Crímenes y lecturas de verano Capítulo ocho
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Capítulo ocho

CAPÍTULO OCHO

«Solo se vive dos veces: una cuando naces y otra cuando miras a la muerte a la cara».

IAN FLEMING , Solo se vive dos veces

Jason me cogió la cerveza, la dejó al lado de la suya y me agarró de la mano indicándome que lo siguiera. No tuvo que pedírmelo dos veces; después de ese grito, no pensaba quedarme aquí sola.

Ahora entendía perfectamente a qué se referían los escritores cuando hablaban de un grito que «helaba la sangre».

Jason avanzaba a paso rápido por el sendero principal, sin soltarme la mano en ningún momento.

Giramos a la izquierda antes de llegar a la mitad del camino que llevaba al edificio principal.

Él conocía la isla mejor que yo, pero ese sendero no estaba bien iluminado.

No había luces bonitas blancas enrolladas en los troncos de los árboles, sino solo algunas luces incrustadas a lo largo de un estrecho camino de piedra.

Al cabo de un minuto, estábamos en la playa, cerca de donde el agua entraba en la ensenada que acabábamos de dejar. Unos peñascos enormes nos separaban de la cueva.

Al principio no vi a nadie, aunque escuchaba sollozos.

Jason me atrajo hacia su costado y nos acercamos muy juntos a la orilla.

Fue entonces cuando vi a los recién casados acurrucados en la arena.

¿Habrían visto un tiburón? ¿Aquí había tiburones?

Tal vez una medusa, o el cadáver de un pez espada arrastrado por la marea.

—Señor Kent, ¿qué ha pasado? —preguntó Jason.

La señora Kent sollozaba, y el señor Kent señalaba hacia las rocas.

—No veo nada —susurré.

Aún cogidos de la mano, caminamos con cuidado hacia las rocas.

Las olas iban y venían. Entraban y salían.

Suaves y constantes. Las algas salpicaban la arena mojada, pero no se veía nada fuera de lo normal.

Entonces las olas se retiraron y dejaron al descubierto un gran montón de algas marinas.

Vi algo retorcido entre ellas. ¿Un pez grande?

Tal vez basura, restos, o… Solté un grito cuando creí ver una mano.

No podía ser una mano.

Las olas cubrieron esa masa, volvieron a retirarse, y entonces ahogué un grito.

—Dios mío, Jason —dije con voz temblorosa y aguda.

Sí que era una mano. Y la mano estaba unida a un cuerpo.

—Quédate aquí —contestó Jason.

No lo hice, sino que lo seguí cuando se acercó al montón de algas.

El amasijo de algas que envolvía el cuerpo era tan denso que casi no se distinguía si aquel cuerpo era un hombre o una mujer, pero la mano era delicada, y las astilladas uñas estaban pintadas de un color rosa brillante.

Cada vez que las olas tocaban su cuerpo, lo empujaban unos centímetros hacia la orilla.

Cuando se retiraban, lo arrastraban medio centímetro hacia atrás. El ritmo era grotescamente hipnótico.

La marea la había arrastrado hasta allí.

Llevaba un vestido veraniego largo, pero no podía saber de qué color debió de ser en origen.

Un pañuelo le rodeaba el cuello. Jason y yo caminamos lentamente alrededor del cuerpo, manteniéndonos a varios pasos de distancia.

Tenía los ojos abiertos y opacos, la boca en forma de O, el cuerpo hinchado y manchas en la piel.

Había leído suficientes novelas de asesinatos como para saber que llevaba más de veinticuatro horas en el agua.

—Ay, mierda —susurró Jason—. Es Diana Harden, la huésped desaparecida.

Antes de que pudiéramos ir al edificio principal a buscar ayuda, Gino Garmon y tres agentes de seguridad ya se acercaban. También debieron de escuchar el grito. Gino le echó un vistazo al cuerpo y soltó un improperio. Luego dijo:

—Jason, lleva a los huéspedes de vuelta al resort. Cuéntale a Tristan lo que ha pasado y pídele que avise al jefe de policía de San Juan. Nosotros nos quedaremos con el cuerpo.

Jason no se movió. Seguía mirando fijamente el cuerpo.

—Vamos, Jason —mandó Gino.

Entonces se dio cuenta de que yo estaba allí.

—Señorita Crawford. —Miró hacia abajo, vio que solo llevaba ropa interior y que la camiseta no me cubría del todo el trasero. La vergüenza que había perdido con Jason ahora me estaba volviendo a invadir, pero estaba demasiado impactada por lo que habíamos encontrado como para sonrojarme.

—Jason —musité—. Tenemos que irnos. Deja que se encarguen ellos de ella. Llama a la policía.

—Sí. Vale, sí. Gracias, Gino.

Nos acercamos a los recién casados. La señora Kent seguía sollozando.

—Vamos —le dije—. Tenemos que avisar a las autoridades, y ellos acordonarán la escena del crimen.

