Crímenes y lecturas de verano Capítulo seis
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Capítulo seis

CAPÍTULO SEIS

«Las cosas siempre empeoran antes de mejorar».

KAREN M. MCMANUS , Alguien está mintiendo

¿Qué se ponía una para una cena al atardecer?

Me quedé de pie medio desnuda en el maravilloso cuarto de baño y aproveché la loción corporal de lavanda de cortesía.

Me recogí la melena rubia oscura y decidí dejarla así: los rizos húmedos tenían una caída casual pero atractiva.

No me apetecía arreglarme demasiado. Estaba de vacaciones en una isla, así que bastaría con un poco de maquillaje para resaltar mis ojos marrones.

Ni siquiera tenía pensado ir al Sky Bar esa noche, pero quería saber más sobre la mujer desaparecida.

Si lo que decía Gino, el jefe de seguridad, sobre la privacidad era cierto, intentar hablar con Trina, la dependienta de la tienda de regalos, o con Kalise, la coordinadora de ocio y tiempo libre, no me llevaría a ninguna parte.

No obstante, varios de los huéspedes actuales ya estaban aquí cuando se alojó Diana, y quizá fueran más comunicativos que los miembros del personal.

Diana Harden era una curiosidad, un misterio por resolver. Al igual que yo, había venido a la isla sola. Éramos parte de un club exclusivo. Incluso Amber y Parker, que habían viajado solos, en realidad no estaban solos, si tenemos en cuenta que se conocían.

La desaparición de Diana, la cual muy probablemente tuviese una explicación lógica, no era lo único que despertaba mi interés.

También me llamaba la atención que en el libro Diana parecía tener una actitud caprichosa, frívola, de superioridad e interesante.

Observaba y evaluaba a la gente desde la distancia, como yo.

Eran sus comentarios escritos en los márgenes lo que me tenía desconcertada.

¿Sería una novelista que fue anotando ideas a medida que se le ocurrían?

Aquello no me parecía plausible, si tenemos en cuenta que escribía sobre personas reales de la isla…

¿O quizá era reportera? ¿Reportera de un periódico rosa?

Eso sí tendría sentido. Y la tienda de antigüedades ¿cómo encajaba en su historia personal?

¿Solo era un marcapáginas que tenía a mano? ¿O era algo importante?

Sus observaciones sobre la vida, la traición y las mentiras me intrigaban.

Diana era mucho más que su personaje de Harriet la Espía.

Quería saber por qué sentía la necesidad de evaluar a la gente de la isla.

¿Qué la impulsaba a anotar todos los cotilleos que escuchaba?

¿Estaba haciendo, con esos apuntes, un tratado sobre la idea de que las personas no cumplen con las expectativas, o de que, en el fondo, son mentirosas, tramposas y sinvergüenzas?

No creo que fuera así porque yo conocía a buenas personas, personas en las que podía confiar, como, por ejemplo, Jane, Amanda, Braden o mi jefe.

No obstante, más de una vez había tenido malas experiencias con la gente, como cuando una amiga del instituto traicionó mi confianza, o cuando, estando yo en unas prácticas, mi jefe me prometió un empleo a tiempo completo a condición de que accediese a acostarme con él.

También tuve varios novios que me mintieron, que me pusieron los cuernos, o las dos cosas.

Quizá entendía a Diana Harden más de lo que pensaba. Quizá me parecía más a ella de lo que quería creer.

Dejé todos esos pensamientos a un lado y me puse uno de mis vestidos de verano nuevos, uno cómodo blanco que me llegaba por la mitad de la pantorrilla, con un estampado de flores azules y verdes. Me miré, me vi presentable y salí de mi cabaña.

Elegí el camino más directo hacia el edificio principal, pasando por los senderos señalizados que había visto cuando llegué.

Quería recorrerlos todos. Las aguas termales estaban muy calientes, el camino marcado como «Luz Luna Bahía» terminaba en una laguna oculta, y el de «Siempre Viva Vista» era una subida empinada hasta la cima de los acantilados y prometía tener una de las mejores vistas de la isla.

Cada sendero estaba señalizado con pequeñas luces blancas enganchadas entre los árboles, y también había luces en el suelo para evitar tropezones y caídas. Si no hubiera tenido tanta hambre, habría ido a dar una vuelta para verlo en ese mismo momento.

La música que sonaba en el Blue Dahlia era animada.

El aroma intenso a barbacoa hizo que me rugiera el estómago.

El restaurante del edificio principal estaba casi lleno de comensales.

Vi a los Stockton, a Andrew Locke con su novia, Sherry Morrison, y a los recién casados, sentados en un reservado, haciéndole fotos a la comida.

Como novedad, no tenían las caras pegadas.

Me imaginé a la mujer saliendo del agua después de hacerle una felación a su marido, y enseguida me puse colorada.

Sentí alivio al ver a David y Doug en la lanzadera, donde me presentaron a sus amigos. Brie, la adolescente taciturna, estaba sentada en la parte de atrás ignorando a todas las personas que se subían. Justo cuando Henry, el conductor, estaba a punto de arrancar, Amber Jones se acercó.

