Capítulo nueve
CAPÍTULO NUEVE
«Solo es un cotilleo si lo repites. Hasta entonces, solo estás reuniendo información».
MERCEDES LACKEY , Intrigues
No me dormí hasta casi el amanecer y me desperté pasadas las ocho de la mañana.
Lo primero en lo que pensé fue en Diana Harden y su libro.
¿Debería llevarlo a la policía? Si lo hiciera, ¿qué harían con ello?
¿Acaso había alguna posibilidad de que se creyeran mi teoría de que el libro era de Diana y que podría haber estado chantajeando a gente en la isla?
Anoche, parecía la explicación más plausible…
en cambio, a la luz del día, la encontraba absurda y paranoica.
Necesitaba pensar más sobre eso. Tenía una teoría…
y ninguna manera de probarla. Debería tener en cuenta todas las respuestas plausibles antes de hablarlo con nadie, ni siquiera con Jason, para tener una segunda opinión.
O sea, era un poco surrealista pensar que yo, Mia Crawford, me viera implicada en el misterio de un asesinato.
Se me puso la carne de gallina. Tenía el libro. Podía descubrir qué estaba tramando Diana. Me preguntaba si…
«El desayuno».
Llegaba tarde al desayuno con Luis, el señor que fumaba puros. Me sentía fatal. No solo porque detestaba llegar tarde a cualquier sitio, sino porque él me estaba esperando y probablemente pensase que le había dejado plantado.
Salté de la cama, me lavé los dientes, me recogí el pelo en un moño despeinado y me puse unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Luego salí casi corriendo hacia el Blue Dahlia a por crepes.
Antes de ponerme a buscar a Luis, le eché un vistazo al bar con la esperanza de ver a Jason.
No estaba allí. Una mujer guapa, de unos veinte años, con la piel de color caramelo y el pelo aclarado por el sol, estaba ocupada preparando el bar. Doug estaba tomándose un bloody mary en la barra con uno de sus amigos, y no había ni rastro de sus respectivas parejas.
Por supuesto que Jason no estaba atendiendo, ya que había trabajado la noche anterior. En algún momento tenía que dormir.
Vi a Luis en una mesa bebiendo café en una taza enorme y mirando al mar. Me senté frente a él.
—Siento mucho haber llegado tarde —dije.
Se giró hacia mí y me sonrió.
—Me han comentado que anoche estuviste liada. —Cambió su taza por una segunda y me sirvió café de la jarra que había encima de la mesa.
El aroma hizo que mis papilas gustativas saltaran de alegría.
¿Todo el mundo sabía lo que había pasado? ¿Sabían que había vuelto al resort con mi ropa interior rosa? Supuse que mi estado de semidesnudez era un detalle minúsculo dentro del cotilleo general, teniendo en cuenta que había aparecido un cadáver en la playa.
—Fue una noche… movidita —murmuré.
—Ve a por tu desayuno antes de que el chef cierre. Es terco, y no se queda ni un minuto después de las nueve. Yo estoy listo para tomarme una mimosa. ¿Tú qué quieres? Te recomiendo la de piña o guayaba. O las dos… Mmm. —Cerró los ojos y se besó los dedos.
—De piña, gracias.
Efectivamente, el chef estaba de mal humor. Como no conseguía decidirme, pedí una crepe de cada sabor: una de fresa, otra de mango, otra de chocolate, otra de arándanos y una de jamón y queso. Me miró como si desperdiciar comida fuese el mayor de los pecados, así que dije a la defensiva:
—Me muero de hambre, y huelen tan bien…
Las dos cosas eran ciertas, y le dediqué mi mejor sonrisa.
Él no me devolvió la sonrisa. Preparó las cinco crepes con manos rápidas y seguras, espolvoreando azúcar glas y nata montada sobre la de chocolate, fruta triturada sobre las de fruta, y un poco de queso y cebolla sobre la de jamón y queso.
Le di las gracias efusivamente y luego volví a la mesa junto a la playa, donde Luis ya estaba de vuelta con las mimosas.
Luis sonrió y alzó la copa.
—Por los nuevos amigos —brindó.
Brindamos, bebí un sorbo y luego me lancé sobre las crepes.
—Oh. Dios. Mío —dije con la boca llena de crepe de arándanos.
Pasé los siguientes cinco minutos en silencio. La verdad es que estaba muerta de hambre, y a Luis no parecía molestarle que estuviera devorando la comida.
Seguí la mirada de Luis hacia la playa. El mar era hipnótico. El agua iba y venía, clara cerca de la orilla, y más azul e intensa cuanto más se alejaba.
Nelson y Anja Stockton paseaban cogidos de la mano, justo fuera del alcance del agua.
Ambos llevaban sombreros para protegerse del sol, y Anja lucía una larga falda con estampado animal y una blusa suelta.
Las joyas le brillaban bajo el sol de la mañana.
Diamantes al amanecer, pensé con una media sonrisa.
Nada prácticos y llamativos, pero, por alguna razón, Anja conseguía que quedara bien.
Más allá, en la playa, dos familias con niños jugaban, y de vez en cuando me llegaba algún chillido de alegría.
Cerca de donde me había sentado el día anterior, estaba terminando una clase de yoga: seis mujeres frente a un instructor atlético vestido completamente de blanco.
Mmm… La verdad es que necesitaba sacar tiempo para hacer yoga en la playa.
—Bueno —dije después de haberme comido la mayoría de las crepes de fruta—, tengo que comer más despacio. Tenías razón, están increíbles. ¿Crees que me dará la receta?
