Crímenes y lecturas de verano Capítulo seis #2
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Capítulo seis #2

Había más de treinta personas picando aperitivos y charlando. Jason estaba en la barra, trabajando. Observé sus movimientos espontáneos y su sonrisa tan natural cuando cogí una copa de champán de una bandeja.

Doug me integró en su grupo. Era divertido estar rodeada de hombres que eran buenos amigos, animados, inteligentes y con mucho sentido del humor. Quizá ese buen humor era demasiado, pero estaban de vacaciones.

Brie estaba de pie, a un lado. Me pregunté por qué había venido sola. Cuando pasó un rato, me excusé y me acerqué a ella, que contemplaba el atardecer.

—Hola —dije—. Te llamas Brie, ¿verdad?

Me lanzó una mirada de reojo. Supongo que yo haría lo mismo si una desconocida se me acercara y empezara a hablarme.

—Eres la contable del bar —contestó.

¿Cómo lo sabía?

—Mia —me presenté.

—Bueno, es tu primer día aquí. ¿Qué te parece?

—Es precioso. —Parecía una respuesta obvia—. Nunca había estado en el Caribe.

—Nosotros venimos todos los años. Bueno, desde que mi madre murió, cuando yo tenía cinco años.

—Lo siento.

Ella se encogió de hombros.

—Ya, en fin.

Sentí una inesperada afinidad con la adolescente.

Mi madre se marchó cuando yo era pequeña, y, aunque no era lo mismo porque no había muerto, no la había vuelto a ver desde entonces.

Siempre me mandaba una tarjeta para felicitarme en mi cumpleaños y más tarde me mandó una tarjeta con cien dólares cuando me gradué en el instituto, pero ni una palabra cuando me gradué magna cum laude en la universidad.

Ni siquiera asistió al funeral de mi padre.

Ni la quería, ni la odiaba; no sentía nada por la mujer que me dio la vida.

—Jason me ha comentado que en otoño empiezas la universidad.

Brie puso los ojos en blanco.

—No se le puede contar nada.

Yo quería indagar cosas sobre la mujer desaparecida, y Brie llevaba varios días aquí. Me preguntaba si sabría algo.

—Me gustó mucho más la universidad que el instituto —dije. Era verdad—. Odiaba el drama que había en el instituto. Siempre me sentí como si anduviera por un campo de minas.

A Brie se le escapó una risa gutural.

—Claro. ¿Y en la universidad no hay drama? —preguntó sarcástica.

—Hay mucho, pero es más fácil evitarlo. ¿A cuál vas a ir?

—A la Universidad de Arizona, donde estudió mi padre.

Es una buena universidad, está lo suficientemente cerca como para poder visitarlo los fines de semana si quiero.

—Hizo una pausa y me miró—. He estado hablando con mi nueva compañera de cuarto.

Parece maja. Es de un pueblo diminuto en el que viven cien personas, cerca del límite entre Arizona y California.

—Movió la mano—. Seguro que no te importa.

—Es interesante.

—¿Eres una de esas adultas que echan de menos la universidad y quieren volver?

—Para nada —contesté entre risas—. Me gustó la universidad, pero no pienso volver. —Ahora o nunca, pensé—. Oye, quería hacerte una pregunta: ¿conociste a la mujer desaparecida? ¿Diana Harden?

—¿Por qué?

—Por curiosidad.

Me miró como si no creyera mucho en la curiosidad vaga como excusa.

—Llegó el viernes —dijo Brie—, y se pasó todo el día en el spa haciéndose un tratamiento completo. Después, estuvo todo el sábado en la piscina leyendo, más o menos como tú hoy. Más tarde la vi bajar por el sendero sur. Es el único camino prohibido.

—¿Por qué?

—Por las caídas pronunciadas. Hace cinco o seis años, dos personas saltaron al lago desde la cima y ¡bam!

Se chocaron contra unas rocas que había justo bajo la superficie del agua y que no habían visto.

Ahora está prohibido. Y es la única forma de llegar a la mansión de Ethan Valentine, aparte de en barco.

—¿De qué me suena ese nombre? —me pregunté en voz alta.

—Es un multimillonario solitario de la era de internet. Vendió la empresa y amasó una fortuna. Es un genio que inventó un microchip de esos superpequeños que hacen el trabajo de un chip diez veces más grande.

Sin duda, Brie sabía mucho de la historia de la isla.

—Y ¿vive solo?

—Compró la isla hace tres años y su plan era cerrar el resort, lo cual habría sido una lástima porque es bonito y me lo habría perdido.

Imagino que, en cambio, decidió dejarlo abierto y lo reformó entero.

La verdad es que le hacía falta. Kalise dice que Ethan Valentine tiene un acuerdo con la dirección para que lo dejen en paz.

—Qué triste.

—Simplemente es raro, y me han dicho que casi nunca está en casa. Tiene su propio yate y un helicóptero, y viene y va cuando quiere. Una vida de lujo. —Brie miró al DJ—. Necesitamos una música mejor. Esta porquería está pasadísima. —Se alejó.

¿«Pasadísima»? ¿ NSYNC y Destiny’s Child? No tenía ni treinta años (bueno, me quedaban dos días para cumplirlos) y no creía para nada que mi música estuviera «pasadísima».

Me acerqué a la barra y miré el surtido de bebidas.

—Acabo de preparar una jarra de sangría, la mejor que hayas probado en tu vida —comentó Jason.

—Tienes mucha seguridad en ti mismo, ¿no?

—Siempre.

—¿Alguna vez te equivocas?

