Crímenes y lecturas de verano Capítulo cinco #2
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Capítulo cinco #2

Entonces ella salió a la superficie, respiró hondo y se rio.

—¡Oh, Dios, cariño, ha sido increíble! He perdido la parte de abajo del bikini. Vamos a buscarla. —Estaba a punto de sumergirse otra vez cuando su marido la acercó hacia él y me miró.

—Hola —dijo.

Yo no era tonta. Bueno, quizá sí había sido un poco tonta, pero no imbécil del todo. Até cabos y entendí que lo que sucedía era que estaban teniendo relaciones sexuales en el agua.

—Yo… no quería… Lo siento… Pensé que… —Estaba haciendo que la situación se volviera aún más incómoda.

Al final, la mujer me vio:

—Oh —dijo. Luego se le iluminó el rostro—. ¿Mia?

—¿Sí? —respondí en un susurro.

Señaló algo que había a mi lado.

—¿Puedes acercarme eso, por favor?

Miré al lugar donde señalaba. La parte de abajo de su bikini rosa flotaba justo debajo de la superficie.

Se la lancé. Ella se la puso, mitad nadando, mitad brincando sobre el fondo del mar.

Ojalá pudiera desaparecer en ese momento, flotar mar adentro y que no me volvieran a ver jamás.

En vez de eso, me quedé paralizada mirando al cielo para evitar mirar hacia abajo, pues, a través del agua demasiado clara, se transparentaban sus cuerpos casi desnudos. Ella le sonrió a su marido y dijo:

—Te quiero, señor Kent.

Él agarró a su mujer de la cintura y la acercó hacia sí, haciéndola reír.

—Yo también te quiero, señora Kent.

Me quedé mirando. No se les ocurriría hacerlo, no conmigo delante, a tan solo dos metros y medio de distancia. Entonces me sonrieron, y la señora Kent movió los dedos y dijo:

—¡Hasta luego!

Y se retiraron hacia la orilla, medio nadando, medio andando.

Yo me quedé donde estaba, con las olas golpeándome suavemente, preocupada de que alguien pudiera haberse dado cuenta de lo que había pasado.

Vi a la pareja andando por la playa, rumbo a su cabaña, la mano de ella bajando por la parte de atrás del bañador de él.

Los miembros de la familia seguían jugando, sin darse cuenta de lo que acababa de pasar.

Un movimiento cerca del sitio donde había estado leyendo me llamó la atención.

Me llevé la mano a la frente en forma de visera para entrecerrar los ojos y protegerme del sol brillante.

Había alguien al lado de mi tumbona. Entre el sol, el agua salada y la sombrilla que ocultaba parte de la persona no podía ver nada más que una mancha borrosa.

¿Había alguien rebuscando entre mis cosas? Grité tan fuerte como pude:

—¡Eh! ¡Esas son mis cosas!

Y nadé hasta la orilla. Para cuando salí del agua, ya no había nadie.

Pero mi libro no estaba donde lo había dejado; ahora estaba sobre la mesa, junto a mi bebida. ¿Por qué lo habrían movido de sitio?

«Mia, estás haciendo una montaña de un granito de arena», pensé. Tal vez un miembro del personal haya estado limpiando. No se habían llevado nada, pues ahí estaba el libro, así como mi bolso y mi bebida casi vacía.

Después de lo que había visto en el agua, necesitaba otra bebida. Pero ya se estaba haciendo tarde y debía ducharme y prepararme para la cena en el Sky Bar, y quizá necesitaría también concederme unos minutos para lamentarme por uno de los momentos más vergonzosos de mi vida.

Cuando volví a meter el libro en la bolsa de playa, se cayó el periódico. Lo recogí y eché un vistazo al pie de foto.

«Nueva Orleans».

Desdoblé el periódico, me senté en el borde de la tumbona y releí el artículo.

Diana Harden, la mujer desaparecida, era de Nueva Orleans. El artículo no decía a qué se dedicaba allí, ni dónde trabajaba, si es que trabajaba, pero no podía ser una casualidad que en el libro que tenía yo ahora hubiera una tarjeta de visita con una dirección de Nueva Orleans.

¿Habría conocido la dueña de este libro maltrecho a la mujer desaparecida?

Quizá se conocieron en el ferri. O se tomaron una copa juntas.

¿Tenían alguna cosa en común, como, por ejemplo, la lectura, las antigüedades o el hecho de ser dos mujeres solteras que viajaban solas?

Ahora de verdad quería encontrar a la dueña del libro, la cual a lo mejor tenía alguna idea de qué le pasó a Diana.

Podría ser tan simple como que su madre tuvo una emergencia médica.

Quizá Diana no informó al resort de su marcha.

O quizá… ¿podría ser Diana Harden, la mujer desaparecida, la que dejó el libro? ¿Podría ser ella quien escribió estas notas? ¿Era ella mi Harriet la Espía?

Se me puso la carne de gallina. Iba a descubrir exactamente quién había tenido este libro antes que yo, y sabía por dónde empezar: por Trina, la dependienta de la tienda de regalos. Tal vez, incluso tuviera tiempo de hablar con ella antes de ir a cenar.

