Capítulo cuatro
CAPÍTULO CUATRO
«El miedo a la muerte surge del miedo a la vida. El hombre que vive plenamente está preparado para morir en cualquier momento».
MARK TWAIN
Sopesé las principales opciones de bares al aire libre desde dos perspectivas: la comodidad y la posibilidad de conocer hombres solteros.
El bar circular que había en el centro de la piscina, al que se accedía por un puente, haría que me sintiera como si estuviera en un escenario.
Era un punto central del resort. Me di cuenta de que Doug, David y sus amigos estaban sentados bajo una sombrilla riéndose.
Había otra pareja —un hombre en buena forma de unos cuarenta y tantos y una mujer diez años más joven—, con una adolescente mayor que parecía estar aburriéndose mucho.
La chica llevaba unos pantalones vaqueros cortos y una sudadera con capucha, y estaba mirando el móvil, con lo cual dejaba claro que no tenía ganas de estar allí.
Cuando el hombre se puso de perfil hacia mí, reconocí a Andrew Locke, el guapísimo exjugador de béisbol, un poquito mayor para mí, y que tenía novia.
Me protegí los ojos con la mano y los entrecerré.
Su novia era la mujer maleducada de la tienda de regalos.
Pelo castaño sedoso cortado con estilo para que le cayera perfectamente sobre los hombros, grandes gafas de sol de diseño, piernas largas y bronceadas.
Se inclinó y besó a Andrew. La adolescente se levantó y se fue.
La piscina me ofrecía la oportunidad de presumir de mi precioso bikini. Pero todo el mundo estaba en pareja o en grupo, y nadar a solas quizá hiciera que me sintiera incluso más sola.
El Blue Dahlia conectaba el edificio principal del complejo con la playa, y la barra separaba los asientos interiores de los exteriores.
Dalias de todos los colores —excepto el azul, el cual no existe en la naturaleza— llenaban los coloridos jarrones de las mesas, y en las esquinas, en maceteros altos, las flores se mezclaban con tallos anchos y verdes.
Crucé el umbral. Los ventiladores perezosos del techo removían el aroma floral de las dalias y el jazmín. No hacía ni demasiado frío ni demasiado calor, como si la isla tuviera la temperatura perfecta.
Los recién casados —aún no sabía cómo se llamaban— estaban en un rincón, con las caras juntas, hablando y besándose por turnos, ignorando las bebidas, que se derretían rápidamente.
¿No los había visto ya besándose en el vestíbulo?
No veía a los Stockton. Me habría gustado conocerlos mejor.
Tal vez porque Nelson pensaba igual que yo sobre el ala delta, o tal vez porque Anja parecía verdaderamente amable.
Me acerqué al bufé de comida para picar y escogí unas uvas jugosas, queso Cheddar y una brocheta de fruta fresca que no reconocí, pero con la que se me hizo la boca agua.
Las albóndigas glaseadas con piña que estaban ensartadas en palillos desprendían un olor delicioso, así que me llevé unas cuantas.
—Dios mío, esto está increíble —dijo una mujer al acercarse al bufé—. No puedo. —Escogió un plato y se echó una brocheta de fruta.
Miré mi plato, que estaba hasta los topes, y me mordí el labio, pero no dije nada.
La mujer —un poco más joven que yo y guapa de una forma exagerada, con el pelo teñido de rubio, demasiado maquillaje y unos pechos que tal vez eran falsos (aunque no iba a tocarlos para averiguarlo)— enseguida dijo:
—Soy Candace Tremaine. Mis amigos me llaman CeeCee. Mi novio y yo estamos aquí desde el viernes, ¡y te juro que ya he engordado tres kilos! ¡Y eso que estoy yendo al gimnasio cada día!
Intenté encaminarme a la barra, pero CeeCee me bloqueó el paso.
—¿Has llegado hoy? —preguntó—. No te había visto hasta ahora.
—Sí —respondí—, soy Mia.
—¿Dónde está tu novio? ¿O tu marido? ¿O tu novia? —Guiñó el ojo y se rio—. Yo tuve novia una vez. Estuvo bien, ¿sabes? ¡Hay que probarlo todo en esta vida! Pero me gustan más los hombres.
—Yo igual.
Enseguida dudé de mi respuesta. ¿Habría pensado ella que eso de «Yo igual» quería decir que tuve novia una vez, pero ahora prefería a los hombres? ¿O que simplemente prefería a los hombres? ¿O…?
—Y —continuó CeeCee— este resort es una pasada, ¿verdad?
¿Has ido al Sky Bar? ¿O a la cascada? ¡Dios, es increíble!
Fuimos el domingo, tienes que ir con un grupo porque el sendero es superpeligroso y una persona se mató ahí hace años porque era de noche y se cayó, y el agua es totalmente cristalina, y el personal lleva un pícnic y es superromántico.
Ay, es verdad, si acabas de llegar. ¡Quizá podríamos ir los cuatro juntos de pícnic!
Tardé un momento en darme cuenta de que me estaba preguntando si quería tener una cita doble.
—He venido sola —contesté.
CeeCee frunció mucho el ceño. Parecía que yo le daba pena de verdad. O tal vez proyecté mis emociones en su expresión facial.
