Crímenes y lecturas de verano Capítulo nueve #2
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Capítulo nueve #2

—Pero debes de tener alguna opinión. —¿Sonaba demasiado impaciente?

—. Es que —añadí enseguida— me parece sospechoso que se fuera a San Juan y nadie la viera durante más de dos días, y luego aparezca muerta en la playa de St. Claire.

La isla de San Juan está demasiado lejos de aquí como para que un cuerpo llegue flotando tan rápido sin… , con tan pocas heridas.

Debió de pensar que yo era una morbosa total. No obstante, pareció considerar mis palabras y dijo:

—Tienes razón.

Y no añadió nada más, y me sentí incómoda al insistir para sacarle información.

Le di un sorbo al café y me serví más de la jarra para calentarlo. Ahí estaba yo, charlando con un hombre más mayor que mi abuela sobre un posible asesinato.

—¿Desde cuándo vives en la isla? —Cambié de tema.

Él se quedó pensando.

—Desde hace unos años.

—¿Trabajas aquí? —Parecía poco probable, dada su edad.

Sonrió.

—Echo una mano cuando puedo, haciendo esto y aquello, pero nadie espera de mí que trabaje.

—Debe de ser agradable disfrutar aquí de tu jubilación —contesté algo decaída.

Pensé en mis propios planes de jubilación.

A los cincuenta y cinco podría jubilarme cómodamente y vivir con un presupuesto durante treinta años, pero dudaba que me jubilase tan joven.

En el mejor de los casos, cuando aceptara mi ascenso, destinaría el aumento a un segundo fondo de jubilación para tener una cartera de jubilación más grande.

A los sesenta y cinco podría permitirme hacer un buen viaje una vez al año.

Nunca podría vivir así: a tiempo completo en una isla privada con todo incluido, como en St. Claire.

Aunque el resort fuera precioso y tranquilo, también era lujoso y un verdadero derroche.

Incluso aunque tuviera el suficiente dinero, no lo desperdiciaría viviendo aquí.

No obstante, por primera vez, pensé que quizá la jubilación podría ser algo diferente a mi plan de comprar una casa pequeña en Connecticut y hacer un viaje de dos semanas al año.

No viviría en una isla, pero quizá sí en un pintoresco pueblo costero de Carolina del Sur o de Florida.

Y, si lo planeaba bien, podría permitirme irme de vacaciones al Caribe cada dos años.

Al día siguiente cumpliría treinta. Estaba planeando mi vida después de los sesenta y cinco y todas las cosas que haría entonces porque tenía la necesidad compulsiva de tener una seguridad económica ahora.

Y ¿qué pasaba con los próximos treinta y cinco años?

¿La vida solo consistía en trabajar mucho para poder divertirse después?

Pensé en Jane y Amanda. Ellas habían equilibrado sus carreras con sus citas.

Ahora Amanda estaba casada e intentaba quedarse embarazada, y Jane no tardaría en casarse, y ambas tendrían familia, y yo seguiría sola.

De repente, me ardían los ojos porque estaba a punto de llorar y me encontraba tan triste que me enfadé conmigo misma. Estaba en la isla más alucinante del planeta, y me estaba deprimiendo.

Vi que Luis me estaba mirando. ¿Qué estaría pensando? ¿Sentiría pena por mí? Porque en ese momento yo sentía mucha pena por mí misma. Forcé una sonrisa.

—Eres una jovencita muy seria —dijo Luis—. Pero, cuando sonríes, eres tan hermosa como una dalia.

—Gracias —respondí, al darme cuenta de que intentaba animarme—. ¿A qué te dedicabas antes de jubilarte?

—Oh, hice de todo un poco —contestó, pero eso no era una respuesta.

—¿De dónde eres? —pregunté.

—De todas partes.

—Quiero decir, ¿dónde te criaste?

—Nací en Texas.

No sé por qué, pero su respuesta me sorprendió. Su ligero acento sonaba más extranjero que texano, como si hubiera nacido allí, en las islas.

—Mi padre se alistó en la Marina después del bombardeo de Pearl Harbor.

Eso fue nueve meses antes de que yo naciera.

Era la primera vez que se embarcaba, pero le encantó.

Cuando volvió, yo era un bebé. Tuvo empleos en el mar.

Compartió su amor por el mar conmigo. Luego tuvo algunos problemas con la ley y nosotros, mi padre, mi madre y yo, viajamos en barco por todo el mundo.

Nos asentamos durante un tiempo en España, donde conocí al amor de mi vida.

Yo tenía dieciséis años. Ella tenía diecinueve.

Se le pusieron los ojos vidriosos al recordarlo.

—Mis padres se fueron. Yo me quedé. Me casé con María y tuvimos una vida maravillosa.

Podía imaginarme su trepidante historia de amor y quería saber más.

¿Qué pasó con María? ¿Cómo acabó él en la isla?

Debían de tener hijos, y alguno de sus hijos, o quizá de sus nietos, trabajaba aquí.

Su forma de hablar era a la vez anticuada y romántica, todo lo que hacía grande a una novela histórica.

