Capítulo siete
CAPÍTULO SIETE
«Hay cosas en la vida que no puedes controlar. Puedes celebrarlo o tomártelo como una tragedia».
NORA ROBERTS , Álbum de boda
Salí a la terraza. Del edificio principal llegaba una música tenue.
Me encantaban las luces que había enganchadas entre los árboles y la paz de la noche estrellada.
No veía estrellas cuando estaba en mi ciudad.
Había sido un poco dura con Jason cuando le dije que no había querido venir a la isla. Ahora me alegraba de estar aquí.
Bajé a la playa, y estaba a punto de girar hacia Luz Luna Bahía cuando percibí el inconfundible aroma nauseabundo de un puro.
Un hombre con una mata de pelo blanco y una larga barba blanca sobre la piel morena estaba recostado apoyado en una palmera, enmarcado por las tenues luces del suelo, quince metros más allá de mi terraza.
Tenía los ojos cerrados y una media sonrisa en la cara, como si estuviera escuchando buena música o rememorando un recuerdo feliz.
No quise molestarle, así que caminé con tanto sigilo como pude al pasar a su lado mientras me dirigía hacia el sendero.
Abrió los ojos.
—Hola —dijo.
—Hola, siento haberle molestado.
Sonrió. Parecía una versión hispana de Papá Noel con ese pelo tan blanco.
—Eres nueva por aquí.
—Sí. Es la primera vez que vengo, ¿y usted?
—Vivo aquí. —Le dio una calada al puro y expulsó anillos de humo.
—¿En serio? Seguro que es genial. Esto es precioso. —«Precioso». ¿Por qué no se me ocurría otra palabra?
Siguió sonriendo.
—Me fijo en las cosas. Es lo menos que puedo hacer.
Qué comentario tan raro.
—Ah, bueno. Soy Mia. Voy a dar un paseo.
—Mia. Mia —murmuró. Tendría unos ochenta años.
Quizá tuviera más de ochenta. ¿Estaba aquí solo? Tal vez debería ir a buscar a alguien que lo ayudara.
—¿Necesita que le ayude a volver a su habitación?
—Ah, no. Estoy bien. Allí no me dejan fumar, pero puedo sentarme aquí todas las noches y fumarme el puro.
Cualquiera que superara la esperanza de vida debería tener derecho a hacer lo que quisiera. Al menos, eso era lo que me decía mi abuela cada vez que yo le cuestionaba sus decisiones.
—Soy Luis —añadió—. Encantado de conocerte, Mia. Espero que nos veamos más adelante.
—Estaría bien. —Lo dije en serio.
Tenía cierta debilidad por la gente mayor.
Tenían historias maravillosas, a veces graciosas y otras tristes.
Minnie, la amiga de mi abuela, siempre se quejaba, pero me hacía reír cuando me contaba cosas de cuando trabajaba en una fábrica durante la Segunda Guerra Mundial, a los dieciséis años.
O Hank, el vecino de mi abuela, que adornaba sus historias sobre la guerra de Vietnam.
Combatió en ella, eso era cierto, pero ¿qué era verdad y qué era ficción?
A fin de cuentas, lo único que querían todos era tener a alguien que los escuchara, que les prestara atención.
Alguien con quien recordar.
Luis volvió a cerrar los ojos y sonrió mientras se fumaba el puro. Me dirigí al camino, pero casi me caigo cuando las palabras que había leído en los márgenes del libro me vinieron a la mente:
El viejo debería meterse en sus propios asuntos. Alguien tiene que callarle la boca
Me giré para mirar a Luis. Tal vez supiera algo de Diana Harden y de la persona sobre la que escribía ella, y lo que tenía planeado. Cuanto más lo pensaba, más me preguntaba si le habría pasado algo malo.
Antes de que pudiera pensármelo dos veces, me di la vuelta y volví donde estaba Luis.
—¿Luis? —pregunté.
Pensé que se había quedado dormido porque tardó un poco en responderme. Después, abrió los ojos y con un brillo en la voz dijo:
—¿Sí, Mia?
