Capítulo diez
CAPÍTULO DIEZ
«No. Nunca pidas perdón por algo que no hiciste mal. Di “lo siento”, pero nunca “perdona”. Si te pasas la vida pidiendo perdón, nunca ganarás confianza».
J. T. ELLISON , Good Girls Lie
Kalise me guio por el camino que llevaba a las oficinas del resort, en silencio.
—¿Alguna novedad sobre lo que le pasó a Diana Harden? —pregunté.
—Si tiene alguna pregunta o inquietud, puede hablar con el gerente del resort.
—¿Es ahí a dónde vamos ahora?
—Vamos a la oficina de seguridad. No hay nada de que preocuparse. Es solo que el señor Garmon, nuestro jefe de seguridad, necesita su declaración.
—¿Y la policía?
—Estamos cooperando estrechamente con la policía de San Juan, por supuesto —dijo Kalise.
—Entonces, ¿por qué no es la policía la que me toma declaración?
Me miró como si la pregunta fuera extraña.
—St. Claire es una isla privada. Gino Garmon es nuestra policía.
Aquello me sorprendió, y esperaba una explicación más detallada, pero Kalise no dijo nada más en el resto de trayecto hasta llegar al edificio de seguridad, al sur del edificio principal.
Estaba apartado del resto de dependencias, parcialmente oculto tras arbustos floridos y una valla de bambú.
Kalise pasó su credencial por el lector de la puerta y esta se abrió.
Un vigilante de seguridad nos sonrió. Llevaba pantalones caqui y el polo estándar del St. Claire con la palabra «Seguridad» bajo el logotipo, en vez de su nombre.
—Gracias, Kalise. Ya me encargo yo a partir de aquí —dijo.
Kalise me hizo un gesto con la cabeza y se marchó.
El vigilante me llevó. Avanzamos, dejando atrás varios despachos pequeños hasta llegar a una sala de conferencias al final del amplio pasillo.
Gino Garmon, el jefe de seguridad, era tan atractivo como recordaba de cuando lo vi en la playa: rasgos italianos marcados, cuerpo firme y musculoso.
Pero seguía siendo un imbécil, me recordé a mí misma.
Estaba sentado a la mesa con un hombre que llevaba un traje de verano de color gris claro y una corbata rosa claro.
Era Tristan, el que había ayudado a Trina en la tienda de regalos con la maleducada de Sherry Morrison.
El Tristan que, según los cotilleos del personal de la noche anterior, se acostaba con Kalise.
Gino me lanzó una mirada sin sonreírme. Tristan se puso de pie, sonrió y me tendió la mano:
—Señorita Crawford, gracias por venir tan pronto. Soy Tristan Dubois, el gerente del St. Claire. —Tenía un porte impecable y un ligero acento francés.
No acababa de imaginarme a la alta, morena y elegante Kalise con el pálido y delgado Tristan, que era más bajo que ella y que, aunque vivía en una isla, parecía como si no hubiera pasado ni un minuto tomando el sol.
Por no mencionar que, además, tenía unas entradas pronunciadas y un aire de director de funeraria.
Tal vez no estaba siendo justa al juzgar los libros —o a las personas— por su portada. Y Tristan tenía una sonrisa cálida y agradable que me habría tranquilizado si Gino no me estuviera mirando con ese ceño fruncido.
—Por supuesto —contesté, algo tarde—. Ayudaré en todo lo que pueda.
Tristan dijo:
—Ya conoce a Gino Garmon, nuestro jefe de seguridad. Tan solo tenemos unas cuantas preguntas que hacerle, pero, por supuesto, usted no es sospechosa de la muerte de la señorita Harden.
Me sorprendió ese comentario y que sintiera la necesidad de decirlo en voz alta. Yo ni siquiera estaba aquí cuando ella desapareció.
—Pensé que estaría la policía —comenté.
—St. Claire es una isla privada —dijo Gino—. Yo soy la policía.
Definitivamente, ese tipo no me gustaba un pelo.
Ese tono y el lenguaje corporal gritaban intimidación.
Enderecé la espalda y me obligué a no dejarme amedrentar por él.
Me descubrí jugando con las puntas del pelo, enroscando los mechones para formar rizos apretados alrededor de mis dedos.
Un hábito nervioso. Me obligué a parar, y crucé las manos encima de la mesa que tenía delante.
Con un tono más conciliador, Tristan dijo:
—Por supuesto, estamos trabajando estrechamente con el Departamento de Policía de San Juan.
Ellos han recuperado el cuerpo y están llevando a cabo la autopsia, y también dirigen la investigación en San Juan.
Pero no tiene por qué preocuparse por nada de eso.
Solo necesitamos una línea temporal de lo sucedido para dejar constancia.
¿Puedo ofrecerle algo de beber? ¿Agua? ¿Té helado? ¿Una copa con alcohol, tal vez?
¿Estaba intentando descolocarme? Intenté imaginarme siendo interrogada por la policía en Nueva York y que me ofrecieran una copa de vino. Casi se me escapa la risa.