Un joven de Texas que se vio arrastrado lejos de su tierra porque su padre era un delincuente, acababa viajando por alta mar y encontraba el amor verdadero en una tierra lejana con una princesa…

Bueno, María probablemente no era una princesa, pero lo era para Luis.

Antes de que pudiera hacerle más preguntas sobre su historia, vi a Brie acercarse desde la playa y dirigirse directamente a nuestra mesa.

—Hola, Luis —dijo, y enseguida se giró hacia mí—. ¡Cuéntame el coti!

—¿Qué? —No la comprendí.

—¡Dios mío, ya sabes a qué me refiero! ¡Encontraste el cuerpo de Diana Harden!

Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos escuchaba. No quería ser una chismosa, aunque digamos que me moría por contarle a alguien lo que había pasado. Y ¿qué más daba si la única persona interesada era una chica de dieciocho años?

—Yo no fui quien encontró el cuerpo —contesté.

Brie se inclinó hacia delante:

—He oído que los adictos al sexo se tiraron encima de ella.

Con una mirada a Luis, que parecía divertido con nuestra conversación, dije:

—Esa fue mi impresión.

—¿Y? —insistió Brie—. Sé que estuviste allí. Gino estaba hablando de eso con Tristan. Intenté que Kalise me contara algo, pero a veces es muy cerrada. Y no encuentro a Jason por ninguna parte.

Ahora me estaba poniendo roja.

—¡Dios mío! —exclamó Brie otra vez—. Estuviste con Jason.

—No estuve con Jason. Estuvimos…, bueno…, en el mismo sitio al mismo tiempo.

Brie había dejado de escucharme. Me enseñó la primera sonrisa verdadera que le había visto en las veinticuatro horas que hacía que la conocía. Sus ojos de color azul claro le brillaban con alegría.

—Mira que lo sabía.

No iba a hablar sobre Jason con una adolescente y delante de Luis. Lo que pasó la noche previa era asunto mío, y quería que siguiera siendo así.

Me quité al camarero guapo de la cabeza y dije:

—De todos modos, sí es verdad que Jason y yo oímos gritos y fuimos a ver qué pasaba. Encontramos a Diana muerta y enredada en un montón de algas. La tuvo que arrastrar la marea, pero llevaba muerta un tiempo. Quizá desde que desapareció el domingo.

—¿Estabas allí cuando llegó la policía? ¿Qué dijeron?

Negué con la cabeza.

—No había motivo para quedarme. Pensé que quizá vendrían a hablar conmigo por la noche, pero no se pasó nadie. Seguro que vendrán a hacerme preguntas.

Miré alrededor del resort, pero todo parecía seguir igual que el día anterior.

Gente en la playa, unos pocos tomando el sol, una pequeña clase de aeróbic acuático en la parte poco profunda de la piscina.

La clase de yoga había terminado, y una de las mujeres hablaba con el instructor muy pegada a él. Había gente riéndose y entrando al bar.

¿A nadie más le importaba que una mujer hubiera muerto?

Quizá nadie se había enterado. CeeCee no había dicho nada, y sospechaba que, si lo supiera, habría sido lo primero que me habría mencionado.

—¿Cómo te enteraste? —le pregunté a Brie.

—¿Quién no se ha enterado? Anoche estaba relajándome en el balcón —hizo un gesto vago hacia una de las cabañas privadas más grandes que había en los acantilados—, y vi llegar dos barcos muy tarde.

No suele venir nadie por la noche, así que bajé a ver qué pasaba.

Pensé que sería algún famoso o algo así, aunque normalmente llegan en helicóptero.

Me acerqué mucho a donde estaban y me escondí entre los árboles hasta que Gino me vio y, de hecho, llamó a mi padre y todo.

—Puso los ojos en blanco—. Idiota. Tengo dieciocho años, así que ya soy mayor de edad.

—¿La policía dijo algo?

—No pude oír mucho —admitió Brie—. El forense de San Juan estaba allí y dijo que el cuerpo llevaba en el agua unas cuarenta y ocho horas.

Miré a Luis, pero no parecía estar escuchando nuestra conversación. Miraba otra vez al mar, con los ojos protegidos por las gafas de sol, y me pregunté si se habría quedado dormido.

Diana desapareció el domingo por la mañana.

Podría haber muerto en cualquier instante entre ese momento y el domingo por la noche, justo cuarenta y ocho horas antes de que la encontraran.

¿Cuánto tiempo puede permanecer sumergido en el agua un cuerpo?

¿Había estado ahí todo el tiempo, lastrada hasta que una cuerda se rompió?

No había visto ninguna cuerda, pero eso no quería decir que no la hubiera.

Kalise entró en el Blue Dahlia y se acercó a nuestra mesa.

—Señorita Locke, señor Caruso, si me disculpan, necesito a la señorita Crawford.

Brie parecía emocionada. Le di las gracias a Luis por desayunar conmigo.

—Cuando quieras, Mia, cuando quieras —dijo él.

Se levantó, se estiró, saludó a Brie con una reverencia y se fue tranquilamente hacia la playa.

Al salir del Blue Dahlia, miré a Brie. Ella se señaló a sí misma e hizo un gesto con la mano, indicando que quería que la buscara más tarde, probablemente para que le contase lo que supiera sobre la muerte de Diana.

Quizá lo hiciera.