—Bueno, verás, quería preguntarte si te gustaría desayunar conmigo. ¿Mañana? He venido sola, y, si no tienes a nadie con quien desayunar, me encantaría que habláramos sobre la isla.
—Para desayunar me viene genial.
Una sensación de culpa me recorrió el cuerpo porque le iba a hacer un montón de preguntas sobre Diana, pero también disfrutaría hablando con él. Aunque no supiera nada sobre la mujer desaparecida, tal vez supiera muchas cosas sobre la isla y el Caribe. Sería fascinante escucharlo.
—Estupendo. ¿A las ocho estaría bien?
—En el Blue Dahlia. A las ocho de la mañana.
—Eso es el bar.
—El chef prepara crepes recién hechos todas las mañanas en el Blue Dahlia. Te van a gustar. A las nueve deja de cocinar.
—Vale —contesté con una sonrisa—. A las ocho en el Blue Dahlia.
El humo le salía lentamente de los labios mientras sonreía y se despedía de mí con gestos.
El camino de Luz Luna Bahía era prácticamente llano y se adentraba en la selva.
No sabía si a esto se le podía llamar selva, pero los árboles y arbustos eran tan espesos que no era fácil atravesarlos de ninguna manera.
Habían podado el camino, pero las copas de los árboles tapaban el cielo, y la única luz provenía de la iluminación del suelo y de bombillitas blancas que había enganchadas entre las plantas.
A medida que avanzaba, el aire se fue volviendo más húmedo y terroso, con olor intermitente a madreselva. No tardé en llegar al final del sendero y entrar en una cueva enorme.
La luz del sendero proyectaba sombras sobre la montaña rocosa que sobresalía por tres lados, El mar entraba por un arco al este y el sonido de las olas resonaba contra las paredes de la montaña.
Cuando se me adaptó la vista a la penumbra, me di cuenta de que el cielo estaba iluminado por las estrellas.
Poco a poco, rodeé el borde de la ensenada.
Era más o menos redonda y del tamaño de un gran planetario.
La playa tenía unos treinta metros de ancho.
No sabía si había marea alta o baja. La arena estaba húmeda, sin estar mojada.
Me quité las sandalias y moví los dedos de los pies, sonriendo mientras me acercaba al borde del agua y las suaves olas me golpeaban los pies.
El agua estaba sorprendentemente caliente.
¿Por qué me había puesto pantalones? Debería haberme traído un bañador.
Lo único que se oía era el agua. Ni música, ni gente. Pensé en todas las locuras que había hecho mi abuela. Este era mi momento, mi época para dejarme llevar. A fin de cuentas, estaba sola. ¿Quién se iba a enterar?
Me quedé en bragas y dejé la ropa doblada sobre una roca. Contenta, me adentré en el mar. Ninguna de mis amigas se creería que me había bañado desnuda. Actuar fuera de lo normal era a la vez aterrador y estimulante.
Me zambullí en el agua y luego salí a la superficie preocupada por si me arrastraba mar adentro.
Pero la corriente era tan débil que era como estar dentro de una piscina.
Nadé hasta las rocas, en el borde de la laguna, y luego crucé al otro lado.
Volví flotando al centro, miré al cielo y tuve la abrumadora y embriagadora sensación de que era la única persona que había en el mundo.
El chapoteo rítmico del agua contra las rocas fuera de la laguna parecía muy lejano, pero era reconfortante.
Creer que era la única persona de la isla que conocía este lugar era una tontería, pero, durante los quince minutos siguientes, me entregué a esa fantasía.
A pesar de que no quería irme, podía notar las arrugas que tenía en los dedos y sabía que era hora de marchar.
Salí del agua. Tenía la carne de gallina.
Al día siguiente llevaría una toalla, bañador y tal vez algo de picar. Sin duda, mi idea era volver.
—Quizá, después de todo, tienes esa vena salvaje de tu abuela —dijo una voz masculina desde la oscuridad.
Grité, después me llevé la mano a la boca, escuché un pequeño eco seguido de una carcajada.
