Capítulo seis #3
—La adoro —contesté, sorprendida de que se le hubiera pasado eso por la cabeza—.
Nunca dirías que tiene setenta y cinco años, pues no los aparenta y no actúa como si los tuviera.
Siempre es el alma de la fiesta. Si estuviera aquí ahora, estaría bailando con Brie.
Tiene un montón de anécdotas increíbles sobre su estilo de vida bohemio.
Se recorrió toda Europa cuando tenía veintiún años.
—Parece la bomba.
Lo dijo como si pensara que era lo contrario a mí. Mi abuela era lo contrario a mí, pero me molestó su forma de decirlo, como criticando de tapadillo mis decisiones vitales.
—Después, cuando yo tenía quince años, mi padre murió. Ella vendió la casa familiar y me llevó de viaje. Estuvimos viajando por todo el mundo durante seis meses.
—Qué experiencia tan fantástica.
—Sí, fue divertido. Fuimos donde yo quise ir.
Vimos las pirámides de Egipto. Subimos a lo más alto de la Torre Eiffel.
Vivimos en una playa de Nueva Zelanda durante dos semanas e hicimos un crucero por Alaska.
Pero ¿qué pasó cuando volvimos a Connecticut?
Que no teníamos dónde vivir ni dinero en el banco.
Se había gastado hasta el último centavo de la venta de la casa en un viaje de seis meses alrededor del mundo.
Sobrevivimos a duras penas gracias a que calculé mi pequeña herencia para que durara y a los pagos de la seguridad social por la muerte de mi padre, y trabajé mientras iba al instituto.
Si al final pude ir a la universidad fue solo porque mi padre me había creado un fondo universitario el día que nací y fue metiendo dinero en él todos los meses, y también porque me dieron una beca.
Entonces me di cuenta de que es divertido y maravilloso hacer lo que quieras cuando quieras, pero al final alguien tiene que pagar las consecuencias.
Yo me aseguro de que mis clientes tengan un futuro seguro para que no hayan de preocuparse por la hipoteca o los gastos de manutención. Ese es mi trabajo, y se me da muy bien.
—Y, sin embargo, aquí estás —dijo, y se encogió de hombros, como si no hubiera escuchado ni una palabra de lo que acababa de decirle—. St. Claire no es conocida por atraer a personas ahorradoras, así que debe de haber una parte rebelde en tu interior.
—Estoy aquí porque mi jefe me ha obligado a venir. Resulta que mi quinto aniversario en el trabajo coincide con mi cumpleaños, que es el jueves, así que el viaje ha sido mi paga extra. Créeme: le pedí el dinero para ingresarlo en mi fondo de jubilación, y me dijo que no.
Jason me miró sorprendido.
—¿Habrías preferido guardarte el dinero que usarás dentro de cuarenta años en vez de disfrutar de una semana con todo incluido en un resort de la isla más bonita del Caribe?
—Sí, esto… —Levanté la mano para abarcar toda esa lujosa isla— no es práctico. —Mientras lo decía, me lo creí…, aunque me encantaba la isla, pero nunca lo admitiría delante de Jason.
—¿Es que no tienes ningún sueño?
—¿Y tú? —le contesté—. ¿O es que siempre has querido ser camarero?
Me arrepentí de lo que acababa de decir nada más pronunciar aquellas palabras. No me di cuenta de lo mal que sonaban ni de que los comentarios de Jason sobre mi vida me habían hecho ponerme tan a la defensiva.
Me miró y no parecía molesto, sino solo sorprendido. Quería disculparme, pero no dije nada, y Jason se fue a atender pedidos.
Jason me había enfadado, es verdad, pero no quería insultarlo.
Yo no era así. ¿Para qué había ido al Sky Bar?
, o, ya puestos, ¿para qué había ido a St. Claire?
Tal vez debería haberme puesto firme con el señor Cohn.
Él, en realidad, no podía obligarme a ir.
