Capítulo tres
CAPÍTULO TRES
«La clave para escuchar bien a escondidas es que no te pillen».
LEMONY SNICKET , El libro en blanco
¿«Muerta» era literal, o en sentido figurado? ¿Algo parecido a «Te voy a matar con el arma que llevo en el bolsillo», o a «Te voy a hacer la vida imposible hasta que te mueras»?
Las siguientes palabras de Amber se perdieron con la brisa. Después, exclamó:
—¡… y no me amenaces!
No parecía intimidada, así que tal vez «muerta» significaba algo así como «Me cortarán la cabeza si vuelvo a llegar tarde».
A los nueve años, estaba convencida de que la señora Horowitz, una mujer que conocía desde siempre en mi corta vida, había matado a su marido.
Me equivocaba. Pero, después de devorar veinte libros de Nancy Drew seguidos y de pedirle a mi profesor de ciencias que me prestara los prismáticos para el fin de semana, veía asesinato, misterio y caos en todos los rincones.
Simplemente, el señor Horowitz se había ausentado en un viaje de negocios. Pero, durante los cinco días que estuvo fuera, me imaginé más de doce maneras en las que la señora Horowitz podría haber hecho desaparecer el cuerpo de su marido.
—No tienes ni idea de lo que has hecho —dijo el hombre—, maldita zorra arrogante.
—Qué bonito viniendo de ti —contestó Amber—. ¡He dicho que lo recuperaré todo!
—¿Sabes qué pasará si esos documentos acaban en las manos equivocadas?
—¿Se ha perdido, señorita Crawford?
Retrocedí de un salto y casi me caigo en las enredaderas. Era una espía pésima al estar ahí escondida entre los arbustos, pero completamente visible desde el camino que tenía delante.
Una mujer negra, alta y delgada, con el pelo corto y vestida con el uniforme del St. Claire —pantalones cortos beis y una camisa blanca con su nombre, «Kalise», bordado en un tono morado oscuro—, me miraba con expectación.
—No, yo… estaba disfrutando de este día tan bonito.
Mentir no se me daba bien. Sonreí para mostrar lo sincera que estaba siendo. No me pareció que me creyera.
—Hace una tarde maravillosa. Soy Kalise, la coordinadora de ocio y tiempo libre. Espero que asista a la cena al atardecer en el Sky Bar esta noche. La lanzadera sale cada quince minutos entre las seis y las siete.
—Claro, genial, gracias.
—Los detalles están en el portafolio para huéspedes que hay en el escritorio de su cabaña —dijo mientras me señalaba el camino con su elegante mano.
—Gracias —respondí, y me alejé, esperando y rezando por que Amber y el desconocido no se hubieran dado cuenta de que había estado escuchando su conversación.
Miré por encima del hombro, saludé con la mano a Kalise y le sonreí, y luego dirigí la vista hacia el sendero de arriba. Allí no había nadie.
Uf.
Amber y su amante, jefe o enemigo estaban discutiendo sobre unos documentos, y él la había amenazado, pero eso no significaba que hubiera sido una amenaza real, y lo cierto es que no era asunto mío.
Por otra parte, no podía evitar preguntarme qué había hecho Amber para enfadar a ese hombre.
¿A qué documentos se refería? ¿A unos papeles financieros?
Mi mente solía irse hacia el dinero porque ese era mi trabajo, y, como se suele decir, el dinero es la raíz de todos los males.
Y la causa de la mayoría de los divorcios.
—Para —dije en voz alta mientras abría la puerta de mi suite .
Los misterios solo sucedían en los libros. Mi vida era demasiado tranquila y organizada como para tener tiempo para aventuras, y la verdad es que no quería meterme en líos. ¿Una contable pública certificada, y, además, planificadora financiera con miedo al riesgo? Es algo tan aburrido como parece.
Entré y me detuve en seco, pues las vistas me dejaron boquiabierta. Cualquier pensamiento racional desapareció. Me quedé sin palabras.
No quería irme de allí nunca. A la mierda las decisiones responsables.
Una pared entera de la cabaña, frente al mar, era de vidrio grueso que iba del suelo al techo.
Los cristales se acoplaban unos a otros.
Las juntas eran prácticamente invisibles.
Más allá, había una terraza con un jacuzzi privado, y luego tres escalones que te llevaban directamente a la arena de la playa.
No había ninguna otra cabaña a la vista.
Una pareja mayor, con el pelo blanco y la piel totalmente bronceada por haber pasado demasiado tiempo al sol, caminaba de la mano por la playa a unos cuarenta y cinco metros de distancia.