Casi me reí de mí misma. Sonaba como una detective de mi serie policiaca favorita.

El señor Kent ayudó a su mujer a levantarse. Está bien, sé que ver un cadáver es impactante —este también era mi primer cadáver real—, pero me pareció un poco exagerado lo bloqueada que estaba esta mujer.

—¡Está muerta! ¿Quién es? ¡Dios mío! —La señora Kent se dio la vuelta rápidamente y se aferró a Jason—. ¿Es ella? ¿La mujer desaparecida?

Él asintió con la cabeza.

—¿Qué pasó?

—No lo sé —dijo—. Podría haber tenido un accidente. Tal vez un accidente en barco. El domingo no volvió de San Juan.

Debió de volver porque no creo que un cuerpo pudiera haber llegado flotando casi desde San Juan hasta St. Claire en dos días. No sabía cómo funcionaban las mareas exactamente, pero no me parecía realista, sobre todo porque a simple vista no parecía tener mordeduras de peces.

El señor Kent rodeó la cintura de su mujer mientras los cuatro caminábamos por la playa hasta llegar al edificio principal.

Ya eran más de las doce, y el Blue Dahlia estaba cerrado, pero el bar de dicho edificio aún estaba abierto.

La música sonaba baja, y había varios huéspedes charlando y riéndose.

—Voy a llevar a mi mujer a nuestra habitación —anunció el señor Kent, lo cual sirvió para romper ese silencio tan incómodo.

—La policía querrá hablar con ustedes —contestó Jason.

—¿Esta noche? —preguntó la señora Kent con una voz aguda y quejumbrosa.

—Quizá —dijo Jason—. No lo sé. Les diré que ustedes se han retirado a su suite .

—¿Cómo la encontraron? —pregunté yo.

La pareja se miró entre sí.

—Estábamos…, esto…, disfrutando de un momento en la playa. Y… algo se acercó rodando hasta mí —contestó la señora Kent.

Un «momento» en la playa. Justo como el «momento» en el agua que interrumpí yo esa misma tarde. En otra vida, debieron de ser conejos.

—Pensé que era un montón de algas enorme, pero luego le vi los ojos. —Se estremeció.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no llevaban zapatos y, con la luz del edificio, vi que la señora Kent no llevaba ropa debajo de su ligero pareo. Los pantalones cortos del señor Kent estaban al revés.

Quizá una mujer muerta interrumpiendo su encuentro sexual en la playa les haría perder el interés por el exhibicionismo excesivo. No obstante, mi «rescate» de esta tarde no les había impedido seguir teniendo relaciones sexuales en público, así que no sabía qué podría pararlos.

Entonces, me miré las piernas desnudas y quise que me tragase la tierra.

—No lo pienses —dijo el señor Kent mientras guiaba a su mujer por el edificio principal hacia su cabaña.

—¿Estás bien? —me preguntó Jason.

—Debería preguntarte lo mismo a ti. Parece que hayas visto un fantasma. Es un tópico decir eso, lo sé, pero es la verdad.

—No, yo…, quiero decir…, la conocía. No pensé que estuviera muerta. Pensé que se había ido a San Juan a esperar a su novia.

—¿A su novia?

—El sábado se quejó de que su novia llegaba tarde y de que iba a estropear las primeras vacaciones que pasaban juntas desde hacía un año.

Estaba molesta y… No debería contarte esto.

Tenemos una política estricta de no hablar sobre otros huéspedes.

Lo siento. Necesito hablar con mi gerente. Te acompaño a tu cabaña.

—Estoy bien —dije. Él no parecía creerme—. En serio, te aseguro que estoy bien.

—De todas formas, te voy a acompañar a tu habitación —sentenció cogiéndome de la mano.

Caminamos por el sendero que llevaba a las cabañas privadas.

Parecía que yo estaba menos afectada por los acontecimientos que Jason. Pensé que debía de haber algo más en todo esto, cosas que él sabía sobre Diana y su desaparición. Pero, como dijo, el personal no debía hablar con los huéspedes sobre otros huéspedes. Con quien sí hablaría sería con la policía.

Quizá, en el fondo, yo llevaba todo el día pensando que Diana Harden estaba muerta. La gente no desaparece sin más dejando todas sus cosas en una isla del Caribe, a menos que le haya pasado algo malo.

No hablamos durante el corto camino que había hasta mi cabaña. El silencio no era incómodo. Estoy segura de que Jason estaba pensando en todo lo que tenía que hacer, y yo me preguntaba cómo había terminado Diana Harden muerta en la playa.

Me detuve delante de la puerta.

—Si la policía quiere hablar conmigo, yo… —Se me quebró la voz cuando me ofreció una media sonrisa tan sexi que todos mis pensamientos relacionados con el cadáver de la playa se esfumaron.

Parpadeé mientras me miraba, me recorrió una descarga de deseo. Jason estaba muy cerca, demasiado cerca, y luego llevó nuestras manos entrelazadas a sus labios. Ese beso suave en la palma de la mano me dejó sin palabras.

