Crímenes y lecturas de verano Capítulo cuatro #2
13%

Capítulo cuatro #2

Me comí un trozo de piña y lo pasé con otro trago de piña colada.

Sí, Jason Mallory parecía divertido. Y ¿a dónde me llevaría eso?

La abuela se había divertido mucho durante su veintena, y acabó embarazada sin saber quién era el padre de mi padre.

Divertirse era… divertido. Pero tenía consecuencias.

Me sentía completamente fuera de lugar. Lo único que sabía era que tenía que haber más de un hombre soltero en la isla. Uno que no fuera tan…

—Es arriesgado —contesté—. Peligroso. Y tú estás…

tú estás… —Moví los dedos en círculos imitando los bucles de sus acrobacias, pero paré cuando me di cuenta de que era la señal universal para decir que alguien estaba loco—.

Los bucles eran bastante arriesgados. El seguro del resort debe de costar un pastizal.

—¿El seguro?

—El capitán dijo que formabas parte del equipo de entretenimiento. Por eso he dado por hecho que es a lo que te dedicas.

Jason se rio, y yo reprimí mi sonrisa de inmediato.

Tal vez no podía evitar sentirme atraída por él —era guapísimo, y seguro que lo sabía—, pero no tenía por qué sucumbir a sus encantos.

Yo quería sexo sin complicaciones. Sin riesgos.

Un hombre como Jason Mallory no era precisamente alguien sin riesgos.

Si se comportaba como un temerario en la vida, ¿qué haría en la cama?

Solo de pensarlo, sentí que algo explotaba en mi interior. Así que clavé la mirada en mi bebida, le di un sorbo y solté un suave gemido de placer. Seguí bebiendo, concentrándome en los sabores, intentando olvidarme de que él seguía mirándome.

—Solo soy camarero —dijo Jason sin más—.

Hago ala delta por diversión. Esquí acuático.

Diría que el windsurf es mi favorito. Hasta tenemos helicóptero.

No hay nada mejor que ver la isla a más de trescientos metros de altura.

Bueno, tal vez haya algo que sí lo sea. —Su tono era ligero y peligrosamente seductor.

Me atraganté con una cereza. Tosí y bebí más piña colada.

—No me gustaría que tu cara bonita terminara estampada contra las rocas si te falla el paracaídas, o si una ráfaga de viento te lanza contra la montaña —contesté.

—Deduzco que les tienes miedo a las alturas.

Vacilé. ¿Estaba tonteando conmigo? Levanté la vista hacia él, y le brillaban los ojos. Jason era embriagador.

—Me da miedo caerme —dije mientras levantaba la barbilla, sin apartar la mirada—. Como a cualquier persona cuerda.

—Y ¿cómo te llamas?

—Creía que el personal se sabía el nombre de todo el mundo. —No quise sonar tan sarcástica. ¿Acaso me había decepcionado que no lo supiera?

—Mia Crawford —contestó—, pero pensé que sería de buena educación preguntar. Con permiso. —Se alejó hacia una pareja que acababa de sentarse en un sofá de dos asientos con vistas al mar.

Había sido simpático, había tonteado, y yo le había ofendido. No era mi intención, pero estaba totalmente desubicada. Intenté que no se me notara mucho mientras miraba a ese hombre. Por mirar no pasaba nada, ¿no?

Mirar, no tocar. Todo lo relacionado con Jason Mallory iba en contra de mis principios.

Tal vez era mejor así; podría encontrar a otro tío.

O sea, si era así de fácil tontear con Jason Mallory, estaba claro que podría tontear con otros hombres del personal.

Hombres menos propensos a arriesgarse a romperse el cuello todos los días.

Pero me recordé a mí misma que, por mucho que me protegiera, incluso los hombres que no corrían riesgos podían romperte el corazón de forma inesperada. Como mi padre.

Murió de repente, en un estúpido accidente de coche que no fue culpa suya.

Un idiota que llevaba toda la noche conduciendo se quedó dormido al volante y chocó de frente contra mi padre cuando iba de camino al trabajo a primera hora de la mañana.

Fue entonces cuando me enteré por las malas de los problemas económicos que la forma de vida libre y divertida de la abuela había causado a nuestra familia.

Al final, entendí la naturaleza frugal que caracterizaba a mi padre.

Su naturaleza estaba directamente relacionada con el hecho de haber crecido en una situación de inseguridad económica y un caos generalizado.

Ahora soy yo la que cuida de mi abuela, al igual que lo hizo mi padre, porque, a pesar de todos los defectos de mi abuela, ella tiene un corazón enorme, y ambos la queríamos.

Entró una chica: la adolescente que estaba antes tan aburrida, sentada con Andrew Locke y su novia en la piscina.

Se dejó caer en un asiento al final de la barra, se estiró sobre el mostrador y cogió de la bandeja una brocheta de frutas ya preparada.

Llamó a Jason cuando él volvía de atender a la pareja.

—Hola, Jason, ¿me puedes poner un daiquiri de fresa como el que me hiciste ayer?

—Ahora que tienes la edad legal, puedes pedir lo que quieras, pero con cabeza.

Ella puso los ojos en blanco sin disimular.

—Ya tengo padre.

Jason empezó a prepararle la bebida. Fresas frescas, un toque ligero de ron claro y otro de ron oscuro, lima y hielo. Tenía buena pinta.