—Casi nunca.

—La probaré.

Sirvió la sangría con naranja fresca, limón y lima en un vaso de cóctel huracán y me lo puso delante. Esperó.

—¿Quieres que te felicite?

—Quiero que seas sincera.

Le di un sorbo. Era la mejor sangría que había probado jamás. Volví a dar otro sorbo.

—Muy buena. —Asentí con la cabeza.

No iba a inflarle el ego al tipo, pues estaba claro que ya lo tenía bastante subidito.

Se le iluminó la mirada y los hoyuelos se le hundieron cuando sonrió.

—Admítelo: es la mejor que hayas probado jamás.

Me derretí cuando sonrió.

—Vale, tú ganas. Es la mejor que he probado jamás.

Se retiró para preparar otra jarra de margaritas, riéndose.

La música cambió, y la voz de Dua Lipa salía de los altavoces.

Observé a Jason por el rabillo del ojo. Hablaba con todo el mundo, y parecía que no le costara, pero supuse que se debía a que era camarero.

Se movía de forma fluida. Parecía estar ocupado y pasándoselo bien a la vez, como todos los demás.

Había más de treinta personas, bastante gente, y se les veía amables, y nadie —ni siquiera Brie— tenía aspecto de sentirse solo.

Me entremezclé con ellos con un motivo oculto. Me presenté a todo el mundo y después me las apañé para hacer preguntas sobre la mujer desaparecida.

«¿Os habéis enterado de lo de la mujer desaparecida?».

O «¡En el periódico he leído algo sobre una huésped que desapareció hace poco! ¿Estabais aquí ese fin de semana?».

Aparte de Brie, nadie más sabía quién era, excepto los amigos de David y Doug, que me dijeron que viajaron con ella en el ferri el viernes y que no habló con nadie más.

Cuando los camareros pusieron la comida en el bufé, se me escapó un chillido.

Había picoteado tanto que pensé que no tendría hambre, pero las gambas y el bistec hicieron que me rugiera el estómago, y la ensalada parecía refrescante.

Me serví un plato y me senté a la barra porque desde ahí tenía las mejores vistas de la sala.

En ese momento, me di cuenta de que Amber no estaba. ¿Se habría ido ya?

La comida le dio una tregua a Jason, que se acercó a rellenarme la sangría mientras yo me llenaba la boca con una gamba gigante. Se apoyó en la barra delante de mí.

—Entonces, Mia la Contable, ¿qué haces para divertirte?

—Leer —le contesté sin pensar.

—Eso he visto. —Debí de echarle una mirada de desconfianza porque añadió—: Te vi leyendo en la playa. ¿Qué te gusta leer?

—Misterio, romántica…; prácticamente, cualquier cosa. Ahora estoy leyéndome un thriller romántico. Está bastante bien. ¿Y tú? ¿Lees mucho?

—Casi siempre no ficción.

—¿Cuál es el último libro que has leído?

—Un libro sobre la IA .

—¿En serio?

—Es interesante.

Era lo último que me esperaba de un camarero. Supongo que creí que sus intereses estarían más relacionados con la ficción popular, si es que acaso leía. Me di cuenta de que, en general, no era justa con los camareros.

—Ahora estoy leyendo sobre los pubs en Inglaterra —dijo.

Pensé que aquello sí me encajaba.

—¿Has estado allí? —le pregunté.

—¿En Inglaterra? Claro.

—Un camarero viajero.

Negó con la cabeza.

—En realidad, no.

Se marchó para mezclar otra jarra de margaritas y servir una ronda de sangrías al grupo de Doug y después volvió cuando yo masticaba el último trozo de bistec.

—Y ¿te gusta tu trabajo? ¿Lo de ser contable?

—Sí.

—No lo parece.

—Se me da muy bien mi trabajo.

—Desde luego.

«¿Qué significa eso?».

—Pero que se te dé bien algo no tiene por qué significar que te guste —añadió Jason—. Dejé mi trabajo anterior porque, aunque se me daba genial, acabé odiando todo lo que tenía que ver con él.

—Más bien soy planificadora financiera. Ayudo a la gente a gestionar su economía. A hacer inversiones inteligentes. Les doy la seguridad de que cuando se jubilen lo tendrán todo. Recompensa bastante.

—¿Inversiones de bajo riesgo?

La forma en la que lo dijo me puso los pelos de punta.

—No tiene nada de malo ser cauteloso; sobre todo en lo que respecta al dinero.

—La vida consiste en arriesgarse.

—La vida consiste en vivir.

—Pero, si no te arriesgas, ¿de verdad estás viviendo? ¿O solo estás contando los días que te quedan para morirte?

Fruncí el ceño.

—Arriesgarse con el dinero, el mío o el de mis clientes, es tan tonto como hacer ala delta desde una montaña.

—Y ¿qué me dices de tus clientes? ¿No te presionan para que expandas su cartera de inversión? ¿Para que apuestes por una nueva aventura? ¿Cómo una empresa que despegue y se convierta en la próxima Apple o la próxima Amazon?

—Es mucho más probable que esas nuevas aventuras salgan mal —contesté—, lo cual haría que mis clientes perdieran el dinero que tanto esfuerzo les ha costado ganar, además del control de sus vidas.

—No todo gira alrededor de la seguridad.

Ahora sí que me había cabreado.

—Mi padre se dejó los cuernos durante toda su vida porque mi abuela no entendía el concepto de ahorrar para cuando llegara una época dura —me quejé.

—¿No te cae bien tu abuela? —Me miró como si le acabara de pegar a un cachorrito.