Crímenes y lecturas de verano Capítulo seis #4
23%

Capítulo seis #4

¿«2012»? De eso hacía más de diez años. ¿Cómo podría ser un trato del futuro? Me estaba dando dolor de cabeza intentar descifrar la caligrafía de Diana.

El último punto de la lista era interesante. No había ningún garabato, ni números, ni cantidades de dinero. Solo un comentario: «Quedo con Dos Caras el domingo a las 8».

¿Quién era ese «Dos Caras»? Diana se marchó a primera hora en el ferri del domingo, ¿había quedado con alguien en San Juan a las ocho de la mañana? ¿O tenía que volver a St. Claire aquella tarde a las ocho?

Antes de que pudiera pensar más sobre esa información, el DJ anunció que la última lanzadera de vuelta al resort salía en diez minutos.

Se había ido el sol; ahora, tan solo una fina línea de color rojo oscuro surcaba el mar.

Quería volver y encontrar la laguna porque, sorprendentemente, no estaba cansada.

Mientras subía por el sendero, oí tres voces femeninas que hablaban en voz baja. Olía a marihuana.

Me paré sin querer interrumpirlas. Ese día, lo de escuchar a escondidas se había vuelto una mala costumbre.

Una de las trabajadoras con las que había hablado antes, una mujer joven llamada Leesa, dijo:

—¿Habéis visto la ropa que llevaba la señora Craig? Ninguna mujer de menos de cincuenta años debería intentar ponerse algo así.

—Es para enseñar sus nuevas tetas —comentó otra mujer.

—A veces, menos es más.

Risas, seguidas de un «Shhh».

—¿Os habéis enterado de que Kalise ha pasado la noche en la habitación de Tristan?

—Es gay —sentenció Leesa.

—No, estuvo allí toda la noche, y no es que estuvieran viendo películas.

—Tiene derecho a pasárselo bien —comentó Leesa—. La policía de San Juan sigue haciendo preguntas sobre la señora Harden. Tristan está muy preocupado. Igual que Kalise. Es cuestión de responsabilidad.

—Pues hasta nunca —dijo una tercera voz, mucho más grave, y luego añadió—: Era una zorra.

—Para, si alguien te oye hablar así de los huéspedes…

—Estaría de acuerdo conmigo. Engreída y maleducada. Hizo llorar a Ginger después del tratamiento en el spa . ¡A Ginger!

Las demás murmuraron algo, y el tono daba a entender que se trataba de algo particularmente atroz.

—Y no es que sea una clienta habitual —dijo la mujer enfadada—. Es la primera vez que viene, y no fue planeado.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Leesa.

—Me he leído los perfiles de los huéspedes. Literalmente, reservó dos días antes de presentarse aquí el viernes. Es inaudito.

—Me sorprende que quedara una habitación libre —comentó otra.

—No es la única —añadió la mujer enfadada—.

¿La actriz? ¿Esa que presume de haber salido en una película de Tom Cruise en la que solo tenía una frase y aparecía en pantalla durante un nanosegundo?

También reservó a última hora. Y no para de hacer preguntas sobre esa tal Harden.

Quería saber en qué habitación se alojaba, ¿os lo podéis creer?

Me mordí el labio. ¿Por qué Amber estaba haciendo preguntas sobre Diana? Tendría que llevar mucho cuidado cuando sacara el tema de la mujer desaparecida delante del personal del hotel.

—Se dejó todas las cosas —comentó Leesa—. Tuvimos que recogerlo todo nosotros y…

—¡Ya basta de cotillear! —interrumpió una nueva voz femenina bruscamente—. Estaba preguntándome dónde se había metido todo el mundo. ¿Eso que huelo es marihuana? ¿Mientras trabajáis?

—No, señora —dijo la chica dulce—, debe de ser de algún huésped.

—Debe de ser —contestó la mujer con tono de incredulidad—. Venga, Jason ya está cerrando el bar, y estamos esperando a que el último huésped se suba a la lanzadera. Saldremos en cinco minutos si aceleráis el paso.

La mujer volvió a entrar en el edificio principal, y yo respiré más tranquila.

«¡Qué se va la última lanzadera!».

No quería volver andando de noche, así que hice el camino corriendo y acabé en la pista de baile. Me desorienté un poco con la sala vacía para buscar la salida que daba a la lanzadera.

—Vaya, eso sí que es entrar a lo grande —dijo Jason desde la barra mientras cerraba con llave los armarios.

—No me di cuenta de que se había hecho tan tarde. ¿Se ha ido la lanzadera ya?

—Te quedan unos minutos.

—¿Agua?

Sonrió, tan encantador como siempre, y puso una botella de agua en la barra. Me sentí doblemente mal por haber sido maleducada antes. Estaba a punto de disculparme, pero se marchó.

No podía culparlo. Yo había sido muy borde con él. Era lo mejor. Éramos totalmente incompatibles.

Me quité a Jason de la cabeza y pensé en las cosas que habían dicho las trabajadoras.

Diana Harden se había marchado sin sus cosas.

Eso sugería que no tenía pensado irse, y que no había huido con un chef sexi ni tenido una emergencia familiar, pues, de ser así, habría llamado al resort para avisar.

Salió hacia San Juan, tal vez para reunirse con el señor o la señora Dos Caras, y ya nunca volvió.

Ahora había dos cosas que quería hacer: ver sus cosas y hablar con el capitán del ferri que la llevó a San Juan.

Quizá conoció a alguien en el muelle. Quizá le dijo algo al personal.

Solo tenía que averiguar cómo hacer las dos cosas sin levantar sospechas.