—Lo siento mucho. ¡Ah! ¡Ya sé! ¿Te gusta el yoga? La clase de la mañana es genial. Trevor dirige un imperio empresarial enorme, así que se pasa la mitad del día trabajando. ¿Tal vez podríamos vernos mañana? —Parecía esperanzada.
Antes de que pudiera responder a su invitación, saludó con la mano a un hombre que entraba en el bar.
—¡Oh! Ahí está Trevor. ¡Trevor!
Trevor le doblaba la edad a CeeCee. Tendría unos cincuenta años.
Pelo castaño canoso, con más canas que color castaño.
Ojos oscuros. Mandíbula firme y expresión seria.
No sonrió, y un escalofrío me recorrió la espalda mientras se acercaba a nosotras.
Intentaba no juzgar a la gente tan rápido, pero este tipo no me cayó bien.
—Candace, pensé que estabas en la piscina —dijo.
—Y lo estaba, pero me estaba desesperando. Esta es mi nueva amiga, Mia. Mia, él es Trevor.
CeeCee tenía una sonrisa radiante. Trevor no.
—Encantado —murmuró—. ¿Descansamos antes de la cena? —Cogió a CeeCee del codo.
—Oh, sí —dijo ella.
Luego, le guiñó un ojo a Mia y formó la palabra «sexo» con los labios, sin emitir sonido. Después soltó una risita y le rodeó la cintura a Trevor con el brazo.
Me quedé con la sensación de acabar de escuchar un audiolibro a doble velocidad. CeeCee era simpática, y me dio la impresión de que con ella no había sorpresas: lo que veías era lo que había. Una versión más joven y habladora de mi abuela.
Me acerqué al bar y me senté en un taburete buscando al camarero. Estaba más que lista para beber algo.
Un hombre se levantó de donde estaba agachado organizando botellas debajo de la barra.
Me quedé boquiabierta, así que me metí una uva en la boca y la mastiqué.
Era el hombre del vestíbulo, el más sexi de la isla, el semidiós.
Mi fantasía. No llevaba anillo de casado, ni había una marca blanca delatora donde antes hubiera uno.
Destino o intervención divina, me daba igual: era una señal del universo para arriesgarme y disfrutar.
—¿Qué te pongo? —dijo, y se le marcaron los hoyuelos. Al igual que la mayoría del personal, llevaba una camisa blanca con el logo del St. Claire bordado en el bolsillo—. ¿Vino? ¿Algo más afrutado? ¿Un mai tai tal vez?
Miré el nombre que había bajo el logo.
«Jason».
Jason era el nombre del loco del ala delta. «Jason Mallory, nuestro jefe de barra y animador a tiempo parcial».
Destino, mira que eres puñetero.
—¿Sigues pensándotelo? —preguntó Jason—. ¿Puedo recomendarte…?
—Una piña colada, por favor. —El corazón me latía con fuerza. Qué mala suerte tenía: el chico soltero más guapo de la isla también estaba loco.
—Marchando una piña colada —contestó Jason.
Sus manos expertas se movieron por la barra y cogieron botellas, cocteleras y mezcladores.
—Vi tu… acrobacia.
¿Por qué había dicho eso? ¿Por qué, por qué, por qué? No quería hablar con él. Era guapísimo, pero imprudente. Sopesé los pros y los contras. No sabía si podría acostarme con un temerario loco, por muy guapo que fuera. Aunque probablemente sería divertido. Salvaje. Aventurero.
Lo único que debería preocuparme era ese momento, pero no estaba hecha para vivir en el ahora. Culpé a mi padre y a mi abuela. Ellos eran el yin y el yang. Yo estaba atrapada en el punto medio.
Él dejó de hacer lo que estaba haciendo y ladeó la cabeza, confundido.
—¿«Acrobacia»?
Moví la mano derecha vagamente en dirección a los acantilados.
Él sonrió, y me dio un vuelco el corazón.
¿Cuántos vuelcos puede dar el corazón antes de que se convierta en una emergencia médica?
La licuadora rugió a toda velocidad durante unos segundos.
Después, él vertió la bebida espumosa y blanca en una piña ahuecada, con una brocheta de frutas y una pajita rosa brillante.
Un trozo de coco, un trozo de piña, dos fresas y tres cerezas.
Prácticamente era una cena en un palillo.
La colocó sobre un posavasos delante de mí.
Probé un trago. Estaba deliciosa. Sonreí y di otro trago.
—Puedes subir conmigo cuando quieras.
—¿Subir a dónde? —Yo seguía saboreando la piña, el coco y el ron en la lengua. Me sentí refinada y sorprendentemente feliz. Me comí una cereza.
—Al ala delta.
—Ala delta —repetí.
Me imaginé tirándome por el acantilado. En mi visualización, mi cuerpo caía en picado a la boca abierta de un tiburón hambriento. Me estremecí.
Jason sonrió aún más. ¿Se había dado cuenta de mi reacción? ¿Podía leerme la mente?
—Doy clases un par de mañanas a la semana. A un grupo pequeño…, o podríamos tener una sesión individual.
Individual… Negué con la cabeza para despejar la imagen que había surgido en mi mente, la imagen de Jason y yo desnudos.
—Mejor no. —Se me quebró la voz.
—Es divertido.