—¿Esto va al Sky Bar? —preguntó.

—Todos a bordo —dijo Henry.

Ella me miró a mí y luego a los demás, pero los únicos asientos libres estaban a mi lado y en la parte de atrás, junto a Brie. Prefirió sentarse a mi lado, sacó el móvil y empezó a desplazarse por la pantalla. ¿Dónde estaba su novio? Como no podía caerme peor, decidí entablar conversación con ella.

—Hola, soy Mia, la del ferri, ¿te acuerdas?

Poco a poco, levantó la mirada del móvil y me miró a través de sus largas pestañas postizas.

—Sí, me acuerdo —respondió con indiferencia.

—¿Dónde está tu novio?

Me miró con una expresión de aburrimiento.

—¿Mi novio?

—Te vi con un chico y supuse que era tu novio.

Se quedó un buen rato callada. Me estaba incomodando.

—Ah, Parker. No es mi novio —añadió mientras ponía los ojos en blanco.

Imagino que estas minivacaciones no iban a hacer que Parker y Amber volvieran a estar juntos. Me felicité mentalmente por haber resuelto tan rápido ese misterio. Ojalá resolver la desaparición de Diana fuera igual de fácil.

Contuve una sonrisa. Yo era la Nancy Drew adulta, o la Verónica Mars de la nueva versión, decidida a encontrar la verdad, sin importar a dónde me llevara.

Nada de clubes de misterio acogedores que resolvían crímenes desde la seguridad de una biblioteca o un salón de té.

Estaba centrada en un misterio real: el caso de la rubia desaparecida.

Los libros no eran la vida real. Quería que la aventura continuara más allá de las páginas, no solo descubrir la verdad sobre Diana Harden y qué le había pasado, sino también averiguar qué estaba haciendo yo con mi vida, hacia dónde iba y quién quería ser.

Estaba cansada de esconderme entre las estanterías de la biblioteca.

Quería forjar mi propia historia. Por eso me sorprendió —casi tanto como a mi jefe— no haber firmado el contrato del ascenso antes de marcharme.

Era algo totalmente impropio de mí. Debería haberme comprometido; no me habían pedido ser socia —eso habría sido un cambio enorme—, pero el señor Cohn me lo había ofrecido, de todas formas.

Era un honor.

Era algo definitivo. No podías dejar el puesto cuando tu nombre estaba en la puerta.

Aunque el sinuoso camino de un solo carril que subía la montaña no estaba asfaltado, la grava y la tierra estaban firmemente compactadas.

Al principio, no podía ver nada a través de los árboles espesos, pero, conforme íbamos subiendo, el resort fue apareciendo en un paisaje espectacular por debajo de nosotros.

El mar se encontraba en calma, los edificios y las cabañas estaban bañados por el crepúsculo y el gran edificio principal se fue haciendo más pequeño a medida que alcanzábamos la cima de la montaña.

Celestial.

Dejé que todo el mundo se bajara antes que yo para poder disfrutar otro minuto más rodeada de tanta belleza.

—Es el paraíso en la tierra —dijo Henry en voz baja.

—Lo es —concordé—. Tienes suerte de trabajar en un lugar tan increíble.

—La verdad es que sí.

—Aquí no hay ningún pueblo. ¿Siempre vives aquí?

Asintió con la cabeza.

—Los edificios que hay al sur del muelle son viviendas para empleados.

Solo tenía un recuerdo vago de las viviendas cuando el ferri atracó, pues en aquellos momentos mi atención estaba centrada en Jason, el guapo alocado del ala delta.

—No todos viven aquí a tiempo completo —dijo Henry—.

Muchos viven en San Juan y vienen y van cada día.

Sobre todo los que tienen familia o hijos que están estudiando.

Unos pocos viven en los Estados Unidos y trabajan aquí solo en temporada alta.

Mi mujer y yo tenemos lo que creo que llaman un «nido vacío».

Cuando nuestro hijo más pequeño se fue a la universidad, buscamos trabajo aquí.

Millie es la jefa de limpieza. Yo hago un poco de todo.

La directiva es buena. Tenemos un mes de vacaciones pagadas al año y entonces podemos visitar a nuestros hijos.

Pero aquí, aunque estés trabajando, es como estar de vacaciones.

Miré hacia el este una vez más, y vi el resort y la playa que se extendía allá abajo.

—Mira —dijo señalando hacia el oeste.

Me giré. Era embriagador ver el mar a ambos lados. Hasta donde alcanzaba la vista, el sol hacía brillar el agua como si hubiera diamantes en ella.

—No te pierdas el atardecer —comentó.

—No lo haré. —Le di las gracias a Henry y me dirigí hacia donde sonaba la música.

El Sky Bar era un edificio grande, parcialmente abierto, con un techo reforzado de paja, cocina y bar completo.

Las mesas rodeaban la pista de baile, y el DJ estaba en una esquina.

Abundantes guirnaldas de luces blancas decoraban los árboles cercanos.

Había bancos y sillones en el borde de la montaña para disfrutar del atardecer.

La sala tenía una luz natural anaranjada; en el cielo había un brillante arcoíris mientras el sol seguía su descenso hacia el mar.