—¿Puedo ver eso? —dijo una voz.

Me levanté de un salto, me di un golpe en la cabeza con la sombrilla, retrocedí tambaleándome, me tropecé con la mesa, tiré mi bebida casi vacía y, dejando un rastro de fruta en la arena, me caí de culo.

—Mierda —murmuré.

—Siento haberla asustado.

Aquel hombre me sonrió y me ofreció la mano para ayudarme a levantarme.

Sonrojada y avergonzada, acepté la mano porque habría sido más incómodo rechazarla.

Me levantó enseguida, como si no pesara nada, y luego me sujetó del codo para estabilizarme.

—Gracias —conseguí decir.

—Soy Gino Garmon, el jefe de seguridad.

—Ah, hola. Soy Mia. Mia Crawford. Acabo de llegar hoy —contesté. Vi mi reflejo en sus gafas de sol con cristales de espejo.

Iba vestido como el resto del personal del St. Claire, pero, en vez de su nombre, tenía bordada la palabra «Seguridad» bajo el logo.

—Fue bastante heroico por su parte arriesgar su vida para salvar a esa pareja —dijo señalando hacia el agua.

Parecía que se estaba burlando de mí, pero no podía estar segura porque tenía los ojos ocultos detrás de las gafas.

—Escuché un grito… Me equivoqué.

—Casi nadie les presta atención a los demás —dijo, ahora sin tono sarcástico, aunque estaba segura de que se estaba riendo por dentro—. Vi el titular que estaba leyendo. Aquí no recibimos el periódico de San Juan. ¿Me lo prestaría?

Extendió la mano y, de mala gana, le entregué el periódico.

Gino leyó rápido y yo intenté no quedarme mirándolo. ¿Alto? Lo cumplía. ¿Moreno? Lo cumplía. ¿Guapo? Lo cumplía por partida doble. Hombros anchos, cintura estrecha y músculos bien definidos. Tragué saliva. Ojalá tuviera otra bebida.

Gino negó con la cabeza y emitió un sonido de desaprobación.

—Qué pena. —Dobló el periódico y me lo devolvió—. Le aseguro que St. Claire es una isla segura.

—¿Desapareció aquí o en San Juan?

—No sabría decirle.

—Pero el artículo decía que se subió al ferri, ¿verdad?

Él sonrió.

—Es usted curiosa, ¿no?

—El que desaparezca una mujer soltera que viaja sola hace que otras mujeres solteras que viajan solas se pregunten por qué.

—¿Siente que corre peligro?

—No, pero aun así me gustaría saber si desapareció en St. Claire o en San Juan.

—El jefe de policía de San Juan me ha estado informando.

Ella salió de St. Claire el domingo a primera hora de la mañana, se la vio bajar del ferri en San Juan, le dijo a nuestro capitán que contrataría su propio barco para el viaje de vuelta porque no sabía cuánto tiempo estaría allí.

Y nadie la ha visto desde entonces. Se ha interrogado a todos los taxis privados, y ninguno la trajo de vuelta a la isla.

—Entonces, ¿viajaba sola? El periódico ni lo confirmaba ni lo desmentía, pero eso es lo que deduje.

—No se registró con ninguna otra persona.

Qué respuesta tan extraña.

—Y ¿conoció a alguien aquí?

Dejó de sonreír. Más que un guarda de seguridad del resort parecía un policía serio y estricto. Un poco intimidante.

—Si tuviera información que pudiera serle de ayuda a la policía en su investigación, se la habría dado. St. Claire se enorgullece de su política de privacidad, la cual implica no hablar de la vida de nuestros huéspedes, ni dentro, ni fuera de la isla.

Yo no iba a tirar la toalla.

—¿Qué cree que pasó?

—No tengo la información suficiente como para hacer una suposición fundamentada.

—La gente no desaparece así porque sí.

—Estoy seguro de que la policía descubrirá qué pasó. No se preocupe por eso, señorita Crawford. Disfrute de sus vacaciones.

Gino sonrió y echó a caminar por la playa, saludó a todos los huéspedes con los que se cruzó y luego se detuvo en el bar que había junto a la piscina. Me miró de reojo y yo aparté la vista enseguida.

No, no dejaré que mi cabecita se preocupe por eso, señor jefe de seguridad. Tal vez fuera atractivo, pero su actitud hizo que lo descartara de mi lista de líos de una noche.

Al menos, Jason, el camarero, no era un capullo.

Hambrienta y frustrada, metí el periódico en la bolsa de los libros y me dirigí a mi cabaña por el sendero de la playa, en lugar de ir por el que pasaba por delante del edificio principal.

Al pasar por delante del bar, escuché una voz masculina brusca que reconocí de inmediato.

Era la del hombre que había estado discutiendo con Amber.

Me detuve y me oculté parcialmente tras una celosía.

Él estaba justo fuera del círculo de mesas, de espaldas al bar, con el móvil en la oreja.

Se le notaba enfadado. Llevaba bermudas, una camisa polo azul celeste y gafas de sol de diseño.

La camisa era del mismo color que la del hombre que había en el acantilado cuando bajamos del barco. ¿Sería la misma persona?