Crímenes y lecturas de verano Capítulo trece
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Capítulo trece

CAPÍTULO TRECE

«Un buen detective nunca pasa por alto los pequeños detalles».

ROBERT CRAIS , El último detective

La caminata para bajar de la montaña fue mucho más rápida, y las cuatro nos separamos en la cascada que había en el edificio principal.

—¿Nos vemos luego en la fiesta que hay en la playa, Mia? —dijo Brie.

—Allí estaré —respondí.

En realidad, no tenía otra opción, ya que todos los restaurantes estaban cerrados por el luau caribeño semanal.

Era última hora de la tarde y el complejo turístico estaba sorprendentemente tranquilo.

El personal preparaba la fiesta en la parte de la terraza que había junto a la piscina.

Un par de personas que no conocía estaban sentadas en el Blue Dahlia (Jason seguía sin estar detrás de la barra), y dos familias con niños comían juntas en el restaurante.

Quería averiguar qué sabía Trina, la mujer que dirigía la tienda de regalos, sobre el origen de mi libro.

¿Cómo había acabado en la mesa de lecturas de playa gratuitas?

¿Lo encontró el personal de limpieza en la habitación de Diana?

¿Lo dejaron en la playa o en uno de los bares?

Me imagino que, si el asesino hubiera sabido que el libro existía, lo habría destruido como posible prueba.

«Alguien arrancó una hoja del libro. Esa persona podría haber matado a Diana y luego haberse llevado la prueba».

Entré en la tienda de regalos y me quedé paralizada. Amber Jones estaba hablando con Trina en un tono elevado.

—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?

El tono de la conversación me puso tensa.

Durante los cuatro años que estuve en la universidad, trabajé en una librería local y detestaba a los clientes engreídos y desagradables que hablaban con aire de superioridad, ya fuera conmigo o con cualquier otro miembro del personal.

¿Cuándo desapareció la cortesía general de nuestra cultura?

—El personal de limpieza dijo que los libros que se dejan los huéspedes te los traen a ti —dijo, y señaló a Trina con el dedo para enfatizar ese «a ti».

Trina carraspeó.

—Señorita Jones, sí, los libros que se dejan los huéspedes se colocan en esa mesa. —Hizo un gesto hacia el cartel de ¡«Lecturas de verano»!—. Pero no hacemos inventario ni sé de dónde…

—Eso es inaceptable. ¡Hablé con la directiva de la limpieza y ellos tampoco llevan ningún registro! ¡Este resort es un completo desastre!

—Puedo contactar con el señor Dubois. Estoy segura de que él puede ayudar…

—Nadie ha sido capaz de ayudar.

Amber se giró de golpe y casi se choca conmigo al salir. Ni una disculpa. Me miró como si fuera culpa mía que no estuviera atenta a por dónde iba ella.

Trina me sonrió, pero tenía los ojos vidriosos.

—¿Puedo ayudarla, señorita Crawford?

—¿Estás bien? —pregunté.

Asintió con la cabeza, pero no dijo nada.

Eché un vistazo hacia donde había ido Amber. Caminaba por el amplio pasillo de baldosas en dirección sur, hacia el camino que llevaba al muelle. Entonces se detuvo, sacó el móvil y en apariencia empezó a escribir un mensaje.

Me replanteé el plan. ¿Amber estaba buscando el libro de Diana? ¿Sabía que Diana había estado escribiendo en él? Si Amber sabía lo del libro y entendía su valor, entonces seguro que también estaba al tanto de los chantajes de Diana.

¿Por qué no se me había ocurrido esa conexión esta mañana? Si Diana Harden estaba chantajeando a personas que estaban en la isla, y Amber era su amiga, como había supuesto Brie, tenía sentido que Amber supiera en qué andaba metida Diana.

¿Eso convertía a Amber en cómplice? ¿También corría peligro? Y ¿dónde encajaba Parker Briggs en todo esto?

—¿Necesita algo? —dijo Trina.

—Sí, perdona, acabo de volver de una caminata. Estoy un poco despistada. —Sonreí intentando parecer natural, mientras empezaba a encajar los pequeños detalles—. Quería comprar regalos para mi asistente y mi abuela, pero quizá no tenga hueco en la maleta. ¿Hacéis envíos?

—Sí, aquí empaquetamos lo que desee y lo enviamos al día siguiente. ¿Quiere seguir mirando, o ya sabe qué quiere llevarse?

—Voy a seguir mirando —respondí.

Quería comprar regalos, pero eso no era lo más importante que tenía en mente. Tenía un ojo puesto en Amber y a la vez intentaba averiguar cómo sacarle información a Trina.

«Sé valiente —me dije—. Imagina que eres Elle Woods».

—¿Has oído algo sobre lo que le pasó a Diana Harden?

—pregunté mientras hojeaba distraídamente un libro colorido sobre la historia del St. Claire.

Al ver la expresión de sorpresa en su rostro, enseguida añadí—: Sé que la mataron y…

, bueno…, supongo que estoy un poco asustada.

—Imprimí un matiz de preocupación en la voz para disimular mi entusiasmo—.

Yo vi su cadáver en la playa. Hablé con Tristan y fue muy amable, pero no tenía nada nuevo que decirme al respecto.