—Y ¿dónde está ese padre tuyo tan increíblemente sobreprotector? —preguntó Jason como el que no quiere la cosa.

—Adivina.

—¿Qué planes tienes? —preguntó Jason sin adivinar nada.

—Si te dijera que emborracharme, probablemente no me servirías nada.

—No quiero que tu padre me despida.

—Seguramente no se daría cuenta —murmuró, y cogió la bebida que tenía entre las manos—. Hasta luego. —Me miró de arriba abajo el tiempo suficiente como para incomodarme y luego se dirigió hacia una tumbona de la playa.

Jason limpió la barra mientras volvía a la zona del bar en la que estaba yo.

—El padre de Brie se ha echado otra novia —comentó.

—¿De verdad tiene edad suficiente para beber? —Lo dije antes de darme cuenta de que era una pregunta tonta.

—Aquí es legal a los dieciocho años —contestó—, pero yo no dejaría que se emborrachara. —Hizo una pausa y después, como si se lo hubiera pensado mejor, añadió—: Está inquieta por la universidad y por lo de que su padre vaya en serio con la novia.

Observador y mono. ¿Tendría este chico algo que no me encantara? Quizá podría pasar por alto lo de su naturaleza temeraria…

—Su padre no es tan estricto —continuó Jason—. En realidad, es un tipo bastante guay. Antes era jugador de béisbol. ¿Te suena el nombre de Andrew Locke?

—Lo he conocido antes —contesté—. El cirujano ortopédico que al parecer le salvó la vida nos ha presentado.

Jason rio. Aquella risa era verdadera y me conmovió. Él parecía estar muy feliz y satisfecho, algo que yo quería. Jason actuaba como si adorase su trabajo y su vida, y de pronto yo también quería adorar mi trabajo y mi vida de la misma manera.

—El doctor David Butcher —añadió Jason—. David y su marido vienen todos los años a St. Claire por su aniversario.

—Eso he oído en el ferri —contesté.

¿En esta isla todos lo sabían todo sobre los demás? ¿No había secretos?

De repente, pensé: «¿Qué sabrá el personal sobre mí?». No es que yo tuviera secretos, pero la idea de que los huéspedes y el personal fueran a analizar mi vida al milímetro me revolvía el estómago.

—Andrew fue pícher de los Dodgers durante seis años, se operó, luego lo cambiaron a los Braves durante otros seis años, y ahí tuvo estadísticas incluso mejores. Lo dejó todo a los treinta y cinco años.

—Seguro que tuvo un buen asesor financiero —me oí decir a mí misma.

Después me obligué a acallar ese pensamiento.

«¡Deja de pensar en trabajo!». Pero es que…

dejarlo todo a los treinta y cinco años y no tener que trabajar era todo un logro.

Quizá debería preguntarle con quién trabajó.

Siempre me interesaba encontrar nuevas formas de construir las carteras de mis clientes de forma segura.

Me miró la bebida.

—¿Otra?

—Aún no me la he terminado.

—Casi has terminado —dijo mientras empezaba a prepararme otra.

«Bueno, ¿por qué no?», pensé. Quizá un par de copas haría que me soltase un poco.

—Sherry es la primera mujer con la que viene desde que estoy aquí —comentó Jason—. Siempre han estado solos él y Brie. Por eso ella se siente desplazada.

Me estaba dando las vibras de hermano mayor superprotector. Me dio pena la adolescente malhumorada.

—No es fácil ser adolescente —añadí.

—Pero es divertido —contestó él con un toque de tonteo mientras dejaba delante de mí la piña colada y se llevaba mi copa vacía.

—Ser adolescente no tiene nada de divertido —dije yo a la vez que giraba la pequeña sombrilla de la mezcla helada—. Hay que navegar por aguas infestadas de tiburones y acabar graduada y con la cordura intacta.

—No me creo que una chica guapa como tú no tuviera a todos los chicos suplicándole que tuviera una cita con ellos.

El comentario casi me dejó sin palabras.

—¡¿¿¿Yo???! —dije con un chillido. Forcé una risa—. Fui una adolescente muy torpe y un poquito friqui .

—Que se convirtió en un cisne. —Lo de coquetear iba en serio.

Si antes tenía alguna duda, ya no. Me sonreía, era simpático, y le brillaban los ojos como si se estuviera divirtiendo y disfrutando de mi compañía. El corazón me latía con fuerza y temí estar sonrojándome mientras me tomaba la bebida refrescante.

—Gracias —dije—. Voy a echar un vistazo a la playa.

—Si puedo hacer algo por ti, dímelo —contestó—. Lo digo en serio, Mia.

«Ven a mi habitación esta noche y tengamos relaciones sexuales sin compromiso…».

Pero no lo dije. Él me miró mientras me alejaba, y yo no miré atrás.

Probablemente, los hombres como Jason Mallory que son atractivos y extrovertidos de nacimiento se lo pasaron de maravilla en el instituto.

No tenía el físico de un jugador de fútbol americano, pero quizá sí el de un jugador de béisbol.

O de fútbol, con esos músculos delgados.

O tal vez era el gracioso de la clase. Alguien que le caía bien a todo el mundo porque hacía reír. Me gustaba. Mucho.

«No es tu tipo, Mia», me dije a mí misma.

«Y ¿qué más da?», oí que me decían las voces de Jane y Amanda en mi cabeza.