—Perdona —dijo con sorna—. No quería asustarte, pero me alegra que estés aquí para mejorar las vistas.
Conocía esa voz.
—¿Jason?
—El único e incomparable.
Volví al agua, avergonzada. Excitada. Nerviosa. Un pequeño escalofrío me recorrió la espalda. Intenté ignorar mi reacción hacia Jason y busqué en lo más hondo de mi interior hasta encontrar un atisbo de enfado, pero no encontré ninguna ira a la que aferrarme.
—Joder. —Vale, quizá sentía un poco de rabia porque sí que me había asustado. Es más, no entendía muy bien por qué aquello no me había molestado.
—Vengo aquí para relajarme —dijo, como si yo no hubiera hablado—. No suele haber huéspedes por la noche.
Toqué la arena con los pies, pero me puse en cuclillas para no exponerme, manteniendo los pechos justo por debajo de la superficie del agua. Contemplé el espacio cavernoso, los árboles, los acantilados y las estrellas.
—Es verdaderamente impresionante —comenté mientras esa poca rabia y la vergüenza iban desvaneciéndose.
—Te pega este sitio —comentó él.
—¿Por qué? —No supe qué más decir.
—¿Que sea bonito no es suficiente?
—Parece una frase preparada.
Jason sonrió y pensé que podría estar riéndose de mí. No sé por qué me molestó tanto. Ya había decidido que daba igual cuánto me atrajera ese hombre, pues no lo iba a elegir para un revolcón.
—No es una frase preparada —contestó—. Este es el sitio más bonito de la isla, pero también es misterioso. Tiene caminos que no conoce nadie, aunque estén prácticamente a la vista. Todo está abierto, esperando a que lo disfruten, lo valoren…, pero también es un sitio solitario.
Se me hizo un nudo en el estómago cuando vi la cueva escondida desde la perspectiva de Jason. Durante un breve instante, sentí que me entendía.
Cuando volví a mirarlo, vi que cogía mi sujetador de la roca.
—¿Esta ropa es tuya?
—¡Deja eso ahí!
Se estaba riendo.
—Sin duda, tienes una vena salvaje. Quizá debería unirme a ti. Hace buena noche para darse un baño.
—¡No! —Me invadió un nuevo rubor de vergüenza—. Necesito que te vayas, Jason.
Se sentó en la roca con mi sujetador aún en la mano. Un brillo juguetón en su expresión me dijo que no tenía intención de irse. Me lo imaginé quitándose la camisa y los pantalones y acercándose a mí en el agua.
Vale. Me levanté, salí del agua y subí por la playa, hasta donde estaba él. Seguía sonriendo, mirándome fijamente mientras le brillaban esos ojos verdes. ¿Porque le parecía gracioso? ¿Porque valoraba de forma positiva lo que estaba viendo? No lo sabía.
Jason Mallory seguía siendo guapísimo. Llevaba un bañador y una camiseta de tirantes, como si hubiera planeado hacer exactamente lo mismo que yo. Pero, dado su comportamiento arriesgado, era probable que hubiera pensado escalar los acantilados y tirarse de cabeza a la cala llena de rocas.
Esperaba que no hubiera suficiente luz para que no me viera la cara roja de vergüenza mientras le arrebataba el sujetador de la mano.
No apartó la mirada. Quería salir corriendo y esconderme detrás de un árbol y vestirme, pero no lo hice.
Me puse delante de él, me puse el sujetador y me metí la camiseta por la cabeza.
Estaba mojada; ahora tenía la camiseta mojada. La noche no hacía más que mejorar.
Con gracia, me preguntó:
—¿No te has traído toalla?
—No tenía pensado bañarme.
—También tienes una vena espontánea.
—¡Arrrg!
Era insufrible. ¿Por qué narices había tenido que bañarme desnuda? ¡Yo no era tan tonta! Sin embargo…, era emocionante que él estuviera allí. Amanda y Jane no se creerían que me metí desnuda en el agua o que el tío más bueno de la isla me vio vestirme.
