Crímenes y lecturas de verano Capítulo cinco
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Capítulo cinco

CAPÍTULO CINCO

«Todos los seres humanos tienen tres vidas: la pública, la privada y la secreta».

GAbrIEL GARCÍA MÁRQUEZ

¿Secreto? ¿Qué secreto? ¿Acaso esta desconocida destructora de libros estaba escribiendo sobre personas que estaban en la isla?

La idea me parecía inverosímil y bastante absurda.

Y, sin embargo…, sorprendentemente, me sentía como su confidente, su amiga.

Como si hubiera estado escribiendo esas notas para mí.

Sé que parece una tontería, pero, aun así…

, era emocionante tener acceso a información tan jugosa e íntima.

Ella era Harriet la Espía, y yo había encontrado su diario secreto.

Levanté la vista del libro y miré a mi alrededor. Las gafas de sol ocultaban la dirección de mi mirada.

Ahora, David, Doug y los dos hombres con los que habían estado bebiendo jugaban un amistoso partido de voleibol en la playa, alejados de los fanáticos del sol recostados.

Una pareja —la pareja del ferri con la que no había hablado— discutía en una de las camas balinesas cercanas. Solo los reconocí por los llamativos pantalones cortos floreados del hombre. ¿Sobre qué estarían discutiendo? Tal vez, estas vacaciones eran su última oportunidad para salvar su matrimonio.

Le eché un vistazo al libro, medio esperando ver algún comentario sobre la pareja en los márgenes, pero ellos acababan de llegar a la isla, y mi compañera no podía haberlos espiado.

Brie observaba a su padre y a su novia mientras andaban de la mano por la orilla cerca del agua.

Aunque el rostro de Brie era inexpresivo, tenía el cuerpo tenso; prácticamente era como si estuviera gritando de rabia contenida.

Los miró hasta que desaparecieron de su vista.

Podía entender a Brie en ciertos aspectos: mi madre nos abandonó cuando yo tenía seis años, y mi padre había tenido algunas citas de vez en cuando.

Una vez me dijo que, cuando mi madre nos abandonó —una mujer preciosa que nunca fue feliz—, él se quedó sin energía para volver a enamorarse. Le pregunté si se sentía solo.

«No, estoy conforme con mi vida».

Yo quería ser feliz, pero no sabía cómo. No quería terminar como mi madre, nunca satisfecha con nada ni con nadie, o como mi padre, simplemente conforme.

—Deja de estar tan melancólica —susurré, y volví a abrir el libro.

¿Cuánto me pagará pala que le guarde su secreto?

¿A quién le estaba guardando el secreto?

¿A alguno de los huéspedes? ¿A algún miembro del personal? Tal vez habría más pistas en el libro.

Ambas historias eran interesantes, la del libro y la que estaba escrita en los márgenes.

Un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo extender la mano hacia mi bebida.

Tenía dos misterios por resolver. Estaba la mujer desaparecida y la identidad de Harriet la Espía.

Además, ¿quiénes eran las personas sobre las que escribía?

¿Seguían en la isla? La idea de compartir este tesoro de secretos me mantenía inmersa en la lectura, con el libro en una mano y la bebida en la otra.

Al final del segundo capítulo, la artista grafitera había escrito:

¿Dinero o amor? Dinero, por supuesto. Él posee una pequeña fortuna. ¿Conoce él todos los trapos sucios de la nueva novia que se acaba de echar?

Debajo de esto, escrito en otro color, como si se hubiera añadido luego, decía:

112 - estimado neto 80-90 millones $, residencia en Arizona 5 millones $ +, casa de vacaciones 3 millones $

¿Para qué iba a rastrear esta persona el patrimonio neto de nadie? A lo mejor la segunda nota no tenía nada que ver con la que había escrito arriba. Era la misma persona —lo deduje por la caligrafía—, pero se había escrito en otro momento.

Harriet estaba siendo mordaz. ¿Por qué cualquier persona que saliera con alguien rico, ya fuera hombre o mujer, era sospechosa de ser una cazafortunas?

Podría tener razón. Quizá Harriet entendía mejor la naturaleza humana que la mayoría de las personas. La gente que lee suele ser más observadora.

Tenía más de un cliente adinerado que había sido blanco de estafadores sin escrúpulos.

Una de mis clientas favoritas, una tierna secretaria jubilada de setenta años, invirtió el cinco por ciento de su sueldo todas las semanas, además de cada bonificación, durante más de cuarenta años, en la empresa donde trabajaba: IBM .

Cuando se jubiló, su patrimonio superaba los diez millones de dólares.

La estafaron una vez —perdió más de cien mil dólares—, y después la cortejó un hombre más joven que quería que sacara todo el dinero de su fondo de inversión para que pudieran viajar por el mundo juntos.

Afortunadamente, sus hijos la convencieron de que no lo hiciera.

Así que sí, hay personas despreciables en el mundo; no obstante, no es lo mismo aprovecharse de una persona mayor que salir con alguien rico.

Los comentarios de los márgenes eran tan sensacionalistas como adictivos. ¿Sobre quién escribía Harriet? ¿Sobre Trevor y CeeCee? ¿Sobre Andrew y Sherry? ¿Sobre otra pareja de no casados que estuviera en la isla?