—No, gracias —respondí—. Un poco de agua, a lo mejor.
Tristan se acercó a un minifrigorífico, sacó una botella de agua, me la puso delante y volvió a sentarse, regalándome una sonrisa alentadora. Quizá a Kalise le gustaba porque en realidad era un buen tipo.
Gino preguntó:
—¿Qué ocurrió anoche? ¿Cómo encontró el cuerpo? ¿Dónde estaba? ¿Qué escuchó? ¿Qué vio?
Se acabaron las bromas y el ambiente se puso tenso, y enseguida me trasladé mentalmente a la noche anterior. ¿Qué fue exactamente lo que dije? ¿Qué había dicho Jason? Supuse que ya habrían hablado con él, pero ¿y si todavía no lo habían hecho?
«¿Por qué te preocupa? Di la verdad y punto».
—Oí a la señora Kent gritar —contesté—. Quiero decir, en ese momento no sabía que era ella. Pero oí un grito y corrí hacia allí.
—¿Dónde se encontraba usted?
—En la laguna, al final del sendero Luz Luna Bahía —respondí.
—¿Sola? —preguntó Gino con una sonrisa burlona.
Por supuesto que había hablado con Jason, ya que Jason era un empleado del resort.
O tal vez recordaba haberme visto la noche previa, vestida solo con la camiseta y ropa interior.
Además, Jason me había cogido de la mano.
¿Estaba poniéndome roja? Dios mío, recé por que no estuviera sonrojándome.
Pero, cuanto más quería evitarlo, más caliente me notaba la cara.
—Al principio, sí estaba sola. Luego, Jason Mallory, uno de los camareros de aquí… —Obviamente sabían que Jason era camarero. «Déjate de rodeos», me dije a mí misma—. Eh… Jason apareció justo cuando me estaba preparando para irme. Estábamos hablando cuando oímos el grito.
—¿Qué vio en la playa? —preguntó Gino.
—Los Kent estaban muy alterados. Había un cadáver enrollado entre un montón de algas. Y Jason dijo que parecía la huésped desaparecida, Diana Harden. En ese momento, llegó usted con un empleado de seguridad y nos indicaron que nos retiráramos.
Gino me miró fijamente. ¿De manera intencionada, para incomodarme aún más? Tristan, con un tono mucho más amable y sereno, hizo unas preguntas para aclarar algunas cosas; en concreto, me preguntó qué hora era, si había tocado el cuerpo y si había visto algo más que pudiera ser útil.
Cuando ninguno de los dos tuvo más preguntas, pregunté:
—¿Cómo murió?
Los dos me miraron. Tristan, con una expresión neutral, y Gino, con un atisbo de… ¿enfado? A mí me parecía una pregunta lógica.
—Quiero decir, ¿fue un accidente o la mataron?
—No hemos recibido información de San Juan sobre la causa de la muerte —sentenció Tristan. Se puso de pie e indicó que yo hiciera lo mismo—. Muchas gracias por su tiempo.
Me acompañó hasta la puerta. Gino siguió sentado a la mesa escribiendo en su bloc de notas.
—Lamento mucho todo esto —continuó Tristan mientras salíamos—. Entiendo lo traumático y perturbador que debió de ser lo de anoche, y me han dado permiso para ofrecerle un paquete de tres noches con todos los gastos pagados para que lo utilice cuando lo desee.
—No es necesario.
«¡Cállate! —Prácticamente me grité a mí misma mentalmente—. ¿Vacaciones gratis? ¿Aquí? ¿En St. Claire?».
«Deja de ser tan conciliadora», me dije a mí misma.
Tristan me sonrió y añadió:
—En nombre de St. Claire, lamentamos profundamente los inconvenientes que ha experimentado durante su estancia.
Si hay algo en lo que yo o cualquier miembro del personal podamos ayudarla, no dude en contactar conmigo directamente.
—Se llevó la mano al bolsillo del pecho y sacó una tarjeta de presentación—.
Este es mi número personal. Estoy disponible en cualquier momento, ya sea de día o de noche.
Un momento, ¿no dormía? ¿No comía? ¿Estaba de guardia las veinticuatro horas, los siete días de la semana?
Acepté la tarjeta.
—Gracias —contesté. Tenía preguntas sobre Diana y su asesinato, pero nada que Tristan pudiera responder.
—Sé que Gino puede ser intimidante. Siento mucho si se ha sentido incómoda —añadió Tristan—.
Fue policía en los Estados Unidos y trabaja bien con el Departamento de Policía de San Juan.
Espero que esto no haya sido más que un fatídico accidente.
Si fue un asesinato, por favor, tenga la seguridad de que la policía liderará la investigación, y nosotros ayudaremos en todo lo que podamos.
Eso me hizo sentir un poco mejor, aunque Gino seguía sin caerme bien. Si el culpable era alguien de aquí, al resort le convenía encubrir el asesinato.
«Asesinato. Nadie dijo que fuera un asesinato».
Podría haber sido un accidente, como dijo Tristan.
En ningún momento creí que lo fuera.