Ojalá hubiera aparecido antes, antes de que hubiera decidido comportarme como mi abuela.
Habría sido agradable estar sentada en la pequeña playa mirando las estrellas con alguien que —aunque no fuera para nada mi tipo, y con el que ni en un millón de años me acostaría— parecía inteligente y divertido y probablemente lo sabía todo sobre la isla y sus habitantes.
—Adiós —dije.
—¿Vas a volver andando al resort con esas pintas?
Sabía lo difícil que iba a ser ponerme los vaqueros con la piel mojada.
—¿Tienes algún problema?
—No. Ningún problema.
Con una mano señalé la cueva que antes me parecía preciosa y con la otra cogí los vaqueros.
—Toda tuya.
—Quédate.
—¿Que me qué? —Debí de haberlo escuchado mal.
Señaló una cesta de pícnic en la que no me había fijado antes.
—He traído algo de picar y un par de cervezas. No me importaría compartirlo.
¿Podría ver la sorpresa en mi cara?
—Mmm. —«No. No. No me quedo», pensé. Pero no dije eso.
—Estás guapa cuando te pones nerviosa y te ruborizas. —Sonrió—. Eres divertida cuando te desmelenas un poco.
Me quedé literalmente paralizada. No tenía ni idea de qué decir o hacer. Sin duda, Jason estaba coqueteando.
—Una cerveza —añadió—. Ni siquiera tenemos que hablar. Solo tenemos que quedarnos aquí sentados y disfrutar de la tranquilidad.
La forma en que me miró, como si pudiera verme por dentro, hizo que quisiera hacer cualquier cosa que me pidiera.
—Luego te acompaño a tu cabaña. La isla es segura, pero nunca se sabe.
—La mujer desaparecida. —Me aclaré la garganta; de pronto tenía la boca seca—. Diana Harden.
—Ya me imaginé que todo el mundo se había enterado de lo que pasó. Desapareció en San Juan, no aquí.
—¿La conociste? —pregunté. Necesitaba que Jason dejara de mirarme como si quisiera saber más sobre mí. Como si…, como si se sintiera atraído y quisiera besarme. Porque, si me hacía una pregunta, le diría todo lo que quisiera saber. En ese momento, yo era un libro abierto.
—Conozco a todo el mundo. —Se encogió de hombros—. Soy el camarero, y todo el mundo va al bar.
Sabía que no debía quedarme. Pero… ¿qué podría salir mal? Jason era amable, y ya no me ponía nerviosa estar a su lado. De hecho, era un poco difícil resistirse. Tampoco me importaba abrazar ese lado salvaje que no sabía que tenía hasta esta noche.
—Está bien —dije—. Una cerveza.
Jason pareció gratamente sorprendido de que hubiera aceptado. Sacó dos cervezas de la canasta, las abrió y me pasó una.
—Por los nuevos amigos y las nuevas aventuras —dijo, y chocó el cuello de su botella con la mía.
Yo no tenía nada mejor que decir, así que asentí con la cabeza y me bebí la mitad de la cerveza de un solo trago.
La mirada de Jason se volvió intensa. Toda su atención estaba centrada en mí. Era embriagador y desconcertante, casi abrumador.
Quería besarlo.
Abrí los labios para intentar decir algo, lo que fuera para romper ese silencio sorprendentemente cómodo. ¿Sabría él lo que yo estaba pensando? Creo que sí… y creo que él estaba pensando lo mismo.
Me acarició detrás de la oreja, y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Uno de los buenos, de esos que surgen con la espera, con el calor de la expectativa de que, cuando nuestros labios se tocaran, todo sería perfecto.
Sonrió. Apenas se formó una ligera curva en sus labios. Juraría que yo estaba liberando feromonas por todas partes, y que lo estaban llamando y atrayendo hacia mí. Se inclinó hacia delante. Casi podía saborearlo.
Iba a suceder, y sabía que sería justo lo que esperaba de un hombre como Jason Mallory. Todo eso y mucho más.
Un grito desgarró la noche.
El grito sonó como si hubiera salido directamente de una película de terror.