—Me gustaría tener una segunda oportunidad —dijo él.

—¿Qué? —Sabía a qué se refería, pero estaba haciendo tiempo mientras intentaba recuperar el equilibrio y la compostura.

—En la laguna. ¿Mañana? ¿A la misma hora? —Se acercó y casi me besó—. ¿Por favor?

—Está bien. —No me podía creer que hubiera aceptado.

Un escalofrío de deseo me recorrió la espalda. Por las ganas. Y por el deseo. Y un poco de miedo. Estos sentimientos, esta atracción, no solo eran producto de mi imaginación. Eran reales. Para los dos.

—Genial —dijo mientras me pasaba casualmente los dedos por el pelo húmedo y luego se apartaba.

Respiré más aliviada…, aunque esperaba que me hubiera besado.

«¿En serio? ¿Justo ahora, después de ver un cadáver, estás pensando en besar a un tío que es poco más que un desconocido?».

Bueno, eso era lo que pasaba en todas las novelas románticas de suspense que me encantaban. ¿Por qué no aquí y ahora?

—Ten cuidado —comentó Jason—. Quiero decir, no creo que a la señorita Harden la hayan matado. Lo más probable es que haya sido un accidente, pero, hasta que sepamos qué pasó exactamente, ten cuidado.

—Eso haré. Tú también.

Me llevé la mano a los bolsillos…, pero no tenía. La tarjeta de acceso de mi habitación estaba en el bolsillo de los vaqueros, que aún estaban en la laguna.

—¡Joder!

Jason se metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta.

—Tengo la llave maestra —dijo—. ¿Puedo?

—Gracias —respondí mientras me abría la puerta—. Voy a cambiarme y volveré a la laguna a buscar mis cosas.

—Es tarde. Haré que alguien te las traiga.

—No tienes que…

Me puso un dedo sobre los labios. No podía respirar y se me aceleró el pulso y sentí que el corazón me latía con fuerza en el pecho.

Estuve a punto de pedirle que entrara, pero al final no lo hice.

Todos estos sentimientos inesperados me invadían.

Necesitaba ordenar mi cabeza y recuperar algo de control en esta situación que había pasado del coqueteo al deseo demasiado rápido.

—Quédate aquí —susurró.

Me limité a asentir con la cabeza porque no podía hablar. Sonrió y después se alejó.

Tardé un minuto en volver a respirar con normalidad y estaba sonriendo…

hasta que vi mi reflejo en el espejo del baño.

Tenía el pelo enredado y encrespado. Nada de ese look sexi de melena despeinada por la brisa marina.

El maquillaje que me había puesto antes de ir al Sky Bar se me había corrido, así que parecía que tuviera los ojos como un mapache porque no esperaba sumergirme en el mar.

Y la camiseta sucia que llevaba no me tapaba del todo el culo, lo cual dejaba al descubierto la ropa interior rosa que llevaba, que ahora parecía sucia.

Me di una ducha muy larga con agua caliente, me lavé el pelo y me eché acondicionador.

Me dolían los pies. Al salir vi que me había hecho pequeños cortes.

Me eché crema hidratante por todo el cuerpo, me puse calcetines gruesos en los pies y me envolví con una de las batas esponjosas.

Cogí una lata de nueces de la cesta de regalo que había en el salón de la cabaña y salí a la terraza que daba a la playa.

En la playa donde encontramos el cuerpo de Diana Harden, había luces brillantes que iluminaban a varias personas, pero estaban tan lejos que no podía saber qué hacían exactamente.

Me comí las nueces mientras pensaba en qué pudo haberle pasado.

La explicación más probable era que fuese un accidente; sin embargo, su desaparición resultaba sospechosa.

Por la forma en la que tenía el pañuelo alrededor del cuello no parecía que ella misma se lo hubiera puesto.

«El libro».

Volví adentro, saqué el libro de Diana del bolso, me senté en la cómoda cama y empecé a leer las anotaciones de los márgenes.

Todo comenzó a encajar.

Eran anotaciones sobre personas que había en la isla, sobre otros huéspedes que ella parecía conocer muy bien, pues estaba al tanto incluso de su patrimonio neto y de las propiedades que poseían.

Los apuntes sobre el anciano, los comentarios sarcásticos, números que no tenían sentido para mí, pero que debían de significar algo para Diana…

Fueron los símbolos de dólar y los cálculos del patrimonio neto los que me dieron la pista final.

¿Diana Harden estaba chantajeando a alguien? Estaba obsesionada con el dinero. El comentario que tenía cálculos y símbolos de dólar. ¿Le habían pagado para que guardara un secreto? ¿O alguien había acordado pagarle, había quedado con esa persona el domingo en San Juan y pasó algo terrible?

Quizá su muerte no fue un accidente.

Quizá alguien la había matado.