Capítulo dos #3
Leí la contraportada y vi que el libro lo había escrito un autor debutante.
Además de la portada, que estaba medio rasgada, las hojas estaban ásperas y un poco hinchadas, como si alguien hubiera dejado el libro en el baño mientras disfrutaba de una ducha larga con agua caliente.
Normalmente, nunca leería un libro en un estado tan lamentable, pero era la única historia que me llamó la atención y necesitaba algo que leer.
—Disculpe —dijo una voz de mujer.
Miré, pero la mujer no me estaba hablando a mí. Había llamado a la dependienta, que estaba ordenando uno de los escaparates.
La dependienta fue a atenderla, y la clienta se quejó por no poder comprar algo sin cargarlo a la habitación.
—No aceptamos pagos en efectivo ni con tarjeta —explicó la trabajadora.
—Qué absurdo —respondió la mujer con brusquedad.
Intenté ignorar a la mujer maleducada. Me hice un selfi con el libro que había leído en el ferri para mi reseña, y luego lo dejé sobre la mesa.
—Mira —dijo la mujer—, necesito comprar una cosa, y mi novio no puede enterarse porque es una sorpresa, ¿entiendes?
Le habló tan mal a la dependienta que quise meterme en la conversación. Justo cuando estaba a punto de demostrarle mi apoyo moral a la trabajadora, un hombre de estatura media vestido con un traje de verano impecable entró a la tienda.
—Señorita Morrison, venga conmigo y nos encargaremos de esto a su entera satisfacción —le dijo de inmediato mientras le indicaba con un gesto que se acercara.
—Gracias, Tristan. Tendría que habértelo pedido a ti antes —contestó ella.
Elegí unas postales para mi abuela, Amanda y Jane, el señor Cohn y mi vecino, que cuidaba de Nick y Nora, mis gatos. Las llevé al mostrador donde estaba la dependienta y le dije:
—¿Estás bien —le miré la camiseta—, Trina?
Me sonrió.
—Sí, ¿qué necesita?
Imaginé que tendría que lidiar con clientes complicados a todas horas.
Le enseñé las postales, y me dio los sellos. Todos los gastos se cargarían a mi habitación.
—Puede dejarlas en una caja que hay en la recepción. El correo postal sale para San Juan todas las tardes. O también puede dármelas a mí, y yo me encargo.
—Vi un periódico en San Juan. —Una pequeña mentira. Lo vi en el barco. Ahora lo llevaba en el bolso—. Había un artículo sobre una mujer que había desaparecido: Diana Harden. ¿La conocías?
Trina se quedó un momento callada, y tuve la sensación de que iba a mentirme.
—No creo que haya estado en la tienda mientras yo trabajaba. Pero seguro que aparecerá. —Me devolvió una sonrisa algo apática y se apresuró a atender a un hombre mayor que entró en la tienda.
Bueno, supuse que no era profesional que el personal hablara sobre huéspedes desaparecidos con huéspedes presentes, pero aquello fue raro.
Salí de la tienda de regalos con la pequeña esperanza de que aquel superatractivo semidiós estuviera allí esperándome.
«¿En qué puedo ayudarla hoy, señorita Crawford? ¿Le llevo fresas cubiertas de chocolate y champán a su habitación? ¿Le gustaría que le diera un masaje privado? ¿Prefiere loción de lavanda, o de vainilla?».
Suspiré al imaginarme esas manos trabajando mis músculos doloridos hasta llevarme a un completo estado de dicha…
, pero él no estaba allí suspirando por mí.
Así era mi vida. Llevé ese pensamiento al fondo de mi mente (no demasiado lejos) y me registré.
Rechacé que me acompañaran hasta la habitación, pero sí acepté el plano del resort.
El recepcionista —Henry— rodeó amablemente con un círculo mi habitación en el papel.
Era una cabaña individual al norte del edificio principal, al final de un sendero que llevaba a otras cabañas privadas.
—Esperamos que disfrute de una semana estupenda con nosotros, señorita Crawford. —Henry era tan alegre como Trina y el capitán del barco y todos los que trabajaban aquí. Complacientes en la superficie, pero con un toque de… ¿de qué? Como si todos guardaran un secreto.
Le di las gracias y recorrí el camino que llevaba a mi cabaña.
El resort estaba construido en la base oriental de una montaña que tenía una pendiente pronunciada.
Caminos de senderismo marcados con nombres como «Tiki Walk» y «Siempre Viva Vista [3] » serpenteaban alejándose de la zona principal.
Una flecha tallada apuntaba hacia un sendero tenebroso oscurecido por un dosel de hojas enormes en forma de abanico, de las que colgaban uvas de mar.
La oscura serenidad me atrajo hacia la bifurcación del camino.
En el sendero de la izquierda, que subía a la montaña, había un cartel de madera en el que se leía «Aguas termales».
A la derecha, un camino más plano y estrecho, enmarcado por árboles cubiertos de enredaderas, estaba etiquetado como «Luz Luna Bahía [4] ». Ambos invitaban a transitarlos.
El resort era un laberinto, y el camino principal daba la vuelta hacia la playa, en el lado opuesto al edificio principal. Cuando mi cabaña apareció ante mi vista, unas voces rompieron el silencio. Una voz femenina fuerte dijo algo indiscernible. Luego, un hombre replicó:
—Cállate.
Las voces venían de uno de los muchos senderos que atravesaban las montañas.
Protegida solo por las palmeras y los arbustos floridos que bordeaban el camino de piedra, me quedé paralizada.
Si daba un paso adelante, podrían verme.
Lo cual no significaría nada, ¿verdad? Solo estoy yendo a mi habitación, no me hagan caso, continúen con su discusión…
Miré hacia arriba. Parcialmente oculto por las hojas de palmera, el sombrero amarillo chillón de Amber Jones resaltaba entre todo ese manto verde.
O sea que aquí se había reunido con alguien. Punto para Mia, la detective novata.
«Enola Holmes, chúpate esa», pensé.
No podía moverme. Si seguía hacia mi cabaña, me verían y pensarían que estaba escuchando a escondidas.
Amber discutía con un hombre que debía de ser su novio. O su marido.
O quizá un hombre casado con el que estaba teniendo una aventura. O un asesino en serie…
Para. Sin duda, tenía en mente el paradero desconocido de la mujer desaparecida. No obstante, ahora no me moví porque sería un poco raro y sospechoso. Apoyada contra el arbusto enorme de jazmín, intentaba encogerme lo más posible cuando escuché:
—Tienes hasta el viernes, o estás muerta.