Capítulo once
CAPÍTULO ONCE
«Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a maquillar los hechos para que se ajusten a las teorías, en vez de adaptar las teorías a los hechos».
SIR ARTHUR CONAN DOYLE , Un escándalo en Bohemia
Pensando en todo lo que Gino y Tristan me habían dicho, me dirigí hacia mi habitación con el piloto automático y me topé con Andrew Locke y su novia. Literalmente. Si hubiera tenido una bebida en la mano, se me habría caído encima de la camisa de él.
—Cuánto lo siento —dije, con la mano apoyada en el pecho del hombre para evitar caerme.
Tenía un pecho firme y muy agradable, y deduje que lo había tocado un poco más de la cuenta, sobre todo por la mirada furiosa que me lanzaba Sherry.
Andrew me devolvió una sonrisa cálida y me sostuvo el codo para ayudarme a mantener el equilibrio.
—No pasa nada —contestó—. Mia, ¿verdad?
—Sí, hola —respondí.
¿Había escrito Diana sobre Andrew en el libro? ¿Qué nota era? Había escrito sobre el valor de una casa en Arizona, y allí era donde vivían Andrew y Brie. No me acordaba de los detalles. ¿Podría haber estado chantajeando a Andrew? ¿O a su novia?
—Esta es mi novia, Sherry Morrison —comentó—. Mia llegó en el ferri con David y Doug —añadió dirigiéndose a Sherry—. Los conociste ayer.
—Encantada de conocerte —respondí de forma automática—. No sé dónde tengo la cabeza. No suelo estar tan distraía. —Sabía exactamente dónde tenía la cabeza: pensando en un asesinato.
—Yo también suelo soñar despierto mucho por aquí —dijo Andrew.
Entonces me di cuenta de cuánto se parecían Andrew y Brie. Los dos tenían el pelo negro y esos ojos azules vibrantes. Parecía muy amable y sincero, y era muy atractivo. Ojalá fuera unos años más joven. Ojalá no tuviera novia.
—Cariño, no deberíamos llegar tarde a la cita con los Stockton —dijo Sherry. Su tono era amable, pero entrelazó los dedos con los de Andrew de forma posesiva.
—Aquí no hay horarios —contestó Andrew con ligereza—. ¿Quieres acompañarnos? —me preguntó.
La invitación me sorprendió, y claramente a Sherry también, aunque ocultó bien su irritación. Si no la hubiera estado mirando, no lo habría percibido.
—Sí —dijo con una sonrisa falsa—, ¿por qué no?
Sin duda, su voz era más agradable que su expresión.
—Oh, bueno, gracias, pero no puedo. —Aunque de repente quería hacerlo. No sabía por qué Sherry me daba la sensación de estar… ¿celosa? ¿De mí? ¿Por qué?—. Igual más adelante —añadí.
—Claro que sí —respondió Andrew—. ¿Nos vemos en el luau [5] esta noche?
—Seguro —dije, aunque no tenía ni idea de a qué se refería, ya que no había visto el programa del resort de ese día—. Pues hasta luego.
Se alejaron, y vi a Sherry mirarme por encima del hombro. Después, se aseguró de besar a Andrew en la mejilla mientras caminaban de la mano hacia el Blue Dahlia.
Nunca quise ser ese tipo de chica: una mujer tan territorial con su novio que tiene que hacer un despliegue público de afecto para demostrar su poder femenino.
Obviamente, las muestras de cariño en público de los Kent eran exageradas, pero no creía que la mujer se lanzara sobre el marido para avisar al resto de las mujeres de que se mantuvieran alejadas.
Me olvidé de ese encuentro y seguí por el sendero hacia mi cabaña.
La puerta estaba abierta.
Por un instante me preocupó que alguien hubiera entrado, y que estuvieran buscando el libro o esperando para matarme, como a Diana Harden…
«¡Para!», me dije a mí misma. Tenía demasiada imaginación. Me acerqué con cautela, por si acaso.
Entonces vi el carrito de la limpieza y a dos empleadas con pantalones cortos negros y polos blancos que estaban limpiándome la habitación con eficiencia.
—Hola —saludé.
—Señorita Crawford —dijo una de las empleadas—, solo tardaremos diez minutos.
—No tengan prisa —respondí—. Me sentaré en la terraza.
Caminé por la habitación y cogí el libro de mi mesita de noche, junto con las notas que había tomado la noche anterior cuando no podía dormir.
Se me erizó la piel mientras las limpiadoras me observaban salir por la puerta corrediza.
¿Habrían leído lo que escribí? La primera página era bastante incriminatoria:
Diana Harden: llegó el viernes a St. Claire. ¿Quién más estaba aquí? ¿Iba alguien con ella en el ferri del domingo por la mañana? ¿Volvió a la isla antes de que la mataran? ¿Quién es su novia?
Incluso la noche anterior pensaba que era un asesinato, no un accidente. Ahora estaba segura de que la habían matado, aunque Tristan dijo que no tenían el informe de las autoridades de San Juan.
La noche previa copié en mi cuaderno todo lo que Diana había escrito por medio de claves o código, y después anoté mis pensamientos sobre lo que podría haber querido decir e incluí los fragmentos y las palabras que ella había resaltado en el texto. Releí el comentario sobre la casa en Arizona.