Los arbustos de tonos verdes intensos repletos de flores coloridas que rodeaban mi bungaló me brindaban privacidad.
Di un lento giro de trescientos sesenta grados dentro de la cabaña y me maravillé con el espacio.
Los tonos suaves de azul y verde eran relajantes; la cama extragrande me pareció irresistible, con ese edredón blanco de plumas y una montaña de almohadas.
En el baño, había una bañera profunda, una ducha aparte de tipo lluvia con variedad de chorros, un inodoro independiente y un amplio tocador.
Entre los dos lavabos, sobre una bandeja, estaban colocados, con gusto, los artículos de cuidado personal: champús, acondicionadores, lociones, dentífrico…
En un armario estrecho había suministros adicionales y toallas extras.
El vestidor era tan grande como el dormitorio de mi casa.
En su interior, cuatro batas —dos de felpa y dos de algodón ligero con el logo del St. Claire elegantemente bordado en el bolsillo— colgaban ordenadas.
Un juego de cajones empotrado ocupaba una de las paredes.
También había una caja fuerte, lo cual era muy conveniente si tenías artículos valiosos, como los diamantes de la señora Stockton.
Después de sacar mis cosas de la maleta, encendí el portátil. Con los dedos listos sobre el teclado para escribir mi contraseña, me paré en seco.
¿Qué demonios estaba haciendo? Tenía siete días para hacer lo que quisiera, ¿y mi primer pensamiento era trabajar?
St. Claire era, ni más ni menos, el paraíso en la tierra, donde las únicas personas que había eran los huéspedes y el personal que los atendía.
¿Cómo pude plantearme trabajar cuando todos mis caprichos y deseos iban a hacerse realidad?
Si no podía encontrar al modelo sexi salido de una portada que debería estar aquí, tal vez un socorrista musculoso y bronceado se cruzaría en mi camino.
O un profesor de yoga ágil e ingenioso. O un cocinero sensual que me alimentara con uvas y ostras frescas…
Necesitaba ser espontánea y segura de mí misma.
«Canaliza a Elle Woods», escuché que me aconsejaban las voces de Amanda y Jane.
Esta era mi última semana libre. Enseguida iban a ascenderme en el trabajo, y ahora era el momento de dejarme llevar, como se suele decir.
El momento de hacer cosas que me proporcionaran historias que contarles a mis amigas cuando pensaran que era una adicta al trabajo aburrida que vivía para las hojas de cálculo y la responsabilidad fiscal.
Cerré el portátil, puse a cargar el móvil y me puse el bikini y un vestido atado a la cintura para ir a la playa. Iba de estreno.
Eran las tres de la tarde. Me disponía a socializar, comer, beber y pasarlo bien. Y a localizar a ese hombre guapísimo que me había sonreído en el vestíbulo.
Estas eran mis vacaciones, tal vez las últimas que disfrutaría hasta dentro de unos años.
¿La ironía? Con el ascenso tendría más dinero —suficiente para pagarme un viaje a St. Claire por mi cuenta—, pero no tendría tiempo ni para un fin de semana de tres días.
Nunca me había importado ese sacrificio hasta que llegué aquí, y ahora la idea de que este viaje fuera el primero y último para mí era deprimente.
No obstante, el dinero conllevaba seguridad.
Con él podría ayudar a mi abuela, pagar el alquiler y ahorrar para la jubilación.
Mi padre había pensado en todo eso y creó un modesto fideicomiso para mí en caso de que muriera…
y murió. ¿Cómo podía olvidar todo lo que me enseñó y el sentido de responsabilidad que me inculcó, y rechazar un ascenso que incluía que pusieran mi nombre en la puerta de la oficina?
Tenía una semana para tomar la decisión, y en realidad solo había una decisión posible. ¿Por qué estaba dudando de mí misma?
Sabía quién era en el trabajo: Mia Crawford, contable pública certificada, asesora financiera. Mis clientes me respetaban. Mi jefe me valoraba.
Pero los números no me abrazaban por las noches. Si aceptaba el ascenso, no tendría tiempo para encontrar el amor. Estaría sola el resto de mi vida.
Tenía que trabajar. Tenía que cuidar de mi abuela y asegurarme de tener un futuro seguro desde el punto de vista económico, pero ¿y si nunca encontraba a alguien con quien compartir mi futuro?
Ese pensamiento me ponía sorprendentemente triste.
Tal vez nunca encontraría el amor eterno, pero me vendría de perlas encontrar un amante para los seis días que tenía por delante.