Yo podría haber renunciado al viaje, no haber subido al avión, haberme quedado en casa una semana de vacaciones.
Aunque eso sí que parecía deprimente.
Me llevé la sangría y recorrí un sendero bien iluminado hasta un banco que tenía unas vistas increíbles.
El banco estaba enmarcado por árboles cubiertos con las mismas luces blancas que había a lo largo del camino.
La puesta de sol era aún mejor de lo que me había imaginado.
Mientras el sol desaparecía, pensé en lo que había dicho Jason.
«¿Es que no tienes ningún sueño?».
No me atreví a darle voz a mi sueño. Era una tontería y una irresponsabilidad fiscal.
Todos los días se creaban pequeñas empresas que cerraban, ¿y el negocio que yo quería?
En menos de tres años habría perdido los ahorros de toda mi vida.
El éxito estaría fuera de mi control. Solo de pensarlo, me entraba dolor de cabeza.
Me negaba a arriesgarlo todo —mi seguridad económica, mi futuro— por un sueño caprichoso.
Sonaba música y las risas se disipaban en el aire cálido, pero me sentía sola. Quizá debería haberle pedido a Adam que viniera conmigo a este viaje.
Adam, mi último exnovio, quería que volviéramos.
A Amanda y Jane les caía bien, pero…, bueno…
, no siento casi nada cuando pienso en él.
Estaba bien. Tenía un buen trabajo, era responsable, era prácticamente perfecto de cara a la galería…
, pero no había nada de química entre nosotros.
Nada de romanticismo. El corazón no me latía por Adam.
Era comodidad, y yo no quería eso. Eso ya me lo daba mi trabajo. Quería pasión y diversión. Ilusionarme con las citas, no encontrar excusas para evitarlas.
Tal vez tenía las expectativas demasiado altas. Sueños imposibles, como el sueño de tener mi propio negocio.
Ya bastaba de lamentos. Delante de mí tenía el paisaje más bonito que había visto nunca e iba a pasármelo bien, maldita sea.
Hice una rotación de hombros, estiré la mandíbula y practiqué la sonrisa. Después, saqué el móvil para grabar la reseña de mi libro. Editaría la portada del libro antes de publicarla en internet.
«Hola, soy Mia. ¡Estoy de vacaciones, mis primeras vacaciones de verdad desde hace años, en una preciosa isla del Caribe! ¿A que es maravillosa?». Moví la cámara para enseñarlo todo y después volví a enfocarme. «Estoy aquí para hablar de un libro que leí en el avión…».
Hice una reseña de dos minutos, la duración perfecta, porque no era ni demasiado larga ni demasiado corta. Guardé el vídeo en el móvil porque el wifi del resort no llegaba al punto más alto de la montaña. Lo editaría y lo publicaría cuando volviera a mi cabaña.
Una vez terminada esta feliz tarea, volví a sacar el libro de Diana. Releí el capítulo anterior porque las notas me habían distraído. Después, empecé el cuarto capítulo, me metí muchísimo en la historia porque Gabrielle, la heroína, era inteligente y descarada y todo lo que me gustaría ser.
Después de leer las cinco primeras páginas, la letra de Diana prácticamente me gritaba.
El viejo debería meterse en sus propios asuntos. Alguien tiene que callarle la boca.
Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Se refería al personaje que hacía de guía de Gabrielle en el libro y que intentaba que ella volviera con su ex? ¿O a alguien de aquí, de la isla? ¿Era una amenaza?
Hojeé un par de páginas para ver si decía algo más del anciano. Al final del capítulo había varias notas crípticas.
Había un corazoncito en el que se podía leer «¡Mi #1 no estará por aquí hasta el martes!», seguido de una carita triste.
«Está sin blanca. Nos ayudará», seguido del número «77».
Después: «1419 vale al menos unos 100 de los grandes, o quizá más».
Debajo de eso: «¡Por fin! He dado con el mandamás. Ja, ja, ja, ja. 2012, trato del futuro».