Crímenes y lecturas de verano Capítulo dos #2
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Capítulo dos #2

El dios irlandés-maya estaba justo entre el mostrador de recepción y yo.

Iba a tener que saludarlo. Quería saludarlo.

Sonreí. Él asintió con la cabeza y me hizo una señal para que me acercara.

Di un paso hacia él, pero una pareja mayor, vestida con excesiva elegancia, se me adelantó para alcanzarlo y empezaron a tener una conversación animada.

Maldita sea. Bueno, esperaría a que terminara de saludar a todos los huéspedes.

A lo mejor era el gerente o el coordinador de ocio y tiempo libre, y tenía trabajo que hacer.

Se me ocurrían cien maneras en las que podría trabajar entreteniéndome a mí.

Me guiñó un ojo, como si pudiera leer mis pensamientos, y enseguida me di la vuelta y empecé a caminar. Directa a la tienda de regalos. Bien. Perfecto. Iba a curiosear un poco, a tranquilizarme, y, cuando terminara, tal vez el hombre de mis sueños ya estaría libre.

Entonces, me sonó el móvil, cosa que me sacó por completo de mi ensoñación. Lo saqué rápidamente del bolso e intenté contestar. Me preocupaba que hubiera una emergencia en el trabajo. «¡Ya sabía yo que no debía venir a una isla remota!», pensé.

No era una emergencia. Era Jane, una de mis mejores amigas.

—¡Mia! —chilló Jane—. Estoy con Amanda. Te he puesto en altavoz. Estábamos hablando de ti y hemos pensado que lo mejor era llamarte. ¿Qué tal el resort? ¿Qué tal los hombres que hay en la isla? Cuéntanoslo todo. Queremos todos los detalles suculentos.

Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie pudiera oír el lado escandaloso de la conversación.

—Para, para. Prácticamente acabo de llegar.

—Y ¿ahora dónde estás? —preguntó Amanda—. ¿En la playa? ¿Con ese bikini sexi que te obligamos a comprarte?

—Apuesto a que está en su habitación, leyendo —añadió Jane.

—¿Dónde estás? —insistió Amanda.

—No estoy leyendo en mi habitación —contesté mientras miraba un estante de supervenías.

—¿Ves? —dijo Amanda—. Pues cuenta.

—¿El qué?

—Todo. Cómo es la isla, los hombres, la bebida. Suelta por esa boquita.

—Literalmente acabo de bajarme del ferri hace menos de media hora.

Estaba a punto de registrarme cuando me habéis llamado.

—Hice una pausa, miré a mi alrededor y luego añadí en voz baja—: Aquí casi todo el mundo ha venido con alguien, pero hay un tipo, que creo que trabaja aquí, que es guapísimo. —Y me quedaba corta.

—¡Oooh! —exclamaron las dos al unísono.

—Más —añadió Jane.

Hablar con mis mejores amigas me ayudó. Si iba a tener una aventura alocada esta semana, necesitaba prepararme.

—Debe de medir cerca de dos metros, es delgado, está moreno, está musculoso en los lugares correctos —añadí—. Pelo oscuro con rizos en la nuca.

—Y ¿se llama…?

—No lo sé. Solo lo he visto desde la otra punta del vestíbulo.

Eché un vistazo y todavía estaba allí, hablando con la misma pareja, riéndose de algo que habían dicho ellos. Luego me miró por encima de sus cabezas, y me quedé paralizada cuando nuestras miradas se cruzaron. Entonces me di la vuelta. Necesitaba más tiempo para prepararme.

—Y ¿no te has presentado? ¿Así, en ese preciso momento? —dijo Jane—. ¡Maldita sea, Mia! ¿Qué te dijimos?

Suspiré.

—Me imaginaré que soy Elle Woods. — Una rubia muy legal era nuestra película favorita. La habíamos visto un millón de veces.

—Canaliza a Elle, canaliza a Elle —canturrearon al unísono.

Necesitaba irradiar calma, seguridad y confianza, como Elle Woods. Y ahí estaba yo, con el corazón latiéndome a mil, y escondida en la tienda de regalos.

—Lo intentaré —dije.

—Hazlo, y punto —sentenció Jane—. Esta es la última vez que puedes ser alocada y libre. La semana que viene cumples treinta y te vas a encadenar a un escritorio de por vida.

Nunca debería haberles contado a Jane y Amanda lo del ascenso.

—Yo también os quiero —murmuré.

Amanda, la más diplomática de las dos, dijo:

—Jane, déjala en paz. Mia, en serio, es algo que tú quieres. Necesitas esto. Diviértete y no pienses en nada más que en el momento presente, ¿vale? ¿Prometes ser espontánea?

—Lo prometo —contesté—. Ahora sí que tengo que registrarme en el hotel para poder disfrutar de la playa.

—Te juro que —añadió Jane—, si no te acuestas con alguien en la playa, no vuelvo a hablarte. Cuando Robbie y yo fuimos a Miami…

—¡Basta! No quiero saber nada de vuestra vida sexual, no sin al menos tres margaritas —dije.

Jane y Robbie lo habían hecho en tantos lugares públicos que me sorprendía que no los hubieran arrestado por exhibicionismo.

—Os quiero. Adiós. —Terminé la llamada antes de que pudieran decir nada más.

Conozco a Jane y Amanda desde que íbamos a la universidad, y mi vida sería peor sin ellas.