No se me daba mal cocinar, pero no tenía a nadie para quien hacerlo. Un brunch podría estar bien. Invitaría a Jane y a Amanda a mi casa, les contaría todo el viaje (lo de la laguna y que apareció un cadáver serían, sin duda, las cosas más importantes) y prepararía estas crepes.
—No —contestó Luis con una risita—. Es arisco, pero yo te la conseguiré.
—No quiero que te metas en líos.
Le hizo gracia mi comentario, lo cual me pareció extraño, pero Luis no era el típico huésped de este sitio. Recordé lo que Henry había comentado sobre las viviendas del personal que se encontraban al sur del muelle y entonces me pregunté si Luis sería el padre de algún empleado.
Más que ver, oí a CeeCee entrar y soltar un chillido justo cuando retiraban el puesto de crepes.
—¡Ay, Trevor! ¡Nos hemos perdido las crepes!
Eché un vistazo mientras CeeCee corría hacia el chef enfadado.
—¿Seguro que no podrías prepararme un par de tus deliciosas crepes? —dijo con un aleteo de pestañas y sonriendo con esperanza.
El chef empezó a gritar en un idioma que parecía francés. Sacó el carrito del Blue Dahlia mientras seguía despotricando.
—Oh, Trevor, estoy tan triste —dijo CeeCee. Luego me vio y saludó con la mano—. ¡Mia! Hola, Mia, ¿te acuerdas de mí? Estuvimos hablando ayer.
—CeeCee —contestó Trevor en voz baja, pero lo bastante alto como para que yo lo oyera—, estás gritando.
CeeCee le dio un beso en la mejilla y luego corrió hacia mí.
—¿Quieres una de mis crepes? —le ofrecí—. Estoy llenísima. —Y era verdad.
—Qué amable eres. Pero iremos al restaurante —contestó echando un vistazo por encima del hombro.
Trevor estaba hablando con la camarera y no parecía contento. Las pocas veces que lo había visto, nunca le había visto sonreír.
CeeCee cogió una fresa de mi plato y se la comió. Normalmente, un gesto así me habría molestado, pero al ser CeeCee no me importó. Tal vez porque me daba un poco de pena. Parecía no tener ni idea de lo imbécil que era su novio con ella. Además, yo le había ofrecido una crepe.
Estaba a punto de presentarle a Luis cuando CeeCee suspiró de modo teatral.
—¡Me encanta este bar, cómo se abre a la playa, y todo! —exclamó mientras extendía los brazos, cerraba los ojos y sonreía mirando al sol.
Entonces me vino a la mente un comentario escrito en los márgenes del libro de Diana.
¿Por qué los hombres infelices en su matrimonio siempre se fijan en chicas tontas?
La noche anterior me había quedado leyendo las crípticas notas de Diana Harden. Y puede que no significaran nada. Quizá tan solo estuviera siendo maliciosa y estaba aburrida mientras esperaba a su novia. Probablemente no se estuviera refiriendo a Trevor y CeeCee.
Pero tal vez sí.
—CeeCee, vámonos —soltó Trevor desde la barra mientras se quedaba mirando su reloj—. Tengo una videoconferencia en noventa minutos.
—Mia —dijo CeeCee—, ¿quieres venir conmigo esta tarde a hacer una ruta hasta la cima de la montaña? —Señaló vagamente hacia el norte—. Trevor va a estar todo el día de reuniones. No es un sendero difícil, pero sería divertido, y las fotos que he visto son preciosas.
Ella parecía…, bueno…, un poco desesperanzada, como si pensara que fuera a decirle que no.
—Claro —contesté—. ¿Después de comer?
CeeCee sonrió de oreja a oreja.
—A la una y media. Nos vemos aquí mismo. —Le dio unas palmaditas a la mesa—. ¡Chao! —Y se despidió con la mano y se fue con Trevor.
Entonces me di cuenta de que CeeCee ni había saludado a Luis.
—Lo siento —me disculpé—. Iba a presentaros, pero… —No terminé lo que iba a decir porque no quería ser maleducada—. Creo que simplemente es así. No creo que quisiera ofenderte.
—No me ofende —dijo con esa media sonrisa cómplice otra vez—. La gente ve lo que quiere ver. Y tú ves bastante.
El comentario de Luis era misterioso, pero quizá esa fuera su forma de hablar. Prefería al enigmático Luis antes que a la melodramática CeeCee.
—No lo suficiente —dije pensando en cómo había ido corriendo a «salvar» a los recién casados cuando estaban en el agua.
Me terminé la mimosa y me recliné en la cómoda silla. No pude comerme los últimos trozos de crepe. No sabía si iba a ser capaz de comer nada más en todo el día.
—¿Cómo estás después del macabro descubrimiento de anoche? —preguntó Luis amablemente.
—Bien —respondí—. Ahora todo me parece surrealista. ¿La conocías? A la huésped que desapareció. Que… murió. —Esperaba no sonar demasiado entrometida.
Él se volvió hacia mí y levantó una ceja, como si supiera que tras mi pregunta había algo más que simple curiosidad.
—La vi varias veces —contestó—. Cuando uno es mayor, como yo, la gente tiende a no verte de verdad.
Eso me entristeció. No obstante, por otra parte, Luis no hacía nada especial para llamar la atención. Quizá le gustase ser invisible.
—¿Crees que su muerte fue un accidente? —pregunté.
Él se encogió de hombros.
—No lo sé.