Pasé las páginas buscando algo como un recibo o la llave de una habitación que pudiera identificar a la antigua dueña del libro. Había docenas de fragmentos subrayados. Los márgenes estaban salpicados de notas, todas con la misma letra.

Seguí pasando páginas. Cuando llegué, más o menos, a las dos terceras partes del libro, dejó de haber notas… y, en la página que encabezaba el capítulo 32, encontré una tarjeta de presentación que probablemente se había usado como separador.

«Escribe en los libros, pero no dobla las esquinas. Le doy un punto por eso», pensé.

En la tarjeta ponía:

brOUSSARD

Antigüedades y objetos de colección

La dirección era de Nueva Orleans, Luisiana. ¿Por qué me resultaba familiar? Nunca había estado en Nueva Orleans. Sin embargo, recordé que hacía poco había leído algo sobre Nueva Orleans.

Dejé la tarjeta sobresaliendo del libro y retomé la lectura.

Me sorprendí leyendo más rápido de lo normal, y vigilaba los márgenes para revisar qué había escrito a continuación mi nueva amiga.

Algunas palabras del texto estaban subrayadas o rodeadas con un círculo, pero no les veía sentido sin notas que las acompañaran. «¿Casa? ¿Niño? ¿Puerto?».

A la mitad del capítulo tres, había un párrafo entero subrayado:

«Hace años, cuando tú eras tan solo una niña, le dije a tu padre que el Santa Regina estaba maldito. Él me dijo que las maldiciones pueden romperse. Ten cuidado, Gabrielle. Las monedas que están apareciendo ahora… No creo que esto sea obra de la providencia divina».

En los márgenes estaba escrito lo que parecía una ecuación matemática:

27 millones $ bonos + 350 000 $ banco + propiedad 4 millones $, 5 % @ 200000 $: ¿convertir en oro? Revisar negocio neto. 2012, 1 millón $ líquido (¿más?). Si hubiera sabido que había tanto potencial por aquí, ¡habría venido hace años!

¿Potencial? ¿Qué significaba eso? Quienquiera que fuera la persona sobre la que estuviera escribiendo, no tenía tantas propiedades y patrimonio como la que escribía, pero lo cierto es que ninguna de las dos era pobre.

Empecé a pasar las páginas del libro, ya sin leer la novela, sino buscando las anotaciones de los márgenes, que en ese momento pasaron a interesarme mucho más.

Al final de un capítulo, Harriet había hecho un círculo alrededor de un fragmento de diálogo —una discusión entre el héroe y la heroína— y había escrito:

¿Me engañaste una vez y la culpa es mía? Ni hablar. ¿Por qué la gente piensa que puede pisotear a aquellas personas a las que considera débiles? ¿Creen que soy tonta? No tengo un pelo de tonta desde que me fui de casa a los dieciocho años y me hice con las riendas de mi vida…

Me recosté y pensé en esta mujer. Tenía confianza en sí misma, era de esas que se hacen con el control y no dejan que la gente las eche a un lado. Ella sí le habría dicho a Amber Jones que se apartara de su camino.

Un grito que venía del agua me sobresaltó.

Levanté la vista y no vi a nadie. Los jugadores de voleibol se habían ido.

Brie también se había marchado. Una pareja que no había visto antes caminaba por la playa en dirección sur, hacia el muelle.

A unos cuarenta y cinco metros había una familia jugando.

Los niños se acercaban a las olas y huían de ellas riéndose.

Han debido de ser los niños, pensé mientras escudriñaba el mar.

De las aguas tranquilas surgió una cabeza que luego volvió a hundirse. Salté de inmediato, dejando caer el libro sobre la tumbona. Esa persona tenía problemas.

—¡Ayuda! ¡Una persona se está ahogando! —grité, al tiempo que me quitaba las chanclas y corría hacia el agua.

Las indolentes olas me rodeaban los pies y luego me hacían retroceder. ¿Habría una corriente de resaca justo aquí? ¿O al nadador le habría dado un calambre? O quizá se había quedado enredado en unas algas, y la marea hacía que saliera y se hundiera.

Rápidamente, me metí en el agua y luego empecé a bucear contra las suaves olas, dando brazadas largas hacia donde estaba la cabeza que asomaba y se tambaleaba.

El agua estaba fresca, pero no fría. Un minuto después me detuve, miré a mi alrededor buscando señales de vida, con el temor de haber llegado demasiado tarde y que un accidente insólito hubiera segado la vida de una persona.

Ya casi no hacía pie. Algo, ya fuera flora o fauna, rozó mi tobillo y me estremecí por la sorpresa.

El agua estaba clara. Prácticamente se podía ver el fondo.

Algo de color rosa brillante flotaba bajo la superficie.

A seis metros de mí, un hombre salió a la superficie y gimió. Estaba herido.

—¡Ya voy! —le grité, y nadé hacia él.

Me miró con una mueca y volvió a gemir, a la vez que se le agitaba todo el cuerpo. Probablemente, le había picado una medusa y estaba teniendo una convulsión.

—Agárrate a mi mano. No está muy hondo. Te ayudaré a llegar a la orilla —le dije mientras le extendía la mano.

En ese momento, lo reconocí. Era el recién casado. ¿Dónde estaba su mujer? ¿Se habría perdido en el mar?