En fin, seguro que me estoy imaginando algo mucho peor de lo que pasó en realidad.

Trina echó un vistazo detrás de mí, luego hacia un lado, y se inclinó hacia delante hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del mío.

—La estrangularon —susurró—. Y llevaba el mismo vestido con el que se fue de la isla. Así que creen que la mataron en San Juan.

—¿Y flotó hasta aquí? Diría que hay demasiada distancia. —No me lo creía. El sentido común me decía que la habían matado en la isla o cerca de la orilla.

—Mi compañera de cuarto trabaja en la limpieza y escuchó al capitán del ferri contar que la señorita Harden le dijo que no la recogiera, que volvería en un taxi acuático porque no sabía cuánto tiempo iba a tardar.

La policía habló con los conductores de taxis acuáticos.

Ninguno la trajo de vuelta, pero también hay barcos privados.

Así que creemos que la señorita Harden contrató a alguien y acabó muerta.

—Pero ¿quién mataría a una huésped sin conocerla de nada? —pregunté. Pensé en varios motivos: un asesino en serie, un violador, un accidente encubierto…

Trina susurró:

—Sé que está muerta y me da pena, pero era desagradable. Extremadamente exigente, y trataba al personal como si fuésemos sirvientes. Quiero decir —añadió rápido—, estamos encantados de atender a todos los huéspedes en lo que necesiten.

—Sé a lo que te refieres. Yo trabajé en venta de cara al público.

Ella se mordió el labio y pareció preocupada.

—No debería haber dicho nada.

Le dediqué una sonrisa tranquilizadora. Por el rabillo del ojo, vi cómo Amber se guardaba el móvil en el bolsillo y prácticamente salía del edificio principal como una bala y bajaba por el sendero de grava que bordeaba la carretera.

—No pasa nada, no diré nada. Aquí todo el mundo ha sido más que hospitalario. Debería ducharme y cambiarme antes de la cena. Ya volveré a comprar los regalos.

Seguí el camino que había tomado Amber, oí que Trina me llamaba a lo lejos para decirme que mi habitación estaba en la otra dirección.

Levanté la mano para hacerle ver que la había oído, pero seguí a Amber.

Era fácil reconocerla por su vestido veraniego azul brillante y su sombrero blanco.

Al ser pelirroja, parecía una bandera estadounidense andante.

De repente, Gino Garmon se interpuso en su camino. Me detuve en seco y rápidamente me escondí detrás de una planta enorme, con la esperanza de estar lo bastante lejos como para que no me vieran y, al mismo tiempo, deseando estar más cerca para oír lo que decían.

Espié entre las hojas grandes de platanera.

Parecía que estaban teniendo una discusión acalorada.

Gino llevaba gafas de sol y tenía la boca apretada en una línea firme, y Amber tenía los brazos en jarras, como si le estuviera echando una bronca.

Después, él dio un paso adelante y dijo algo.

Ella no se echó atrás. No parecía intimidada, y le dio un toque en el pecho mientras hablaba con firmeza.

Seguidamente, lo apartó con un gesto y siguió por el camino que llevaba a los muelles.

Él la miró marcharse, después le dio un puñetazo a un carrito de golf y dejó una abolladura visible. Sacudió la mano con una mueca de dolor.

¿De qué iba todo esto?

Quería seguir a Amber, pero si lo hacía Gino me vería. Cuando Gino volvió a la oficina de seguridad, a Amber ya no se la veía, y no sabía qué camino había tomado.

Me sonó el móvil mientras caminaba de regreso a mi cabaña. Contesté la llamada de un número desconocido.

—¿Hola?

—¿Señorita Crawford? —preguntó una voz femenina.

—¿Sí?

—Le habla Anita, del spa . Tenía usted una cita para un masaje a las cuatro de la tarde con Ginger. ¿Va a asistir?

Se me había olvidado por completo que había reservado esa cita la noche anterior, antes de ir a la laguna. Eran las cuatro y cinco, pero dije:

—¡Sí! Lo siento, estaba andando un poco.

Inmediatamente, me encaminé hacia el spa .

—No hay problema. Le diré a Ginger que llegará usted en breve.

Después de escuchar al personal que Diana había hecho llorar a Ginger, había concertado la cita con la esperanza de poder hacerla hablar sobre Diana.

Entré en la sala de espera decorada con una gama relajante de colores verdes y grises suaves.

Las ventanas que iban del suelo al techo daban a un jardín bien cuidado.

Un arroyo de agua caía plácidamente en forma de cascada por una pared, y una música tenue con sonidos de la naturaleza salía de unos altavoces ocultos.

Vi una cámara colocada de forma discreta detrás de un helecho colgante.

Un momento después de entrar, se abrió una puerta y una mujer menuda y de origen asiático dijo:

—Soy Anita. Sígame, por favor.

Caminamos por un pasillo ancho con puertas correderas de bambú.

Los aromas de aceites y lociones me acariciaban la nariz.

Anita abrió una de las pocas puertas que tenían pomo.

Entramos en una habitación con sillas cómodas, una zona de bebidas con agua fría y una botella de champán en una cubitera de hielo, y otra cascada de agua que discurría por la pared.