Hacía ya tres años que le había presentado a Amanda a mi asistente, Braden, y se habían casado el verano anterior; Jane y Robbie llevaban juntos casi dos años, y su boda en un enclave exótico estaba fechada para octubre.

Así que solo quedaba yo, Mia Crawford, la soltera rezagada, el estorbo, la sujetavelas.

Porque, aunque encontrara a un hombre con quien compartir cama esta semana, no iba a estar dispuesto de repente a volver a casa conmigo a conocer a mis gatos.

La tienda de regalos estaba llena de ropa, trajes de baño, sombreros, artículos de aseo, souvenirs y libros. Muchos muchos libros. No solo estaba el estante de los más vendidos.

Cualquiera pensaría que alguien como yo, que lee todos los días, se habría llevado suficientes libros como para sobrevivir a la semana.

Normalmente lo habría hecho, pero el día anterior, mientras hacía la maleta, mi abuela me llamó para hablarme de sus problemas económicos.

Horas después me enteré de que ella iba corta de dinero este mes porque había donado cuatrocientos dólares a una organización ecologista, doscientos a un refugio de animales y cincuenta a su vecino famoso, quien, a pesar de tener un sueldo de seis cifras al mes, al parecer, necesitaba dinero para una cita.

Las causas podrían ser nobles, pero dejaban de serlo si mi abuela después no tenía para comprar comida.

Yo ya me encargaba de pagar su apartamento con renta regulada para mayores de cincuenta y cinco, el resto de los gastos domésticos y su seguro, todo a través del fideicomiso que había creado para ella, un fideicomiso al que ella no podía acceder directamente, porque lo regalaría todo.

Además, me aseguraba de que tuviera dinero en su cuenta personal para que pudiera ir a la peluquería, hacer la compra, ir al cine o salir a almorzar con una amiga de vez en cuando.

Aun así, diez días después de haber empezado el mes, ya estaba en números rojos.

Me llamó y yo me puse más nerviosa que ella, lo que provocó que se me olvidara meter más libros en la maleta, con las prisas, esta mañana.

Y, si no tenía algo que leer, me moriría, literalmente.

Se me acercó la dependienta, una joven de pelo rizado oscuro y sonrisa brillante. De hecho, todo el personal que había conocido hasta ahora tenía una sonrisa brillante. Demasiado brillante. Me pareció que eran como el personal de Las mujeres perfectas . ¿Debería preocuparme?

—¿Puedo ayudarle a encontrar algo?

—Solo estoy buscando un libro.

—En esta mesa de aquí… —Hizo un gesto como los de Vanna White en el programa favorito de mi abuela— tiene libros sobre las islas, sobre la historia de la zona, libros de fotografía.

Por allí —volvió a gesticular ampliamente— está la sección de ficción.

Intentamos mantenerla abastecida con novedades, pero, si hay algo que le interesa y no lo tenemos, puedo pedirlo a San Juan. Llegará mañana.

—Gracias —contesté, y me dirigí al estante de novedades.

No me llamó la atención nada. Las portadas eran un poco sosas, los títulos, aburridos, y los autores no estaban en mi lista de imprescindibles. Y la verdad es que algunos de los libros ya los había leído.

En el rincón había una mesa decorada con buen gusto con flores y un cartel hecho a mano que decía:

¡LECTURAS DE VERANO!

LIbrOS QUE SE HAN DEJADO LOS HUÉSPEDES

DISFRÚTELOS GRATIS

Uno de los libros estaba escrito por una escritora conocida y parecía deprimente. Después de leer la solapa interior, confirmé mis sospechas: trataba sobre una pareja infiel y mentirosa. No, gracias. Ya había tenido un novio que me engañó…

El siguiente libro era sobre un mentiroso patológico. También salí con uno de esos…

Y el tercer libro trataba sobre el amor en las segundas oportunidades. Tal vez…, si no fuera porque ninguno de mis exnovios encendía esa chispa en mi interior que me hiciera pensar que podríamos o deberíamos volver.

Jane y Amanda coincidían con mi abuela en decirme: «Mia, eres demasiado exigente». «Mia, no hay príncipes azules; solo sapos». «Los únicos hombres perfectos son los de las novelas románticas».

Y, sin embargo, Jane se había comprometido con Robbie, que estaba al frente de la empresa de construcción familiar, y Amanda estaba felizmente casada con Bramen, y sé que ellas no pensaban que sus parejas fueran sapos.

En parte, tenían razón. Era muy exigente.

No quería algo perfecto, sino alguien que fuera perfecto para mí.

¿Qué tenía de malo eso? Si iba a pasar el resto de mi vida con un hombre hasta que los dos fuéramos lo bastante viejos y canosos y necesitásemos llevar audífonos, ¿acaso no debería ser una persona con la que me gustase pasar tiempo?

¿Alguien inteligente, interesante y al que le gustaran mis gatos?

Frustrada por no poder encontrar ni un solo libro que me susurrase «Léeme», vi y hojeé una novela con trasfondo histórico y una trama romántica, un libro con la cubierta rasgada.

Me dolió —físicamente— ver un libro en semejante estado.

Lo cogí y, aunque la esquina derecha de la parte de abajo había desaparecido por completo, la portada me llamó la atención.

Sin duda, se trataba de un misterio romántico.

Había un hombre y una mujer en una lancha rápida que volaba sobre el agua mientras los perseguían hombres vestidos de negro en un yate más grande e impresionante.

Interesante.