¿Dinero o amor? Dinero, por supuesto. Él posee una pequeña fortuna. ¿Conoce él todos los trapos sucios de la nueva novia que se acaba de echar?
Después, escrito con una pluma diferente, decía:
112 — estimado neto 80-90 millones $, residencia en Arizona 5 millones $, casa de vacaciones 3 millones $
Residencia en Arizona. Ese tenía que ser Andrew Locke, ¿no?
A menos que hubiera alguien más de Arizona en esta pequeña isla.
Y quizá el comentario anterior sobre los trapos sucios de una nueva novia se refería a alguien completamente diferente…
, como la novia de Trevor, CeeCee. ¿Qué significaba el «112»?
¿Era el número de una habitación? Sería fácil comprobarlo.
—Hemos terminado, señorita Crawford —anunció una de las empleadas.
Me sobresalté, pues estaba totalmente absorta en mi trabajo.
—Ah, disculpe. Gracias —le respondí con una sonrisa que parecía falsa.
Ella miró el libro y frunció el ceño, luego se fue con su compañera, susurrándole algo al oído. ¿Había visto ese libro antes? ¿Estaba sospechando de mí?
Estaba pensando demasiadas cosas por tan solo una mirada. Aun así, las observé a través de la pared de cristal hasta que se fueron antes de volver al libro.
«112». Tenía que ser el número de una habitación. No podía ser de una cabaña, porque las cabañas tenían letras, yo estaba en la «K». En cambio, en el edificio principal había habitaciones. Entré en mi cabaña y levanté el teléfono, leí las instrucciones para llamar a una habitación y marqué.
—Recepción de St. Claire. ¿En qué puedo ayudarle, señorita Crawford?
—Eh…, estaba intentando comunicarme con la habitación 112.
—No hay habitación 112; por eso su llamada se ha redirigido a la recepción principal. ¿A quién intenta localizar?
No supe qué decir. Tenía que mentir. Se me da fatal mentir.
—¿Luis Caruso? Hemos desayunado juntos esta mañana. Quería hacerle una pregunta. Quizá me equivoqué de número.
—Puedo dejarle un mensaje al señor Caruso —dijo el recepcionista.
Dios, estaba completamente perdida.
—Se trata de algo… personal. Estuvimos hablando bastante y…, bueno…, solo dígale que he llamado y que lo buscaré. —Sonaba patética. Le di las gracias al recepcionista y colgué.
Hasta ahí mi carrera como detective privada. En una de mis series favoritas, Elvis Cole mentía genial cuando investigaba. ¿Por qué no podía mentir como Elvis Cole?
Así que el número «112» no era una habitación. Volví a la terraza y cogí el libro. Estaba a solo unos capítulos del lugar donde Diana había dejado la tarjeta de presentación como marcapáginas. Pasé la página y fruncí el ceño.
«Capítulo veintinueve».
Las páginas debían de haberse quedado pegadas. Las enrollé entre mis dedos para intentar separarlas, pero no estaban pegadas, sino que lo que sucedía era que faltaba la última hoja del capítulo veintiocho.
¿Por qué habría arrancado Diana una hoja? Estaba leyendo el libro y también escribiendo en él, lo cual era evidente por algunos de sus comentarios sobre los personajes y la trama.
¿Habría sido alguna de las empleadas? Lo dudaba, pero era posible.
Entonces, me acordé de lo que pasó el día anterior.
Después de haberme lanzado al agua para intentar «salvar» a los recién casados, vi a alguien agachado junto a mi tumbona de la playa.
Cerré los ojos e intenté recordarlo, creía que era un hombre, o esa fue mi impresión, pero no estaba segura.
Veía borroso por el agua (y por la vergüenza que sentía), y estaba al menos a treinta metros de distancia.
Tan solo tuve la sensación de que era un hombre, pero ni siquiera podía asegurar con certeza su raza.
Vestía una chaqueta ligera y pantalones conos.
En ese momento no me había dado cuenta de que habían arrancado la hoja, pero tampoco había leído hasta ahí.
¿Pudo ser aquel desconocido la persona que arrancó la hoja?
Eso parecía más probable que el que fueran las empleadas, por muy descabellado que sonara.
—¡Mia! ¡El cotilleo!
Grité y pegué un salto que hizo que tirase tanto la silla como la mesa. El libro de Diana y el cuaderno se deslizaron por las baldosas y yo caí de culo.
Era Brie, llevaba pantalones vaqueros conos y la parte de arriba del bikini. Venía de la playa.
—Maldita sea —dije recogiendo los muebles.
—Perdón —contestó Brie, sin sonar para nada arrepentida.
Recogió el libro. Intenté arrebatárselo de las manos mientras recogía mi cuaderno. Ella retrocedió y volví a caer de culo cuando intenté compensar el movimiento.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó Brie.
Se sentó en la silla que yo no había tirado y abrió el libro.
—Es mío —contesté.
Coloqué bien la silla y estiré la mano para que me lo devolviera, pero no lo hizo.
—Este libro ha visto tiempos mejores —comentó mientras les quitaba la arena a las páginas.
Si le daba demasiada importancia al libro, ella sentiría más curiosidad, así que intenté desviar su atención y le pregunté:
—¿Qué quieres saber?
—La policía: qué dijeron, qué dijiste tú, qué saben. Necesito los detalles.
—Allí no estaba la policía.