Ahora estaba muerta. ¿Era ir demasiado lejos suponer que la habían matado porque había chantajeado a la persona equivocada?
No lo creía. Sin embargo, como no entendía la mayoría de las abreviaturas de Diana, no sabía exactamente a quién había chantajeado o intentado chantajear.
El hecho de que llevara un registro del patrimonio neto de los huéspedes que conocía no significaba que los hubiera chantajeado con un secreto oscuro y profundo por el que matarían para mantenerlo enterrado.
Mientras me echaba un poco de maquillaje en la cara, me pregunté qué sentido tenía escribir en un puñetero código tan absurdo.
Sin duda, ese día se me había pegado un poco el sol, y me sentaba bien.
Cuando estaba terminando de echarme el bronceador, me acordé de la hoja perdida —mejor dicho, la hoja robada—. Se me ocurrió una idea.
Me vestí corriendo. Luego saqué el libro y mi cuaderno de la caja fuerte. Después de haberlos dejado a la vista cuando vino el personal de limpieza, decidí ser más discreta.
Me dirigí al capítulo veintiocho. No sabía quién había arrancado la hoja, ni por qué, pero supuse que era porque Diana había escrito algo sobre esa persona, y solo estaba en esa página. No sé cómo se enteró esa persona, pero había una razón para que arrancase la hoja, y quería saber cuál era.
Y sabía cómo hacer que las palabras aparecieran mágicamente.